Esta reseña es un sinsentido en sí misma, pero cuadra con cierto gusto por la contradicción aparente del grupo de autores de los que trata, esos que se hacen llamar Los Unbekannte. Trae un somero perfil de cada uno de esos desconocidos. Presentan su tercer volumen conjunto el próximo lunes 8 de diciembre en el Salón Berlinés.

No sería arriesgado decir, observando las portadas de algunos de los autores del grupo, que debemos su feliz existencia al editor Daniel Canuti, quien se animó a salirse de los estrictos límites del tango, para el que creó la editorial Abrazos, y empezó a editar a autoras y autores hispanos residentes en Alemania. No es Abrazos la única iniciativa editorial hispanohablante presente en el país. Al revés, en los últimos años han ido surgiendo interesantes proyectos independientes, de los que en Desbandada nos hemos hecho eco últimamente, y que merecen una publicación aparte. No son estos, tampoco, evidentemente, los únicos autores hispanohablantes que hablan de su realidad inmediata y publican en Alemania, Jacobo Rey es un ejemplo de esto último, con un perfil cercano al de uno de los Unbekannte. Me gustaría destacar, entonces, esos dos hechos relacionados entre sí y de vital importancia para la literatura:
- La existencia de narradores en español residentes en Alemania y vinculados entre sí a través de la escritura (y de la amistad), con independencia de su nacionalidad, que escriben sobre, o a partir de, su realidad inmediata.
- La existencia de proyectos editoriales que se arriesgan a publicar libros de esos autores, si bien en formato reducido y con una modesta tirada y distribución limitada.

La tercera pata de esta mesa de tres patas que es la literatura -con dos patas la mesa se caería, no necesitamos una cuarta pata-, es el aparato crítico. Esta reseña intenta contribuir a una mirada más sosegada sobre esos textos, más analítica, menos amistosa quizá, que dé cuenta de sus características, las de una narrativa escrita en español fuera de los países hispanohablantes que no responde a las demandas de los grandes grupos editoriales (Planeta y Random House) ni participa de los grandes círculos de distribución (Ferias del libro, cadenas de librerías, grandes medios de comunicación).
Nos congratulamos de que el grupo Los Unbekannte presente su tercer volumen. Hoy hablaremos de los dos volúmenes anteriores, autor por autor, para contradicción, como decíamos, del nombre del grupo. El repaso por los cuentos de esos dos libros nos puede dar una idea de lo que nos van a presentar en el tercero.
Un recuerdo cariñoso, antes de empezar, a Izaskun Gracia, poeta y narradora vasca que prologa ambos volúmenes.
- Julio Sivautt
- Mateo Dieste
- José Luis Pizzi
- Alfredo Langa
- Maximiliano Luis Freites
- Nihm Smoboda
- Conclusiones
Julio Sivautt
Es argentino. Quizá es más conocido socialmente como alma mater del grupo Chochán (antes Chochán volador), que toca cumbia-murga por los bares de la capital alemana, y como impulsor del Sarao Poético, una convocatoria mensual que invita a compartir la creatividad a través de la palabra, que como narrador. El Sarao Poético suele tener lugar en el espacio que gestiona su amigo, el Salón Berlinés. En cierta manera es el más porteño de los dos, pero solo en cierta manera, por su referencia a Maradona.
En Ni el loro, cuento con tintes cortazarianos, una hoja con vida propia lleva al protagonista a encontrarse en un ambiente absolutamente onírico con el héroe futbolístico de todos los tiempo. Lo cortazariano no está en el estilo, sino en el traspaso surrealista entre realidades, dispersas. El personaje de Julio, en este cuento, sueña con ser famoso, escribe, y vive en Berlín. Parecen circunstancias de vida de su autor vistas con la ironía que comparte con casi todos los demás miembros del grupo. Tiene una conocida llamada Malena que vive cerca de la Tulpenweg. No podemos localizar por ahora el barrio porque en Berlín hay tres calles que llevan ese nombre. Más adelante habla de la Narzissenweg, con lo que podemos creer que está en el barrio de Treptow-Köpenick, en el este de la ciudad, un barrio de casitas unifamiliares con jardín y tejados a dos aguas. Si vamos a la realidad vemos que la descripción del cuento es imposible, porque entre la Tulpenweg y la Narzissenweg hay una calle, Mittelweg, no está “unos metros más allá”, como se dice. Además, la descripción del sitio recuerda más a lo que el propio texto cita, los típicos Kleingärten de las ciudades alemanas, y el barrio en el que están esas calles es, como decía, de casas unifamiliares.
No importa que el texto no corresponda, aparentemente, a la realidad. Estos detalles muestran el estilo de Julio: minucioso, detallista, sin llegar al exceso, muy visual, le gustan las descripciones del entorno, le gusta situar físicamente al personaje. Esta descripción aparentemente objetiva y nada onírica distrae del hecho de que el personaje está persiguiendo una hoja, y del otro hecho aparentemente fantástico de que la hoja parezca moverse sola y llevarlo a una estancia que le permitirá un viaje cuántico a un lugar “extrañamente familiar” donde huele a carne frita con ajo. El personaje sigue internándose en la casa hablando en alemán y llega hasta el sótano en una especie de relato de suspense, de un fino terror en el que el lector acompaña al personaje-narrador al encuentro con Diego, quien evidentemente no puede estar en Berlín, y con quien va a pasar un rato fumando y tomando mate.
Ese encuentro sí parece onírico. Ese encuentro es, para el personaje, un modo de enfrentarse a sí mismo, a su realidad no onírica, al hecho de que es un emigrante argentino abriéndose camino en Berlín, intentando ser famoso. Diego es una metáfora de la voz de la conciencia, de su otro yo, de lo que Jung llamó la sombra oscura, de todo aquello que el personaje dejó en su país: el fútbol, los amigos, los asados, la familia. Remite igualmente a lo que se ha llamado la culpa del emigrante. Hay en Cosmo en español una entrevista muy interesante con la psicóloga Marytere Gonzalez y el educador Diego Serratosal sobre el duelo migratorio. Finalmente es una reflexión sobre sí mismo, sobre la identidad, sobre los deseos, sobre el sentido de estar en Berlín y soñar con que Diego le habla y le hace reflexionar sobre su vida.
Luego, la misma hoja dorada que le llevó a la casa, le devuelve a Berlín, hasta la estación de Südkreuz. Es la hoja la que se sube al tren. Yo pensé todo el rato que el relato era de noche, pero termina diciendo “empezó a oscurecer”. Me doy cuenta entonces de que me he equivocado, cerca de Südkreuz sí hay una zona de Kleingärten con pequeñas parcelas ajardinadas que tienen, cada una, una caseta de madera para las vacaciones de los berlineses. Esas casetas no tienen nunca sótano, con lo cual el viaje fantástico se mantiene, en especial porque cuando el personaje regresa al lugar ya no encuentra a Diego, y tiene que enfrentar la realidad. Era abril, mes en el que se puede empezar a disfrutar de la ciudad.


Mateo Dieste
Es uruguayo y sabe mucho de tango, como demostró en su excelente ensayo Los cuatro mundos del bandoneón, publicado en la misma editorial. Nunca defenderá con suficiente éxito el hecho de que el tango no es solo argentino, que es fundamentalmente rioplatense, es decir, tan montevideano como porteño. Diatribas aparte, de Mateo destacaré la fina ironía (de nuevo la ironía) y la prosa limpia, austera. En Mateo hay siempre una distancia emocional necesaria. Preguntarse a qué huele Berlín me recuerda un cuento infantil que le leía a mis hijos y se llama A qué sabe la luna, del narrador e ilustrador polaco Michael Grajniec. Viene a decir que cada uno aprehende la realidad de una manera completamente individual, más aún si se hace a través de los sentidos: la luna tiene un sabor diferente para cada uno de los animales que colabora para que el ratón pueda alcanzarla y arrancar un pedazo para el zorro, para el mono, para el león, para el elefante, para la jirafa, para la cebra y para la tortuga. Enfrentar la realidad a través de los sentidos tiene como conclusión la irrepetible individualidad de cada uno de nosotros que justifica que la dignidad de la persona ist unantastbar. (Die bekannteste Verwendung ist in Artikel 1 des deutschen Grundgesetzes, der besagt: «Die Würde des Menschen ist unantastbar”). No sé si Mateo quería ir tan lejos proponiendo ese acercamiento a la ciudad en ¿Qué olor tiene Berlín?
No es un relato, es más un ensayo. Tiene el tono reflexivo de los ensayos, aunque introduzca elementos narrativos, como la ficción de que está hablando con alguien: “Por lo demás, Berlín es a veces repugnante, decía…”. Entre las referencias a lugares concretos de la ciudad aparece, casi inevitablemente, Rixdorf, un barrio dentro de otro barrio, y del que hablaremos más adelante. Un paseo por Rixdorf es, de hecho, el disparadero de la reflexión sobre los olores de Berlín. Cada barrio, cada calle, cada esquina, cada plaza, tiene su olor. Va confeccionando así un mapa de olores. Una visita guiada de los olores. El recuerdo de Suskind es inevitable, pero no expreso, o el de la magdalena de Proust: “El olor a grasa de cordero me remite al campo, al rifle de mi padre, a los caballos de establo y el puchero de doña Ciriaca…”. De nuevo, como en el cuento de Julio, el paseante -el flâneure– vive entre dos mundos, el presente inmediato, y el recordado.
La extensión de la ciudad que cubre el texto es enorme. Hay fragmentos en Neukölln y en Kreuzberg, pero también en Grunewald, donde termina la larguísima línea del autobús M19. Según Google, son 13 kilómetros, casi una hora de trayecto. Desde la última parada, el personaje aún atraviesa el bosque para llegar al monte del diablo, Teufelsberg, y subir a la cima de un monte que cubre con cascotes de la guerra una fábrica química, y desde donde algunos berlineses vuelan cometas. Es entonces cuando el personaje, liberado de todos los olores, se enfrenta a sí mismo igual que el personaje de Julio, y se pregunta, o más bien lo hace su acompañante, que bien puede ser su alter ego, si es feliz. Abajo Berlín es una jaula. Arriba, hay que reconocer las cosas como son: finalmente la respuesta parece una justificación para permanecer en la ciudad, “No lo sé, pero mi hijo ha nacido aquí y este es su lugar”. El emigrante ha empezado a echar raíces a través de ese hijo al que hay que cambia los pañales, y cualquier padre sabe cómo huelen los pañales de un niño pequeño.

José Luis Pizzi
Es argentino y se define a sí mismo como gestor cultural. De formación abogado, tiene una intensa vida social gracias al Salón Berlinés (Berlín-Schöneberg), en el que ofrece eventos culturales todos los lunes a la tarde a partir de las 19:00. Vive en Rixdorf, en esa parte de Berlín-Neukölln que es como una barrio dentro del barrio. Muchos suelos siguen adoquinados, algunas incluso son de tierra, y se dice que fue fundado por los templarios. Los carteles de algunas calles aparecen en dos idiomas, en alemán y en bajo sorabo (dolnoserbšćina), el antiguo idioma eslavo que aún se habla en algunas zonas de Brandenburgo. Si me detengo en estos detalles es porque forman parte de la narrativa de Pizzi, como muchos lo llaman. Sus textos suelen tener un tono cínico, descreído de la realidad, y progresivamente ahorra en recursos literarios para irse a un relato cada vez más desnudo de epítetos y descripciones, muy nuclear, sin apenas artificios ni desarrollo intrincado en Múltiple Joyce, su última novelita. Un juego muy porteño con el lenguaje se muestra ya en ese título. Un aire que me recuerda a Roberto Arlt, habrá que preguntarle si la referencia es correcta, aunque de manera natural huye de los referentes literarios.
En Argentina nací es el cuento que aparece en el primer volumen de la serie. El protagonista, que narra en primera persona, vive en Berlín. En un tren escucha a un grupo de chicos cantando en español la canción que da título al cuento. No es raro escuchar gente hablando en español en la capital alemana. Se declara lector de lecturas policiales, género al que corresponde, de alguna manera, Múltiple Joyce. Sigue la descripción minuciosa del recorrido por la ciudad hasta su casa. Apenas entonces nos damos cuenta de que no es un narrador, sino una narradora. El relato tiene como trasfondo la vida de supervivencia de una argentina que se dedica a limpiar casas de personas mayores que no se pueden valer por sí mismas, viven en un estado más o menos lamentable y necesitan asistencia social. La suciedad, tanto en las casas como en las calles, es uno de los elementos recurrentes de la descripción de la ciudad. Ese día, sin embargo, va a ser un día de suerte para la limpiadora argentina, una suerte que se tendrá que disputar con una vecina, y saldrá perdiendo. El final imprime al relato cierto aire moralizante, pero con ironía. La realidad igual te ofrece lo mejor y lo peor, pero acabarás arruinándolo por un detalle que pareció sin importancia al principio, dejar abierta la puerta del piso que va a limpiar, pero que acaba revelándose como lo más importante: “al final no cerró bien la puerta”. El aviso de la supervisora que la argentina descuidó permitió a la vecina entrar y arrebatarle su día de suerte en forma de billetes de banco, incontables billetes. La suerte está en los detalles.
Ese final es, narrativamente, quizás, un poco abrupto. El valor del cuento, en todo caso, está en saber ponerse en la voz de una mujer migrante en Berlín, en su vida precaria, y en situarla frente a una circunstancia que podría aliviar el sufrimiento. La ironía está en que ni por esas la emigrante se salva. En el fondo el cuento tiene un poso muy amargo. ¿Una metáfora de la historia argentina? ¿De un país que cuenta con todos los recursos para ser feliz, pero que acaba arruinándolo por malas decisiones, por «detalles» mal gestionados?
El tono de La última copa es muy diferente. Tiene una intensidad emocional y existencial que va aumentando progresivamente hasta su enigmático final, a medida que va girando hacia un realismo fantástico. La estructura del relato es, en principio, de novela policíaca: hay una desaparición que no se explica, hay un personaje que sale a resolver el misterio de esa desaparición. El ámbito también va transformándose: al principio parece una historia familiar, con una voz plural al inicio, “No tuvimos más noticias de ella”, que remite aparentemente a la familia, una familia que está aún en Argentina, con lo que el punto de vista hubiera podido ser ese, el de la familia que quedó allá a la espera de las noticias de quien emigró. Pero cambia, uno de los miembros del grupo sale a buscarla, para lo cual inicia un viaje que lleva al protagonista-narrador a enfrentarse a sí mismo a través de las personas de su pasado que han ido desapareciendo. Una vez en Berlín, y rastreando a esa persona, encuentra una página web argentina de desaparecidos y empieza a buscar “rostros del pasado”. El personaje está solo, deprimido, desconsolado, y a través de esas desapariciones se enfrenta a la muerte. Entra, entonces, en algo como una espiral de sinsentido a través de su correo electrónico: “Y eso me llevó a responder a los correos no solicitados, a los llamados SPAM o basura”. Aparece una tal Susan Samstag, quien le ofrece jugar en un casino virtual. El mensaje que le va a escribir le lleva definitivamente a un estado y a una zona de su interior llena de sombras. El viaje al inframundo parecido al del personaje de Julio, el recorrido oloroso de Mateo lo realiza el personaje de Pepe a través de Internet, y en realidad en su propia mente, en su propio pasado. “Me dije que incluso en la mansión de la soledad existían zonas que deberían estar siempre cerradas y en la sombra… Comprendí que acababa de aventurarme dentro de una de ellas y que ahora no me quedaba más remedio que seguir adelante“. Son los fantasmas con los que todos llegamos a la emigración y que pierden la sujeción con la que los teníamos amarrados cuando vivíamos “allá”. Migrar, como viajar, es liberar fantasmas, enfrentarnos a las sombras, a lo que no queremos aceptar de nosotros mismos, al dolor que antes podíamos contener, pero que en la soledad de la nueva ciudad se declara con todo su poder autodestructivo. El mensaje que en ese estado escribe el personaje no tenía que haber tenido respuesta, pero la tiene, para enfrentarlo definitivamente a la soledad y al sinsentido. La última frase, sin embargo, creo, entraña no el horror de la autodestrucción, como veremos, por ejemplo, en Nihm Smoboda, sino quizá, me parece, más bien, la melancolía.
Alfredo Langa Herrero
Es español. Lo conocí en una excursión por los bosques de Brandenburgo organizada por nuestro común amigo Luis Alcázar, a quien entrevistamos para Desbandada hace algún tiempo. En aquella ocasión me contó de los efectos de la presión políticamente correcta sobre un poema escrito, a modo de mural, en un muro del centro educativo donde él era profesor de economía. Escribo de memoria, seguramente él puede mejorar estos datos. No se define como escritor sino más como economista, y sus textos mantienen un estilo racionalista, más cercano a veces al informe técnico que a la ficción científica. Si hablo de ficción científica (o dicho en inglés, science-fiction) es justamente porque sus cuentos los podemos calificarlo así. Otra de las características de su estilo es el sentido del humor.
Paseo semanal narra en catorce párrafos la relación de su narrador-protagonista (de nuevo un relato en 1ª persona) con una serie de seres virtuales creados con Inteligencia Artificial antes del estallido que estamos viviendo actualmente de la Inteligencia Artificial: el libro es de 2023, el cuento debió de ser escrito al menos un año antes, el autor lo tendrá que confirmar. El personaje los llama hologramas, hoy quizá los llamaríamos agente virtual con avatar humano, o simplemente avatar de IA. Cada uno tiene un acrónimo que representa de alguna manera sus características: su personalidad, su función o su manera de hablar. Dado que Alfredo es, si no recuerdo mal, andaluz, uno de esos avatares también lo es, gaditano para más señas. Los hay de género masculino y de género femenino, y se dedican a cubrir las necesidades emocionales de su… ¿dueño? ¿creador? ¿dios? ¿Qué es el narrador para SANDI (lunes), ITAI (martes), CAI (miércoles), PAIWAT (jueves), DIOR (viernes), PAKA (sábados) y RITA (domingos)? No lo sabemos, cada uno de ellos y ellas merece un cuento en sí mismo, Alfredo solo les dedica un párrafo en el mejor de los casos, en otros apenas medio. Quisiéramos saber más de ellos, pero lo que Alfredo nos quiere contar con claro tono jocoso es algo muy diferente, y qua astutamente anticipa en las primera páginas: “En mi actual situación es muy importante mantener cierta estructura temporal y creer que todavía existen semanas meses y años, y que la gente todavía festeja su cumpleaños, por ejemplo.” No sabremos hasta el final la distopía apocalíptica a la que se refiere con ese “En mi actual estado”, una distopía que tiene como escenario general la ciudad de Berlín. De ese escenario nombra varios museos: el Museo de Pérgamo y, muy al principio, el Neues Museum, donde el personaje puede entrar y salir a su antojo para disfrutar de las tablillas con escritura cuneiforme que atesora. Lo puede hacer porque en esa ciudad ya no queda nadie. Cuando lo sabemos descubre también ciertos indicios de locura en su soledad berlinesa en la que introduce un guiño para nosotros, lectores de 2025, una referencia a los Saraos Poéticos de Julio Sivautt en el Salón Berlinés. Naturalmente no lo nombra con estas palabras. Un último alivio, no menos jocoso, sea, quizá, pensar que se ha trasladado a vivir muy cerca del Museo de Pérgamo: a la casa de Angela Merkel.
Si la historia del cuento anterior transcurre más allá del año 2050, Brunilda transcurre en el 2057, “el año que todo se fue a la mierda. O no”. Estamos en la misma ciudad y en la misma distopía apocalíptica. El cuento nos va a dar la clave del final del cuento anterior, y una idea de lo que podría ser el cuento de la 3ª entrega. También está escrito en primera persona, pero esta vez se trata de una mujer quien deambula por ese Berlín vacío, más vacío aún por cuanto empieza describiendo el final de todo ser vivo, animales y plantas, que pudiera haber sobrevivido de la catástrofe en la que desaparecieron los humanos. Esa catástrofe, poco después lo sabemos, fue una pandemia. También ella era aficionada a los hologramas, pero parece no necesitarlos para cubrir sus necesidades emocionales y sociales. Ella no es Brunilda, ese nombre corresponde a su tía abuela, alemana, mientras que la chica parece que llega del sur de España, ¿Sevilla por ejemplo? Según la chica, en casa de su abuela lee un famoso libro de un famoso ocultista, Friedrich Wilhelm von Junzt, cuya fonética nos puede hacer pensar en la estupenda obra Berlín oculto (Ed. La Felguera), editada por Servando Rocha, y presentado recientemente en la librería Bartleby & Co. de Berlín. El libro explica con cierto detalle la querencia por el ocultismo del Berlín de la república de Weimar. Lo que pasa es que el autor, como su obra, son inventos ficticios del norteamericano Robert Howard que Lovecraft incorporó en alguno de sus cuentos. Es decir, la obra que inspira a la chica, Unaussprechlichen Kulten, nunca existió realmente. Sea como sea, la sola referencia al texto en el cuento de Alfredo Langa nos puede dar una idea del tono del relato.
Esas y otras referencias cultas al ocultismo berlinés son el aderezo de una descripción de la transformación de la chica en una bruja asesina que necesita descabezar a su propia tía para cumplir un sórdido ritual. El intento no acierta con el corte, y la cabeza, desprendida del cuerpo, sigue gesticulando. La situación continúa con otros alardes no menos delirantes de brujería que le obligan a acaba con 13.000 vecinos. No seguiré con los detalles, baste acabar este resumen enlazando con el anterior cuento: allí explicaba el protagonista que escuchó una vez unas voces en la radio que le estaban volviendo loco. Ahora sabemos que esa transmisión fue obra de la nieta de Brunilda, quien encontró en el barrio de Kreuzberg los cuerpos en descomposición de los compañeros de Alfredo, es decir, Julio, Mateo, Pepe, Max y Nihm. No estaban solos sus cuerpos, puesto que había público expectante y no menos muerto a su alrededor. Por alguna razón ella sabe de lo que hablaban cuando les llegó la muerte: del uruguayo Horacio Quiroga.
¿Seguirá el cuento del tercer volumen hablando esa Berlín destruida y vacía, y de los delirios de sus escasos habitantes, perdidos en la soledad?


Maximiliano Luis Freites
Es argentino, de Córdoba, algo que, inevitablemente, se escucha en cuanto uno lo oye hablar. Es psicólogo de formación y profesión, y vive también en Rixdorf, o muy cerca, en todo caso en el barrio de Neukölln. Conoce Berlín barrio a barrio, y esto no es algo baladí puesto que forma la estructura de su libro Aguafuertes berlinesas, un libro de un azul prusiano muy bien elegido. Sus textos están siempre centrados en un personaje principal. Es verdad que alguna vez se ha dejado llevar por variaciones sobre sí mismo, pero los relatos más rescatables centran la narración en el personaje, y estos son generalmente masculinos. Su formación indudablemente le permite afinar muy bien en el desarrollo psicológico de figuras que evolucionan de forma natural desde el principio aunque a veces las circunstancias acaben en cierto realismo fantástico, o cuanto menos exagerado, como veremos enseguida. Son personas con verosimilitud llevadas por el impulso de un deseo, como cualquier persona. Luchan con un entorno hostil o injusto, pero Maqui, como suelen llamarlo, no nos presenta víctimas derrotadas por la presión social, la mala suerte o los sueños inviables. Los dos cuentos que aparecen en los dos primeros volúmenes están vinculados justamente por eso, por el personaje, y constituyen una mini secuencia, uno es anterior cronológicamente al otro, por lo que podemos imaginar que en el tercer volumen leeremos la conclusión de la vida de Rogelio Martínez.
Taller mecánico literario cuenta, en 3ª persona, la vida de Rogelio Martínez, de quien sabemos que no quiere ser famoso, como el personaje de Julio Sivautt, sino simplemente escritor. La vida de Rogelio está llena de soledad, de suciedad, de interiores sórdidos en pisos deprimentes, de una atmósfera asfixiante de depresión sin sentido: “el agobio le saltó al cuello como si se tratase de una mascota que se alegra de ver por fin al amo. Le saltó al cuello y lo poseyó.” Poco después sabemos que Rogelio lleva poco más de cuatro años en Berlín, y que llegó del Uruguay. Sabemos también que trabaja en un garaje y cobra muy poco. Y sabemos que en algún momento entra al taller literario de la escritora argentina (no es ninguna ficción, por si el lector no la conoce) Samanta S. De ahí el título del cuento: Rogelio está en dos talleres de signo muy diferente cada uno. En las sesiones del taller de escritura descubre que solo con querer ser escritor no es suficiente, además hay que escribir. La solución, como en el caso de Alfredo, pasa por la IA: así es como urde su estafa literaria, y a Samanta, además, le gustan los textos surgidos del Chat GPT que Rogelio hace pasar por propios. Es más, en poco tiempo empieza a publicar en grandes editoriales, se hace famoso, se hace rico, todo gracias a las IA. ¡Hasta le dieron el premio Cervantes! Otro delirio lleno de humor y sarcasmo hacia el mundo editorial. Finalmente, y de pronto en el cuento, es descubierto, procesado y sentenciado, “el primer “escritor” condenado por plagio a la Inteligencia Artificial en la historia de la literatura”. Todo esto no es sino la puerta de entrada del siguiente relato.
En La muerte inconclusa de Rogelio Martínez en el penal de Tegel, Maximiliano Luis Freites continúa la saga de este pretendido escritor uruguayo varado en Berlín. La longitud del título adelanta que seguirá el tono de juego, el humor, la parodia, la vida incoherente del protagonista. A diferencia del primer relato, esta segunda parte está articulada en partes numeradas con números romanos, del I al VII. La primera escena tiene lugar en el penal de Tegel, Seidelstr. 39, Berlín-Moabit, y en el último capítulo sabemos que Rogelio se ha fugado de esa prisión y ha dejado en su lugar a su teórico abogado, el Dr. Pizzi, José Luis Pizzi, de quien hemos hablado ya. Es decir, el texto es el relato de una fuga, o más exactamente, de cómo entró en prisión Rogelio Martínez, y de cómo se las ingenió para salir. Utilizó, con este fin, un procedimiento propio de un mago: un truco visual, que aparece en el capítulo III, en que se presenta, además, un recurso que le da al texto una profundidad de campo que no tiene el relato anterior. Aparecen los cuadernos de Rogelio, que el lector puede leer. Así, tenemos un relato dentro de otro relato mayor, tenemos dos niveles narrativos. El personaje explica la estrategia: “Cesar intermitentemente el Ego de uno para ser parte del Ego ajeno” . Para ello necesita una víctima propiciatoria, y la va a encontrar en su abogado, el Dr. Pizzi. El preso se va a transmutar en su abogado, y cuando este entre a visitar a su preso, Rogelio saldrá con la apariencia del Dr. Pizzi, y nadie se dará cuenta, porque para entonces el Ego del uruguayo habrá disminuido hasta el punto de desaparecer ante los ojos de los guardias. Y el truco funciona. Ingenioso, ¿no?
Olvidaba un detalle crucial: Rogelio ingresó en la prisión de Tegel no por plagio. Fue acusado injustamente de haber intentado matar con una pistola al famoso empresario de Tesla, de visita en su planta de Brandenburgo.

Nihm Smoboda
De él puedo decir bien poco. Es el trasunto de un español que trabaja como guía turístico (a este sí lo conozco personalmente). ¿Qué piensa Nihm de lo que escribe? ¿Cuáles son sus referentes, sus criterios narrativos, sus lecturas preferidas, sus manías a la hora de escribir? Este tipo de preguntas más secundarias sobre la labor del escritor debería hacérselas a todos los integrantes del grupo. Son detalles que habitualmente se añaden a la crítica primaria y que pueden dar cierta luz sobre la labor creadora, pero no siempre iluminan el texto. Ya he referido cómo en el caso de José Luis Pizzi es importante saber que vive en Rixdorf. Al no saber nada de Nihm, no puedo confirmar, por ejemplo, si alguna vez trabajó en Facebook filtrando imágenes (fotos y videos) prohibidas por la red social, durante horas, hasta acabar desquiciado. Es parte de uno de sus cuentos.
Anclao en Berlín. Adam Bowls también es argentino y también es escritor. No es famoso, escribió solo un libro de éxito, el resto ni se ha publicado. Adam vive en Berlín desde hace tres años, cuando pudo disfrutar de una beca alemana, “como la inmensa mayoría de los autores que residen en este sitio y que le están dando fama a este lugar”. ¿A quién se refiere exactamente Nihm con esta frase? ¿A algún escritor o escritora en concreto? Sabemos que el DAAD subvenciona regularmente la residencia creativa de escritores latinoamericanos en la capital alemana, y no es la única institución que lo hace. Como se dice en España, es un melón que Nihm no acaba de abrir, pero ese principio da luz al título y prefigura de alguna manera su final. En efecto, muy resumidamente, el cuento relata el viaje al inframundo de este pretendido flâneur o paseante. El viaje se lleva a cabo de la mano de una renacida Nefertiti que le notifica que le quedan diez días de vida en los que sufrirá “delirios, visiones y pesadillas”, para acabar muriendo en Berlín. De pronto se ve a sí mismo como un escritor maldito e inicia la más absoluta pérdida de tiempo yendo de un lado a otro sin mucho sentido durante esos diez días. Los párrafos presentan referencias horarias que parecen marcar los hitos de ese tic tac al revés: las 08:00, las 10:06, las 12:30, las 15:53. Las marcas horarias no parecen corresponder al mismo día, hay vacíos de tiempo entre una y otra, hay saltos espaciales también: Sonnenallee, Schönleinstr., Görlitzer Park, Oppelner Str. Justamente en esa calle tenía lugar antes el Salón Berlinés, donde el personaje de Alfredo Langa encontró, entre otros, el cuerpo putrefacto del responsable de la existencia de Adam Bowls. Dejémosle deambular por la ciudad bajando a sus propios infiernos hasta llegar al último párrafo -aparece otro personaje que lo introduce en la vida nocturno-musical, un asiático llamado Viet-. En los últimos párrafos desaparecen las referencias horarias, el personaje aparece en Gesundbrunnen después de leer una frase en alemán que actúa como una iluminación que, en cualquier caso, no lo salvará del descenso a su propio infierno: Welche Vision kannt uns retten? , y se pierde en el barrio de Wedding. No llega a encontrarse a sí mismo, pero tampoco se cumple la profecía de Nefertiti. Todo fue no un sueño, sino un delirio. No es capaz de otra cosa que meterse en otro bar.
Por cierto, existe al menos un Adam Bowls en Australia. Es antropólogo y profesor asociado en la Universidad de Queensland.
El meteco no mejora en mucho la situación de la humanidad. El título hace referencia, y se explica al principio, a la famosa canción del griego Georges Moustaki. Y no es la única referencia a obras externas al cuento: la primera parte lleva un título muy cinematográfico, I. Por un puñado de euros. En ese primer párrafo conocemos al protagonista de la historia (también este cuento está escrito en 1ª persona), un basurero de Berlín. Luego hay un salto temporal y espacial a Barcelona en el segundo párrafo que es un poco abrupto, pero el personaje que introduce, Gina, lo retomará al final, y además le sirve para explicar cómo llegó a Berlín, cómo se quedó, cómo empezó a trabajar en el vertedero y cómo conoció al ruso Dima. Los párrafos van combinando reflexiones sobre la sociedad berlinesa con peripecias en su devenir laboral. Así llegamos a la parte que parece central en el cuento, su trabajo anterior al basurero. El personaje, de quien no sabemos el nombre, empieza a trabajar en una empresa que se dedica a revisar todos los archivos multimedia que se suben a las redes sociales, o al menos a una muy conocida, buscando contenido no permitido, en especial el que tiene violencia de cualquier tipo. Hace eso durante horas, a pesar de la advertencia de que su mente puede salir dañada del esfuerzo, como ve en los otros trabajadores, como acaba sucediéndole. “Este trabajo es muy sencillo –masculló evitando que se le cayera la mandíbula–: filtramos el contenido inapropiado para el usuario que hay en la red.” Lo único que parece justificar esa ocupación es el sueldo, o el deseo de salir de su desesperación, como el personaje dice. Conoce entonces a algunos de los trabajadores que hacen su misma labor, y describe su evolución hacia la locura a causa del visionado ininterrumpido y durante horas de material audiovisual dañino. Uno recuerda la famosa película de Kubrick, La naranja mecánica, pero luego descubre que esos trabajos son reales y se llevan a cabo en Berlín lo mismo que en Barcelona o en Kenia, han sido denunciados por explotación laboral. Se llaman moderadores de contenidos. A través de una narración bastante ágil salpicada oportunamente de diálogos, y en la que reaparece un personaje del cuento anterior, Viet, presenciamos el progresivo deterioro del personaje y de las relación con sus compañeros de trabajo, hasta que no puede más, “Aquella noche estallé. .. Caí en la locura absoluta. Empecé a tener temblores y la náusea creció hasta…”.
Vuelve a contactar con Viet quien parece que podría salvarle de la locura, y empieza un cuento totalmente diferente, un viaje por la noche de Berlín de antro en antro. Atravesemos en dos frases toda esta parte para llegar al final y a la foto que culmina este resumen que debe dejar al lector con ganas de leer la historia completa: el personaje se reencuentra con Gina, que apareció muy al principio, para terminar follando en una pensión de Schöneberg que lleva muchos años cerrada.

Algunas conclusiones
El grupo de Los Unbekannte está compuesto solo por hombres. Que se sepa, solo escriben narraciones, aunque creo que Julio Sivautt ha hecho algo de poesía, además de música. Tendría que confirmarlo. Me cuesta imaginar a Mateo Dieste o a Alfredo Langa rimando versos. A José Luis Pizzi le conocemos algunos versos incluidos en su última novela Multiple Joyce.
[Nota a posteriori: Mateo me comunica que en esto de la poesía estoy equivocado. El 20 de septiembre obtuvo el segundo premio de poesía en un evento organizado por Blinder Passagier Berlín. El primer puesto lo obtuvo su compañero de grupo Nihm Smoboda.]
Berlín es siempre el telón de fondo de las historias, a veces un Berlín real, otras veces un Berlín prefigurado, del futuro o del sueño. Se nombran calles, plazas, avenidas, parques y estaciones de metro (de S-bahn o de U-Bahn). Aunque no siempre se trata de flâneurs, hay cierta delectación en poner los nombres de los sitios por los que pasan los personajes.
Los personajes que se presentan en estos dos volúmenes son emigrantes. Casi todos declaran, directamente o indirectamente, tener muy mala fortuna como migrante, con sueños no cumplidos, con experiencias cercanas a la locura. La derrota es uno de los temas recurrentes. De alguna manera, incluso, quizá con una mirada sarcástica, se regodean en esa derrota. Apenas aparecen personajes femeninos. Tampoco hay niños.
No podemos hablar de autoficción en sentido estricto, aunque está claro que hay muchos elementos autobiográficos. Se refieren unos a otros dentro de los textos.
Hay una mirada cínica, descreída, de la realidad, pero no siempre con sentido del humor. La falta de coherencia de la realidad articula la relación del personaje con la ciudad y con los otros personajes. No llego a encontrar el victimismo que sí he podido detectar en otros autores.
Casi todos los relatos están escritos en 1ª persona. El protagonista es el narrador, el punto de vista es subjetivo, y casi siempre disponemos solo de ese único punto de vista. Cuentan su propia historia y la de los personajes de su entorno, pero poco más.
No hay muchos diálogos.
Hay una fuerte tendencia a huir de la realidad en cualquiera de sus formas: realismo fantástico cortazariano en Julio Sivautt, y de corte más metafísico en Jose Luis Pizzi; ciencia ficción en Alfredo; la atracción de la locura y de los personajes demoníacos en Nihm y en Alfredo; incluso en los cuentos de Maqui podemos rastrear esa distancia con la realidad a través de una realidad ampliada exageradamente hasta el absurdo. El más sosegado, el más cercano a la realidad, parece ser, comparativamente, Mateo Dieste.
La comparación, en todo caso, nos sirve para detectar esos rasgos comunes que pueden ayudar a desarrollar sus narrativas. No se proponen aquí como rasgos criticables. Entendemos que el hecho de publicar juntos supone también cierto grado de influencia mutua más allá de las referencias cruzadas entre los distintos textos.
Veremos si en el tercer volumen se cumple alguna de las previsiones vertidas en este breve análisis.
Enlazando con los primeros párrafos de esta reseña, me gustaría dejar una última reflexión. Si la narrativa que se escribe en español en Alemania en el formato correspondiente a Los Ubekannte no responde a los criterios de los grandes grupos editoriales ni se distribuye en los grandes canales de distribución internacional, ¿a qué responde? ¿Es un reflejo o una expresión de la situación de un hipotético colectivo hispanohablante que reside en Alemania? ¿Son una respuesta literaria a las necesidades emocionales, sociales, expresivas, de ese colectivo? ¿Hay, como proponía Mateo Dieste en otro artículo, una narrativa colectiva que hable de la realidad inmediata compartida más allá de la moda de escribir sobre Berlín criticada por Alan Pauls, por ejemplo?

El volumen III de Los Unbekannte se presenta en el Salón Berlinés el lunes 8 de diciembre.

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