Gisela de Suabia: la emperatriz que habló en silencio

Poco aparece en las historias medievales germánicas esta mujer delicada y fuerte a la vez.  

Hay pocas fuentes documentales sobre ella para el público general, y seguramente esto sea injusto, porque se trata de una mujer importante, que fue esposa y madre de Emperadores Germánicos.

Vamos a intentar explicar este silencio historiográfico, y, también, traer un poco de luz sobre ella.

Gisela de Suabia / Gisela von Schwaben había nacido, se cree, en el año 990, siendo hija de Germán II, Duque de Suabia y de Gerberga, Duquesa de Burgundia, y por sus venas corría –nada menos– la sangre de Carlomagno por parte materna.

Ya en cuanto a la fecha de nacimiento tenemos la primera “polémica” sobre Gisela de Suabia, y esto ayuda a entender por qué, en muchos casos,  la historia no cuenta demasiado estas vidas: no se trata de desdén, como suele creerse. Es simplemente que a veces los datos son confusos o contradictorios y el tiempo los borra, siendo difícil afirmar hechos con certeza.

Lo único cierto, generalmente, son las genealogías, que pueden seguirse al pie de la letra.

Pero con respecto a otros datos, estos siempre serán nebulosos y quedarán a la espera de nueva evidencia arqueológica. Dice una página que consulté;

(…) Gisela nació el 11 de noviembre de 999, según la placa de plomo hallada bajo su cabeza durante la apertura de las tumbas imperiales de la Catedral de Espira (Speyer, im Rheinland Pfalz)  en 1900. Sin embargo, dado que esta fecha no puede conciliarse con la cronología de sus matrimonios, debe basarse en un error…”[1]

El debate sobre este punto continúa.

“ (…) Los «problemas en torno a la emperatriz Gisela» (el título de un artículo académico de Brandeburgo) comenzaron con la apertura del sarcófago en Espira, donde se encontró una placa de plomo. Según esto, Gisela habría nacido en 999, mientras que antes de este descubrimiento, con el conocimiento de sus tres matrimonios y la fecha de nacimiento de sus hijos, se había asumido que Gisela nació alrededor de 989, al igual que su tercer esposo, Conrado II. Si se aceptara el año de nacimiento que figura en la tablilla, el posterior emperador Enrique III, nacido en 1017, habría sido el cuarto hijo del tercer matrimonio de una mujer de tan solo 18 años. Los investigadores mostraron división en su valoración de esta fuente que sin duda es auténtica y difícilmente descartable como reliquia…”[2]

Sin precisión histórica exacta, entonces, sí sabemos sin embargo que era muy joven –demasiado, para nuestros parámetros actuales– cuando debió casarse con su primer esposo, Bruno I, Conde de Brunswick. A partir de allí, todo está más claro en su biografía, hasta llegar a su hora más luminosa.

Al casarse tenía, quizás, sólo doce o trece años. Más allá de la precisión, ese era el común destino de tantas princesas de entonces de toda Europa: casarse en una boda a ciegas, con algún príncipe de una Casa dinástica rival, como símbolo de paz, o comprometerse en tierras lejanas con algún dignatario extranjero, buscando la conveniencia para el futuro del reino.

Este matrimonio político de Gisela y Bruno resultó fructífero en hijos, ya que tuvieron tres.

Sin embargo, también tuvo una consecuencia inesperada para ella: lo que parecía un mero matrimonio de conveniencia, sin ninguna importancia, fue pronto su trampolín para el poder.

Allí conoció de cerca los vericuetos de la política medieval. Algo debe haberse despertado en ella, que ya tenía la pasión por el poder en las venas; al fin de cuentas llevaba la sangre del gran Carlomagno.

En el año 1010 Gisela quedó viuda, ya que Bruno falleció de repente.

Fue entonces casada, después de un período de luto, con Ernesto I, Duque de Suabia; ellos tuvieron dos hijos.

El enlace, de nuevo, duraría poco.  Aquel matrimonio estable volvió a truncarse y la tragedia volvió a golpearla: en el año 1015 quedó viuda otra vez.

El ciclo volvió a comenzar: después de algunos años de espera, en el año 1017 tuvo su tercera boda con Conrado II, Emperador Romano Germánico. Era su pretendiente más importante. Algunas fuentes dicen que, de hecho, esta boda se hizo por la fuerza.

“(…)Tras la muerte de su segundo marido, fue raptada en 1016 por Conrado II, quien posteriormente se casó con la rica heredera…”[3]

Ahora sí, había pasado al primer plano de la política europea.

Ya era entonces Duquesa de Suabia, lo que se conoce como Reina Consorte o Emperatriz del Imperio Románico Germánico.

Ese era para el Emperador, en la práctica y la realidad, un simple título honorífico y decorativo. Su mujer no era más que una dignataria más, heredera de reyes, sin poder real alguno.

Y aquí aparece la mayor fortaleza de Gisela; ella no se conformaría con eso. Llega aquí su momento. Gisela desempolvó algunos tratados antiguos y se dio cuenta de que su título no sería solamente un decorado.

Se sabía secretamente, parece, superior en educación a su marido, y de hecho lo era. Las fuentes confirman este dato tan íntimo. Y entonces, comenzó a hablar y a actuar.

Según ella lo veía, sus títulos no eran meramente honoríficos: implicaban funciones diplomáticas, ceremoniales y, también, si se preparaba, influencia política.

Y a eso se abocó, dando un paso adelante.

Decidió entonces algo inédito, o, al menos, bastante extraño para las reinas de la época. Viajar. Porque Gisela fue una de las pocas mujeres de su tiempo que participó activamente en la vida imperial, acompañando a Conrado en sus viajes y coronaciones, y siendo reconocida como figura de autoridad allí por donde iba.

Había dado un paso a la luz.

Aquí sí, las fuentes que aparecen sobre esta etapa de su vida son claras en hechos concretos y hablan de su importancia política y no solo simbólica.

“(….) En la Pascua de 1027, el Papa Juan XIX realizó la coronación imperial de la pareja gobernante. Gisela es, sin duda, una de las figuras más importantes entre las emperatrices alemanas de la Alta Edad Media. Figura majestuosa, distinguida por su generosidad, sabiduría y destreza en la gestión de asuntos, con un profundo sentimiento religioso y una educación superior a la de Conrado II, ejerció una considerable influencia en su gobierno. Su aparición como interventora en muchos de sus diplomas es más que una simple frase…”[4]

Sin embargo, nos queda un vacío: no sabemos lo que pensaba de primera mano. Sus palabras no nos han llegado; ni una sola fuente primaria nos queda de Gisela, ni un manuscrito o una carta, y debemos perdernos en los documentos oficiales, poquísimos entonces. En la época medieval europea, como el siglo XI, las fuentes primarias que contaban las vidas de las mujeres eran escasas o nulas, casi una mera curiosidad.

La mayoría de los registros eran escritos por monjes y cronistas que ignoraban olímpicamente algunos datos, quizás sin tiempo para explicar todo; y solamente se conformaban con relatar la vida de los reyes, soslayando a sus esposas. Las mujeres eran meras figuras decorativas de la historia.

Pero Gisela aprovechó su tiempo. Con luz propia, se las ingenió para ocupar su lugar en la historia y por su propia obra se frenaron algunas guerras.

“(…) Por su intercesión, se firmó un tratado de paz con Mieszko de Polonia en Merseburgo en 1033…”

Su figura trajo estabilidad y paz, y se encargó de cimentar las bases del Imperio Romano Germánico.

Pero todo tiene un final: a la muerte de su esposo su influencia comenzó a apagarse.  Se dedicó entonces a educar a su hijo Enrique III, futuro Emperador, que sin embargo luego le daría la espalda y la despojaría de su poder.

“(…)Junto con su hijo Enrique III, Gisela fue admitida en la hermandad del monasterio de San Galo e hizo una copia de la traducción de Notker de los Salmos.

Evidentemente, prestó especial atención a la educación de Enrique III. Aunque podemos suponer que pudo ejercer una influencia decisiva en el desarrollo intelectual y religioso de su hijo, entró en conflicto con él por razones desconocidas poco después de su acceso al poder, un conflicto que probablemente se resolvió hacia finales de 1041 sin restaurar su antigua influencia…”[5]

Aparentemente, algo la habría distanciado de su hijo, como podemos leer en esta fuente, y eso la hizo perder peso y poder en la corte germánica desde entonces.

Nuevamente las sombras y las dudas cubren su historia.

Quizás madre e hijo se distanciaron por causa de otro de los hermanos, Ernesto; esta es una posibilidad bastante certera. Veamos este análisis:

“(…) Ella abogó repetidamente por su hijo rebelde, Ernesto, pero tras su deposición y proscripción en 1030, finalmente renunció a él. Gisela promovió la Iglesia e influyó en el nombramiento de obispados y abadías imperiales. Sin embargo, tras la llegada al poder de Enrique III (1039), su influencia en la política imperial decayó debido a tensiones personales…”.[6]

¿Cuáles serían esas “tensiones personales”? ¿Qué tipo de sueños, ambiciones o frustraciones ocultan esas palabras? ¿La pena de una madre desdichada? ¿O simple cansancio y fatiga, tras una larga vida en el candelero político?

Nunca, quizás, lo sepamos.

Corrida de la historia, y olvidada por las grandes crónicas germánicas, Gisela moriría de disentería dos años después. Fue enterrada en la cripta de la Catedral de Espira, junto a otros miembros de la realeza.

De su destino borroso podemos aprender muchas cosas: en tiempos de tensiones entre nobles y emperadores, Gisela representó una figura de equilibrio; su presencia en la Corte ayudó a consolidar alianzas y a suavizar conflictos, especialmente en momentos de transición dinástica.

En resumen, Gisela fue mucho más que una consorte: fue una arquitecta del poder imperial, una madre influyente y una diplomática silenciosa. Su legado no está en grandes batallas, sino en la solidez que ayudó a construir y que se entrevé en los vericuetos de su leyenda.

Vaya este humilde artículo para sacarla –un momento– de las sombras: mujer equilibrada en una época de desequilibrios.

Fuentes:

1)2)3)6)- https://www.manfred-hiebl.de/genealogie-mittelalter/deutschland_koenige_2/gisela_von_schwaben_1043_konradiner_brunonen_babenbeger_salier/gisela_von_schwaben_deutsche_koenigin_+_1043.html

4)5)- https://www.deutsche-biographie.de/118717693.html?language=de#ndbcontent



Alejandro Eduardo Perdomo

Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo. 

Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente.  Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.

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Imagen de portada ©Simon Verelst – (Original text: 1489 ; 1492 ; Klosterneuburg ; Österreich ; Niederösterreich ; Stiftsgalerie), Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=11794059 / Gisela de Suabia en una pintura sobre tabla. Detalle del cuadro del árbol genealógico de los Babenberg en el Museo del Monasterio de Klosterneuburg.

Alejandro Eduardo Perdomo

Escribo mucho y enseño Historia. Viajo para aprender. 4 libros escritos sobre historia europea.

2 comentarios sobre “Gisela de Suabia: la emperatriz que habló en silencio

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