Amamos las almas delicadas. Y no conocemos ningún otro hombre en la historia que haya tenido el alma más delicada que Luis II, Rey de Baviera en el siglo XIX.
Ni una sola vez en este artículo vamos a tomarnos el atrevimiento de llamarlo “Loco”, aunque con ese sobrenombre sea como lo recuerda la Historia. Los historiadores, muchas veces, atrapan a un hombre en un concepto puntual, quizás erróneo, que acompaña su memoria para siempre. Y así seguirá ese mote, adherido a su nombre como una maldición cada vez que alguien hable de él, desde entonces y para siempre.
Pero nosotros no haremos eso.
Luis II nace en 1846, pleno siglo XIX.
Le tocará en suerte gobernar el reino de Baviera, uno de los más ricos de toda Europa. Esa riqueza le permitía al reino no tener problemas económicos o sociales. Baviera era prácticamente un oasis de paz, rodeado de un increíble entorno natural, propicio para las ensoñaciones. Baviera se había marginado por propia voluntad de las infinitas guerras europeas de siglos anteriores, y eso la había hecho sostenerse sin problemas internos. El bello paisaje exterior aumentaba la sensación de perfección.
Luis asume el gobierno en 1864 y ya, desde el primer momento, se planteó un objetivo que nos muestra, como un signo de lo que vendría, su verdadera personalidad: durante su reinado quería convertir a su reino en el faro cultural de Europa. Alejarse de toda guerra, llenar de museos, de óperas, de escritores a Baviera, fundar teatros y bibliotecas, invertir todo el dinero posible en el crecimiento cultural de ese reino; esa iba a ser su política de Estado. Que otros hicieran las guerras o la alta política. Luis era distinto, y lo mostró ya desde este acto fundacional de su gobierno.

Luis II de Baviera ©CC
Y así, abiertamente, sin eufemismos, lo planteó en su primera reunión con su consejo de Estado. Las miradas de reojo comenzaron en ese mismo momento.
Muchos ministros comenzaron desde aquella misma mañana a vociferar su locura.
¿Dónde se había visto un rey que diera la espalda a la diplomacia, a los vericuetos de la poítica palaciega, para desviar los fondos del Estado construyendo edificios culturales? Pero Luis, sin escuchar a nadie más que a sí mismo, fue constante con su objetivo desde esa reunión y se dedicó con cuerpo y alma a su obra. Dejó de interesarse abiertamente por la economía, los manejos de palacio, las luchas entre los reinos y enfocó toda su energía en el arte.
Difícil misión le esperaba. Muchas veces se sentía solo, y así lo hace sentir su correspondencia de entonces. Sabía, o entreveía, quizás, su destino. En ese momento Luis esperaba una señal. Quería algo que le dijera que estaba en el camino correcto. Y tuvo entonces el encuentro que cambiaria su vida y su reinado.
Una noche presenció una ópera de Wagner y su alma quedó, para siempre, anclada en ese momento. En cierta manera, todo el resto de su vida fue una búsqueda constante de volver a sentir lo que había sentido aquella noche.
Porque Luis sintió que Wagner era la persona que encarnaba todos sus sueños, la persona que comprendía, a través de su arte, cada vericueto y cada pequeño rincón de su alma atormentada. Y hacia Wagner dirigió su mirada, su vida y sus pasiones.
Luis toma dinero del reino para financiar a aquel compositor tan volcánico. Comienza a construir varias óperas con el sólo fin de que allí se toquen sus obras. Lo invita a vivir al palacio, lo llena de regalos y le brinda un enorme subsidio mensual, obtenido del erario público.
Toda su vida, toda su alma, todos los recursos del Estado, todas sus ideas de gobierno se ponen en pos de idealizar la obra de Wagner, a quien el rey juzga el artista más importante de todos los tiempos, el artista que encarna el alma misma de Baviera.
Luis se ha hechizado y aquí comienzan los primeros murmullos sobre su salud mental. Porque aquel compositor fascinó hasta el extremo de su alma al joven rey. Luis ve todo, el mundo, el cielo, la tierra, la ciudad de Baviera, su propia vida y su reinado, incluso, como una gran ópera wagneriana. Se rinde entonces a sus pies.
Pasan los años y Luis se aleja ostensiblemente de la realidad.

Gruta de Venus, inspirada en la ópera Tannhäuser de Richard Wagner, en el castillo Linderhof ©Pe-sa, CC BY-SA 3.0
El rey rechaza todas las propuestas de sus ministros que no tengan que ver con el arte y la difusión de la música. Los despide sin escucharlos cuando quieren plantearle temas de política exterior, o cuando siquiera le sugieren ideas sobre alianzas o guerras.
Para él, todo eso no existe.
Luis cree que el mundo debe ser un decorado de una de las monumentales óperas de Wagner y construye para eso dos grandes palacios, Linderhof y Herrenchiemsee, que aún hoy, dos siglos después, son hermosos, con una indescriptible y multicolor belleza.
Su obra maestra en este aspecto, es, claro, el castillo más bello del mundo: Neuschwanstein, con sus decenas de torres, con su estilo romántico e imponente, es erigido en pocos años y con su arquitectura de cuento de hadas aún fascina a la humanidad entera.
Luis quiere que, como todo lo que hace, ese castillo sea hermoso y gasta millones en estas construcciones.
Y eso tendrá un precio.
Una mañana cualquiera recibe un golpe tremendo. Sale de su ensoñación para escuchar a todos sus ministros reunidos que lo convocan a una reunión de urgencia. Estos le exigen que Wagner sea despedido, o Luis será obligado a renunciar al trono. Ya circula por la ciudad la noticia de que el dinero para sostener a Wagner viene de las arcas del Estado. En las tabernas cunde el enojo y la burla.
Luis llora. Pero, en algún punto de su alma asume, días después, que esto debe hacerse y Wagner es expulsado de la ciudad y del castillo.
La mente de Luis se diluirá a partir de este momento.

fotocromo de 1890 del castillo Neuschwanstein ©autor desconocido
Al finalizar su castillo de Neuschwanstein se muda allí. Y de a poco, dejará de hacerse ver. Se aísla, se confina a si mismo. Ve óperas cada noche, que se hace representar allí mismo, como único espectador en una sala enorme y vacía. Deja de preocuparse por el gobierno y ese encierro lo aleja del mundo exterior.
No habla con nadie, ni siquiera con sus criados.
En ese momento, y como era esperable, un grupo de nobles comienza a conspirar. Se planea una revolución.
Todos los nobles, de a poco, preparan su destitución y hasta quizás su asesinato. El pueblo bávaro comienza a murmurar sobre la locura de su rey. En cada calle se habla del “Rey Loco”.
Sus propios ministros comienzan a darle la espalda.
El crédito político del rey se termina de forma acelerada. Él, mientras tanto, solo, en su trono, no quiere pensar en nada más que en la ópera, en los libros, en la música, como si nada extraño pasara afuera. Ya ni siquiera recibe a sus asistentes. La situación se tensa hasta que todo se desmorona. En 1886 el rey es declarado “incapaz de gobernar”. Se le diagnostica, también, esquizofrenia.
Luis es expulsado una noche de su propio castillo y trasladado a otro, el de Berg, frente a un hermoso lago, para tener una cura allí. Nunca volverá a Neuschwanstein y quizás lo sepa. Un psiquiatra lo acompañará al castillo de Berg. También irán, disimulados, algunos guardias armados.
El final, el predecible final, viene días despues y es el más grande misterio de esta historia, y uno de los enigmas aún no resueltos de todos los tiempios.
Una tarde, Luis sale a pasear con su psiquiatra por los bosques de Berg. Caminan juntos habitualmente. El psiquiatra ha tomado notas, que se conservan, en las que lo encuentra francamente mejor. Su mente parece estabilizarse y esos paseos al aire libre son una bella manera de tratarse. Ambos se sienten cómodos en presencia del otro. Algunos guardias los vigilan de lejos. La tarde del 13 de junio de 1886 ambos salen a caminar. Pasan las horas y no regresan. La inquietud se apodera de todos los que, como ustedes, lectores, sospechan lo peor. Multitud de guardias salen a buscarlos sin resultados. Se hace de noche. De golpe, un par de antorchas iluminan las orillas del lago y observan dos bultos extraños y entrelazados. Al acercarse, el horror: en la orilla del lago hay dos cadáveres. Son el del rey Luis y el de su psiquiatra.
Rápidamente, de forma expedita, sin muchos trámites, se declara la causa de la muerte: Suicidio.
Insólita e increíble declaración aquella: ¿Un paciente y su médico suicidándose juntos? Curiosamente, nadie protesta y todos quieren olvidar cuanto antes a Luis.
El caso se cierra.
¿Qué ha pasado?
Las teorias son muchísimas y contradictorias. Lo más probable es que el rey haya querido fugarse, el psiquiatra haya querido impedirlo y ambos comenzaran un mortal forcejeo. ¿Ambos se mataron mutuamente? ¿O alguien, enviado por los ministros, le disparó al Rey?
Es imposible, eso afirma cada crónica, que Luis se haya ahogado por accidente, ya que era un excelente nadador.
Las hipótesis oficiales no cierran, y aún al día de hoy el caso sigue abierto.
Las contradicciones son numerosas y la evidencia es muy confusa. Luis no tenía, tampoco, ninguna tendencia suicida. Amaba la vida, como una continuación del arte.

cruz memorial en el lago de Starnberg ©Nicholas Even, CC BY-SA 3.0
Algo muy extraño pasó aquella noche y es un misterio fascinante; lo será para siempre.
Una simple cruz, una bella cruz de hierro, descansa hoy en el lago de Starnberg, en el lugar exacto donde se encontraron ambos cuerpos.
La vida de Luis II de Baviera fue un relámpago, un triste relámpago de luz, belleza, música y oscuridad.
Pero acaso lo que menos importe fue el misterio increíble de su final.
Podriamos creer, incluso, que su vida es una leyenda y que nunca existió realmente, si no fuera porque tenemos, para recordarlo, al hermoso castillo de Neuschwanstein.
Ese castillo, lleno de habitaciones laberínticas, bellas y frágiles en su belleza, es un espejo de la mente, la bella y frágil mente del inolvidable Luis II de Baviera.
Este texto forma parte del libro A un paso de María Antonieta, Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires

Alejandro Eduardo Perdomo
Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo.
Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente. Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.
Imagen de portada: detalle retrato Luis II de Baviera, © CC
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