Aguafuertes berlinesas

Libro de relatos de Maximiliano Luis Freites

Los judíos, los más grandes emigrantes de todos los tiempos, descubrieron la manera de seguir existiendo como pueblo sin estar vinculados a la tierra. Maximiliano Freites parece estar diciéndonos que para sobrevivir como emigrantes no hay otro modo que vincularse al suelo que pisamos. En ambos casos, y es lo que nos acerca a la experiencia judía, estamos hablando de diáspora, de idioma, y de libros.

En la tradición judía se conmemora un hecho profundamente traumático para la identidad del judaísmo: la destrucción del templo de Jerusalén (tendríamos que hablar más propiamente de las destrucciones del templo). Ese templo fue una vez objeto de culto real localizable en una geografía precisa y con unos contorno definidos y una silueta identificable que pasó a convertirse, por fuerza de fuego y la diáspora, en un ente volátil, en una idea, en un proyecto nunca realizado, en un sentimiento quizá, en una proyección, que se encarcela en las páginas de un libro, en las del libro de los libros, en la Biblia: el templo real de piedra destruido varias veces por maquinarias enemigas (los babilonios, los romanos) se metamorfosea en rollo sagrado, hasta el punto de que la propia Biblia pasa a ser el templo mismo. El judío que llora la destrucción del templo real, el de Salomón, el de Herodes el Grande, y asociada a la destrucción, la pérdida del reino, del estado, del territorio, se consuela abrazando los rollos de la Torá, el nuevo Templo, que además puede llevarse consigo a donde quiera que va, hasta lo más remoto de la Tierra: allá donde haya un rollo de la Ley, habrá un templo, aunque sea en el último rincón del último desierto, pues es en la Torá donde la fuerza simbólica y la sacralidad del espacio de culto se mantienen con mayor firmeza. “Los responsables de ello -explica Javier del Barco, de la Complutense de Madrid- fueron los rabinos, que situaron la Torá y su estudio como elemento unificador y vertebrador del judaísmo tras la destrucción del Templo”. Así, con la transformación de un objeto inmueble en uno mueble, transportable, el judío no necesita, pues de hecho lo ha perdido, sentirse vinculado a un espacio físico geográfico y nombrable para sentirse judío, para identificarse como judío, para verse como judío. El Libro es el Templo, así en mayúsculas, y visitar el Libro es entrar, simbólica y ritualmente, en el Templo. “Al hacerlo -continúa Javier del Barco-, permitieron que el centro del judaísmo ya no dependiera de un lugar geográfico, sino de un objeto que estaría presente en cada comunidad judía”. Creo que Borges, siempre fascinado por el judaísmo y por el objeto que es un libro, no vio la Torá como la representación simbólica del Templo, aunque sí la vio con forma de laberinto.

En definitiva, el judío no necesita verse reflejado en el suelo que pisa para actualizar su identidad judía, y se siente judío allá donde vaya porque se lleva el libro, que es el templo de su dios, lo que desprende a su vez el vínculo de la tierra, o más concretamente, del territorio. La opción judía supone disponer del talismán mágico llamado Libro, pero en definitiva todos somos emigrantes, todos vivimos esta tensión, cada uno la resuelve de una manera.

Parafraseando a Ramona de Jesús en la estupenda entrevista que le hizo Natalia para Desbandada hace poco, en su caso el Templo de Yahvé se ha convertido en un no-espacio. Así como el judío alaba a su dios desde un libro que es un templo, y que no está en ningún sitio sino donde reposa el libro, escribe Ramona su no-espacio que no es, desde luego, su Colombia original, pero probablemente tampoco es su Berlín de adopción temporal. La opción de Ramona es, quizá, la más mística. Esta reseña, no obstante, va del libro de Maximiliano Luis Freites, Aguafuertes berlinesas, editado en la editorial Abrazos, radicada en Stuttgart. ¿Dónde se sitúa Maximiliano Freites cuando se pone a escribir los 12 relatos de su reciente libro?

Yo le había prometido a Max -perdonen que le llame así, nos conocemos hace algún tiempo y ya hemos hecho alguna cosa juntos, como un video a partir de uno de sus cuentos- hacer un video para la presentación del libro en la librería Andenbuch, pero la vida ajetreada que todos tenemos en Berlín no nos ayuda a cumplir con los compromisos, así que las semanas pasaron, y yo me fui de vacaciones a España creyendo que allí dispondría del tiempo necesario para editar ese video: fue imposible, como también me fue imposible escribir los dos o tres relatos que quería pergeñar. Había perdido el contacto físico, emocional y espiritual, con la ciudad que compartimos, y me resultaba imposible instalarme en una posición creativa que me permitiera condensar en un video, o en unos textos, lo que Berlín suscita, germina, provoca, remueve, inflama, de manera que pudiera al cabo de un estado de cierta alteración anímica, ofrecer un producto que emergiera de lo que vivimos en esta ciudad, y que no fuera simplemente un agregado de imágenes y textos -videos cortos y audios con fragmentos de los cuentos-. Mi problema era que no estaba allí, es decir, aquí, en Berlín: necesitaba sentirme parte de ese territorio, no como fuente de inspiración, sino como disparador de un estado mental y emocional propicio.

En una entrevista que saldrá en breve, la escritora vasca Irati Elorrieta habla de que en todo emigrante se establece una tensión entre esos dos espacios, el de allá y el de acá. En algunos casos, los escritores se decantan por el lado de allá y parecen escribir la nostalgia o el desarraigo, es el paradigmático “Volver” de Gardel; en otros casos, es el caso de Irati como veremos en la entrevista, o como sabe quien haya leído su novela, el escritor se empapa de la realidad circundante y escribe lo que ve, lo que oye, lo que vive, de ahí que Irati plantee la tensión y la deje irresuelta para que de esa energía surja la historia y sus personajes. En el caso de Maximiliano, la decisión es firme, clara, y además configura la estructura y el plan del libro: se vincula claramente al aquí, es decir, a Berlín, es decir, justo lo contrario de lo que hace el judío dentro del judaísmo, con su independencia simbólica del territorio que habita, quizá sin hacerse partícipe del mismo. La opción de Maximiliano supone, a mi entender, la implicación total con el espacio que habita. No es la visión del emigrante, aunque aquí y allá haya referencia a su Argentina natal o nombres de personas reales con las que se relaciona. La visión de Maximiliano no es la de Irati Elorrieta ni la de Ramona de Jesús. Hay solo un lado, el de acá.

Al mismo tiempo, es una propuesta cuyo efecto, intuyo, solo se opera en los que compartimos, con Max, las claves de la vivencia migrante hispanohablante en Berlín. Una propuesta sorprendente. Sugerente. Extraña: una experiencia de extrañamiento en el más puro sentido brechtiano. Hay una ficción implícita en una parte de la propuesta de Max que da que pensar, una especie de contradicción de base, un espejismo visible solo, creo, para los que vivimos en el mismo espacio que él, un extrañamiento con la misma realidad de la que parte: los relatos del cordobés van recorriendo toda la ciudad a través de sus barrios, pero lo hacen siempre en español. Hay varios cuentos en los que los personajes son gente local, mientras que su relato y su voz se narran en español. No hablan en alemán: las experiencias son alemanas, pero no se describen en alemán; las actitudes, relaciones, motivaciones, frustraciones podemos decir que son alemanas puesto que lo son sus personajes, y en especial el espacio con el que interactúan, pero no hablan alemán. No quiero decir que el narrador tenga que hablar alemán, pero sus personajes no lo hacen, tampoco, claro, ni siquiera cuando se trata de la voz interior, o se trata de una ficticia autobiografía no terminada. Y no falta, sin embrago, la verosimilitud. ¿Cómo que no hablan alemán? Todo alemán que yo pueda conocer en mi experiencia berlinesa en principio habla y piensa en alemán. Los personajes de Max son nominalmente alemanes, pero hablan español. ¿No es un poco raro? ¿O mucho? Para un nativo argentino, mexicano o colombiano es lógico leer, en su país, un libro en español que trata una realidad ajena al idioma. Acostumbrados a leer traducciones al español de libros escritos originariamente en alemán (Kafka, Thomas Mann, Heinrich Böll, Günter Grass…), no debería sorprendernos el idioma que usa Maximiliano Freites para hablar de alemanes en Berlín, pero lo hace, porque sabemos que él no es alemán: es el libro de relatos de un emigrante en su propio idioma, pero no para hablar de la emigración sino para contar historias de gente local. No podemos recriminar a Max que no nos incluya entre sus aguafuertes aunque podamos argumentar que somos parte del paisaje humano berlinés. Justamente, desde mi punto de vista, no consiste en eso. O mejor: consiste en eso, en excluir al mundo hispanohablante todo lo posible -es cierto que no se da en todos los relatos- mientras se presenta el lado alemán como si compartiera nuestro idioma. ¿Puede haber algo más extraño? Es la misma sociedad alemana que todos conocemos, pero hablando español. ¡No olvidemos lo que nos cuesta aprender ese idioma! Y ahora, por obra y gracia de la magia de Max, hablan nuestro idioma. ¡¿Qué?!

Volviendo a la entrevista a la escritora vasca, el libro de relatos de Max tiene otra propiedad que contradice, de alguna manera, la novela de Irati. En la entrevista, la escritora vasca explica que los escenarios de su historia se circunscriben a un barrio, o incluso a una parte de ese su barrio, Pankow, al que Max dedica también un cuento. Irati argumenta que Berlín es inabarcable. Max intenta abarcar lo inabarcable: la ciudad. Para ello, y esta es una novedad muy remarcable respecto al libro anterior, con el que comparte otros elementos como la auto ironía, el cordobés tiene un plan que va ejecutando con sobriedad, pasión y sistema. No tenemos un libro que se va construyendo en momentos de lucidez y creatividad, como el primero. El plan era previo, como todo plan: recorrer la ciudad a través de sus barrios. Parecería una guía turística si uno no conociera el libro, y tiene muchos de los elementos históricos que Irati incluye en su texto respecto a París, pero probablemente es otra cosa. Como la escritora vasca, Max se documenta en muchos casos, e incluso, como en “El capitán de Köpernick”, ficciona esa búsqueda: ¿quién puede creer que Roberto Arlt, escritor argentino al que está dedicado el libro, quien sí tenía ascendentes alemanes, hubiera encontrado esa historia remota del falso capitán? Rastreamos en la tradición hispana otros casos en que el autor ficciona la búsqueda de información y lo incluye en a novela, el caso más conocido es el del Quijote, el autor asegura que la historia es una traducción de unos legajos en árabe, pero es sólo para añadir ironía al relato. El mismo mecanismo usa Max en el cuento, y hacerlo no le quita ningún valor al cuento.

Este plan, que es un recorrido por la ciudad, intentando bucear en sus fuentes históricas, y al mismo tiempo abarcarla, excluye uno de los lados de la operación: ¿dónde está la tensión del emigrante entre el allá y el acá? En Aguafuertes berlinesas no se da esa tensión que podríamos esperar en la obra de un emigrante. En ningún momento se habla de hispanohablantes, de Argentina ni de Córdoba. Ni siquiera en el cuento en el que los protagonistas son gente del entorno de Max que luchan por recuperar un bici, esta lucha es con los alemanes, solo con unas cornejas, que no me parece a mí que representen la cultura o la sociedad local.

Leyendo a Max, leyendo a Irati Elorrieta y a Esther Andradi, leyendo a Ramona de Jesús y a Izaskun Gracia, leyendo a Ares Marrero o a Amir Valle, escuchando la participaciones de las intensas sesiones de Pasajero del Muro, recordando los poemas del grupo La Grieta, o releyendo los cuentos generados en espacios creativos como el taller de cuentos de terror que hemos publicado en Desbandada y los de Sebastián Trujillo, visitando los videos y las performance de Elsye Suquilanda y de Rita González Hesaynes, y tantas otras voces hispanas que sobreviven en la ciudad, intento encontrar un hilo común, una respuesta común a la experiencia creativa vinculada al espacio emocional compartido que llamamos “Berlín”, dentro de la diversión de posicionamientos respecto a esa tensión entre el acá y el allá que describe Irati. El libro de Max contribuye a esa imagen identitaria que vamos forjando en español, y lo hace con una evidente originalidad, ofreciendo, para quien la quiera tomar, una posible respuesta a la permanente pregunta: ¿qué hago yo aquí?

Finalmente decir que, al igual que Max viaja por la ciudad barrio a barrio, en Desbandada hemos querido pasear  por la ciudad, no de la mano del texto de Max, sino con el propio libro en la mano. El resultado lo forman las fotografías que ilustran esta reseña.



Maximiliano Luis Freites es licenciado en psicología por la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Fue ayudante alumno de las cátedras de Psicoanálisis y Psicopatología I. Desde 2008 vive y atiende su consulta en el barrio de Neukölln. Con respecto al arte literario, ha publicado algunos cuentos cortos en distintas revistas en Berlín: Historia de unas cepas, El poder de la hipnosis, La velocidad de las almas, El monstruo del Krumme Lanke. También colabora con Lado Berlín con la serie «Turismo Interior». En enero del 2021 vio la luz su primer libro de cuentos La mueca de la hoja (Editorial Abrazos).

Revista Desbandada

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