Genio liberado, y yo preso

Reseña de “La mueca de la hoja”, libro de relatos cortos de Maximiliano Luis Freites

Nuestra relación empezó en torno a unas cepas. O para ser exactos, en torno a un malentendido. Yo creí que las cepas del título del relato que nos llegó a la revista, lo único que había leído en ese momento, eran cepas de vino, y es que aún no había leído el texto completo. Me costó unos días darme cuenta. Era, como digo, un malentendido: las cepas no eran de vino, y después de leer el texto se quedó impresa en mi memoria la visión de una barra de autobús metálica en la que se quedan impregnadas las huellas virulentas de una persona contagiada de COVID-19. Yo también había escrito, muchos años atrás, un relato berlinés en el que el protagonista deja de tocar la ciudad al ver quién pasa las manos por las barandillas de las escaleras del metro. Más tarde, en otro cuento, me sentí con el protagonista preso en una botella, aunque este no lo sabía, y lo veía todo verde. Y es que la botella en la que estaba preso era de color verde, como lo suelen ser las botellas de vino de mi infancia en La Rioja de España (no la de Argentina). Nuestra relación parecía urdirse en torno al vino. O así lo hubiera preferido.

Si no has leído los cuentos del cordobés Maximiliano Freites, probablemente no estés entendiendo nada. Como decía, uno de los primeros cuentos de Max que llegó a mis ojos trataba de unas cepas, y lo publicamos en esta revista. Fue uno de los tres relatos que hemos publicado hasta la fecha de Max: El poder de la hipnosis, y La velocidad de las almas. Tiempo después llegó a mis manos el libro. Antes de publicar esto, me he acercado a un sitio que Max me ha indicado, el Gasómetro de Schöneberg, para hacer un par de fotos de la portada.

Esta ciudad es una gran botella verde en la que estamos todos presos por engaño de un genio liberado que ideó un sistema por el que el genio inserto en la botella puede intercambiarse con el ingenuo y descreído bebedor que ha pronunciado las palabras equivocadas. Insisto, para entender todo esto a cabalidad no queda otra que leer el relato de Max. Así que sigo: todos estamos encerrados en esta gran botella verde que es Berlín. El muro de cristal que antes fue de hormigón puede que no exista ya alrededor de la ciudad como cuando vine aquí por primera vez, pero hay un muro tan invisible como el del cuento: la ciudad sigue sin comunicarse con su entorno inmediato. Podemos, claro, subir a un tren de la S-Bahn y viajar sin problemas a Potsdam, a Erkner o a Oranienburg, pero eso no significa que no sintamos en la piel en cierto momento del recorrido un momento en que atravesamos un límite invisible.

Esa podría ser una primera interpretación del primer cuento de Max, “Las mil y una botellas de vino tinto”, en cierto modo, y atendiendo de nuevo al título, una declaración de intenciones literarias, la promulgación implícita de que va a escribir dandole la vuelta a la tortilla de las cosas, las personas y, en este caso, los cuentos. Un cuento que por otras razones me lleva a otros narradores de cuentos breves. En primerísimo lugar a Kafka y a un cuento muy breve y no muy conocido llamado “Ante la ley”, pero también a Quim Monzó, que tiene un relato en su justamente famoso “El porqué de las cosas”, en el que un pagés muy catalán, o quizá es solo un paseante urbano de la sobrepoblada Barcelona, encuentra en su paseo en busca de setas una amanita muscaria, y al patearla con fuerza, se materializa ante sus sorprendidos ojos, un duende o enanito del bosque que le ofrece pronunciar un deseo, solo uno, para que se lo haga realidad. La coincidencia entre los dos relatos no es solo la improbable aparición de la posibilidad del deseo infinito en la vida terrenal y realista de los protagonistas, sino sobre todo la incredulidad con la que ambos reaccionan. Y bien, en el caso del cordobés, se sustituye la lámpara clásica por una botella de vino, lo que en principio nos hace creer que es todo efecto de los vapores etílicos, o quizá de la simple soledad con la que empieza el relato, o del calor del verano, en definitiva, empezamos creyendo que es todo una alucinación, hasta que en cierto momento se nos presenta ante nosotros la barrera verde de cristal que nos impide salir: la alucinación se ha hecho realidad. ¿Alguna otra referencia? ¿Alguna otra frontera infranqueable y casi invisible, material o metafórica? Hay cientos de películas que la presentan, recuerdo especialmente al director griego Yorgos Lanthinos y su magistral película La Langosta. Pero hay muchas más. ¿Es la pared de cristal del cuento de Max la representación de todo lo que inevitable y existencialmente nos separa del otro? ¿Es acaso una representación de la soledad? ¿Es el encierro en que consiste, para contradicción de los amantes de la libertad como esencia del ser humano, inevitablemente, la vida? ¿Es la incapacidad de comprensión, el asombro frustrante ante un mundo que no podemos aprehender? ¿Y son las palabras finales del genio la maldición de un genio que parece alterego de dios, pero es alterego de todos nosotros, condenándonos? Como todo buen cuento, las preguntas quedan planteadas, pero no resueltas, y esta reseña no quiere centrarse en un solo texto.

Veamos la realidad desde otro punto de vista. El bolso, el sol, el mueble azul, el frasco, las cosas materiales se nos ofrecen a la vista y a la experiencia y proponen acertijos no menos inaprehensibles que la botella en la que habita el genio en que nos convertimos. Son objetos que no encajan con una visión compartida de la realidad, me llevan a puntos de vista de los que no participo. Y eso no es malo. Como dijo el mago argentino del relato, “No existen leyes para escribir un cuento, a lo sumo puntos de vista”. Tal es el caso del relato del polaco que empezó a creer en dios. Una nueva referencia cuentística me surge, otro gran cuentista, polaco esta vez: mi gran admirado Sławomir Mrożek. El personaje de Max se llama Pawel Wladyslaw (en polaco sería Paweł Władysław), y como digo, ahora cree en dios. Teniendo en cuenta que es polaco, no parece sorprender. Lo que sorprende es la manera como llega a esa convicción, la experiencia sensorial que perturba su concepción del universo hasta el punto de hacerle empezar a creer en dios. Aunque al final Max nos descubre la razón del cambio, ello no elimina de la impresión del lector la transformación del albañil polaco. Así, los personajes de Max son como una sucesión de puntos de vista inesperados: el ex presidiario al que una mujer en una Harley espera a la salida de la prisión; el comercial que visita una Lisboa en la que conoce  a otro personaje, verdadero protagonista del cuento, quien con cierto aire a Pessoa vive en la fantasía de haber ganado mil competiciones en las que nunca participó; la mujer que acaba de romper con su novio o el argentino que quiere aprender alemán. Puntos de vista diferentes a los nuestros. O seres aquejados por una manía, por una obsesión, neuróticos y paranoicos de los que Max recrea para nosotros la performance más íntima de su mente.

Hace muchos años, doce o trece o quizá ya catorce, conocí a una profesora obsesionada por el número 37. No era que le atribuyera poderes mágicos ni que representara una idea del cosmos. E incluso la palabra “obsesionada” sería exagerada. Vivía recopilando el número en todo rastro de la realidad, e incluso sus amigos habíamos adquirido esa costumbre. Algunos le prepararon un cuaderno hecho a mano con fotografías en las que aparecía el número en distintos formatos y más o menos ocultos. Me contagié de esa manía numerológica. Investigué sobre el número 37 y empecé a verlo por todas partes: el personaje del último cuento de Max tiene 37 años, y me la imagino viviendo en cualquier barrio de viviendas de Berlín. En Schöneberg, en Tempelhof, en Friedrichshain o en Lichtenberg, en cualquier sitio donde haya dos bloques de viviendas enfrentados con una zona ajardinada en medio, lo suficientemente lejos para mantener cierto grado de privacidad, lo suficientemente cerca para divisar al oponente. Y una cosa fundamental en esta ciudad: la ausencia de cortinas. ¿Más referencias que sugiere el cuento? Inevitablemente Hitchcock, la que en español se llamó “La ventana indiscreta”. Un barrio cualquiera de la ciudad donde viven mujeres anodinas sin una gran historia que contar, solitarias y en paro. Caldo adecuada para las fantasías. Porque en el fondo, el número 37 no tiene una importancia mayor que la que le queramos dar. Así termina el libro.

Maximiliano Luis Freites nació en Caracas pero es argentino y habla con acento de Córdoba, donde vivió desde 1980. Como prescrito por su condición de argentino, se hizo psicólogo en 2006. Dos años después recaló en Berlín, donde abrió su consultorio en el barrio de Neukölln. Llevaba algún tiempo escribiendo y publicando en revistas de Berlín como Desbandada cuando salió, por fin, este primer libro, La mueca de la hoja, editado por la editorial Abrazos, radicada en Alemania. Actualmente colabora habitualmente en la revista digital Lado Berlín, con la serie Ministerio de turismo interior.

El libro recoge algunos relatos de temática argentina junto a otros más propiamente berlineses. Los cuentos de Max acostumbran a ser cortos o muy cortos. El más largo, “Marina de lejos”, ocupa apenas 16 páginas en hojas de formato pequeño. ¿Será que Max tiene como premisa la brevedad y la concisión? En su estilo también está ausente la frase larga y la abundancia de adjetivos, al revés, parece definirse por la parquedad y la selección de recursos. Su escritura es realista -solo hay dos relatos no realistas, el ya comentado “Las mil y una botellas de vino tinto” y “La torre de Babel”-, pero sin regodearse en los detalles. Deja mucho por decir probablemente con toda intención. Y sobre todo, deja mucho sin explicar. Discrepo con el prólogo de Jose Luis Pizzi en que son cuentos pesimistas, no veo en los cuentos de Max la futilidad de la existencia, aunque tampoco su opuesto, su celebración. El autor se sitúa frente a las cosas y frente a las personas sin intención de cambiarlas ni de descubrir lo que las perturba o lo que las mueve, es decir, sin desmenuzar sus motivaciones o sus fantasmas ocultos. Simplemente está delante a la espera de que suceda aquello que las descubra, es decir, aquello que remueva lo que las cubre. Y es entonces cuando empieza a escribir. Tampoco veo, lo siento Pepe, cuentos descarnados, al revés, creo que recoge la realidad con una gran dosis de empatía, y la entrega al lector casi sin modificar, tal y como la ve. Desde su punto de vista.

Iñaki Tarrés

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