«Lico» Jiménez, un músico cubano sin par entre dos latitudes

Una nublada tarde de febrero 2024 llegamos con mi compañera al frío de Berlín para conocer la ciudad como turistas. En el aeropuerto nos estaba esperando un chofer que nos transportaría hasta nuestro hotel, ubicado frente al parque Humboldthain.

Sabíamos que nos esperaría un viaje largo en auto hasta ese distrito, ubicado algo al norte de la ciudad. Imaginé, mientras esperábamos al conductor, un chofer rubio, teutón, sobrio y silencioso apareciendo de un momento al otro.

Pero no. De repente, sin aviso, una voz en español, en un tono indisimulable nos habló de cerca: “¿Señora Domínguez?” le dijo a Rocío, mi compañera de viaje y de vida.

Al mirar hacia el origen de aquella voz, observamos un hombre alto y moreno. Su sonrisa,  todo dientes y luz y su acento mágico al decirnos la segunda de sus frases (“Yo soy Carlos, su chofer”) me hizo saberlo de inmediato: era un cubano.

Carlos había llegado a Berlín en la década del 60, en plena Guerra Fría, y desde entonces residía allí, habiendo formado familia y atravesando mil vicisitudes.

Su historia, que nos relató en su lengua cantarina, estaba tan llena de detalles que hoy no la recuerdo. Habló profusamente durante todo el trayecto, y nos hizo (sospecho que buscando una propina que obviamente le dimos) un recorrido por lugares emblemáticos de Berlín hasta llegar al extraño barrio al que íbamos, contándonos como había visto en vivo la caída del Muro de Berlín, desde el mismo lugar donde sucedía.

Con él, y su acento cubano de fondo, vimos por primera vez el Muro, con un escalofrío que aún siento.

Mientras las calles pasaban, Carlos seguía hablando, llenándonos de datos y anécdotas, contando  su ajetreada vida de exiliado en Europa, con su acento inolvidable. Era una máquina de historias, datos y risas.

Al llegar al hotel le dimos la mano.  Seguía sonriendo. Antes de irnos nos dejó una frase: “Más raro que un cubano en Berlín”.

 Si hubiera sabido la historia que voy a contarles ahora, se la hubiera contado a él también, pese al cansancio de tantas horas de avión.

Porque algunos meses después, frente a un artículo sobre José Manuel Jiménez Berroa, músico cubano del siglo pasado, volví a pensar en ambos: En Carlos y en esa frase, tan luminosa y cómica a su manera.

Porque la vida, la increíble vida del cubano “Lico” Jiménez, de quien hablaremos hoy,  merece un relato propio.

Como si fuera un sino de los cubanos, su existencia había sido también ajetreada y difusa, llena de acontecimientos luminosos.

Ante todo, los datos biográficos: José Manuel Jiménez Berroa fue un destacado pianista y compositor cubano, conocido por su talento y contribuciones casi sin par para la música clásica. Había nacido en la ardiente y húmeda Trinidad, Cuba, en una familia acomodada y profundamente musical, con el ritmo en la piel.

Todas las crónicas que leí coinciden: desde joven supo desarrollar una gran habilidad para la música, aprendiendo a tocar el piano con su padre y su tía, Catalina Berroa, que fue también una reconocida organista y compositora. Pocos datos quedan, sin embargo, sobre esta mujer.

Hasta que una noche, en su Trinidad querida, todo cambió, de forma azarosa, como cambian casi todos los destinos.

En 1866, el aclamado violonchelista alemán, Karl Werner, en medio de su gira por el archipiélago cubano, hizo una parada en Trinidad. Allí tocó el piano junto al joven de quien tanto le habían hablado. Era Lico.

La interpretación de Lico debe haber sido tan impecable y luminosa que seguramente dejó una profunda impresión en Werner.

Aquí lo increíble: maravillado por su talento, el legendario músico alemán lo animó fervientemente a continuar sus estudios musicales en Europa. A los 16 años, luego de juntar el dinero gracias a las donaciones de familias locales, Jiménez Berroa viajó a Europa para continuar allí su formación musical. Un cubano en Europa.

Desde el ardiente sol caribeño hasta los adoquines medievales de Leipzig fue un viaje tan extraño como insólito, que cambiaría toda su vida.

El Viejo Continente, sin embargo, no abrumó al joven genio.

Pulió su talento y estudió en el Conservatorio de Leipzig. El destino musical lo llevó al Conservatorio de París, donde ganó el primer premio en 1876. Acaso cuando recibía su reconocimiento, pensaba en su isla, lejana, cálida, pero casi de otro mundo para este hombre increíble.

De su vida personal poco se sabe, y por eso no indagaremos demasiado en ella.

Suficiente será con repasar rápidamente su increíble vida profesional, que tiene su propio color, inolvidable y refulgente, como el sol caribeño. Su padre y su hermano recibieron la invitación y pronto se sumaron a él en Alemania.

Figura rupturista y mágica, realizó giras como concertista de piano, mientras, realizaba giras con gran éxito.

Como todo revolucionario, fue el primero en romper límites, en buscar lo imposible y llegar a tocarlo.

Sin detenerse a pensar en las trabas que podía tener en aquel mundo, una mañana se animó y  formó un trío junto a su padre y su hermano, que recién bajaban del barco. Se trataba del primer trío de cubanos que jamás había tocado en  Europa.

Los últimos años de su vida fueron casi como un vaivén casi musical. Como marcando el ritmo con un metrónomo, su vida fue un constante ir y venir entre Cuba y Alemania.

De Cienfuegos a Hamburgo, de Hamburgo a Cienfuegos, del sol cubano al frío alemán, Lico  fue y vino tantas veces de su patria que se nos pierde la cuenta en el relato.

Cerramos este relato con algunos datos sueltos sobre sus logros, que alcanzarán con su simpleza a darle lustre –si acaso hiciera falta– a su nombre:

“…En 1890 Lico regresa a Europa. Allí reanudó su brillante ejecutoria en la ciudad que lo colmó de tantos aplausos de las más altas autoridades y de los músicos más eruditos, al punto de evocarle como el Liszt de ébano.

En 1892 es nombrado co-director del conservatorio de Hamburgo y dirigió la Sección de extranjería en el propio conservatorio con el objetivo de facilitar a los estudiantes latinoamericanos con conocimientos de alemán sus estudios musicales en dicha ciudad…”

Su imagen sobre los mares del mundo, de latitud a latitud, con una pasión devoradora por tocar música, es lo que resplandece al recordar su figura.

Siempre la música, guiándolo, llamándolo, con un embrujo incandescente: como aquel Carlos, chofer inolvidable de mi primer día en Berlín, Lico fue un cubano en Alemania: un resplandor de talento y sonidos.


Alejandro Eduardo Perdomo

Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo. 

Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente.  Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.

Imagen de portada: Trío de la familia Jiménez ©Hermann Walter (1838–1909)Bergen Public Library Norway from Bergen, Norway, No restrictions, via Wikimedia Commons. José Julián (violín), José Manuel «Lico» (piano) y Nicasio (cello)

Alejandro Eduardo Perdomo

Escribo mucho y enseño Historia. Viajo para aprender. 4 libros escritos sobre historia europea.

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