Historia de unas cepas

Este no es un microrrelato, ni mucho menos, sino un relato sobre lo micro. Es la historia de un conjunto de cepas virales expulsadas en medio de un bus por una señora que, al toser, no se tapó la boca. Los microorganismos salieron catapultados en una viscosidad aerodinámica y terminaron depositados sobre un pasamanos. No era necesario disponer de un microscopio para constatar la carga viral de aquella flema. 

Unas calles más arriba, en la esquina de Sonnenallee con Pannierstraße, subió al autobús una chica y se cogió del pasamanos infectado. Por suerte, sus dedos no entraron en contacto directo con el virus; pero esa suerte, era ínfima: solo unos milímetros separaban la incauta mano de las cepitas. Y estas, sabiendo que su tiempo estaba contado y, de que necesitaban con urgencia un cuerpo nuevo, empezaron a deslizarse hacia sus dedos. De pronto, el bus frenó vertiginosamente evitando un inminente siniestro; y la chica, que no estaba bien sujeta al pasamanos, voló por el pasillo directo al piso. Las cepas se quedaron con las ganas y su nerviosismo incrementó exponencialmente –algunas tuvieron un ataque de pánico–. 

Unas calles más arriba…

Rodolfo Linares se encontraba en el asiento colindante al citado pasamanos portando una mascarilla que su novia le había fabricado y escuchando música a todo volumen, cuando vio con sorpresa, la aparatosa caída de la chica. Se tomó del pasamanos con la intención de ponerse de pie e ir a socorrerla, sin percatarse que había dado con un gran número de cepas, las cuales se adhirieron de inmediato a sus huellas digitales. Rodolfo caminó unos pasos y se quedó parado a un metro y medio de la chica, viendo como esta yacía de espalda al piso sin poder reincorporarse. Pensó que, si le extendía la mano para ayudarla, podía infectarse con el tan temido virus. Demoró su paso hasta que otro pasajero socorrió a la joven.

Rodolfo Linares se encontraba en el asiento colindante…

Las cepas adheridas a los dedos de Rodolfo comenzaron a tener síntomas de agotamiento y asfixia; mientras tanto, el dueño de la mano subía por las escaleras de su edificio, y con la mano infectada, cogía las llaves de su puerta. Las cepas más inquietas, aprovecharon la ocasión y saltaron a sus llaves; mientras que otras, prefirieron quedarse en la comodidad corrugada de las yemas. Rodolfo ingresó a su hogar, se quitó la mascarilla y el abrigo; y justo cuando encendía la luz del baño para ir a lavarse, apareció Rebeca –su novia costurera– y lo increpó:

–¡Rodolfo, lávate las manos!

–¡Que sí!, es lo que estaba por hacer.

–Pero, lávate bien, con mucho jabón. Canta el cumpleaños feliz o cuenta hasta veinte, pero no muy rápido como lo haces siempre, sino despacio.

–Sí, mi amor. ¿Qué hay para comer?

–Nada; ahora voy bajar al supermercado.

Rodolfo entró al lavabo y con la parte externa de su mano abrió el grifo, se echó jabón y comenzó a tararear la canción. Las cepas de las llaves vieron horrorizadas como sus familiares morían entre la espuma. Algunas, no pudieron soportar presenciar el asesinato de sus congéneres, y fallecieron. 

–¡Es la pompa de jabón! –exclamó una cepa. 

–¡Es la pompa fúnebre! –agregó otra.

–¡Vamos a morir! –chillaron otras.

–¡Tranquilas! –dijo la líder del grupo–, tenemos unas horas más, no se preocupen. Nos hallamos sobre un metal, que es la mejor superficie en la que podemos estar. Aparte, tienen que bajar al supermercado, ¿no escucharon eso?

–Rodolfo, ¿dónde están mis llaves?

–No sé, mi amor. En la entrada no estaban colgadas, lleva las mías.

–¡Tranquilas! –dijo la líder del grupo–, tenemos unas horas más, no se preocupen.

Rebeca cogió la bolsa de la compra, se puso su chaqueta y ya se disponía a salir. Las cepas se frotaban las extremidades como las moscas las patas delanteras, se preparaban para abordar rapaces las manos de Rebeca; la cual ya estaba estirando su brazo hacia las llaves de Rodolfo. Las cepas bullían de euforia, se agazapaban para tomar carrera y catapultarse.

–¡Espera amor, que no le he echado alcohol a mis llaves! –dijo Rodolfo saliendo del baño con un spray de Sagrotan en la mano. Rebeca se detuvo y lo miró con sus ojazos color almendra.

–¡Catástrofe! ¡Alcohol no! ¡Vamos a morir! –gritaron al unísono las exhaustas cepitas, mientras que los humanos se quedaron embelesados, mirándose como imantados. La primavera berlinesa surtía sus efectos y ambos sentían un cosquilleo en el vientre. Se besaron, se abrazaron…

–¡Los humanos se desconcentraron! –gritaron algunas cepas instaladas como en un palco formado en una hendidura de las llaves; otras, empezaron a aplaudir con sus tentáculos al ver que Rodolfo dejaba el Sagrotan en el suelo y comenzaba a quitarle la ropa a Rebeca. Sin embargo, la situación para las cepas se agravaba, ya que el tiempo corría, y las más débiles y viejas del grupo, iban pereciendo. 

–¡Necesitamos respiradores con urgencia, la carga viral está bajando más de lo esperado! –avisaron unas cepas.  

–Es por la temperatura ambiente, ¡qué horror! –corroboraron otras.

Rodolfo y Rebeca se echaron al suelo sin dejar de besarse. Acoplados y felices, se disfrutaban el uno del otro sin prisa. 

Las cepas iban muriendo una a una, viendo con perplejidad, como el amor y la vida se abrían camino.

P.D: Esta historia de lo micro está basada en un hecho real.

Fotografías: ©Maximiliano Luis Freites

Maximiliano Luis Freites

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