Iquique, un amor y la nana de las moscas

Libro ganador del Premio Procida-Isola di Arturo-Elsa Morante 2022


Lucania existía.

Se encontraba en el norte de Chile, donde el desierto grande de Atacama extendía sus brazos de polvo para tocar el Pacífico. El cielo casi siempre era blanco y parecía vacío como una herida antes de sangrar. Aun así, esas nubes nunca se disipaban, no hacían ruido, no conocían la lengua de la lluvia. Por eso el desierto era grande y era silencioso. El más árido del mundo.

Pero en sus entrañas minerales la naturaleza escondía una contradicción. También el estómago del desierto era blanco. Era de sal, o más bien, de salitre: el fertilizante más poderoso del mundo. Lo dijeron los agrónomos chilenos, los peruanos antes que ellos, y luego lo habían confirmado los extranjeros. En poco tiempo, el salitre de Chile pasó a convertirse en una especie de oro que, lejos de la esterilidad de Atacama, duplicaba las cosechas de frutas y verduras, mejoraba su calidad y consistencia.

Entonces el desierto se volvió fábrica. Al principio surgieron refinerías aisladas, luego pequeños campamentos para los trabajadores que venían de todas partes del país. Pero la jornada laboral en ese infierno debía ser recompensada con un poco de descanso en un lugar más seguro que una simple tienda de campaña. Se necesitaban cuatro paredes y un techo sólido, porque de noche el frío era una maldición, a menudo más feroz que el calor que el desierto escupía por sus cuatro costados durante el día.

Los pueblos fueron construidos con filas de casas para trabajadores casados con familia, y una zona apartada donde se encontraban las viviendas para los trabajadores solteros. En el centro había una pulpería, es decir la tienda de productos de primera necesidad. Algunos de estos pueblos tenían una iglesia y, a veces, incluso un teatro. Se llamaban oficinas aunque eran casi ciudades y, aquí y allá, en el inmenso espacio que las separaba, los empresarios ingleses habían hecho tender kilómetros de vías férreas y habían arrastrado sobre ellas sus trenes cargados de salitre. En el horizonte parecían jotes: más que trenes, eran pájaros de hierro, compañeros de los que sobrevolaban el desierto, los buitres de cabeza roja como otro sol encendido, como un fuego distinto en el cielo.

Pronto los trabajadores chilenos se cansaron de ver a sus compañeros y parientes volar por los aires a causa de los explosivos que se usaban en la mina, y también se cansaron de luchar contra tuberculosis y viruela, dos bichos que por allí andaban bien sueltos. Así que, al desierto vuelto fábrica y luego ciudad laberíntica no le quedó más remedios que mirar hacia otro lado: entre las filas de los emigrantes que en aquel momento llegaban a América debió atraer a los más intrépidos y desesperados. A ambas especies, pero especialmente a la segunda, pertenecían los lucanos.

En el hemisferio norte de la desesperación, pueblos como Palmira, Tolve y Genzano se habían quedado casi vacíos: sus vecinos habían cambiado sus mulas raquíticas y sus casas de piedra blanca por el óxido de los trenes y los techos de lámina de las fábricas del desierto. Empezaron a trabajar codo a codo con chinos, griegos y croatas, y algunos se enriquecieron, trabajando también como barberos, músicos de las filarmónicas obreras, encargados de pulperías y responsables del servicio de autobús alternativo al tren. Había que transportar a las personas entre las oficinas y la capital de provincia, un puerto natural donde los leones marinos, siglos atrás, habían aprendido a sobrevivir a la población indígena, una estirpe de pescadores que, en ausencia de agua, bebía su sangre.

Esa ciudad, que algunos emigrantes lucanos llegaron a considerar una especie de Metaponto oceánica, olía a madera, además que a mar, a guano y a sopaipillas de calabaza vendidas en la plaza central. Tenía un nombre que al principio les había parecido impronunciable. Pero luego se habían ido acostumbrando a esa ligera picazón que subía dos veces de la faringe al paladar para decir: I-qui-que.

Como era de esperar fue allí donde se establecieron muchos de esos hombres solitarios que no habían resistido a la vida en las oficinas, los emigrantes que casi nunca hablaban entre ellos y, por eso, se sospechaba que ni siquiera tenían acento, que no tenían raíces.

Los lucanos caídos del cielo, aquellos que habían llovido sobre el desierto de Atacama, a menudo olvidaban a sus esposas, madres e hijos. A la gente que habían dejado en el Viejo Mundo. Pronto se esfumaba la promesa de que algún día les llegaría un sobre con el dinero suficiente para el viaje transatlántico, para reencontrarse.

Ese desierto que fue puerto primitivo, fábrica infinita, luego ciudad, luego país de hombres aparentemente libres, les había enseñado que en un lugar tan despiadado solo podía florecer algo. Algo parecido a la soledad.

Había quienes recibían algunas fotos, de vez en cuando una carta que no eran capaces de descifrar. En las tabernas del puerto de Iquique se quedaban mirando las imágenes de las ballenas del Pacífico, o las de los indígenas luchando contra los leones marinos. Se maravillaban ante las formas geográficas del mundo colgadas en las paredes.

A veces, asegurándose de que no los vieran, dibujaban con un dedo en el aire la línea del viaje que habían realizado. Lo hacían al revés, desde Sudamérica hasta Europa. Cuando luego se acercaban para buscar bien dónde estaba su vieja tierra, incluso en el mapa, Lucania parecía el silencio más insignificante, el más insoportable del mundo.


aax1093

Escribo y canto lo mío. Traduzco lo otro. Lo que hice: www.alessioarena.com lo que estoy haciendo: www.instagram.com/alessioarenamusica

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