La velocidad de las almas

A Gabriel Beltrame

En este extenso tratado se intentará desarrollar brevemente un peculiar aspecto del comportamiento de las almas, esto es, su velocidad.

Suele afirmarse con frecuencia que el alma y el cuerpo son inseparables entre sí hasta la muerte. Sin embargo, nos encontramos con abundantes casos que, en apariencia, podrían contradecir esa máxima. Por ejemplo: algunas personas, técnicamente muertas, revivieron gracias a la intervención divina. Estas, excomulgadas del cielo, informan haber abandonado momentáneamente su cuerpo y visto desde fuera tendidos en la cama del hospital, para después ingresar a pie o levitando por un túnel con una luz incandescente al final del mismo. Esta sensación de separación entre alma y cuerpo también la experimentan personas que han consumido algún tipo de alucinógeno, tales como el peyote, el ácido lisérgico o la ayahuasca. Bajo su influencia, las personas se sienten profundamente conectadas con la naturaleza y perciben el entorno con colores más intensos; no pocas veces se contemplan a sí mismas desde fuera o tienen la certeza de estar en más de un lugar al mismo tiempo. Esta percepción puede ser achacada a la intoxicación, por supuesto, o a lo que se denomina estado alterado de conciencia. Por otro lado, desde la antropología comparada nos llegan abundantes testimonios sobre tribus de aborígenes de todos los rincones del mundo, donde un hechicero, mago o brujo, haciendo uso de un maleficio, arrebata el alma de una persona y deja su cuerpo errátil y desalmado por la vida. Otros casos semejantes provienen de la psiquiatría: algunos pacientes revelan tener la sensación o la certeza de que su alma se sustrae del cuerpo; son los manifestados en los estados patológicos de la psicosis, en cierto tipo de alucinaciones y desdoblamientos de la personalidad. Ejemplos fidedignos, o no, de que el alma sería susceptible de separarse del cuerpo. Creo personalmente que ninguno de los casos citados podría demostrar una efectiva separación entre ambos elementos.

Ahora bien, volvamos sin más dilaciones al ejemplo que nos interesa, el relacionado con la velocidad de las almas. ¿A qué velocidad puede trasladarse el alma humana?, como se pregunta todo hijo de buen vecino. Para buscar una respuesta, tomaremos el concepto de jet lag o, más científicamente hablando, disritmia circadiana. Este fenómeno se manifiesta en tanto una persona recorre en avión largas distancias y tiene como consecuencia variadas alteraciones, a enumerar: desorientación respecto del ciclo sueño-vigilia, fatiga, insomnio, apatía, irritabilidad y dolor de cabeza, entre los más significativos. Hasta hace muy poco, la explicación más verosímil de este síndrome se basaba en un desbarajuste del denominado reloj interno de una persona, debido a la diferencia horaria entre la ciudad de origen y la de destino. Este reloj interno es el que regula el ciclo día y noche en el organismo, es decir, el que le avisa al cuerpo cuándo dormir o cuándo despertar. Al haber distintos horarios, el reloj se desorienta un tiempo hasta que logra readaptarse.

Llegados a este punto, los lectores más aguzados se estarán preguntando: ¿Qué tiene que ver el jet lag con la velocidad de las almas? Bueno… Recientemente, un estudio poco científico de la Universidad de Massachusetts ha demostrado de manera fehaciente que el alma tendría la capacidad de trasladarse a una velocidad que oscila entre 0 km/h y los 290 km/h. Una vez superada dicha velocidad máxima, el alma comenzaría a retrasarse respecto al cuerpo. Los investigadores de tan prestigiosa casa de estudios estadounidense han calculado que a 900 km/h (velocidad crucero de un avión comercial) el alma se retrasaría alrededor de unos 30 minutos por cada 100 km que el avión recorre; siempre y cuando la velocidad sea constante. Este retraso puede llegar a ser de hasta tres días (72 horas) al final de un viaje largo (por ejemplo, desde Sudamérica hasta Europa). Cuando uno viene, supongamos, desde Montevideo y aterriza en el Aeropuerto Internacional de Barajas o en el de Brandemburgo, su alma se encontraría en el medio del Océano Atlántico o, con suerte, en la isla de Cabo Verde, al lado de África.

Cabe aclarar que el jet lag se experimenta solo en trayectos largos, a partir de los 5000 km, y no sucede al viajar en autos, lanchas, bicicletas, trenes de alta velocidad, tranvías o motocicletas, al no superarse los 290 km/h.

Aquí dispondríamos ya de una explicación simple del fenómeno del jet lag tan conocido por los viajeros, pues el alma, efectivamente, tendría la capacidad de escindirse del cuerpo, se retardaría o, dicho más poéticamente, se entretendría en el camino. Por ese motivo, nos sentimos cansados y desorientados después de un viaje en avión, ya que nuestra alma no está con nosotros y debemos esperar unos días para que arribe al cuerpo y retornemos al equilibrio primero, normal.

Ahora bien, ¿podría darse el caso de que el alma no llegue a nuestro cuerpo?, ¿o que se pierda en el camino un pequeño porcentaje de esta, y que no lo percibamos en nuestro Yo, ya que el Yo siempre está impelido a concebirse a sí mismo como completo? ¿Hará mal viajar en avión? ¿Se demostrará en un futuro no muy lejano que es insalubre? ¿Los pilotos y azafatas sufrirán de una tara imperceptible, que ellos mismos no serían capaces de notar, pero sus parejas sí? Y si la ciencia lograra algún día la teletransportación, al estilo película de ficción, ¿se demostrará impracticable por tener perniciosas consecuencias en la personalidad del que viaja?

Ni el brillante estudio de la Universidad de Massachusetts ni este extenso tratado responden estas preguntas.

Maximiliano Luis Freites

Maximiliano nació en 1979. En el 2006 se recibió de Licenciado en Psicología en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) Desde el 2008 vive y atiende su consultorio en el barrio de Neukölln, Berlín. Escribe de a ratos. En enero del 2021 publicó su primer libro de cuentos cortos "La mueca de la hoja" (Editorial Abrazos).

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