El renacer del estadio Heinz Steyer de Dresde

Visité Dresde una fría y nublada tarde de febrero.

Pasamos por aquella ciudad increíble mientras íbamos en camino hacia la República Checa.

Como parte de este periplo, hicimos una escala de un día en Dresde, la “Florencia del Elba” y ciudad conocida por haber sido totalmente destruida durante la Segunda Guerra Mundial.

El chofer del micro que nos trasladaba realizaba la ruta con pericia y calma por los prolijísimos caminos alemanes, y de repente nos informaron: estábamos llegando a la ciudad. Estábamos cerca del casco histórico, sitio de los edificios más hermosos, y el lugar que más cruelmente sufrió aquellos bombardeos.

Las torres de la ciudad asomaban en el horizonte. Ya estábamos cerca. Y entonces, en un recodo, pegado al río Elba, el vehículo hizo un giro, y lo vi: era un estadio de fútbol coqueto, pequeño y pulcro, en plena restauración.

Se lo veía en pleno proceso de cambio. Las tribunas eran claramente visibles en su interior, y también se atisbaba algo de su campo de juego. Una franja de césped, de un verde brillante, relució a los lejos, durante un segundo en mis retinas. Algunas máquinas de construcción estaban en los alrededores.

El cartel con el nombre del estadio estaba a sus puertas. Memoricé el nombre mientras el micro seguía su marcha.

Fueron pocos segundos, y dudo que alguno de mis compañeros ocasionales de viaje lo hubiera notado.  Nadie le dirigió ni una mirada. Cuando le pregunté a mi compañera Rocío hace pocos días, ni siquiera recordaba haber pasado por estadio alguno.

Pero yo sí.

Aquel era el inconfundible perfil de un estadio alemán, y me gusta conocer sus historias.  Creo que fue entonces que me propuse investigar, leer y escribir esta breve historia sobre el Estadio Heinz Steyer de Dresde.

Sabía que aquel viejo y legendario estadio, como toda la ciudad que lo cobija, en realidad, era una historia viva de resiliencia y de supervivencia, una metáfora clarísima de su historia, y un canto a la superación y el renacimiento desde las cenizas.

Fue en octubre de 1919 cuando el Estadio Heinz Steyer abrió sus puertas con un partido entre el Dresdner SC y el VfB Leipzig.  Aunque el DSC, equipo local, perdió aquel encuentro inaugural, lo que comenzaba a forjarse no era solo un terreno de juego, sino un epicentro de eventos inolvidables, uno de los corazones deportivos de la ciudad.

En 1924 al estadio se le añadió un techo sobre su tribuna de piedra, y en 1930 la cancha vio por primera vez un partido internacional, en el que la selección de Alemania venció a Hungría 5-3 frente a 50.000 espectadores luego de ir perdiendo por tres goles en la primera etapa, como cuentan las crónicas.

En los años siguientes, mientras el nazismo surgía al mundo, el estadio creció y se fortaleció.

La selección alemana lo usó en varios compromisos durante la década de 1930. El 26 de mayo de 1935 el estadio tuvo el récord de asistencia de toda su historia, en la victoria de Alemania sobre Checoslovaquia por 2 a 1.

La pasión por el fútbol y el atletismo lo convirtieron –desde entonces– en un espacio vibrante para la comunidad, pero la tragedia más grande de la historia de la humanidad también marcaría su existencia.

El 13 de febrero de 1945, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, el estadio sufrió daños por los ataques aéreos sobre Dresde.

La ciudad era una de las joyas de Alemania, repleta de edificios hermosos y con un aire medieval que la hacía destacar entre miles de otras ciudades.

Tal era el patrimonio arquitectónico de la ciudad, la belleza de sus cúpulas. Por eso se la llamaba la “Florencia del Elba”.

Su historia tendría un giro dramático una noche de la Segunda Guerra Mundial: sin motivo aparente, ya que no poseía bases militares ni era una zona clave para la estructura alemana ni tenía centros industriales destacados, la aviación británica la borró a sangre y fuego del mapa en uno de los peores bombardeos sobre civiles que la guerra conoció durante la noche del 13 de febrero de 1945.

La ciudad simplemente desapareció de la faz de la tierra.

Nadie puede explicarse con certeza el porqué de aquella destrucción sin sentido por parte de la Fuerza Aérea Inglesa, la que se encargó con saña asesina de borrarla del mapa, sin ningún sentido estratégico. La mayoría de los historiadores cree que los ingleses lo hicieron por pura sed de revancha patriótica, quizás para devolver el golpe de los bombardeos nazis sobre Coventry, ciudad inglesa que también había desaparecido.

El caso es que la RAF destruyó la ciudad. Algunas pequeñas cifras ilustrarán aquel crimen de guerra: 40.000 civiles muertos, otros miles heridos de forma irreparable, 650.000 bombas incendiarias arrojadas sobre el casco histórico de la ciudad, 70% de la ciudad convertida en cenizas y polvo.

Pobre Dresde.

El viejo estadio, por supuesto, no quedó exento de este ataque, pero increíblemente no fue destruido. Fue un milagro que los historiadores no pueden explicar.

Con la lenta y dolorosa reconstrucción de la ciudad tras la guerra, el estadio, última de las prioridades en renacer, tuvo que esperar algunos años. Durante las tardes y noches yacía allí, abandonado, lastimado y en silencio. Resistía como podía.

No era tiempo para goles o festejos en Alemania; se luchaba por sobrevivir, por volver a ser, después de haber dado al mundo una dictadura asesina que degeneró en la total destrucción del país y su división en dos partes tras un Muro infame.

Pero finalmente las autoridades de Dresde percibieron que aquel campo de juego era necesario; el deporte y sus templos son espacios sagrados para curar el alma de una ciudad.

El estadio fue reinaugurado entonces,  y en 1949 se lo rebautizó como “Heinz Steyer” en honor a un atleta y resistente antifascista fusilado por el nazismo.

Y de a poco volvió a ser. Ese mismo año se convirtió en pionero al inaugurar el primer sistema de iluminación artificial en Alemania. De hecho allí se jugó el primer partido con iluminación artificial en suelo alemán, el 27 de junio de 1949, con una victoria del SG Friedrichstadt  sobre la selección de la RDA por 2 a 0.

Durante las décadas siguientes se jugaron varios partidos de la selección nacional de la RDA, que encontró su casa en el viejo estadio.

La extraña selección de Alemania Oriental, con su camiseta azul, hizo suyo aquel lugar, mientras buscaba su lugar en el mundo futbolístico.

Enumero algunos de esos partidos simplemente como entrañable detalle historiográfico. El detalle curioso es que todos ellos fueron contra equipos de regímenes comunistas, a excepción del último.

El 14 de junio de 1953 la República Democrática Alemania empató con Bulgaria 0 a 0, ante 55.000 personas que bramaban en el viejo estadio. Fue la primera multitud grande después del bombardeo.  El 1 de mayo de 1959 la RDA perdió contra Hungría por 1 a 0 ante 50.000 personas. El 14 de octubre de 1969 fue Rumania, una selección muy menor, la que derrotó a la RDA por 3 a 2.

Y –en el último partido que pude hallar de una selección alemana allí– en el marco de las eliminatorias para el Mundial de México 1970,  la RDA venció a Gales por 2 a 1. No le serviría para nada; no jugaría aquel Mundial.

El estadio continuó evolucionando y sanando: en 1972 se adaptó para el atletismo internacional y en 1978 se le instaló un marcador electrónico. Fueron los años en que en sus pistas se batieron varios récords del mundo atlético y cientos de jornadas de competencia tuvieron lugar ahí.

A su alrededor Dresde estaba en pleno milagro; resurgía desde las ruinas y volvía a la vida, lentamente pero sin pausa.

El viejo estadio era ahora nuevamente el orgullo de Dresde y, como la vieja ciudad, lamía sus heridas en pleno proceso de curación. La vida había renacido, y la ciudad, milagrosamente también.

Pasaron los años y siguió allí, resistiendo el paso del tiempo, con arreglos y mejoras periódicas, que lo fueron embelleciendo. Sin embargo, la cercanía del rio Elba, un río amigable, pero que a veces brama con furia,  también fue protagonista de su historia: una gran inundación de la zona, en 2002, lo afectó gravemente en su infraestructura, lo que llevó a intensas renovaciones.

El siglo XXI trajo consigo nuevos bríos para el Heinz Steyer. En 2017 su tribuna norte brilló renovada. Finalmente, en 2018, el Ayuntamiento de Dresde aseguró los recursos para una renovación completa, consolidando su historia centenaria como símbolo de resiliencia y transformación.

En medio de esa renovación –una más– fue que lo vi durante un segundo, como un relámpago. Nunca lo olvidaré. Allí está aún.

En marzo de 2025, tras mi visita, un último hito llegó con la instalación de una placa de los récords mundiales que se batieron en él, rindiendo tributo a una historia que sigue escribiéndose con el paso del tiempo.

El  viejo estadio Heinz Steyer, como Dresde, resurgió de sus propias cenizas, resistió los embates de la historia y los bombardeos, y ahora sigue allí, en medio de una ciudad inolvidable que quiere vivir y que vuelve a resplandecer de belleza ante nuestros ojos cuando la recordamos a la distancia.


Alejandro Eduardo Perdomo

Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo. 

Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente.  Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.

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Alejandro Eduardo Perdomo

Escribo mucho y enseño Historia. Viajo para aprender. 4 libros escritos sobre historia europea.

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