Recuerdo con mucho cariño el barrio de Gesundbrunnen, bien al noroeste de la ciudad de Berlín, justo frente al parque Humboldthain. Desde la ventana del hotel donde me alojé con mi compañera de mi periplo berlinés veíamos la enorme estación que lleva ese nombre, con su movimiento incesante noche y día.
De noche, su resplandor rojizo iluminaba la habitación, y había que cerrar las cortinas.
El barrio, de alma comercial y ritmo constante, hoy está habitado en su mayoría por la comunidad turca. El centro de aquel lugar es la gigantesca estación, que se erige como un polo de movimiento constante. Ese fue nuestro barrio berlinés durante algunos días.
El Hotel AC, cómodo y confortable, era un edificio inmenso, que daba directamente al parque Humboldthain y su búnker de la Segunda Guerra Mundial; aunque esa es otra historia, (una que ya les he contado).
Barrio de paso al que intentamos acercarnos con timidez –y que tenía algunos secretos para contarnos. Y yo sabía que estaba cerca de un estadio de leyenda que ya no está en este mundo pero que había dejado allí una marca sutil.
Porque ahí, entre árboles y donde hoy se erige un anodino complejo de edificios, se alzaba el llamado Plumpe, el viejo estadio del Hertha Berlín, el equipo de la ciudad, de camiseta azul y blanca a rayas verticales.

Pegado a las vías de la estación Gesundbrunnen y al enorme centro comercial que la acompaña durante cincuenta años hubo un estadio de fútbol que fue el alma de aquel lugar y el sitio donde miles de berlineses sufrieron y gozaron con su equipo.
Nada –o casi nada– queda del estadio; por eso este artículo quiere recordar a este entrañable amigo perdido.
Inaugurado en 1924, con capacidad para más de 35.000 almas, la cancha fue escenario de tardes gloriosas y partidos memorables, incluso durante los Juegos Olímpicos del ’36, lo cual habla de su importancia mayúscula en la época en que estuvo en pie.
Orgullo del lugar entonces, durante los Juegos berlineses, las calles de Gesundbrunnen vieron el mayor evento deportivo del planeta en vivo y en directo. Incluso se jugó allí uno de los partidos más polémicos de la historia del futbol olímpico: Perú derrotó a Austria 4 a 2, sobreponiéndose incluso a ¡tres goles anulados! y un constante robo arbitral.
Para más escarnio, después de terminado el match, el reglamento le dio por perdido insólitamente el juego al equipo incaico por una supuesta invasión al campo. Austria debía ganar ese partido, y lo ganó.
Imágenes del estadio © Hertha BSC Archiv / Imagen colores del Hertha BSC ©TinyPardus, CCBY-SA4.0
Todo eso –y mucho más– pasó allí, en la Plumpe. Vi algunos videos en YouTube de partidos en el lugar, imágenes borrosas, en blanco y negro, pero con algo en común: las tribunas siempre repletas, abarrotadas de gente.
Curioso apodo, el sobrenombre Plumpe venía de una vieja bomba de agua –Wasserpumpe, en alemán, según leo en mi diccionario– que había en la zona.

Durante cinco décadas, el Hertha Berlín jugó allí, en ese barrio obrero que sobrevivió intacto a la Segunda Guerra Mundial. El equipo luchaba denodadamente, sin éxito, en las categorías de ascenso, quizás símbolo de la lucha constante de los berlineses que habitaban aquel lugar peleando por la supervivencia en una época difícil para la ciudad.
En 1963 el equipo de la capital llegó por fin a la Bundesliga, pero el estadio, humilde y avejentado, no estaba en condiciones de recibir al principal torneo alemán. Por eso dejó de usarse y cayó discretamente en el olvido, viejo amigo de un tiempo pasado.
El equipo tuvo que mudarse al Olympiastadion, más grande y confortable, pero más lejano y frío para los viejos fanáticos del equipo.
En 1974, y complicado por algunos problemas económicos, el club vendió el terreno de la Plumpe. El estadio fue demolido y se convirtió en un enorme y anónimo complejo de grises edificios.
Hoy, en su lugar, solo quedan cuatro esculturas escondidas entre los árboles –una vieja pelota, por ejemplo, en la esquina de la Behmstrasse y la Bellermannstrasse–, como si el fútbol aún susurrara entre las hojas, como si un eco de multitud se resistiera a irse.
Deslumbrado por los fantasmas de Berlín, desbordado ante tanta historia, con una mezcla de asombro, respeto y cierta timidez ante una ciudad gigantesca, no tuve tiempo de pasar por el lugar exacto del viejo estadio. Quería recorrer esa manzana, pisar un antiguo sitio olímpico, y ver con mis propios ojos el monumento en cuestión. Sabía que, como todo en Berlín, aquella manzana era difícil de abarcar.
Recuerdo haber pensado en visitarla un atardecer, pero cuando me decidí, ya era de noche, una noche cerrada, sin estrellas y gélida. Y las noches de Berlín, por allí, a la sombra del Humboldthain caen oscuras, repentinas y están repletas de fantasmas. Berlín puede ser abrumadora.
Y, sin embargo, estuve cerca. Muy cerca.
Para realizar esta investigación estuve recorriendo la zona por Google Maps. Y les confieso que tuve que hacerlo varias veces hasta encontrar, escondido, casi desapercibido, el monumento en cuestión, una humilde pelota de fútbol de los años treinta, junto a una placa casi ilegible que recuerda aquel lugar.
Un entrañable y pequeño bar, sin embargo, llamado “vikiPlumpe”, que en su página web anuncia que transmite todos los partidos de los torneos importantes, recuerda a pocos metros lo que fue y ya no es.
El estadio no se fue del todo.
Vaya hoy esta crónica de un viajero del confín del mundo para un lugar que fue alguna vez el corazón de un barrio al que recuerda con mucho cariño.
Aunque muchos no lo noten, la Plumpe sigue ahí, en la memoria de la ciudad, y hoy la rescatamos, por un rato, del olvido, pequeño eco de sus goles memorables que alguna vez alegraron el corazón de sus habitantes: el deporte, simplemente, consuelo y alegría de los que más luchan.
Imagen de portada: © Hertha BSC Archiv

Alejandro Eduardo Perdomo
Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo.
Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente. Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.
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