Por Sonia Noya
Bajar de standing, estanding en castellano, no es fácil. Bajar en la parada de Kottbusser Tor tampoco. Si quieres opiáceos, sal del lado izquierdo; si quieres speed, tira por el norte. Si quieres inyectarte, no te muevas, espera en la estación. Si no buscas nada y estás de visita, sal rápido y ten cuidado a tu cartera. Ni los junkies ni los dealers te la robarán, pero algún Jean Genet podría estar atento a tu despiste.
Empiezas este texto a principios de otoño. La coincidencia de la lluvia que se apega a tu ventana no es relevante. Kottbusser Tor es deprimente con y sin sol. Pero si le pones un poco de cariño, este cruce, vena aorta de la ciudad donde lo sórdido da el pulso está llena de tiernas escenas. No las busques. Vendrán a ti. Sé paciente como ese hombre desgastado lleno de ronchas buscando desesperadamente algo que se niega en salir a la luz eléctrica; ese algo que a sus temblorosas manos les cuesta sacar de su bolsa de plástico usada. Sé paciente como sus dedos husmeando, empeñados en encontrar esa cosa como si toda su existencia dependiera de ella, y como aquel al que tú ya no puedes dejar de mirar y fantaseas, porque ese cuerpo tan frágil al borde de salir volando por un ligero soplo de un tren entrando en el andén pone tanto esfuerzo e insistencia que algo divino o al menos prohibido tiene que surgir de esa bolsa de supermercado. Emerge un desodorante. Un Axe, que esa sombra que te cuesta llamar persona pulveriza debajo de sus angulosas axilas. Gesto cotidiano que pulveriza tu mirada.
Tu nuevo ascensor de tu nuevo quinto de tu nueva casa huele a pis. Tu vieja y sensible nariz, no sostiene la acidez del elevador, por eso subes las escaleras con tu nuevo miedo a tropezar con el Ceniciento. No le tienes pánico, pero siempre te sorprende. Un cuerpo en el pasillo arrimado a la pared. Durmiendo. El Ceniciento se despierta sin beso. De su historia sabes poco. Tiene tres hijas y una ex que son tus vecinas. A veces llaman a la policía. Contigo es educado y sonriente. Las niñas también sonríen. La que no sonríe es la madre. La situación es rara, pero como eres nueva en la casa no quieres molestar con tus preguntas inquisidoras. Deja un respiro. Vas demasiado rápido. Pon una coma. ¿Cómo?
Tu hijo de once años dice que nunca se acostumbrará a Kottbusser Tor. Tú le dices que “nos tenemos que amoldar”, mientras te tapas la nariz en el ascensor. Él te contesta que no es una plastilina. Respiras por la boca. –¿Si nos echaron de la antigua casa fue culpa del capitalismo?– pregunta, caminando hacia su cole al adentrarse en el jardín de Bethanien. Un parque donde reina el antiguo hospital de monjas ocupado por el arte hace unas décadas. –Seguramente, aunque mira este edificio, que antes era un hospital, ahora se convirtió en un espacio para artistas. ¿Qué tiene que ver? –Que las cosas van cambiando. Te mira como si fueses Darth Vader. ¡Respira hondo! y pon puntos suspensivos.
…Por las noches saludas a los dealers delante de tu casa…De este lado de Kottbusser Tor venden las drogas de ocio… No eres una cliente muy asidua…pero hay que apoyar a los negocios locales…por eso ocasionalmente les compras un gramito…Ponlo entre paréntesis…
Lidl, Rewe, Penny, Edeka. Supermercados. Todos esparcidos como las patas de una araña arraigados al cuerpo de Kottbusser Tor. Al Lidl le tienes cariño, lealtad. Recuerdas los primeros años de esta ciudad cuando tu tristeza paseaba a tu soledad entre los frigoríficos de gambas congeladas y las estanterías de cereales, llorando los ricos días de tu niñez. Ahora vas al Rewe. En pijama si te da la gana y hasta las doce de la noche si hace falta. Osos, tigres, bambis, conejos y ratas. Aquí se reúne la crème de la crème. Preciosa fauna en peligro sin riesgo de extinción. El Rewe es el King de Kottbusser Tor. Al Penny no le tienes un apego especial si no fuese por las galletas que le gustan a tu hijo y del rollito de barrio, que no se puede esperar del Rewe, tan expuesto en el carrefour. No. El Penny es discreto, escondido en un patio donde el turismo sigue sin colonizar.
El que se las da es el Edeka. Se quiere moderno, urbano y con calidad. Si no fuese por sus cajeras, solo mujeres ahora que lo piensas, tan empáticas y sonrientes, se distinguiría por su pedantismo. Esas tías blancas, turcas, negras, alemanas, brutas, integradas, viejas y menos viejas son el emblema de todas las cajeras del mundo. Y aunque esas mujeres vean pasar de todo, ellas se callan. Pantalón sucio, zapatos rotos. ¿Y las manos? Cuentan monedas. Agarra un bote de lentejas. ¿Al menos una cerveza? No. El conejo tiembla de hambre. Y ella paciente como una santa, observando la irritación que va aumentando en la cola de su caja, le sugiere dulcemente de volver a mirar en la estantería, seguramente encuentre algo más barato.
Desde hace unos días, el camino que lleva a la escuela de tu hijo, a quien acompañas por las mañanas, ha cambiado. Lo que hasta ahora eran kilómetros de una línea recta con un corte por la mitad de un semáforo de los que siempre os parecía de los más obedientes nunca más se cruzará. Ahora pasáis en rojo. ¡Pero solo con mamá, hé! por la gran avenida de la Skalitzer. La Köpenicker Strasse larga, aburrida y sin vida por la cual caminasteis durante once años, se quedó atrás. Ahora cruzáis la Rio-Reiser Platz y su mítica Taquería Florian – quien, aparte del nombre, no tiene nada mexicano– porque no se sirven tacos, pero cafés y cervezas; ahí se juega al backgammon, se lee el periódico, se discute política o de las últimas vacaciones au bled1 , el todo en un ambiente opaco. Fumar, aunque seas pasivo, en este bar es imprescindible. En la barra están los acostumbrados, en las mesas del fondo más bien los estudiantes y en las de delante una mezcla multikulti. Pero no te dispares una bala en el pie, esto, qué aún no sabes por donde va, no es ninguna guía turística y te gustaría que La Taquería se quede como es: un refugio para los marginados, un ancla para los alquimistas de mundos románticos, donde no se acepta ni tarjeta ni postureo.
Se dice que eres berlinés el día que tiras a la calle objetos rotos pensando que alguien aún podrá usarlos. Delante de tu portal tiran la basura. Bolsas y bolsas amontonadas al lado de la puerta. Es bastante asqueroso, pero hoy al volver del supermercado alguien miraba lo que había dentro, no por curiosidad sino por hambre. También se dice que eres de Kreuzberg cuando sabes que no podrás ayudar a toda la miseria que te cruzas por la calle y será que tu mirada se ha endurecido tanto después de casi veinte años de este barrio que ni pensaste en darle una moneda.
Remaisa tiene 14 años. Su madre es marroquí, sí
Su padre vive en las escaleras de Kotti, sí
Y el primer día de tu mudanza
Remaisa vino con un tapiz! sí
Regalo de bienvenida
Y su madre también habla francés como tú, sí
Pero Remaisa solo habla alemán y un poco de—ARAB-hey
Y ha visto a tu hijo con su pati…ne…tey,
Y tiene dos hermanas, sí
E invita a tu hijo a jugar al patio con ellas
Y que hay otros niños sí, sí, sí
Y tú se lo comentas a tu hijo, hé
Y te mira como si hablases el lenguaje de E.T.
¡Porque mamá! aquí la gente es diferente
esos niños siempre van buscando pelea
Y te preguntas si no ha fallado algo
en tu manera de educarlo Y cierras la conversación recordándoley
que vosotros también sois diferentes
Y que no se olvide que él
También es un invitado en Alemania, ah
Y tú no eres ni rapera, ni Rapk2
Éramos hermanos pequeños sobre cemento, sí,
Y las compras de mamá bien, pero entonces el Cash se ha ido
Porque los niños crecen y no traen mucho dinero, sí
Lo creo, sí, lo creo, ey
No soy un gangster, no, no, no
Pero crecí en Kreuzberg 36
Y en un mes la familia tuvo que salir, sí
Después de casi cuarenta años, sí
porque un bastardo está comprando el piso, sí (bastardo, sí, sí, sí)
Yeah, yeah, yeah,
Y se lo haces escuchar a tu hijo. Yeah…
Que son del barrio, ¡Bro!
Tu niño se metió en la cabeza que hace parte de un experimento del Estado para que aprenda lo que es vivir en una vivienda social en Kottbusser Tor y que pronto os devolverán la casa. La de antes. La de toda su vida. La que estaba en Kreuzberg pero en una calle tranquila al lado del río con sus habitaciones gigantes, sus techos altos, con parqué de madera maciza y sus pomos de las puertas dobles con forma de leones fabricados en latón, la que tenía dos baños y que en las escaleras no se encontraba a la gente durmiendo. Lo dice de broma, porque sabe lo que te costó encontrar este piso y que no le gusta verte triste. Dice que cuando sea grande, ganará mucho dinero para volver a comprarla y echará a la calle a esos bastardos. Tu observas ese cuerpito, tan niño y tan enfadado a la vez. Y te quedas tonta y enfadada como él.
Quien conoce el barrio de Kreuzberg 36 sabe que un 1° de mayo o sales a la calle para protestar o te encierras en tu casa. A ti te tocó hacer la mudanza. Aquí te gustaría hacer un paréntesis para felicitar a la empresa Hansen Umzug por su eficacia quien en menos de dos horas y ocho brazos te ayudaron a bajar once años por las escaleras del palacio y subirlos a tu quinto de plástico. Cuatro hombres que te vieron llorar mientras intentabas entre dos suspiros indicarles donde iban tus pertenencias que la mayoría ya habías dejado por la calle, dixit tres parágrafos arriba, porque lo bueno de una mudanza es deshacerse de lo que no sirve. Y otro paréntesis, aunque eres consciente que no hay que abusar de los darlings, es agradecer a un par de esas manos en particular por su empatía quien te vio tan desarmada que para animarte de las lágrimas te llamaba Chefin con un alemán más humilde que el tuyo y te hizo un cigarrillo y tómate un descanso nos ocupamos del resto y ahí entendiste entre dos volutas de humo que ese era tu último llanto para esas viejas paredes y que a partir de ahora era un nuevo horizonte y que por suerte un quinto, aunque sea en Kottbusser Tor, tiene unas vistas de Kotti d’Azur lo que en Berlín es considerable ya que estás en primera línea cuando el sol se decide en salir. ¡Respira!
Vuestra nueva rutina mañanera por el nuevo camino hacia la escuela, después de cruzar la Skalitzer en rojo es parar en el Edeka. Un croissant au chocolat para el niño y un bollo para ti. Un día, para animarlo, le haces observar que el camino es mucho más entretenido y bonito ahora, pero mala pata, un junkie está vomitando al acabar tu frase. Y te mira y se ríe. ¡Kotti-Leben, mamá!
Kotti-Leben. Kotti por Kottbusser Tor, Leben por vida, es el hashtag de un video en Instagram de un bar de vinos “bio” abierto hace un par de meses en la Audre Lorde Strasse antiguamente nombrada Manteuffelstrasse, o sea en la estación de al lado de Kottbusser Tor que es Görlitzer Bahnhof. En el video se ve gente “guay” bailar en un evento tipo “afterwork”. Hipsters usando a Kotti para parecer wild and sexy cuando en realidad aún no se han enterado de que ellos están en la periferia y no intramuros. En el Nomi no se fuma. Solo se presume. En inglés y solo se paga con tarjeta bitte schön. Se lo comentas a tu hijo quien se ríe de ti; si tú eres peor que los hípsters, mamá, eres una rock star. Golpe bajo.
Cuando dices a un berlinés que vives en Kotti, la primera expresión se concentra en los ojos. Grandes y redondos. Luego la tensión al nivel ocular se detiene y la facies se agrupa en la boca para verbalizar. ¿¡Kotti!? Y tú para tranquilizar el espanto de tu interlocutor siempre te oyes decir: sí, pero Kotti del lado menos chungo. A ese punto de la conversación toda la cara se relaja y siempre entran unas risas. Si el berlinés viene de Kreuzberg sabe que el lado más chungo de Kottbusser Tor es la calle quesigue a la izquierda de la droguería Rossmann, casa madre de un laberinto de callejuelas oscuras, llena de trapicheos, digna de una medina de tiempos modernos, verdadera corte de los Milagros donde, aunque sea de día, evitas pasar. Pero existen días que tienes que pasar; que necesitas pasar. Que si para imprimir documentos en la tienda de fotocopias, que si el zapatero, que si la tienda del móvil, que si el cine de al lado, que si te apetece un sándwich de pescado. Aquí encontrarás de todo. Morphine. Codéine. Hydromorphone. Oxycodone. Hydrocodone. Tramadol. Tapentadol. Fentanyl. La Meka del mercado analgésico.
Para combatir “drásticamente” la criminalidad en Berlín, el Senat votó hace unas semanas prohibir las armas blancas en tres lugares estratégicos de la ciudad. Kottbusser Tor figura en el top de la lista. A partir de ahora, en esta zona, si no eres cocinero, la policía te puede arrestar por andar con cuchillo. A fin de que tu hijo respete un mínimo a la autoridad y no le tenga tanta manía a Kotti, decides callarte la noticia. Otra acción táctica contra la criminalidad estos últimos meses y muy controvertida por los habitantes del barrio, fue la implantación de una nueva comisaría en la Adalbertstrasse, calle enraizada y fundamental de Kottbusser Tor. Lo no muy estratégico es la proximidad, casi intima del Kotti Café; oasis donde fumar la china es lo normal. Razón por la cual, el día que acompañaste a tu amiga en visita de Madrid –a quien le robaron el bolso en el mercadillo del canal–, te entró una carcajada imposible de mantener al pasar la puerta de cristal del despacho policial. No porque apenas le dieron importancia al caso, anotando la referencia del dossier en un trozo de papel desgarrado, sino por el importante olor a marihuana. Y muy educadamente te pidieron salir. Y muy obedientemente te fuiste a la terraza vecina. Y te tomaste un vino al sol en el Kotti-Café esperando a tu amiga que salió deslumbrada e intentas explicarle que esto no es Alemania, no es Madrid, ni es Berlín. Esto es Kotti.
Aunque esta frase te parece sacada de un libro de ciencia-ficción: en Kottbusser Tor viven dos palmeras. De cómo llegaron ahí es de lo más misterioso y lo más improbable es cómo siguen sobreviviendo en un entorno tan hostil. Pero ahí están. Verdes y resplandecientes. ¿Un suvenir de un turista alemán en Canarias? ¿Una experiencia climática del gobierno? Un recóndito que le haces descubrir a tu hijo. ¡Como nosotros!, te aventuras en decir. Inclina la cabeza hacia delante para bajar sus gafas y observarte: como si fueses Greta Thunberg o peor, una hippy.
Empezaste este texto en otoño. El Ceniciento desapareció con la nieve de enero. Ahora tú ascensor huele a perfume barato de primavera. Bajar de estanding no es fácil, tampoco es mortal, un pelín desagradable. Hace nada, la madre de Remaisa te sonrió al cruzar la escalera.
–¿Y tu hijo´?
–Creo que bien…Se fue a vivir con su padre.
1/ Zona rural aislada del norte de África (por extensión); pequeña aldea; región aislada. / 2/ Extracto de Béton Champion del álbum Champions, RAPK

Sonia Noya. Lausanne (Suiza), 1978. De padres gallegos emigrados a Suiza, huyó a la primera oportunidad de la bonita pero aburrida Confederación Helvética para iniciar un periplo de ocho años por el Sudeste Asiático, donde se ganó la vida como comerciante. En 2008 se arraigó en Berlín. Su lema “dispuesta a todo, experta en nada” la llevó a trabajar de performer para Angelica Liddell, de cantante-compositora en La Dernière Mode, y de actriz en varios cortometrajes entre ellos la película post-porno Gemini. En 2025 publica en Libros de la caverna su primer libro, Trapos Sucios. Confesiones desordenadas de una chica vulgar. Desde entonces se desconoce su paradero.
Imagen de portada: ©Patrick Robert Doyle en Unsplash

Habito en kotti hace más de 30 años. Desde esa mira me atrevo a afirmar Sonia Noya Bajar escribe con el talento y la verdad en la punta de los dedos. Sólo con amor habría que escribir sobre kotti, ella lo logra y diviérte a la vez