Una forma de querer a Berlín

Mi Berlín: Crónicas de una ciudad mutante es un volumen de crónicas de la escritora argentina Esther Andradi. Es la aventura Berlín vista desde lo cotidiano y una invitación a salir a la calle y recorrer la ciudad. Mateo Dieste, autor uruguayo, nos ofrece aquí una reseña. Gracias a la cortesía de las editoriales La Mirada Malva y Klak Verlag, acompañada por un capítulo del libro: Instantáneas /Momentaufnahmen, en versión bilingüe español-alemán.

Grafiti Berlín: «Por tí atravieso cualquier muro».

Una forma de querer a Berlín. Microrreseña de Mi Berlín: Crónicas de una ciudad mutante, de Esther Andradi

Por Mateo Dieste

«Durante más de una década viví en el Berlín que hasta 1989 era el sector occidental de la ciudad, y a partir del 9 de noviembre de aquel año comenzó a formar parte de lo que hoy ya es otra vez la capital de Alemania. Soy una latinoamericana que cuenta desde allí el antes y el después del derrumbe. Son crónicas vivenciales, a veces artículos periodísticos y también reflexiones sobre la vida entre los mundos, miradas desde lo cotidiano que se publicaron en diarios y revistas en México, Perú, Argentina, España, Alemania».

Así comienza Mi Berlín: Crónicas de una ciudad mutante (Granada: La Mirada Malva, 2015), el volumen donde Esther Andradi recopila sus crónicas publicadas entre 1983-1992 y 2007-2014 sobre la capital alemana. 

Las recopilaciones de textos aparecidos en distintas etapas de la vida de un autor nos brindan la posibilidad de trazar continuidades, insistencias de estilo, líneas de interés, en fin, es una manera de entender cómo se ha construido una perspectiva. Pues bien, Mi Berlín… no es la excepción a esto. 

Desde que llegó a esta ciudad en el año 1983, Andradi parece haberlo entendido todo. No es una observadora distante, ajena, sino que es como si se hubiera hecho berlinesa desde el primer momento: porque aprende a hablar alemán, interactúa con la gente, se da cuenta de lo que sucede a su alrededor y no está obsesionada –como tantos escritores latinoamericanos– con escribir para ingresar al panteón literario. «Decidí escribir –confiesa en el prólogo– sobre lo que a mí me interesaba, desde el hundimiento de un barco llamado Amor, la descripción de la calle donde estaba mi oficina o escenas en el mercado, el protagonismo en estas notas lo ejerce la vida cotidiana».

En otras palabras: Andradi se autoriza a concederle valor a lo cotidiano, haciendo del día a día un objeto digno de literatura, y por tanto ejerciendo un acto de libertad creativa. Es por ello que puede hablar con un hombre que se quiere matar porque no soporta que lo traten de viejo; puede advertir la potencia simbólica que representa una bicicleta en la sociedad industrial; puede conversar con el verdulero kurdo del barrio y entender perfectamente lo que es la cultura kurda, o bien puede declarar su admiración a Christa Wolf o entrevistar a Seyran Ateş, una abogada turco-alemana que ha estado amenazada de muerte en Berlín por defender los derechos de las mujeres.

Se podría decir que este es un libro que rinde homenaje a la ciudad misma. Y si esto es así, lo es porque la propia Andradi participa de la vida berlinesa; ella misma es, parafraseando al título de su obra, parte de la «condición mutante» de Berlín. Cuando sale a recorrer sus calles el 3 de octubre de 1990, el primer día de la Unidad Alemana, ella no es indiferente sino empática con los demás: «Miro a los alemanes a mi alrededor, los ojos húmedos, volverían a enamorarse en ese instante».

De modo que Andradi se involucra en lo que observa, no idealiza a la distancia ni caricaturiza a las personas, con lo cual respeta al lector interesado en explorar Berlín mediante un texto literario. Quiero decir que leyendo a Andradi uno no se pierde en soliloquios egotistas ajenos al mundo exterior, no queda encerrado en elucubraciones pretenciosas de gran escritor, sino más bien se siente invitado a salir a la calle y recorrer la ciudad.

En este sentido, ella dialoga con el arte del flaneur (callejeo, vagabundeo) que supo cultivar Walter Benjamin, Robert Walser o W. G. Sebald —autores que, por cierto, la propia Andradi reconoce en una entrevista con Santiago Vesga para el podcast de la editorial Aurora Boreal. De allí que en la traducción del libro al alemán, Mein Berlin. Streifzüge durch eine Stadt im Wandel, se haya escogido la palabra Streifzüge para transmitir uno de los aspectos comprendidos en el género de la crónica, a saber: el de hacer caminatas, paseos o excursiones por la ciudad. 

* * *

La literatura en español sobre Berlín es abundante y variada, aunque muchas veces repetitiva y exotizante. Hay libros dedicados a investigar la historia de Berlín para hacerla comprensible, aun pese a sus incesantes transformaciones; son libros informativos, serios, escritos por historiadores que hacen uso de los formidables archivos que dispone esta ciudad. Leer estos libros nos ayuda a contextualizar la experiencia, a situarla temporalmente y, en consecuencia, nos enseña a valorar la particularidad de Berlín. Se trata de una perspectiva historiográfica.

Por otro lado, hay libros que no pretenden explicarnos Berlín sino más bien recrear algo de lo que fue, es o incluso podría ser la vida en esta ciudad. Así, nos ofrecen el desarrollo de una trama, personajes, evocan incluso el ambiente, los olores y hasta ciertas texturas de la capital alemana. Se trata de novelas y cuentos, narrativa gráfica, poesía, en fin, de expresión literaria entorno a Berlín sin «pretensión de verdad». Esto es lo que podríamos llamar, forzando aún más la división analítica, una perspectiva ficcional.

Desde luego que la perspectiva historiográfica y la ficcional (o literaria) no son opuestas sino complementarias, es decir, no se trata de que la primera sea verdadera y la segunda falsa, sino que ambas nos transmiten significados válidos sobre el mundo. Sin embargo, hay veces que estas perspectivas logran combinarse de manera armónica, produciendo un texto híbrido que admite el uso de recursos literarios diversos. Pienso que Mi Berlín… corresponde a este último caso, pues es una crónica que piensa y, al mismo tiempo, un ensayo que cuenta. Es un libro que busca trasladar un mundo (Berlín) a otro (el de los hispanohablantes), aunque naturalmente interpreta y, por lo tanto, integra lo desconocido al mundo de lo que llamamos «familiar».

Tal vez por ello la interpretación que ofrece Andradi sobre Berlín no sea tanto la de quien pretende analizar las cosas para darle orden al caos, sino más bien la de quien ha aprendido a querer a esta ciudad. Y es por eso que ella la acepta así, mutante, tal como es: «Caminando por sus calles una se confronta con edificios de la gloria prusiana, con vestigios del esplendor de la vanguardia de los años veinte, los bloques de la arquitectura nazi, las huellas de identidad de los habitantes judío-alemanes, aislados, segregados y empujados a la muerte o a la emigración sin retorno, la sofisticación que ostentó Berlín Occidental en contraste con el pesado realismo socialista de la ex capital de la RDA. Sótanos arcanos, fábricas a medio demoler, edificios con uno, dos, tres fondos transgrediendo los límites de la calle, contrastan hoy día con flamantes construcciones, que se hicieron cargo del baldío más grande Europa, resultado de la caída del muro y de la reestructuración y saneamiento constante que desde entonces vive esta ciudad: Berlín work in progress, todo cambia, siempre en movimiento».


Instantáneas

Esther Andradi

La estación del “metro” de la Plaza Ernst Reuter está a un paso de la Universidad Tecnológica, en pleno nervio céntrico de Berlín. En las escaleras de ingreso están sentados dos niños.  Tienen un cartel en la mano. “Somos rumanos, tenemos hambre. Queremos dinero”. Dos viejecitas se han detenido frente a ellos. Es escandaloso, dicen. Dos criaturas. Está lloviendo, pero las dos ancianas se esfuerzan en comprender cómo es que el Tercer Mundo se ha sentado aquí a las puertas del bienestar. Una de ellas les da dinero. Toma, le dice al niño, es mucho dinero. Cuídalo. Ella quiere saber si la niña sentada en el otro extremo es su hermana. El niño no responde. Los rumanos no hablan en ningún idioma. “Tenemos hambre y queremos dinero”. Llueve, y aquí, frente a Kipert, el emporio de los libros –cuánto árbol de la Amazonía, por dios- dos chicos rumanos informan rotundamente de la existencia de la pobreza.

Subo al primer vagón y me encuentro con un griterío de cotorras. Ni son escolares ni hinchas de fútbol ni extranjeros. Es un grupo de berlineses, mujeres y hombres. Tienen una edad promedio de 60 años, parecen todos jubilados en viaje de fin de estudios, cuentan chistes. Se ríen, están radiantes. Ellos ocupan dos hileras de asientos. Paso a tientas por el medio y siguen las carcajadas. Seguro que ni me han visto. Me siento en la próxima hilera, al lado de dos jóvenes. Frente a mí, una mujer y dos muchachos. De pronto se oye el sonido de una flauta. Los tonos vienen de mi compañera de asiento, una jovencita de cabellera roja y mirada adusta. Desvío los ojos y me topo con dos extranjeros apoyados en la puerta. Uno de ellos acaba de hacer un pájaro de papel y lo está abriendo. Son las once de la mañana de un día miércoles. Estamos en julio de 1990 y acabo de subirme al vagón de los artistas. El único en Berlín durante los últimos siete años. Caray, si esto no es una buena noticia.

Los argentinos han copado la línea 7 del metro, me dicen. Cantan a capela. ¿A capela? Los brasileños hacen samba en el “metro” con guitarras, maracas, con todo lo que tienen al alcance de la mano. Los peruanos no están en el “metro” pero sí sobre la Ku´damm, la calle más pituca y movida del centro de esta ciudad,  haciendo sus carnavalitos, huaynitos y todo lo demás con miles de instrumentos. Sólo a los argentinos se les ocurre un acto de kamikaze: se suben al metro, esperan que comience a andar, y entonces, a toda voz, se mandan un tango. La gente tarda en recuperarse del susto, más de lo que demora el tren en llegar a la próxima estación. ¡Pero ché!

En la Conferencia de Prensa que ofrecen los escritores extranjeros residentes en Berlín, el poeta de origen indio cuenta que un grupo de “cabezas rapadas” intentó arrojarlo del metro. De las sesenta personas que estaban allí, nadie movió un dedo. “Me hubiera podido pasar también en la India” agrega, restándole importancia al hecho, pero a varios de los asistentes se nos atraganta el cóctel.

“He visto un grupo de polacos que eran agredidos por alemanes” me dice Goldberg, mientras nos tomamos un café en un bar francés, atendido por un turco, en la calle de Knesebeck. Había ingresado allí para comer algo rápido antes de seguir trabajando. Comiendo mi sandwiche estaba, mirando la calle sin verla, y cuando la vi, vi a Erwin Goldberg mirándome. “Hace rato que estoy observándola, en qué estaría pensando”, me dice, a modo de saludo. Se sienta a mi lado y me cuenta la historia de los polacos y alemanes. Los polacos habían comprado sus televisores, los estaban cargando en un automóvil cuando en eso llegaron los alemanes. Les rompieron todo. “¿Y no vino la policía, nadie dijo nada?”. “No. No vino nadie”, responde Goldberg, judío, que escapó de Alemania a los 23 años, hoy tiene 77, y vivió 54 años en Argentina.

“Argentina, el lugar donde quiero morirme” repite Goldberg.

Por la calle, mientras tanto, la gente pasa. Polacos cargados de objetos electrónicos baratos y transistores japoneses; alemanes del Este conduciendo sus flamantes coches occidentales de segunda mano; un improvisado trío de músicos rumanos intenta combinar algún sonido a cambio de propinas. Como Palmira, la antigua ciudad de la reina Zenobia en pleno desierto, Berlín se ha vuelto punto de confluencia en la ruta de las caravanas. Hace más de mil años, Oriente traía la seda; hoy viene por MacDonald’s, papas fritas con ketchup y revistas porno.

Al llegar a la esquina las veo. Montadas sobre unas motos de película japonesa, totalmente vestidas en cuero negro, aunque una de ellas consigue la proeza de mantener un hombro desnudo. Dos mujeres, con la cabellera rebelde escurriéndose debajo de los cascos reglamentarios. El pie en el pedal, ronroneando impaciente frente al semáforo y la picada que ruge cuando se da la luz verde. Ellas le ponen el sello a este día de entreveros y despistes.

Forradas en cuero hasta el cuello, el hombro desnudo, una moto potente, y el casco, por si acaso.

Revista la Tortuga, Perú, 1992

Gracias a la autorización de ©La Mirada Malva

Momentaufnahmen

Deutsche Übersetzung von Margrit Klingler-Clavijo

Die U-Bahn Station Ernst-Reuter Platz ist nur einen Schritt von der Technischen Universität entfernt, mitten am zentralen Verkehrsnerv von Berlin. Auf den Eingangstreppen sitzen zwei Kinder. Sie halten ein Schild in der Hand. „Wir sind Rumänen, wir haben Hunger. Wir wollen Geld.“ Zwei alte Frauen sind vor ihnen stehengeblieben. Ein Skandal, sagen sie. Zwei Kinder. Es regnet, doch die beiden Alten versuchen zu verstehen, wie es kommt, dass sich die Dritte Welt hier vor die Türen des Wohlstandes hingesetzt hat. Eine der Beiden gibt ihnen Geld. Nimm, sagt sie zu dem Kind, es ist viel Geld. Pass gut darauf auf! Sie will wissen, ob das Mädchen, das am anderen Ende sitzt, seine Schwester ist. Das Kind antwortet nicht. Die Rumänen äußern sich nicht.

„Wir haben Hunger und wollen Geld.“ Es regnet, und hier vor Kiepert, dem Bücherkaufhaus – mein Gott, all die Bäume aus Amazonien – bekunden zwei rumänische Kinder rundheraus die existierende Armut.

Ich steige in den ersten Waggon und gerate in lautes Geschwätz. Es sind weder Schüler, noch Fußballfans oder Ausländer. Es ist eine Gruppe Berliner, Frauen und Männer. Das Durchschnittsalter liegt bei sechzig Jahren, sie alle scheinen Rentner auf einer Studienabschlussreise zu sein, sie erzählen sich Witze. Sie lachen, strahlen. Sie nehmen zwei Sitzreihen in Beschlag. Ich tappe aufs Geratewohl mitten durch, und das Gelächter geht weiter. Bestimmt haben sie mich nicht mal gesehen. Ich setze mich in die nächste Reihe neben zwei Jugendliche. Vor mir, eine Frau und zwei Jungs. Plötzlich ist der Klang einer Flöte zu hören. Die Töne kommen von meiner Sitznachbarin, einem jungen Mädchen mit roter Mähne und mürrischem Blick. Ich wende den Blick ab und erblicke zwei Ausländer, die an der Tür lehnen. Einer von ihnen hat gerade einen Vogel aus Papier gemacht und ist am Aufmachen. Es ist elf Uhr vormittags, mittwochs, im Juli 1990, und ich bin soeben in den Künstlerwaggon eingestiegen. In den letzten sieben Jahren der einzige in Berlin.

Wenn das keine tolle Nachricht ist.

Die Argentinier haben die Linie 7 der U-Bahn in Beschlag genommen, wird mir mitgeteilt. Sie singen a Capella. Die Brasilianer tanzen Samba in der U-Bahn, Gitarren, Rasseln, mit allem, was sie bei sich haben. Die Peruaner sind nicht in der U-Bahn, jedoch auf dem Ku´damm, der protzigsten und belebtesten Straße im Zentrum dieser Stadt, sie führen ihre Carnevalitos, ihre Huyanitos auf und andere Folkloretänze. Nur die Argentinier verfallen auf diesen Kamikaze–Akt: sie steigen in die U-Bahn ein, warten, bis sie anfährt und legen dann lauthals einen Tango hin.

Es dauert, bis sich die Leute von dem Schreck erholt haben, länger als die U-Bahn bis zur nächsten Station braucht.

Aber ché!

Auf der Pressekonferenz der aus dem Ausland kommenden Schriftsteller, die in Berlin leben, erzählt ein aus Indien stammender Dichter, dass eine Gruppe „Glatzen“ versucht hatte, ihn aus der U-Bahn zu werfen. Von den sechzig Anwesenden rührte keiner einen Finger. „Das hätte mir auch in Indien passieren können“ fügt er hinzu, spielt die Bedeutung des Angriffs herunter, doch manchen Teilnehmern der Pressekonferenz bleibt der Cocktail im Hals stecken.

„Ich habe gesehen, wie Deutsche eine Gruppe Polen angriffen“ sagt Goldberg zu mir, während wir in einer französischen Bar in der Knesebeck-Straße einen Kaffee trinken, den uns ein Türke serviert. Ich war dort hingegangen, um schnell etwas zu essen, ehe ich mit meiner Arbeit weitermachen würde. Mein Sandwich essend, schaute ich auf die Straße, ohne sie wahrzunehmen, und als ich sie sah, erblickte ich Erwin Goldberg, der mich ansah. „Ich beobachte Sie schon eine ganze Weile, fragte mich, woran Sie wohl denken“, sagt er bei der Begrüßung zu mir. Er setzt sich neben mich und erzählt mir die Geschichte von den Polen und den Deutschen. Die Polen hatten ihre Fernseher gekauft, luden sie gerade ins Auto, als die Deutschen ankamen. Sie machten alles kaputt. „Und ist die Polizei nicht gekommen, hat niemand etwas gesagt?“ Nein. Es kam niemand“, entgegnet Goldberg. Der Jude floh mit dreiundzwanzig aus Deutschland, ist heute siebenundsiebzig, und lebte vierundfünfzig Jahre in Argentinien.

„Argentinien, das Land, in dem ich sterben möchte“ wiederholt Goldberg. Unterdessen gehen auf der Straße die Leute vorbei. Polen, beladen mit billigem Elektroschrott und japanischen Transistorradios, Ostdeutsche in beeindruckenden Second-Hand-Westwagen; ein auf die Schnelle zusammengeschustertes Trio rumänischer Musiker versucht, ein paar Klänge hervorzuzaubern für klingende Münzen. Berlin wurde wie Palmira, die antike Stadt der Königin Zenobia mitten in der Wüste, der Schnittpunkt auf der Route der Karawanen. Vor über tausend Jahren brachte sie Seide aus dem Orient mit, heute kommt man wegen McDonalds, Pommes Frites mit Ketchup und Pornozeitschriften.

Als ich an der Ecke ankomme, sehe ich sie. Auf ein paar Motorrädern wie in einem japanischen Film, total in schwarzes Leder gekleidet, obwohl einer das Kunststück gelingt, eine Schulter nackt zu lassen. Zwei Frauen mit rebellischer Mähne, die unter den vorgeschriebenen Helmen hervorragt. Den Fuß auf dem Gas, ungeduldig vor der Ampel schnurrend und bei grün röhrend durchstarten. Sie drücken diesem Tag der Verwirrung und Zerstreuung den Stempel auf. Bis zum Hals in Leder gekleidet, die Schulter nackt, ein heißes Motorrad und den Helm, für alle Fälle.

Zeitschrift LA TORTUGA (Die Schildkröte) Peru, 1992

mit freundlicher Genehmigung © Klak Verlag

Escritora, ejerció el periodismo durante largos años, residió en diferentes países, y actualmente vive entre Berlín y Buenos Aires. Nació en Ataliva, un pequeño pueblo de la pampa argentina, estudió Ciencias de la Comunicación en Rosario y en 1975 emigró al Perú. En Lima fue reportera, articulista, jefa de redacción. En 1983 se estableció en Berlín, enseñó español, realizó entrevistas para la Voz de Alemania, escribió guiones para tv y reportajes para radio, fue madre. Entretanto ha publicado testimonio, cuento, microficción, poesía, novela. y ensayos sobre cultura, migración y memoria. Es autora de las novelas Tanta Vida, Sobre Vivientes y Berlín es un cuento. Tradujo la poesía de May Ayim al español. Editó la antología Vivir en otra lengua, presentando la literatura latinoamericana que se escribe en Europa. Ha sido traducida a varios idiomas, últimamente al islandés.

Mateo Dieste

(Montevideo, 1987) Es licenciado en filosofía (Universidad Humboldt de Berlín) y Magíster en Historia Global (Universidad Libre de Berlín). Entre otros trabajos, ha publicado: Carlos Vaz Ferreira: primer crítico del carácter colectivo uruguayo y Filosofía del Plata y otros ensayos. Es coautor del premiado ensayo: Derecho civil de la sociedad de la aglomeración  (2009). Fue columnista de tango en radio Emisora del Sur (94.7 FM Montevideo). Entre 2019-2020 dictó el seminario Thinking Globally the History of Philosophy en la Universidad Humboldt, primer curso en incorporar la perspectiva histórica global a la historia de la filosofía en esa casa de estudios. Ha colaborado con Revista Ñ (Argentina), semanario Brecha (Montevideo), DieTageszeitung (Alemania) y, actualmente, con la revista Lado Berlín. Reside en Berlín desde 2011.   

Esther Andradi, Mi Berlín: Crónicas de una ciudad mutante, La Mirada Malva, Granada, España, 2015.

Esther Andradi /Übersetzung: Margrit Klingler-Clavijo, Mein Berlin. Streifzüge durch eine Stadt im Wandel, Klak Verlag, Berlin, 2016.

Todas las imágenes de la ciudad ©Revista Desbandada

Revista Desbandada

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