Hay una paradoja que, me atrevo a decir a la distancia, los alemanes aún no pueden resolver.
Existe un lugar que es una metáfora de toda la oscuridad y la belleza que puede lograr el ser humano, y quizás, el alma alemana.
Porque se trata, por un lado, de un lugar tenebroso, con un origen oscurísimo, construido por los propios nazis para auto celebrar su grandeza, en nombre del deporte, mostrando su poderío absoluto. Al mirarlo estaremos viendo uno de los pocos edificios de Berlín que han sobrevivido intactos a aquel infierno en la Tierra que fue la época de Hitler. Sólo acercarse a él eriza la piel, reliquia oscura de un tiempo oscuro.

El 1 de mayo de 1936 Hitler habla a las juventudes en el estadio olímpico. Estas forman la frase: «Te pertenecemos». ©United States Holocaust Memorial Museum, cortesía de National Archives and Records Administration, College Park
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Pero la paradoja radica en que ese mismo lugar, también, es un entrañable y hermoso estadio. Lleno de gloria y de mitos que han iluminado con sus hazañas deportivas muchas noches. Un recinto repleto de leyendas del deporte que han forjado bajos sus tribunas algunos de los momentos más épicos: Finales de la Copa del Mundo y de Copas Europeas, partidos históricos entre clubes gigantes, goles inolvidables, récords aún no superados, y un largo etcétera. Mucha gente ha sido feliz en sus tribunas.
Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo contar esta historia? ¿Qué parte debemos iluminar al referirnos al Estadio Olímpico de Berlín, el Olympiastadion? ¿Su belleza intangible, y los recuerdos de cada hermoso y luminoso rincón de su estructura? ¿O su legado, que simboliza a sus constructores, los hombres más malvados que pisaron la tierra?
Yo creo que, como siempre, hay que ponderar la vida y la belleza. Iluminar la vida, en este caso, simbolizada por el amor al deporte. También, claro, debemos nombrar ese pasado oscuro, oscurísimo, pero vamos a enfocarnos en las leyendas que guarda.

Estadio Olímpico de Berlín, 4 de agosto de 1936, visto desde el Hindenburg © dominio público CC getarchive.net
El origen del Estadio Olímpico está ligado por siempre al nazismo y a los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Los nazis no desperdiciaron entonces, en esa década, la ocasión que se les otorgó para mostrar al mundo el renacimiento de la Gran Alemania tras el desastre de la Primera Guerra Mundial. Con una obra faraónica, para la que Hitler no reparó en gastos –al fin y al cabo, el objetivo era demasiado importante, y todo debía ser perfecto–, el Estadio Olímpico de Berlín, imponente, bello y majestuoso, estuvo listo para brillar al mundo la tarde de la inauguración de los Juegos, el 1 de agosto de 1936.
Durante los Juegos el estadio fue la sede más importante del programa olímpico. Durante 16 días en sus pistas el deporte fue el rey. En tardes míticas. Nos quedaremos con esa parte de la historia, aunque a pocos kilómetros de allí los nazis aplastaban en esos mismos momentos toda resistencia y encarcelaban opositores con fría crueldad.
Pero esos Juegos fueron, allí adentro del estadio, una fiesta del deporte. Para comprender la belleza de la justa deportiva propiamente dicha recomiendo ver la película Olympia, de Leni Riefenstahl.
Aunque, claro, con la película y su directora pasa lo mismo que con el estadio: profundamente odiada por algunos, por su vinculación humana e ideológica innegable al nazismo, la cinta es a a la vez amada por otros –los invito a verla extrapolando el contexto, porque el film es de una belleza inconmensurable, con una fotografía hermosa e imágenes inolvidables, un canto al olimpismo y al amor al deporte–.
La película muestra aquellas tardes y a los héroes que llenaron sus pistas, legado olímpico de todos los tiempos:
“Cuarenta y nueve delegaciones de atletas de todo el mundo compitieron en las Olimpíadas de Berlín, más que en cualquier otra Olimpíada. Alemania presentó la delegación más numerosa con 348 atletas. La delegación estadounidense fue la segunda más numerosa, con 312 miembros, incluidos 18 afroamericanos. La Unión Soviética no participó en los Juegos Olímpicos de Berlín.”[1]

El corredor olímpico Jesse Owens y otros atletas olímpicos compiten en la duodécima eliminatoria de la primera competencia de los 100 metros llanos. Berlín, Alemania, 3 de agosto de 1936 ©National Archives and Records Administration, College Park, MD
El gran héroe de los Juegos, fue, claro, Jesse Owens:
“Owens viajó a Berlín para participar en los Juegos Olímpicos de 1936, un evento supervisado por Adolf Hitler, donde el nuevo Canciller alemán esperaba que dominase la supremacía de la «raza aria».Pero no fue así: el atleta afroamericano Jesse Owens se convirtió en el centro de todas las miradas. Ganó los 100m en 10.30 segundos, los 200m en 20.70 segundos, y luego el salto de longitud, con un salto impresionante de 8.06 metros.
El oro en salto de longitud pasó a la historia: en la final batió a la gran esperanza de Hitler, el alemán Luz Long. En la ronda de clasificación, Owens hizo nulo en sus dos primeros intentos, mientras que Long había batido el récord olímpico en su primer intento.El alemán, a pesar de ser su rival, le aconsejó que calculase su salto unos centímetros antes a fin de no arriesgar. El estadounidense le hizo caso y así pasó a la final.Su cuarto oro llegó en el relevo de 4x100m, en el que Owens fue un parte clave en aquel equipo que estableció un nuevo récord mundial de 39.80 segundos…”[2]
Tengo en mi casa algunas postales originales de esos Juegos, objetos increíbles que compré en las calles de Berlín, en un puesto de antigüedades de la Avenida Unter den Linden.
Esas postales del Estadio Olímpico muestran algunas escenas entrañables de los Juegos: en una, un grupo de corredores hace el último y supremo esfuerzo por ganar una carrera con las tribunas del estadio totalmente repletas de fondo. En otras, una atleta consuela a otra, que está llorando, en una pista del Olympiastadion.
Según dice el texto en el reverso, las postales fueron impresas en agosto de 1936, es decir, durante la mismísima competición, como souvenir histórico de aquellas tardes mágicas. Las guardo con amor y cariño, objetos preciados que exhibo con orgullo, muestra de que los valores purísimos del deporte se imponen siempre ante la barbarie, o pese a ella.

Olympia, dirigida por Leni Riefenstahl ©Bildarchiv Preußischer Kulturbesitz
El estadio, como toda la humanidad, sufrió la Segunda Guerra Mundial y salió herido de ella. La propia página web nos enumera esas heridas:
“La zona estaba salpicada de cráteres de bombas, cajas de municiones vacías, equipos quemados, barricadas y cadáveres. El edificio del Sportforum sufrió graves daños, el «Stadion-Terrassen» quedó reducido a ruinas. Las gradas del Maifeld estuvieron ardiendo durante días. El fuego se extendió hasta el campanario, que se quemó por completo.El edificio administrativo de la Olympischer Platz quedó completamente destruido después de la guerra, cuando explotó la munición almacenada.”[3]
En 1945 los ingleses, que se habían apoderado de la zona, volvieron a abrirlo para un concurso de atletismo a pequeña escala. Fue, de a poco, reconstruido, pero nunca realmente se evaluó que hacer. ¿Demolerlo? ¿Reutilizarlo?
Así transcurrió el siglo. Los alemanes no sabían cómo referirse a él, oscilando –quizás– entre el amor y el odio. Y nunca, creo, realmente, lo guardaron en su corazón como un recinto querido durante aquellos años: cargaba con fantasmas demasiado pesados.
Como investigador del deporte, un hecho puntual me llamó la atención siempre, y creo que es muy simbólico: en el Mundial de 1974, que se jugó en Alemania, la Final, el partido más importante del torneo, se disputó en el Olímpico de Múnich y no en el Olímpico de Berlín. En esa Copa del Mundo, de hecho, el estadio berlinés recibió algunos partidos laterales y sin importancia, como si los alemanes le hubieran dado la espalda y no quisieran mostrarlo demasiado. Fue Múnich la que vio a Alemania Federal levantar la Copa del Mundo ante Holanda.
A comienzos de este siglo XXI, Alemania obtuvo la sede para la Copa del Mundo de 2006. En 2004, entonces, todo cambió y el estadio renació: fue restaurado totalmente. Tan bella fue aquella restauración que aún hoy, veinte años después, se lo sigue viendo inmaculado y hermoso.
Guarda, eso sí, ecos de su origen oscuro, del cual no podrá desprenderse jamás:
“Cada sector u objeto que permanece de la época del nazismo está acompañado de un cartel explicativo. Tal es el caso del salón VIP, ubicado en el mismo lugar en el que Hitler agasajaba a sus allegados. Lo mismo ocurre con la “campana olímpica”, que fue impactada por explosiones y quedó enterrada cerca del campanario. Rescatada 10 años después, quedó reubicada a la altura del piso, en memoria de las víctimas de la guerra y la violencia, con su rajadura y los símbolos nazis que contenía.”[4]
El Olympiastadion recuperó entonces nuevas noches mágicas y recibió eventos legendarios, noches marcadas en la historia del deporte.

Olympiastadion en Mundial de 2006 ©Tomt6788 en Flickr CC2.0
En el Mundial del 2006, como comienzo de su redención ante los alemanes, fue el recinto principal. En este torneo recibió la Final, donde una selección de Italia –más bien gris y aburrida–superó por penales a Francia. Antes, en ese torneo, Brasil, Alemania y Argentina jugaron en él. Más tarde, en el Mundial de Atletismo de 2009, el corredor más importante de la historia, Usain Bolt, consiguió los récords de 100 y 200 metros.
También se jugó allí la definición de la UEFA Champions League 2014/15 en la que Barcelona le ganó a la Juventus italiana por 3 a 1 con una exhibición de fútbol. Cada año se juega allí la Final de la Pokal, la Copa de Alemania. Hace días, de hecho, en junio de 2025, el Stuttgart levantó allí esa Copa ante el Arminia Bielefeld.
El año pasado, en 2024, tuvo lugar su última función de lujo –hasta ahora–ante el mundo: la espléndida Selección de España le ganó 2 a 1 a Inglaterra en un partido vibrante.
Ahí está el Estadio Olímpico. Se rumorea que Berlín va a postularse para organizar los Juegos Olímpicos de 2036, 2040 o 2044 con el Olympiastadion, otra vez, como sede. No sé si lo veremos, pero en ese caso, el círculo estaría cerrado y la redención estaría completa.
Creo, para cerrar el artículo, que el pueblo alemán perdonó al viejo estadio. No tuvo la culpa de ser la obra de un loco asesino. Queda, en su césped y en sus tribunas mudas, el recuerdo de otras miles de noches que hicieron historia y lo redimieron para siempre.
Imagen de portada: Estadio Olímpico de Berlín © Thomas Wolf, www.foto-tw.de (CC BY-SA 3.0 DE)

Alejandro Eduardo Perdomo
Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo.
Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente. Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.
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