Un enigma de la historia alemana que tuvo en vilo a toda Europa e inspiraría a autores y cineastas como Werner Herzog en su film Jeder für sich und Gott gegen alle (1974), en español conocido con el título El enigma de Kaspar Hauser.
Dos cartas
26 de mayo de 1828, en la plaza principal de la pequeña ciudad de Ansbach, en la Baviera alemana, muy cerca de Núremberg.
Un muchacho harapiento ofrecía dos cartas a los transeúntes, los que pasaban a su lado sin mirarlo. El joven, con la mirada triste y perdida, clavaba sus ojos en todo el mundo, pero la ciudad entera parecía ignorarlo.
Deambulaba aterido de frío, sin rumbo fijo, siempre ofreciendo las cartas, pero nadie le prestaba atención alguna. Finalmente, un hombre, un maestro zapatero que pasaba casualmente por allí, miró al joven con extrañeza.
El joven harapiento, con un ruego en la mirada, tendió su mano, el zapatero tomó las cartas… y así comenzó la historia que vamos a contar, un enigma jamás resuelto.
Acto seguido, el zapatero abrió las cartas. La primera decía:
“El portador de esta carta nació el 30 de abril de 1812. Se llama Kaspar, y su padre, fallecido, era un soldado del sexto regimiento de caballería. El muchacho debe ser llevado a ese regimiento. Firmado, su madre”.
La segunda carta, abierta más tarde, daba aún más detalles misteriosos:
“Señor Capitán: le envío un muchacho a quien le gustaría servir fielmente a su rey. Este muchacho me fue confiado secretamente en 1812. Soy un pobre jornalero y no puedo mantenerlo. Desde 1812 no le dejé dar un paso fuera de la casa. El joven está bautizado y se llama Kaspar Hauser. No tiene ninguna instrucción y ningún dinero. Si usted no lo ampara, puede colgarlo como un jamón de la chimenea para ahumarlo. No doy a conocer mi nombre porque podría ser castigado”.
El zapatero, conmovido, decidió involucrarse, y en ese mismo momento llevó al joven con el alcalde. El joven, entretanto, no pronunciaba palabra. Solo observaba cómo a su alrededor todos se alborotaban y pronunciaban extrañas palabras mientras lo señalaban. Su primer cuidador –el alcalde de la ciudad– concluyó que el joven era mudo no por voluntad, sino porque no sabía hablar correctamente.
Con paciencia y esmero –y mucho tiempo– comenzó una labor casi artesanal, y así al cabo de algunos días logró sacar algunas palabras y luego un relato más o menos coherente.
El joven contó entonces–en una extraña media lengua– que vivía en un lugar pequeño y muy oscuro, que lo alimentaba un solo hombre, a quien nunca había podido llegar a ver, con pan y agua. Relató también que el agua a veces sabía amarga y causaba que se quedara dormido de forma instantánea. Era en esos momentos, aparentemente, cuando el desconocido benefactor peinaba al joven, lo lavaba y cortaba su pelo y uñas.
Kaspar Hauser –así se llamaba, según indicaban las cartas– dormía en un lecho de paja. Su captor le había enseñado también algunas palabras. Finalmente, luego de muchos años, el hombre desconocido lo había liberado, la tarde misma de su aparición en la plaza de la ciudad.
No había más datos.
El pasado del joven se mostraba desconocido en su totalidad. Kaspar no recordaba absolutamente nada de su infancia ni de su adolescencia.


Kaspar Hauser © 1830 Johann Georg Laminit / La llegada de Kaspar Hauser a Núremberg ©1850 autor desconocido
Una noticia corre por el mundo
El alcalde pensó que publicando la noticia en la prensa alguna persona podría reconocer al joven. Publicó entonces un aviso en el periódico local de Ansbach invitando a darse a conocer a “todo aquel que hubiera oído sobre el rapto de un niño entre 1810 y 1814”.
Lo que nunca creyó el alcalde fue lo que sucedería luego: la noticia se extendería como reguero de pólvora por todo el continente, de forma increíblemente rápida. Muy pronto, diarios de Berlín, de París, de Viena y de Madrid difundían la noticia, la que se hizo conocida en toda Europa, una Europa conmovida por la novedad de aquel joven triste que había salido de la nada para contar una historia misteriosa. Nadie, entretanto, respondía al aviso, lo que acrecentaba el misterio y la fascinación de todos.
Kaspar se volvió una celebridad. Acaso no comprendía nada de lo que le estaba sucediendo. Comienza entonces la leyenda. Los diarios hablaban con apasionamiento del “Huérfano de Europa”. Se cruzaban todo tipo de versiones y teorías.
Los rumores sobre el joven llegaron hasta un caballero de la ciudad de Ansbach llamado Paul Feuerbach, un criminalista brillante que era también presidente de la Corte Real de Justicia de la ciudad. El investigador quiso ver a Kaspar con sus propios ojos. Las conclusiones del criminalista, luego de interrogarlo, fueron bastante puntuales: “Este joven no está simulando. Estuvo cautivo y es, además, el vástago de una gran familia”. Es aquí cuando, por primera vez en esta historia, se sugiere la posibilidad de un destino real de aquel huérfano, la chance de que ese joven salido quién sabe de dónde fuera el heredero de una familia poderosa.
El señor Feuerbach, una voz respetada en su ciudad, dispuso que el joven Kaspar fuera enviado a la casa de George Daumer, un doctor que se ofreció a desentrañar el misterio. El doctor puso toda su energía en ello. Con amor y esmero Daumer le enseñó al joven a hablar y escribir, buscando completar el rompecabezas. También comenzó entonces a pedirle algo curioso a Kaspar, pero muy inteligente y perspicaz: que le relatara sus sueños. Y aquí, la primera sorpresa: en esos sueños aparecían frecuentemente imágenes de castillos, de jardines, de muebles suntuosos, de habitaciones y camas de lujo.




Jeder für sich und Gott gegen alle / El enigma de Kaspar Hauser, un film de ©Werner Herzog – 1974
¿Fabricante de sueños? ¿O recuerdos?
¿Su mente afiebrada fabricaba esos ensueños? ¿O estaba recordando? ¿Cómo soñar con algo que no se conoce? ¿De dónde venían esas visiones?
Esos sueños son la clave, la inaccesible clave de todo el caso.
Kaspar desconcertaba a sus cuidadores con sus sueños, tan detallados que parecían el recuerdo de una vida lujosa. También Hauser dejaba boquiabiertos a sus cuidadores con su extrema hipersensibilidad y sus actitudes conmovedoramente extrañas.
El poco uso del lenguaje durante su vida anterior concedía una extraña poesía a sus palabras. Según él, por ejemplo, la nieve “lo mordía”. Todo le parecía novedoso: las estrellas, las iglesias, el atardecer. Era como un niño. Cada cosa conmovía a ese joven venido quién sabe de dónde, que actuaba de forma extraña, como si nunca hubiera dejado esa plaza en la que apareció, mirando al mundo con inocencia y tristeza en la mirada.
¿Qué habían visto esos ojos antes de esa tarde? Esa era toda la cuestión.
Baumer se obsesionó con el caso. Después de investigar durante semanas, acompañó a Feuerbach en la teoría de que el joven podría ser el hijo perdido de una gran familia de alcurnia, basándose en esas extrañas imágenes que decoraban sus sueños y en algunos otros indicios históricos. Juntos, ambos investigadores comenzaron una investigación febril y detallada.
Todas las sospechas llevaban a la idea de la sangre noble de aquel individuo. Solo se necesitaban pruebas concretas y evidencias para probarla.
Un hecho más, ocurrido en el año 1830, vino a convencer aún más a Feuerbach de su teoría: una noche Kaspar llegó a su domicilio llorando, con la ropa sucia y con una herida en la cabeza. Lloraba a gritos. Aseguraba que había sido golpeado por “un hombre vestido totalmente de negro”, que había huido luego de herirlo. Nadie pudo atrapar al agresor, que parecía interesado, aparentemente, en que Kaspar estuviera callado. Este hecho envalentonó a Baumer.
Nace una nueva teoría “real”
Aquí entonces nace la complicada –pero posible– teoría que elaboró el doctor Feuerbach a partir de algunos indicios muy pequeños: según su pensamiento, aquel joven misterioso, aquel Kaspar Hauser era, en efecto, un personaje de la realeza europea. Se trataba, nada menos, que del hijo de Estefanía de Beauharnais, la sobrina de Josefina Bonaparte, primera esposa del Emperador francés Napoleón.
Al parecer, esa muchacha llamada Estefanía había sido como una hija postiza para Napoleón y para Josefina, que le profesaron gran cariño, la adoptaron y la casaron con el joven Luis de Baden, el príncipe heredero de esa gran familia real de la región. Estefanía y Luis tuvieron cinco hijos como fruto de ese matrimonio: tres mujeres (que no tenían derecho a gobernar), un varón (que murió prematuramente), y un niño, evaporado de la historia para siempre, sin dejar rastros.
Para Feuerbach, ese niño desaparecido misteriosamente, era nada menos que Kaspar Hauser, que habría sido ocultado por una disputa dinástica entre familias
Al parecer, aquel ocultamiento había sido producido por la segunda esposa de Luis, la Condesa de Hochberg, quien, buscando la llegada de sus hijos al trono, había jurado destruir el linaje de los hijos anteriores de su actual esposo, cuando su primera esposa falleció. El resultado de ese intento había sido exitoso: el niño que debía heredar la corona habría sido capturado y encerrado en una torre, durante muchos años, hasta que pudo escaparse.
Ese niño sería Kaspar.


Monumento dedicado a Kaspar Hauser en Ansbach ©Jim Albright / Retrato de Kaspar Hauser (aprox. 1830) ©ciudad Ansbach
La teoría de Feuerbach fue desde entonces tomada bastante en serio por investigadores y especialistas. El doctor publicó una solicitada ofreciendo una recompensa para quien pudiera constatar con datos efectivos que aquel Kaspar Hauser era el verdadero heredero legítimo de la casa de Baden.
Todo el esfuerzo de Feuerbach fue en vano. Nadie lo oyó. A nadie le interesaba ya financiar investigaciones sobre Kaspar Hauser. Sucedía que, para entonces, la reputación de Kaspar, por algunos extraños sucesos, estaba comenzando a ser dudosa, y muchos lo calificaban directamente de impostor o falsificador.
En Ansbach, poco a poco, Kaspar Hauser pasaba al olvido.
La prensa, tan cruel ayer como hoy, había dejado de interesarse por esa historia desde hacía mucho tiempo. El “huérfano de Europa” ya no vendía diarios. Su destino no le importaba a casi nadie.
El joven Hauser siguió viviendo una existencia gris, pasando de cuidador en cuidador, creándose en el camino la fama de fabulador, de mentiroso o de idiota.
Encontró un trabajo como copista en el despacho de un gris abogado de la ciudad y allí permaneció un tiempo. Era un fantasma de nuevo, volviendo poco a poco a las mismas sombras de las que había venido, sombras sin forma que ni siquiera él conocía.
Pobre Kaspar Hauser.
Una noche de diciembre de 1833, llegó el horror, el final de esta misteriosa y breve historia. Esa noche invernal, Kaspar arribó al palacio de Ansbach quejándose de un fuerte dolor en el pecho. Sangraba profusamente. Al abrirse la ropa, todos vieron el espanto: había sido apuñalado, según él, por otro hombre de negro, aquel mismo, tal vez, que lo había herido tres años antes. Kaspar cayó de rodillas mientras la sangre manchaba sus ropas y los muebles. Poco a poco su mirada se volvió vidriosa. La herida era muy profunda y mortal por necesidad. El joven se derrumbó en un sillón y entró en un silencio mortal.
No volvería a hablar.
El rey ofreció una recompensa, pero la investigación jamás dio resultado. Nunca se encontró a su agresor, ni siquiera un rastro suyo. Tres días después de aquel ataque, encerrado en el silencio, quizás soñando con cosas maravillosas que nunca sabremos si habrá vivido o inventado, llevándose para siempre su misterio a la tumba, Kaspar Hauser murió.
Había vuelto a las tinieblas de las que salió, para siempre, sin dejar una sola certeza clara.
Los rumores comenzaron enseguida, y la trágica muerte del joven reavivó la pasión y el interés por esta conmovedora historia. El caso renació con toda su fuerza. Muchos hablaron de asesinato, y muchos recordaron también la teoría del doctor Feuerbach.
¿Acaso alguien, para callar el horrible secreto de una de las familias más poderosas de toda Europa, había asesinado al joven? ¿Quién habría querido asesinarlo, si era solo un joven inocente que no molestaba a nadie?
¿Quién eras Kaspar Hauser?
Mientras escribo estas líneas, dos siglos después de los eventos relatados, todas estas preguntas siguen sin respuesta. Con el tiempo fueron surgiendo otros investigadores que propusieron nuevas hipótesis, más crueles y despojadas de todo romanticismo. Según ellas, la personalidad de Kaspar era claramente engañosa y suicida, y en un postrer intento por llamar la atención, el joven se había herido a sí mismo, provocándose la muerte. “Suicidio” fue, incluso, la causa oficial de muerte de acuerdo a la investigación.
Los sucesos puntuales terminan aquí.
Un conmovedor detalle poético cierra –en parte– la historia. En el lugar del ataque que le costó la vida a Kaspar Hauser, una placa, gastada y ajada por el tiempo resume toda la historia en un solo y estremecedor renglón: “Aquí un desconocido fue asesinado por otro desconocido”.
Su tumba, en el cementerio de Ansbach, reza en latín la siguiente leyenda: “Aquí yace Kaspar Hauser. Enigma de su tiempo. Nacimiento desconocido/Muerte misteriosa”.
Luego el silencio, nada más que el silencio por décadas y décadas. Acaso alguien, alguna vez recordara la historia de ese muchacho misterioso que fascinó a un continente por varios años, antes de desvanecerse en la misma nada de la que vino.
Quedan pocas respuestas. Pero la ciencia médica ha entrado también, hace poco, en el juego. En 1996 la revista alemana Der Spiegel realizó una investigación financiada en parte por la propia ciudad de Ansbach cotejando el ADN de la ropa interior que usaba Kaspar al momento de su ataque (conservada en el museo Kaspar Hauser), con rastros tomados de sangre de herederos directos de la familia Baden.
El resultado negativo vino aparentemente a cerrar el misterio. No había parentesco alguno. Incluso el director de la revista afirmó abiertamente, con un orgullo pedante: «Kaspar Hauser no es el príncipe de Baden».
Porque ese análisis parecía probar, sin sombra de dudas, que no había relación alguna entre Kaspar y la casa de Baden. El vínculo no pudo probarse, y esta investigación marcó de forma certera que el joven no tenía relación alguna con la realeza europea.
Pero el misterio es tan fuerte que la historia daría un último giro inesperado, como casi todo en este extraño relato. Muchas voces protestaron: se criticaba la supuesta veracidad de aquella prenda de ropa interior cuya pertenencia a Kaspar no pudo verificarse. Aparentemente la prenda usada era una falsificación. La prueba entonces se impugnó y se reclamó otra. La historia seguía sin resolverse, y el enorme misterio de aquel joven quedaba aún en blanco.
La verdad suele ser esquiva.



Sección dedicada a Kaspar Hauser en el Markgrafenmuseum en Ansbach © Jim Albright / Tumba de Kaspar Hauser ©Tomasz Kamiennik CC BY-SA 3.0
Tantas voces protestaron por la irregularidad de la prueba que el análisis de ADN volvió a realizarse. Esta vez se utilizó otra prenda de vestir, con visos muy probables de ser verdadera, propiedad también del museo Kaspar Hauser. Se trataba de un análisis directo sobre las manchas de sangre de la camisa que el joven vestía el día de su ataque mortal.
El resultado, en este caso, sorprendió a todos, dejó sin habla a toda Europa doscientos años después, y pareció cambiar el curso de esta historia. La sangre analizada en las prendas coincidía con la sangre de la dinastía real de Baden en un altísimo porcentaje. Insólito dato, que sorprendió a todos los que alguna vez estudiaron el caso.
Lo imposible parecía ahora probable. ¿Era Kaspar aquel niño perdido de los Baden? ¿Se trataba del príncipe extraviado? Esa probabilidad tan alta en su ADN era sugerente, y las piezas parecieron encajar definitivamente. La teoría de Feuerbach parecía, por fin, comprobada –o al menos respaldada– por la evidencia.
Comienzan aquí, obviamente, los “peros”, que siempre existen en toda investigación histórica. El caso, legalmente, no podía cerrarse. Si bien la sangre coincidía, no lo hacía en un 99%, porcentaje pedido por la ley para considerar una igualdad genética plena.
Tecnicismo por el que se filtra la verdad; detalle burocrático que deja, de forma oficial, al menos, la historia abierta, en un horrible limbo que sólo puedo describir como indefinido. El resultado de la investigación muestra un porcentaje estremecedoramente alto, una muy alta probabilidad, pero no brinda certeza científica, aunque el hecho de existir similitud entre los rastros del joven y la casa de Baden sea sorpresivo y extraño.
Este impresionante hecho cambia –de ser cierto– todo el enfoque de la investigación. Pero en este relato tan enredado todo será siempre un enigma cubierto con más enigmas: esta segunda prueba también fue cuestionada por su procedimiento técnico. Aquí también muchas voces –demasiadas, según investigué– dudan profundamente de la veracidad de las prendas supuestamente usadas por Kaspar. Se afirma que eran también falsificaciones interesadas, burdas imitaciones.
Se cruzaron acusaciones, tecnicismos e intereses de todo tipo. Se clamó que la prueba estuvo mal hecha, que se contaminó, que no se hizo de forma idónea, y un largo etcétera de grises discusiones legales y metodológicas que embarran el relato. Esto obviamente invalida y enturbia toda la pesquisa.
De manera que estamos, de nuevo, a fojas cero.
Las dos investigaciones del ADN han sido muy vilipendiadas y no nos sirven para cerrar el caso. La verdad se pierde en tecnicismos y hasta hoy noha vuelto a realizarse otro estudio. En mi opinión, es cierto que esta última evidencia es muy sugerente, pero no concluyente. Por otro lado, la compatibilidad genética no es absoluta, por lo que el caso no puede cerrarse definitivamente.
Nadie tiene una sola certeza definitiva. Solo hay probabilidades y puntos ciegos. La historia de Kaspar Hauser seguirá fascinándonos, porque es la historia de alguien que no pudo tener una de las cosas más invaluables de un ser humano: un origen al que aferrarse. Creo que el cierre más conmovedor para este capítulo lo ilustra la frase que preside la sala principal del museo Kaspar Hauser en Ansbach. Esa frase es una pregunta que nadie jamás podrá responder y que nos conmueve hasta las lágrimas.
“¿Quién eras, Kaspar Hauser?”

Dibujo de Kaspar Hauser Markgrafenmuseum Ansbach ©Jim Albright
*Este relato es una versión adaptada de un capítulo del libro Misteriosa Europa de Alejando Eduardo Perdomo, Editorial Autores de Argentina (2024).

Alejandro Eduardo Perdomo
Tengo 42 años, vivo en Buenos Aires y soy Profesor de Historia. Además soy técnico en turismo y me gusta viajar por el mundo. De mañana doy clases en un Instituto y por la tarde investigo en los archivos y escribo.
Intenté mixturar estas dos pasiones en los tres libros que tengo publicados, titulados A un paso de María Antonieta (primera y segunda parte), donde cuento historias de Francia y de París, junto con mis impresiones al visitar esos lugares, y Reinas tristes de la historia de Europa, donde investigué sobre la vida de doce monarcas de todos los tiempos y sus vidas, pasiones y destinos. Actualmente estoy preparando otro libro titulado Misteriosa Europa, con enigmas sin resolver sobre la historia del Viejo Continente. Algunos de mis relatos se pueden escuchar en forma de audiolibros en Soundcloud.
Imagen de portada: Cubierta de novela gráfica Proost, Criva, Verhast, Kaspar Hauser – Im Auge des Sturms (KH – En el ojo de la tormenta), stainlessArts Verlag, Aachen (en alemán)
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