El búnker

Gertrud-Kolmar-Straße 14.

En pocos lugares he sentido el aire tan helado como en esta escondida dirección de la capital de Alemania.

Si pienso en ese día, sólo recuerdo el silencio y el aire gélido, cortante. Como en casi toda Berlín.

Pero ese silencio, especial, era distinto a todos. Se oía.  Tenía espesor y vida propia.

Nada –ni nadie– se movía en ese lugar.

El único sonido, levísimo, no tenía nada que ver con la mano humana: unas pocas hojas arremolinadas se arrastraban con el viento, con un ruido sutil, por aquellas baldosas espantosas, que guardan el secreto más oscuro de todos.

De repente, el silencio se rompió, y sin aviso previo, se escuchó al viento ulular agudamente, como si algo espantoso estuviese quejándose, vibrando en el aire; como si una fuerza espantosa se negara a irse; como si algo quisiera vivir.

El viento cesó de golpe, como había venido. Ni un solo canto de pájaro se oía alrededor. El silencio opresivo, de muerte, envolvía el contorno.

En cada barrio, en cada rincón donde haya un grupo de personas, en realidad, siempre se ve algún movimiento, o se oyen voces casuales; quizás un vecino camina paseando a su perro, quizás alguien regresa apresurado con su carrito de las compras a su casa. Tal vez, una persona habla por su teléfono portátil. Ruidos cotidianos que podemos oír en cualquier lugar.

Pero allí no.

Este es un lugar de espanto, cuya historia casi todos conocemos, pero de la que nadie sabe el lugar exacto donde tuvo lugar si no se lo dicen. Los berlineses no hablan jamás de él.

A simple vista, al acercarse a aquel sitio, nada se percibe.

©Will Palmer CC BY 2.0 en blanco y negro (2006)

Sin embargo, casi escondido, como si la ciudad quisiera ocultarlo, se halla un cartel, un simple cartel, que explica el espanto, helado como el viento de febrero: Porque uno está parado diez metros por encima del lugar donde, bajo miles de toneladas de concreto, terminó la Segunda Guerra Mundial.

En ese rincón, ahora un bucólico barrio de edificios con un estacionamiento en su frente, estaba el bunker, el sótano donde Adolf Hitler se suicidó, el 30 de abril de 1945 a las tres de la tarde.  

Allí, en la profundidad de esa guarida, terminó en un último acto de locura la peor matanza de toda la historia. Allí su creador encontró su final.

Ese mismo rincón que ahora nos recibía en silencio, lo vio ingresar aquel día, recorrer los jardines por última vez, para finalmente hundirse en el sótano.

Hitler, solo, a excepción de su amante Eva Braun y de su acólito Joseph Goebbels y su familia, empezó a concebir en los últimos días que su guerra estaba perdida.

Quizás nunca quiso aceptarlo del todo, ni siquiera al final de la guerra, cuando movía ejércitos que ya no existían, planificando ataques que nunca podrían realizarse. Tal vez, cuando el Ejército Rojo rodeaba su ciudad y el barrio de los ministerios, Hitler pudo finalmente comprender.

Su mente, afiebrada y enloquecida, se quebró, y entonces entró a su búnker para morir junto a los suyos. Creía que ese acto le daría nobleza frente a la historia, pero quizás, solo lo transforma en lo que siempre fue: un cobarde.

Su búnker, ese que ahora yacía bajo nuestros pies en esta mañana de febrero, había sido su último refugio y su despacho privado lo vio morir.

Conozcamos su historia:

El 29 de abril de 1945 el Führer se casó con su amante Eva Braun. Eran sus últimas horas y ambos lo sabían. Ya tenía decidido suicidarse; no quería terminar como Mussolini, colgado, vejado y humillado por sus enemigos mortales.

El 30 al mediodía Hitler almorzó, se despidió de todos y se fue a su habitación privada con su flamante esposa.

Mientras tanto, otra historia espantosa estaba sucediendo en ese mismo lugar. Joseph Goebbels, el ministro de propaganda nazi, y su esposa Magda, tomaron una decisión aún más macabra. Después de envenenar a sus seis hijos, se quitaron la vida con cápsulas de cianuro.

El búnker, que había sido testigo de tantos horrores, quedó sumido en un silencio sepulcral. El silencio seguía, casi 80 años después, esta mañana, mientras pensábamos en toda esa muerte sin sentido.

De la historia del final del Reich, lo que más me espantó siempre es la muerte de los chiquitos Goebbels, durmiéndose por última vez, inocentes en sus ropas blancas, para no volver a despertarse.

Las hojas, inquietas, como si algo las espantara, seguían moviéndose bajo el cielo berlinés, sin encontrar la calma. Quizás la oquedad arquitectónica de ese lugar –alejado de avenidas, boulevares, centros comerciales– genere ese hueco auditivo, esa isla de silencio urbano.                       

Posiblemente sea una cuestión simple, geográfica, la que genera ese silencio oscuro del que hablo. Aún hoy no lo sé.

Intento, quizás, lo pienso ahora mientras lo escribo, buscar justificativos racionales, geográficos o espaciales, para alejarme del puro horror que aún hoy al mirar mis fotos, irradia ese lugar. ¿No es eso acaso lo que nuestra mente hace casi como un reflejo?

Buscar siempre la lógica, la luz de la razón iluminando las tinieblas.

Pero quizás ahora deba –contrariando mi deber de historiador– entregarme a la pura sensación, donde, por otra parte, siempre se halla quizás la razón si sabemos mirarla.

El embrujo de ese lugar, donde tanta maldad se fraguó, donde tanta muerte se planeó, no puede aún purificarse, como el aire malsano que queda en la habitación de una persona enferma. Quizás ese rincón de Berlín necesite tiempo para sanar sus heridas, como toda la ciudad en realidad. No creo que suceda por un largo tiempo.

Hitler y su imperio son lo más cercano a la maldad pura, absoluta y total, que haya tenido la humanidad. Quizás como un incendio deja huellas físicas en las superficies que toca, la maldad deje también su huella en el ambiente donde nació, como un chancro purulento.

Berlín intenta purificarse y mostrarnos su otra cara, la del futuro. Por momentos esa cara, vibrante y colorida, llega a entreverse. Pero pronto se oculta y vuelven las sombras.

Algo grita en el silencio.

Algunos rincones de la ciudad muestran que no se podrá lograr tan fácilmente. Un silencio opresivo, desangelado, nos cuenta el final del momento más espantoso que vivió Europa.

Y estuvo allí, bajo mis pies.


Alejandro Eduardo Perdomo

Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo. 

Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente.  Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.

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Alejandro Eduardo Perdomo

Escribo mucho y enseño Historia. Viajo para aprender. 4 libros escritos sobre historia europea.

4 comentarios sobre “El búnker

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