Fotos sueltas, de Gabriela Mayer

Nunca podemos descansar del todo es el nuevo libro de cuentos de Gabriela Mayer. El 12 de julio lo presenta en Berlín en Andenbuch. Como adelanto compartimos uno de los cuentos del volumen: «Fotos sueltas», sobre el que conversamos con la autora.

En tus cuentos a menudo el tiempo es permeable, el pasado y el presente se interrelacionan y juegan entre sí. Y muchas veces los disparadores de esta dinámica son los objetos: un reloj de péndulo; en este cuento, fotos de un álbum, una escalera que permite el tránsito entre pasado y presente . ¿Qué es el tiempo para vos? ¿Qué vínculo hay entre los personajes y los objetos?  

El tiempo es un recurso precioso para trabajar en la ficción. Tanto el que resulta lento, asfixiante, como el que se escurre rápido… porque permite manejarlo y jugar con él de una manera que jamás podríamos hacer en la vida real. En cuanto a los objetos, me gusta que tengan una potencia tal como para torcer el rumbo de una historia, como lo hacen las viejas fotografías en “Fotos sueltas” o el reloj de péndulo en “La condena de Peter Krag”. Los objetos revelan información crucial de los personajes y muchas veces pueden contar lo que ellos prefieren callar.  

Contanos sobre ese momento entre el sueño y la vigilia que cobra importancia en tu proceso de escritura y también en la trama de este cuento. ¿Es ese estado alfa de mayor percepción? Cuando se iba a acostar Buñuel decía que ahí es donde se iba a trabajar.  

Creo que sí, que es un estado de mayor percepción, en el que la racionalidad (afortunadamente) queda de lado. Entonces me entrega ideas que, cuando estoy despierta, ni siquiera logro entrever. Son materiales que hay que depurar y moldear, pero muy atractivos para trabajar. A la protagonista de “Fotos sueltas” le sucede que es en este particular tránsito donde aparecen voces de familiares ya fallecidos en la planta baja de su casa. Entre el sueño y la vigilia, escucha esas palabras que retumban desde el pasado y ponen en duda unas cuantas certezas.  

Recientemente comentaba Samanta Schweblin que para que irrumpa lo fantástico, la dimensión de lo extraño, dentro de la realidad cotidiana, lo fundamental es, en realidad, la construcción de ese mundo cotidiano, para que lo otro irrumpa en él sin que deje de ser lo que es. ¿Cómo trabajás vos esa irrupción de otra dimensión dentro de lo cotidiano?

Diría que, sobre todo, me gusta que lo cotidiano y lo extraño convivan con naturalidad en mis cuentos. Y que lo extraño no irrumpa de golpe, sino que vaya permeando la historia, colándose por los intersticios, para revelar nuevas capas de sentido.  

En este libro se rompe con la tajante separación entre vivos y muertos. Y también se invierten relaciones: los muertos pueden asustarse de los vivos. ¿Qué te llevó a esto?  

El disparador del primer cuento del libro, el que le da su título, fue justamente una sociedad que conserva a los muertos embalsamados en sus casas, en lugar de sepultarlos o cremarlos. Esa idea me llevó a reflexionar sobre la separación territorial entre vivos y muertos. Y en los rituales que implementamos, casi de manera defensiva, en pos de esa separación. En “Fotos sueltas” también se borronea ese límite, porque la protagonista quiere recuperar a seres queridos que ya murieron. La pregunta que subyace es ¿por qué no implementar rituales que, en lugar de alejarnos, acerquen a nuestros muertos? Así que trabajé el cuento a partir de esta idea.  

La tormenta, el temporal están presentes tanto en «Fotos sueltas» como en otro cuento que señalabas interrelacionado, «La terraza». ¿Qué desata la tormenta?

La tormenta o el temporal, desde su condición extrema, son interesantes porque pueden potenciar emociones. Y convertirse en cajas de resonancia, desestabilizando a veces a los personajes o bien empujándolos a decisiones que quizás, bajo pleno sol, no se les ocurriría tomar.

¿Cómo te interesa construir a los personajes? En este cuento la edad de la narradora, por ejemplo, se va delineando indirectamente por las fechas de las fotos, la rutina de «un cafecito con medialunas en la Boston» de Mar del Plata, la película Los isleros con Tita Merello, su actriz preferida y la de su madre… Y algo que me dio curiosidad: ¿por qué importa lo que come?

Me gusta imaginarme a los personajes como si los conociera, lo más en detalle posible. Es un lindo ejercicio pensar qué hacen en su vida diaria, qué música escuchan y qué programas televisivos y películas miran, aunque tal vez no escriba después puntualmente sobre eso. Porque cada una de sus elecciones los define. En el caso de la protagonista de “Fotos sueltas”, una anciana que vive en Punta Mogotes, un suburbio de Mar del Plata, tenía que imaginar rutinas y modos de moverse por la ciudad y el barrio en sintonía con su edad. Y con las comidas sucedía lo mismo, necesitaba que me sumaran verosimilitud. Así que, al momento de escribir, la puse a cocinar comidas tradicionales, como, por ejemplo, mostacholes a la boloñesa o pastel de papa con la receta que heredó de su mamá.  

¿Por qué «Fotos sueltas» es uno de tus cuentos preferidos?

La primera versión del cuento era distinta, el conflicto era otro. Pero me di el tiempo para reescribir porque había algo ahí que me atraía, en el personaje, la manera en que habitaba su casa y su entorno. Y, una vez que el cuento estuvo terminado, fui entendiendo que tenía muchísimo más que ver conmigo de lo que inicialmente había imaginado. Una lectora me comentó algo que me sorprendió, porque no lo había notado, y es que “Fotos sueltas” bien podría funcionar como una suerte de continuación de “La terraza”, en el que trabajé recuerdos de la muerte de mi mamá. Hay cosas que suceden en el acto de escribir sin que una –por suerte– se dé cuenta.  

Danke schön!

Gracias a vos!

Punta Mogotes es un barrio tranquilo. Cada noche, antes de dormir, Sandrini ronronea un rato y luego se acomoda a mis pies. A veces oigo el ruido del viento, soplando desde la costa, que mece hojas y ramas del ceibo que planté hace añares en la vereda.

Mi vida transcurría de manera rutinaria, previsible. Hasta que, hace unos días, empezó la cuestión de los álbumes de fotos. En los últimos años nunca se me había dado por mirarlos. Pero una tarde en que recién arrancaba el vendaval, no podía salir a hacer las compras y la tele me aburría, agarré las fotos del viejo bahiut. Después de abrir la primera caja, no pude dominar el entusiasmo. Seguí revisando, una tras otra.

Cada caja, prolijamente rotulada con bolígrafo azul, contenía un álbum. El casamiento de mis padres. Mi nacimiento. Mi comunión. La graduación como maestra normal. Viajes. La Falda, 1954. Los Cocos, 1959. Rosario, 1965. Buenos Aires, 1971. Cataratas del Iguazú, 1979. En las cajas también había montones de fotos sueltas.

En algún momento debería ordenarlas, pensé. Si no, van a terminar estropeándose y sería una pena. Antes de cenar, acomodé las fotos sueltas en montoncitos sobre los álbumes y las cajas en el mueble. No me di cuenta de que, en una punta alejada de la mesa, había quedado sin guardar la foto del tío Roberto. Lavé los platos, subí y me fui a dormir con la radio AM de fondo, como siempre.

Y esa misma noche me despertó ese vozarrón inconfundible, que resonaba por la escalera hasta mi dormitorio. La voz del tío Roberto, la misma que usaba en sus inicios como canillita, hasta que logró comprarse el kiosco de diarios sobre la peatonal San Martín.

Apagué la radio para escuchar mejor. Tuve un poco de miedo. Y eso que yo al tío Roberto lo quería muchísimo. Me quedé petrificada en la cama, con Sandrini hecho una bolita al lado mío. Se lo oía contento al tío. Durante casi una hora habló animadamente con una mujer, pero no identifiqué quién era. A medida que empezó a clarear, su voz se fue apagando. Sentí en brazos y piernas el peso que anticipa el sueño.

***

A eso de las siete bajé a desayunar. La foto en blanco y negro del tío seguía en el mismo lugar. Volví a mirarla. Roberto sonríe, mostrando sin pudor la barriga. En el fondo aparece una mujer, tal vez mi prima Mimí, haciendo una pose coqueta con sus pantalones holgados. Detrás de la foto, alguien –quizás mamá– había garabateado en lápiz “1937”.

Devolví la foto al mueble. Seguramente había sido un sueño. Roberto era mi tío preferido. Me encantaba cuando se ponía a silbar. O me llevaba a pasear, parada con mis pies chiquitos sobre sus zapatones enormes, mientras me tomaba de las manos para que no me cayera.

Por la ventana se filtraba un mínimo reflejo de sol. La tormenta parecía querer aflojar. Aproveché para viajar en el colectivo que pasa temprano al centro de Mar del Plata. Fui al banco a cobrar la pensión y me tomé, como siempre, un cafecito con medialunas en la Boston.

Volví en el colectivo de pleno mediodía. No almorcé; me sentía pesada. Me puse a limpiar con un algodón empapado en leche las hojas de los potus, para darles brillo. La tarde se me pasó volando. Empezó a llover de nuevo. No tenía ganas de mirar más fotos, porque me agarra esa nostalgia que, al principio, pensás que es linda, aunque después te aprieta un poco el pecho.

Esa noche acompañé los mostacholes a la boloñesa con una copita de tinto. Prendí la tele y enganché la última parte de Los isleros por canal Volver. Tita Merello siempre fue una de mis actrices preferidas y de mamá, también. Cuando terminó la película, la melancolía se había ido y no pude resistirme.

Así que dejé, en la misma punta de la mesa donde había colocado la foto del tío Roberto, la imagen en blanco y negro de Mariángeles, mi prima de La Falda. La que murió joven, de un ACV, dejando dos nenes chiquitos. Subí a acostarme. Incluso sin la radio, concilié rápidamente el sueño.

A eso de las tres o cuatro de la madrugada, sentí la voz aguda de Mariángeles desde la planta baja. La distinguí con claridad, mientras sus palabras subían por la escalera, hasta mi dormitorio. Primero mi prima tarareó un tango. Gracias al estribillo, identifiqué su preferido, Por una cabeza. Después habló con alguien. No pude entender más que alguna palabra. Ni idea con quién conversaba o, mejor dicho, discutía. Yo me llevaba bien, aunque tenía carácter fuerte Mariángeles.

Cuando la luz comenzó a filtrarse por las hendijas de la persiana, su voz se fue desvaneciendo, como había sucedido la noche anterior con el tío Roberto. Esta vez ya no pude conciliar el sueño. Sandrini sí, dormía extendido a mis pies.

***

Después de darle vueltas al asunto, me levanté a tomar unos mates. Seguía lloviendo. El temporal castigaba con fuerza Punta Mogotes y más allá. Típico de esta época invernal.

Mamá. Pensé en sacar una foto de mamá. Pero no estaba lista todavía. Mejor, antes, Jorgito. A mi hermano menor también lo quise muchísimo. Me costó un rato encontrar sus fotos de la primera comunión. En la portada del álbum aparece de pie, con un rosario en la mano. El traje cruzado, que le queda grande. Porque fue flaco toda su vida, hasta que se lo llevó el cáncer, a los cincuenta.

Al desprender la foto de los esquineros, se dobló apenas. La apoyé con cuidado sobre el mantel, en la misma punta de la mesa donde había colocado al tío Roberto y a Mariángeles.

Almorcé el resto de los mostacholes. Por la tarde vi una telenovela turca. No terminó de gustarme, aunque la vendedora de la mercería la había recomendado. Los personajes tenían nombres raros, no lograba memorizarlos. Cosí los ruedos del deshabillé, que empezaban a soltarse. Y cené unos sándwiches de salame y queso.

Subí, me acosté y ni prendí la radio. Tenía unas horitas nomás, hasta la madrugada.

Contra mis pronósticos, dormí un rato. Me despertó el ruido de una pelota, rebotando contra las paredes blancas del living. Goool, gritó Jorgito. Hubiera querido bajar. Tantos años sin verlo. Darle un abrazo. Pero tenía que pensarlo bien. Era probable que no me reconociera y terminara asustándolo.

Me levanté de la cama. Caminé hasta el descanso de la escalera. Abajo reinaba la oscuridad, tal como había dispuesto antes de acostarme. Algo en mí pedía bajar, pero todavía no me animaba.

Sandrini siguió durmiendo pese al ruido de la pelota. Tampoco lo inquietaron los truenos a lo lejos.

De golpe resonó una voz llamando a Jorgito, o más bien retándolo, y la casa volvió a quedar en silencio. Pasé la mano por el lomo del gato y cerré los ojos. Me esforcé por recordar las tardes familiares en Playa Serena, cuando éramos tan jóvenes que la muerte parecía cosa de otros. Y nos metíamos dentro de los pozos de arena que llevaba horas cavar. Tronó más cerca. Un relámpago iluminó la habitación por un momento. Concilié el sueño más rápido de lo que pensaba.

***

Me desperté antes de que sonara el despertador. Sí, pensé mientras ponía a calentar el agua en la pava. Después del tío Roberto, Mariángeles y Jorgito, era hora de mamá.

Elegí una foto Polaroid que siempre me encantó. Mamá sonríe, ya mayor, en medio de un jardín. Está apenas recostada en una reposera, con las piernas cruzadas. Lleva puesta una blusa beige abotonada hasta el cuello y una pollera de tablas al tono. Tiene el pelo canoso, con un remolino en la frente. Y unos lentes de sol grandes, de marco marrón. Sus manos, algo arrugadas, descansan cruzadas sobre el regazo.

Cuando amainó la lluvia, caminé hasta la verdulería primero y a la carnicería después. Presa de la ansiedad, el día pasaba lento. Cociné pastel de papas con la receta que mamá dejó anotada en su cuaderno. Lo degusté bocado a bocado, mientras miraba el noticiero del mediodía. Terminé de comer, apagué y subí a tirarme un rato, algo que no suelo hacer prácticamente nunca. El tamborileo de las gotas sobre la chapa del aire acondicionado me adormeció.

Después de la siesta se me dio por limpiar. Empecé por la cocina; con este tiempo horrible quién sabe cuándo volvería la chica de Camet que me ayuda por horas. Seguí por el baño principal y ya tuve que dejar, porque me sentía muy cansada.

Tomé unos mates e intenté unos crucigramas, sin avanzar. Por fin anocheció. No pude concentrarme en ningún programa de televisión durante la cena. Comí la media porción de pastel de papas que quedaba. Lavé los platos. Ubiqué la foto en la punta de la mesa y subí.

***

Me propongo quedarme despierta. Ansío escuchar la voz pausada de mamá, después de tantos años de extrañarla cada día. Me puse el camisón más lindo que tengo. Y me peiné antes de acostarme. Ahora espero. Como durante todo el día, el tiempo, más que transcurrir con lentitud, parece arrastrarse de a milímetros.

Sandrini sigue extendido a mis pies. El mar debe estar picado, porque las ráfagas hacen temblar la persiana del dormitorio y también el cristal de la ventana. La lluvia cae, con la misma intensidad de los últimos días.

A eso de las dos y pico, llega el primer sonido desde la planta baja. Imposible no reconocer su voz. Mi corazón late descontrolado. Intento descifrar sus palabras, pero no las entiendo; se confunden unas con otras.

Me levanto, me calzo las chancletas. Ato el deshabillé con doble nudo. No importa que el piso cruja apenas mientras camino.

Con mis movimientos, Sandrini se despierta. Junto al rellano de la escalera, las palabras de mamá se escuchan mejor, pero no logro comprenderlas.

El corazón me palpita a más no poder. Bajo los escalones despacio, con mucho cuidado. Hago una pausa en cada peldaño. Aunque después de tantos años conozca la escalera de memoria, no vaya a ser que me tropiece justo ahora.

Sigo tratando de entender sus palabras. Por lógica, a medida que me acerco, debería ser más fácil. Pero no.

Respiro profundo; encaro el segundo tramo de la escalera. Su voz parece diluirse con cada una de mis pisadas. Me sobresalto cuando Sandrini pasa corriendo y en pocos segundos alcanza la planta baja. Para él, es una noche como cualquier otra. Lo escucho devorar el alimento de su plato en la cocina. Eso que suele escaparse de cualquier persona que no conoce.

Continúo bajando. La luz del living está apagada, tal como la dejé. No resuena palabra alguna. El silencio envuelve la casa. Solo se oye el viento, retumbando en persianas y cristales.

Solo cuatro escalones. Tres. Dos. Uno. El piso de cerámica, bajo mis chancletas.

Diviso a mamá en la oscuridad. Corro a su encuentro lo más rápido que puedo, con los brazos abiertos. Me ve y sonríe. Se la nota triste, aunque igual sonríe y se levanta de la reposera. Quisiera preguntarle qué le preocupa. Pero ya sus manos me revuelven el pelo y su pecho se funde con el mío, en un abrazo enredado, larguísimo.

Estamos las dos encorvadas, frente a frente; medimos lo mismo. Tengo el pelo tan canoso como ella. La fragancia a lavanda en su cuello me trae un llanto de la infancia.

Abro la puerta de calle. Agarradas del brazo, salimos a la noche lluviosa.
—Te extrañé tanto estos años —digo.
—Quise retrasarlo lo más posible —responde.

***

Nos descalzamos en la playa oscura; dejamos atrás mis chancletas junto a sus mocasines. Nuestros brazos siguen entrelazados. Caminamos y la arena se nos mete entre los dedos de los pies. El rugido del mar nos hace olvidar el viento y la lluvia. Y nos trae tantos recuerdos, como fotos sueltas.

«Fotos sueltas» forma parte del volumen Nunca podemos descansar del todo de Gabriela Mayer publicado por Milena Caserola, Buenos Aires, 2025.

©Paola Liguori

Gabriela Mayer (Buenos Aires, 1971) es cuentista y periodista cultural y le resulta inimaginable una vida sin escribir. Se graduó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Sus artículos fueron publicados en medios nacionales e internacionales como Infobae y la agencia de noticias dpa, donde se desempeñó como editora durante más de veinte años. Está a cargo del área de prensa del Goethe-Institut Buenos Aires y coordina talleres de escritura creativa. Recibió varios premios y menciones en certámenes literarios; entre ellos por el relato “El jueves del sillón”, primer premio del Concurso Leopoldo Marechal en 2008, y por “La terraza”, segundo premio del Concurso de Cuentos Victoria Ocampo 2015. Algunos de sus relatos se tradujeron al inglés, alemán y serbio.  Entre sus libros se encuentran Sueños como cuchillos (Milena Caserola, 2022), El pasado sabe esperar (Alción Editora, 2018) y Todas las persianas bajas, menos una (Ediciones Al Margen, 2007). Nunca podemos descansar del todo es su más reciente volumen de cuentos.


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claudia baricco

(isa.kar.wai) - Un cine real o virtual es el living de mi casa. Los libros son mi otro hemisferio. En un mundo donde todo es político. Latitud: B y B – Buenos Aires-Berlín, dos ciudades de contrastes.

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