Ana de Cleves (1515-1557) –en alemán Anna von Kleve, la actual ciudad de Kleve en el estado federado de Renania del Norte Westfalia- fue reina de Inglaterra. La cuarta esposa de Enrique VIII, un rey con no muy buena fama respecto a sus consortes… El retrato que le hizo a Ana el famoso pintor alemán Hans Holbein y que hoy se puede ver en el Louvre, signaría su singular historia.
La mujer como “sello vivo”
La mujer fue, durante varios años, la pieza de cambio formal de las monarquías. Esto es algo que no podemos soslayar para comprender varios siglos de la historia alemana y europea.
Es decir, se usaba a la mujer, y a la boda en particular, como el trámite “estandarizado” y común para formalizar alianzas entre reyes de distintas casas.
A través de las bodas, y, es más, de la posesión física y carnal de la novia, dos monarcas o príncipes sellaban alianzas, a través de un vínculo formal y estructurado, que fue la norma común y legal para unir dos reinos –o regiones– y sus intereses.
La mayoría de las guerras de la Edad Media –y hasta bien avanzada la Edad Moderna– tenían como denominador común este aspecto; en casi todos los casos.
Esta, precisamente, es la tesis que intentan comprobar hoy en día muchas historiadoras actuales, con mucha claridad.
Se hace presente esta idea, sobre todo, en la magnífica obra francesa (no traducida al castellano, hasta donde sé), titulada La Reine au Moyen Âge (La Reina en la Edad Media).
Allí, la autora, Murielle Gaude-Ferragu, se encarga de probar esto mismo, de forma magnífica y muy poderosa.
A través de sus páginas veremos desfilar varios casos concretos donde se hace realidad esta idea, explicada y desmenuzada, de las mujeres alemana y francesa como “sello vivo”, como marca formal de las alianzas.
Como le sucedió a nuestra protagonista, las bodas y las dotes que acompañaban a nuestras princesas eran el legalizador y el elemento de seguridad. Con ellas se ponía fin a las hostilidades. Nada importaba su voluntad. Nada importó, veremos, la de Ana de Cleves.
La mujer era meramente una pieza de intercambio, un engranaje –EL engranaje– y como tal podía descartarse si no cumplía con su función: tener hijos para la gloria del reino, y sobre todo, y más importante, para la gloria del rey.
El caso de Ana de Cleves es una muestra exacta de esto que estamos relatando; una mujer joven, sin alternativas, sin poder de decisión, bamboleante de acuerdo a los caprichos de los hombres de la época; oscilando entre la voluntad de su padre, primero, y de Enrique VIII, después, sin dejarle alternativas de libertad o de decisión.
Así era entonces en Alemania, y en toda Europa.
La “belleza” y la “fealdad”
La apariencia física, la belleza –o la falta de ella– de una persona son condiciones más importantes que las que todos estamos dispuestos a aceptar. Creo, y siempre lo creí, que una persona a la cual se considera “bella” (de acuerdo a los cánones de su época) tiene más posibilidades de triunfar en la vida que una que no cuenta con la belleza entre sus cualidades.
La historia de Ana de Cleves es la historia de una reina que sufriría las peores humillaciones justamente por no tener, casi, belleza. Fue repudiada por su fealdad.
Ella, nuestra protagonista, Ana de Cleves, había nacido en Düsseldorf, Alemania, el 22 de septiembre de 1515.
Los historiadores dicen que había recibido una educación “somera en lo intelectual”. Esto quiere decir que ningún biógrafo puede ponderar en ella cualidad alguna en cuanto a sus capacidades mentales.
Su belleza, como dijimos, también era inexistente o muy tenue. Es curioso entonces, todo lo que sucedería con ella después.
Enrique VIII (sí, otra vez él), rey de Inglaterra, se cruzó en su camino, como en el de tantas mujeres, como un torbellino que todo lo destroza. Y esa alemana, desabrida, sin brillo, sin ninguna cualidad, pasaría a la historia con un destino triste y humillante
Estamos, entonces, en pleno reinado del rey Enrique VIII, que seguía con su letanía de esposas y guerras. Recapitulemos, querido lector:
Todo el torbellino de Catalina de Aragón y Ana Bolena había sucedido hacía ya algunos años. Las aguas parecían calmas.
El rey se casa una vez más desde entonces, pero a esta altura, sus historias de alcoba ya no sorprenden a nadie. Tras el fallecimiento de su tercera esposa, Jane Seymour, Enrique seguía con su infinita –y casi patológica– búsqueda de mujer.
Pero después de tantos años, y tantas calamidades, las candidatas, claro, ya raleaban. Nadie, al fin y al cabo, quería casarse con aquel rey de dudosa –o directamente tétrica– reputación en los asuntos del amor.
Hasta el momento, dos esposas fallecidas, una divorciada y una decapitada eran el tremendo balance de la vida marital de Enrique.
Es fácil entender entonces por qué ya no le quedaban –casi– candidatas al lecho en toda la superficie de Europa. Y así, con pocas opciones para elegir, se le ocurrió al secretario del rey, Thomas Cromwell, encargado de buscar la nueva esposa de Enrique, indagar en la lejana Cleves, en Alemania, donde había rumores sobre una princesa rubia, bella y soltera.
Esa mujer, joven y casadera, además, era la hermana del poderosísimo Duque de Cleves, que sería un aliado político ideal, con dinero y tierras para aportar a Inglaterra como dote de la boda.
Todo parecía conveniente. Cromwell realmente creyó en la conveniencia de la nueva candidata al trono y puso todo su empeño en el proyecto para mejorar su imagen a los ojos de Enrique. Y esta fue, creo, la clave de todo lo que vendría después.
La boda, entonces, parece un buen negocio para todos los involucrados. Además, en la intimidad, el rey está ansioso y quiere volver a casarse.
Y hacia allí fue, entonces, el deseo de Enrique, hacia la lejana Alemania. Thomas convenció entonces al rey de la utilidad de traer de esas extrañas tierras a aquella esposa.

Retrato de Ana de Cleves por Hans Holbein el Joven (1539) , Museo del Louvre de París ©Shonagon CC
El retrato de Holbein
Enrique poco a poco se convence y cede. Pero antes de la decisión final, el rey necesitaba otra cosa: constatar por sí mismo la belleza de aquella extraña y lejana Ana de Cleves.
Y por eso Cromwell envió a esas lejanas tierras al pintor de cámara Hans Holbein, famoso por ser un retratista eximio. De él es el único retrato conocido de Ana de Cleves.
Pero no culpemos al pintor por lo que sucedería. En verdad Holbein es un pintor extraordinario; pueden constatarlo ustedes mismos al consultar sus retratos, llenos de vida, de luz y de colores. Es talentoso, sutil y detallista. Sus retratos suelen mostrar lo mejor de sus retratados, buscando resaltar sus virtudes, o maximizar las pocas que tuvieran. Y este, su mayor talento, fue también su mayor error en este caso.
El retrato más conocido de Ana de Cleves (aquel mismísimo que le mostraron a Enrique VIII) la muestra desabrida, sin carisma, pero no es el retrato de alguien horrendo o deforme. Holbein hizo lo que pudo, e intentó resaltar lo poco que se podía de Ana, puntualizando con inocencia sus rasgos más bellos, si es que tenía alguno.
Es, en fin, un bello retrato de una dama que no lo era en demasía. Porque el retrato, al fin y al cabo, era más bello que la propia protagonista.
Enrique ve –o quiere ver– en ese cuadro a su nuevo amor. Se esfuerza por imaginar cualidades ocultas, rasgos hermosos, curvas que no se muestran. Se imagina que Ana es hermosa y fogosa. Imagina con ella noches de amor apasionado. Quiere conocerla cuanto antes y da su anuencia a la boda. Y luego de un viaje lento, Ana de Cleves, futura reina, llega a Londres.
El rey espera con ansiedad a su reina, que se acerca a su lado. Todo terminará de un modo miserable y patético para ambos cónyuges.
Enrique espera, sentado. Ana se acerca, rodeada de sus asistentes, temerosa y tímida. El momento del amor espera, y ambos van a verse y quizás a amarse por primera vez en su vida…
Pero, para mejor contar esta historia, rompamos de golpe el hechizo, porque Enrique, al ver entrar a Ana, congela su sonrisa y su rostro se cubre de espanto, de humillación y de vergüenza.
Porque Ana no le gustó en lo absoluto.
Al verla comprende que ha cometido un terrible error. Mira a Cromwell con asombro y furia en su rostro, pero nada dice. Porque en el fondo sabe que no puede negarse a cumplir su palabra con un duque tan poderoso como Guillermo de Cleves.
El rey, paralizado, no hace nada y espera que todo, de alguna manera, se solucione. El 6 de enero de 1540 Ana y Enrique, pese a todo, se casaron.
Enrique la recibió con caballerosidad y trató esa noche de hacerle el amor en su habitación, buscando en ella un cambio o una señal de que todo podría ir bien. Ana, siempre silenciosa y asombrada, no tenía idea siquiera de cómo debía responder a esas caricias terribles e íntimas que le hacía ese rey gordo y corpulento.
Nadie le había enseñado jamás como complacer a un hombre, seguramente, y, presa de su propio pánico, se paralizó. Todo fue en vano. Enrique no podía excitarse, (a esta altura su virilidad sólo funcionaba cuando estaba extremadamente estimulado, y este no era el caso) y Ana no sabía en lo absoluto lo que se esperaba de ella.
De ese cóctel espantoso de dos amantes disgustados resultó una noche extraña y patética que selló para siempre la suerte de Ana de Cleves.
La primera noche de bodas fue una decepción terrible. Nada pasó. Nada pudo pasar entre un rey demasiado ansioso y una reina demasiado inocente.
Todos los autores que consulté coinciden en ello. La decepción de Enrique y su furia fueron terribles. Hans Holbein le había mentido. Su secretario Thomas Cromwell también. Nadie le había advertido que su esposa sería tan horrible.
Aquel rey extraño y turbulento tuvo una de las rabietas más grandes de su vida y las paredes de la Torre de Londres temblaron ante sus gritos.
Todos –gritaba– estaban en su contra. Todos eran culpables del engaño al que lo habían sometido. Todo era una conspiración. Enrique comprende que está en una horrible trampa de la que no puede salir sin consecuencias. Grita también que alguien pagará con su vida por todo esto. Y entonces decide, nuevamente, esperar y confiar en un milagro.
Los meses pasan y el matrimonio flota en una anodina indiferencia. Se cree que nunca se consuma y Enrique pronto vuelve a estar ocupado por la política europea. Tiene amantes, anónimas casi, para desfogarse.
Pero el rey, hombre orgulloso, quería, al menos, calmar su honor masculino y su virilidad y consumar el matrimonio. Aunque, ¿cómo hacer el amor con una mujer tan fría, horrible y, por si fuera poco, ignorante en el lecho?
El rey volvió a intentarlo una vez más (y muchas en realidad), pero el predecible resultado fueron nuevos fracasos. Los biógrafos de Ana dicen, con razón, que se necesitaba un amante paciente y comprensivo con una muchacha ignorante de las mieles del amor, y Enrique no era –a esta altura de los hechos– ninguna de las dos cosas.
Y entonces, casi en ese mismo momento, todo dejó de importarle y se olvidó de Ana de Cleves. El rey ya se había fijado en otra muchacha de su corte, la bella Catalina Howard, y decide el divorcio –otro más– sin pensarlo dos veces.
Cromwell fue quien pagó por el error, el que se sumó para su desgracia a una larga cadena de errores propios que lo llevarían rápidamente a la muerte. Enrique, inmisericorde, manda a ejecutarlo el 28 de julio de 1540 por “traición al reino”.
La versión de todos los historiadores afirma que Cromwell fue ejecutado solamente como represalia por esa noche de humillación del rey, que jamás le perdonó su imperdonable equivocación en todo este asunto.
Seguramente esto influyó, aunque es sabido que Cromwell tenía muchos enemigos en la Corte conspirando contra él desde hacía mucho tiempo. Todo esto le costó la vida.
Holbein, el pintor, curiosamente, no tuvo consecuencias mayores.
Solo una carta
Esta historia tiene un final rápido y abrupto. El rey quiere olvidarse cuanto antes de Ana y de su error. En un último gesto de compasión, fue generoso con Ana al momento de desprenderse de ella: le dio una renta de por vida y se olvidó de todo el asunto.
Ana de Cleves fue piadosamente exiliada y quitada de la vista del pueblo, en el castillo de Hever, junto a su humilde séquito alemán. Vivió el resto de su vida en una gris indiferencia, sin importarle demasiado a nadie. No tenía enemigos ni amigos, ni nada que hacer, realmente, y solo se dedicaba, a armar en su exilio una corte alemana en miniatura en la cual vivía un pálido reflejo de su vida como reina, esa que nunca tuvo. Las tardes, parece, eran todas iguales.
En pocos años, envuelta en esa gris indiferencia, olvidada por todos, habiendo pasado a la historia como aquella reina repudiada por su poca belleza, Ana de Cleves murió sin dejar huella alguna, a sus jóvenes 42 años, en junio de 1557.
La gran pregunta de esta historia queda en el aire, porque nadie nunca sabrá qué pasó por el corazón y la mente de esta mujer.
Casi no queda registro alguno de sus palabras. Solo tenemos una sola carta, un solo documento escrito de su mano, en el que ella jura sumisión al rey con palabras corteses y vacuas. Y nada más. Y esta falta de testimonios manuscritos no nos permite estudiar la vida de Ana de Cleves ni acercarnos demasiado a ella. No podemos comprender qué pasó por su mente al afrontar este extraño destino que le tocó en suerte.
Creo que jamás sabremos su versión de los hechos. Podemos sí, conjeturar y preguntarnos si Ana se sentía liberada, aterrada o aliviada mientras todo este drama se desarrollaba ante sus ojos. Solo podemos especular acerca de lo que sentía mientras era llevada a un país que no conocía, o qué sentimientos tuvo ante la presencia de un hombre desnudo que quería amarla con vehemencia, y luego, finalmente, cuando fue desechada como una prenda rota.
Nada sabremos de todo eso. Todo se desvanece en la nada, en un enigma que desconcierta a los historiadores hasta hoy.
Así era entonces en Alemania, y en toda Europa.
Ana de Cleves, reina de Inglaterra por algunos días, pasó a la historia por no haber tenido belleza suficiente. Y allí termina todo.
Es, creo, una reina triste con todas las letras.

Alejandro Eduardo Perdomo
Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo.
Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente. Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.
Imagen de portada: detalle retrato de Ana de Cleves por Hans Holbein, Museo del Louvre, © CC
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6 comentarios sobre “Ana de Cleves: la que fue repudiada por fea ”