Una noche de 1992 vi por primera vez la película Indiana Jones y la Ultima Cruzada, con Harrison Ford en el rol de ese arqueólogo legendario. Yo tenía diez años y era bastante fan de ese personaje.
Recuerdo bien una escena en particular: Indiana Jones llega de incógnito a Berlín y asiste una noche a un acto de los nazis: miles de fanáticos quemaban libros en una plaza, encendiendo con ellos una hoguera gigante. El protagonista se tropieza instantes después con el mismísimo Adolf Hitler, quien le firma un autógrafo, mirándolo a los ojos sin reconocerlo durante algunos segundos que se hacen eternos. Una escena digna de Hollywood.
Con los años aprendí que la película estaba llena de errores históricos: la quema de libros mostrada no fue en 1938, sino en 1933, y Hitler no estuvo presente en el evento.
Pero no importaba. El hecho en sí estaba bien retratado y de alguna manera pervivió en mi memoria. Supongo que ya entonces yo era un enamorado de los libros, que me ayudaban a sumergirme en mi mundo de fantasía, y verlos quemados en una pantalla grande me conmovió de alguna extraña manera.
Cuando comencé a estudiar historia, y las aberraciones del nazismo, volví a encontrarme con este hecho y tuve más precisiones.
La quema de libros de los nazis había sido real, claro, y había tenido lugar el 10 de mayo de 1933, en la Bebelplatz de Berlín.
Después de una existencia más bien lateral, de poca relevancia histórica, esa Bebelplatz pasó a la historia aquella noche de una forma oscura y terrible.
Esa noche, cuando el nazismo cumplía menos de cuatro meses en el poder alemán, bajo una lluvia torrencial, miembros de la Unión Nacionalsocialista Alemana de Estudiantes, seguidores inmisericordes del Partido Nazi, arrojaron al fuego varias obras de la literatura universal durante una gran quema de libros, concebida como una “limpieza ideológica del Reich”.
Sufrieron ese cruel destino autores como Heinrich y Thomas Mann, Stefan Zweig y Sigmund Freud, entre muchos otros.
Para entonces, la situación se estaba complicando para ellos, como para los miles de otros opositores al Reich de Hitler, que había asumido el poder total en enero de ese año.
Muchos de estos mismos autores -cuyas obras ahora se estaban quemando en esa pira infame- ya habían abandonado Alemania.
Encabezados por Joseph Goebbels, que preparó todo de forma teatral y coreográfica -tal cual su costumbre habitual- y allí estuvo, erguido en medio de la plaza, miles de estudiantes procedieron a quemar obras de autores que eran denunciados por diversos motivos.
La historia aún conserva algunas de las palabras que resonaron esa noche en esa plaza, eco nefasto que perdura en las baldosas.
“… ¡Contra la decadencia y la ruina moral! ¡Por la disciplina y la moral en la familia y el estado! Entrego a las llamas los escritos de Heinrich Mann, Ernst Glaeser y Erich Kästner.
¡Contra la sobrevaloración de las pulsiones pasionales, por la nobleza del alma humana! Entrego a las llamas los escritos de Sigmund Freud.
¡Contra la falsificación de nuestra historia y la degradación de sus grandes personalidades, por la devoción a nuestro pasado! Entrego a las llamas los escritos de Emil Ludwig y Werner Hegemann.
¡Contra la traición literaria a los soldados de la Gran Guerra, por la educación del pueblo para su autodefensa! Entrego a las llamas los escritos de Erich María Remarque.»
Una gélida tarde de febrero de 2024, la primera que pasamos en Berlín mi compañera de viaje y yo, nos topamos con la plaza Bebelplatz, de golpe, casi sin recordar que allí estaría.
Como siempre había sido a lo largo de su historia, nos pareció un lugar lateral, algo monótona a la vista, sin impacto visual para el paseante.
Yo sabía algunas cosas sobre su origen: la plaza, que siempre mantuvo esa forma rectangular totalmente pavimentada, fue creada en 1740 tras la demolición de las antiguas fortificaciones de la ciudad de Berlín que ocupaban ese solar.
Por orden del Emperador Federico II el arquitecto von Knobelsdorff fue convocado para instalar un nuevo complejo en el centro de Berlín que se llamaría: Forum Fridericianum.
Se trataría de un complejo artístico bastante amplio, con el que aquel viejo Emperador soñaba con transformar a Berlín en el faro cultural de Europa. Esta nueva plaza proyectada se convertiría en el centro del Forum Fridericianum, el corazón de todo ese complejo, rodeando al Teatro de la Opera, al edificio de la Academia y al palacio real de la ciudad.
Pero por cuestiones presupuestarias el arquitecto von Knobelsdorff no pudo completar los planes originales y solo se construyó la Opera en un primer momento.
Por ese motivo la plaza recibió el nombre entonces de Opernplatz.
“…Después de que la Ópera fuera construida, la atención del rey se desvió a la construcción del palacio de Sanssouci, cerca de Postdam. Fue también por razones financieras que el Forum Fridericianum fue construido en una versión reducida…”[1]
Finalmente, de alguna manera el proyecto inicial avanzó y desde finales del siglo XVIII, detrás de la Ópera Estatal se alza la catedral católica de Santa Eduvigis. Del otro lado se levantan la Biblioteca Real y el Palacio Viejo.
El impacto visual de la plaza, sin embargo, siempre fue más bien modesto.
Su legado está en otro lado: en cómo recuerda hoy, para quien sabe verlo, una noche nefasta que marcó su historia.
Algunos años más tarde, la plaza recibió el nombre de Bebelplatz, en recuerdo de August Bebel, figura fundamental de la política alemana del siglo XIX.
Sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, el lugar se transformó entonces en testigo vivo de aquella barbarie; por eso la ciudad de Berlín decidió que aquella noche lluviosa, en que el fuego quiso borrar la historia, debía recordarse.
Así la vimos nosotros, mientras a nuestro alrededor el viento berlinés ululaba con fuerza, con un aullido casi humano que le daba un aire espectral a la tarde.
El frío espantaba a casi todos los turistas; algunos, sin embargo, miraban hacia el suelo en un rincón de la plaza, cerca de su centro.
Siguiendo sus pasos, atravesamos la Bebelplatz ateridos hasta una placa de cristal incrustada en el pavimento, que, de repente, se hizo visible, irradiando una luz mortecina al exterior.
El memorial dedicado a la quema de los libros de la Bebelplatz es muy sutil y no se ve a simple vista, porque en realidad no ocupa lugar alguno en la plaza: se encuentra debajo de ella, bajo nuestros pies.

Quizás el berlinés que lea estas páginas esté acostumbrado a verlo, pero para el viajero llegado del confín del mundo (como nosotros), o para quien no conozca la historia, la imagen impacta: un cristal luminoso, directamente bajo la Bebelplatz, que muestra una habitación con decenas de estanterías blancas vacías; una habitación despojada e iluminada permanentemente de color blanco.
Esas estanterías -silenciosas y vacías- ofrecen simbólicamente espacio para unos 20.000 libros, la cantidad que quemaron los nazis aquella noche infame.
Eriza la piel acercarse a aquel lugar.
La artista israelí Micha Ullman diseñó el monumento elegido para recordar el evento, que fue inaugurado el 20 de marzo de 1995.
Tremendamente impactante en su simpleza, silente y sutil, fue hecho para conmover al visitante, y lo logra.
A veces el silencio puede decir mucho más que las palabras.
“…Si el nacionalsocialismo no hubiera existido, si no se hubieran producido las quemas de libros, afirma el historiador Werner Treß, autor de varias obras fundamentales sobre el tema, «la diversidad cultural y el espíritu innovador que se desarrollaron en Alemania durante la década de 1920 habrían continuado sin duda». El ascenso de los nacionalsocialistas al poder puso fin definitivamente al florecimiento cultural que Alemania había experimentado durante la República de Weimar (1919-1933). Y la quema de libros del 10 de mayo fue el símbolo visible de ello…”[2]
La Bebelplatz sigue allí para recordarnos el oprobio.
Cerramos este relato con un detalle final. Una placa de bronce, incrustada en el suelo, nos informaba-y nos advertía- con una inscripción que nos heló la sangre cuando pudimos traducirla:
“Esto fue solo un preludio, donde se queman libros, también se queman personas al final.»
Heinrich Heine, 1820
La Bebelplatz sigue allí. Mientras, a su alrededor, los fantasmas se pasean por las madrugadas, contando la historia de una noche infame y oscura que anticiparía lo que estaba por pasar en Alemania.

Imagen portada. ©Jan Künzel CC BY-SA 4.0

Alejandro Eduardo Perdomo
Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo.
Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente. Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.
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3 comentarios sobre “La Bebelplatz de Berlín y el recuerdo de una noche infame”