La Avenida Wilhelmstrasse, en el centro de Berlín, figura en todos los libros sobre la ciudad como la antigua “avenida de los ministerios nazis”.
Cruzando la Puerta de Brandemburgo, tomando un recodo, uno se encuentra de frente a ese viejo boulevard, que recibió toda la fuerza de las bombas aliadas y fue reconstruido.
Estaba casi vacío cuando nos recibió, una tarde de febrero. Lloviznaba y casi no había tráfico. El cielo, gris, de un gris berlinés, infinito y sin matices. El silencio era asombroso. Casi ningún turista nos acompañaba.
Seguimos caminando. Wilhelmstrasse tenía una historia que contarnos.

Berlin Wilhelmstrasse – Detlev-Rohwedder-Haus 2006 actualmente Ministerio Federal de Finanzas, antiguamente Ministerio del Aire del Reich ©dominio público
En 1936, la Alemania de Hitler se encontraba en su apogeo. Todo un estilo arquitectónico, nacido de la mente de su líder, surgió al mundo.
Aquel megalómano, enfermo de poder y sueños de grandeza, quería reconstruir Berlín, hacerla incalculablemente gigantesca, de manera que dejara como una ciudad insignificante a otras como París y Roma. Germania se llamaría aquella ciudad de ensueño.
Esos sueños de Hitler se amparaban en la figura del arquitecto oficial del Reich, una personalidad extraña, magnética y hermética a la vez llamada Albert Speer.
A su pedido se construyó lo que sería la primera fase de aquel sueño de locura y monumentalidad; el barrio de los ministerios muestra a pequeña escala lo que vendría en aquella ciudad imaginada por los jerarcas nazis. Todos los líderes nazis tuvieron sus oficinas a pocas manzanas de distancia, generando un verdadero centro de poder en un radio de algunas manzanas.
La arquitectura nazi podía ser monumental, y gigantesca, pero no era para nada bella.
Su estilo brutal, seco, compacto y gris, de haber perdurado, hubiera legado al mundo ciudades ominosas, estructuras gigantes y someras, oscuras y secas como el alma de sus creadores.
Y así, con esa estética tan propia, entre otras decenas de oficinas, se erigió en la Avenida Wilhelmstrasse de Berlín un colosal edificio de oficinas, que ostentaba el título de ser el más grande del mundo en su momento. Era un edificio especial, que los nazis querían mostrar al mundo como el símbolo de su burocracia aceitada y precisa.

Reichluftfahrtministerium/Ministerio del Aire del Reich 1938 ©Bundesarchiv, Bild 146-1979-074-36A / Hagemann, Otto / CC-BY-SA 3.0, CC
Con 2000 oficinas y más de 4000 ventanas albergó al Ministerio de Aviación del Reich, la sede de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Fue terminado en 1936.
La imponente fachada de piedra gris albergaba la oficina del segundo al mando del régimen nazi, Hermann Göring, un hombre extraño, frío, exaltado y delirante.
Desde sus ventanas este hombre tan peligroso oteaba el horizonte de Berlín y sentía, con puño de hierro, que la guerra aérea estaba en sus manos. Tenía razón. Durante tres años Göring y sus aviones fueron los dueños de Europa, controlando la muerte desde aquel edificio del corazón berlinés.
Todo se dirigía desde allí, desde ese preciso lugar.
Pero a partir de 1944, las tornas cambiarían.
Durante los raid nocturnos que sufrió Berlín por parte de la aviación aliada (y sobre todo al final de la guerra, cuando Berlín fue casi totalmente destruida por los soviéticos), el edificio, una de las joyas del Reich, sufrió daños, como toda la ciudad. Empero, estos no fueron demasiado graves.
Göring estuvo orgulloso hasta el final de su creación, que lo sobrevivió.
Quizá fue la mano del destino o del azar, quizás se trató de un acuerdo tácito de parte de los aviadores ingleses y rusos para no destruirlo (esta teoría la he leído varias veces en la pluma de diversos historiadores), la cuestión es que el Ministerio del Aire sobrevivió y ahora está allí.
Göring murió, en el paroxismo de delirio y muerte que se llevó a la tumba a los jerarcas nazis al terminar el conflicto en 1945, pero su edificio, su guarida, de la que estaba orgulloso, siguió viviendo.

Antesala de una oficina en el Ministerio en el año 1939 ©Bundesarchiv, Bild 183-E13724 / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 DE
Tras la guerra se recicló en su uso: se convirtió en la sede del gobierno comunista en la Berlín Oriental y, posteriormente, en el Ministerio de Finanzas alemán.
A pesar de su turbulenta historia, el edificio ha sobrevivido al siglo XX intacto en su forma: semejante a una caja, largo y chato, repleto de ventanas, gris y amenazante.
Monótono en su grandeza, eriza la piel verlo surgir tras la niebla, al doblar una esquina, reliquia intacta de un tiempo oscuro.
Sus ventanas parecen mirarnos mientras nos acercamos, como un monstruo vigilante en sus dominios, como un rey que yace sin su corona, esperando algo indefinido.
Sus entrañas ocultan miles de fantasmas de un tiempo milagroso para Alemania, pero que escondía tras su crecimiento el germen de su propia destrucción.
Hoy los alemanes le dan la espalda, y solo pueden ver su interior una vez al año; el último fin de semana de agosto, cuando el gobierno alemán celebra sus jornadas de puertas abiertas.
Dicen, de todos modos, que pocos son los que se animan a atravesar sus puertas. No los culpo.
Y allí estábamos frente a él, aquella tarde nublada y oscura. El cielo hacía un equilibrio perfecto con ese viejo fantasma vivo.
El viento, impenitente, seguía soplando.
Comenzaba a oscurecer. El gris del cielo se volvía negro frente a mis ojos, y allí estaba: esa estructura gris, tenebrosa y apagada, cargada de malos augurios, símbolo vivo del nazismo y el horror.
Sus ventanas, sus miles de ventanas, parecían mirarnos más fijamente a cada paso que dábamos hacia él, escrutándonos con ojos amenazantes.
El color gris, el gris del cielo y del edificio, el silencio, y el viento. Las ventanas, sobre todo. Las ventanas. Cientos y miles de ellas, hilera tras hilera, como pupilas rencorosas, oscuras, oscurísimas.
Algo latía tras ellas.
En esos momentos se liberan las pesadillas, y les confesaré una fantasía absurda que me atacó por algunos segundos: casi pude ver surgir, desde dentro de sus entrañas, a uno de esos hombres de uniformes pardos que han sido la materia prima de las pesadillas de la humanidad desde hace 90 años, mirándonos con odio por aquella guerra perdida.
A su alrededor, el entorno parece malsano, como si el edificio irradiara una radiación maligna que impide al turista o al paseante sentirse feliz. Continuamos avanzando, intranquilos, por su vereda, rumbo a otros destinos de la ciudad. Oscurecía y el viento seguía soplando.
Al pasar junto al edificio, el peso de todo ese pasado espectral me dio un escalofrío que recorrió –aún lo siento– mi espina dorsal.
Como un animal peligroso dispuesto a mordernos, algo dentro mío no quería darle la espalda de repente. Yo observaba tenso, de reojo, mientras cruzaba delante de aquella mole gris.
Las ventanas, miles y miles, y tras ellas, cristales oscuros, negros como la noche que se acercaba. Lejos de nuestro hotel y de nuestra casa.

Ceremonia de coronación del edificio una vez que se hubo completado el tejado. Pasa revista Hermann Göring 1935 ©Bundesarchiv, Bild 183-2005-0411-500 / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 DE
Sin embargo, sucumbí a la tentación y eché una mirada hacia su interior. Desde la Avenida Wilhelmstrasse podían entreverse algunos escritorios. También algunas sillas, un par de muebles y un ascensor.
Poco más. Todo estaba silencioso y vacío.
Ese silencio nos hablaba. Cuando lo dejamos atrás, parecía mirarnos, aún, tras nuestros hombros. ¿Qué podría decirnos el edificio del Ministerio del Aire si nos hablara? ¿Qué cosas nos gritarían las voces de aquel pasado desde su interior?
No me atrevo a imaginar lo que debe sentirse en sus recovecos, deambulando a través de su interior durante una madrugada. El solo pensamiento me aterra, y mi piel vuelve a erizarse como en aquella tarde de febrero.
Allí, como en toda la ciudad de Berlín, revolotean los fantasmas del pasado. El aire es espeso, como una melaza oscura.
Hay que irse de inmediato. Con paso apresurado salimos de la zona, sintiendo un alivio en el pecho que no nos atrevimos a confesarnos ni siquiera entre nosotros mismos.
Pero allí sigue –y seguirá– el edificio del Ministerio del Aire de Hermann Göring, oscuro superviviente de la época nazi, único rescoldo de las llamas con las que un asesino quiso quemar el mundo.

Alejandro Eduardo Perdomo
Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo.
Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente. Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.
Imagen de portada: Vista aérea del edificio Detlev-Rohwedder que albergó el Ministerio del Aire del Reich ©Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported
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Este es el estilo arquitectural ‘brutalista’, que está muy presente en muchas partes de Berlín. Es increíble cómo esa ciudad puede ser tan fea y tan ‘cool’ a la vez.