Preludio, UtopÍa y Perfidia

Tres primicias de Nihm Smoboda, miembro del grupo Los Unbekannte
Introducción

Con estos textos en forma de serie empieza una ucronía, un presente alternativo en el que la DDR nunca colapsó y donde siguen existiendo el Muro y la Guerra Fría. Se trata, en efecto, de Berlín, pero no el que conocemos o reconocemos, pues en esta versión Marzahn es lo mejor y Prenzlauer Berg lo peor. El protagonista sabe español e irá evolucionando a lo largo de las historias, tiene compañeros chilenos, cubanos y de distintos países hispanohablantes porque estamos en una DDR que pretende ser multicultural. Los relatos que aquí presentamos, con títulos que hacen referencia a canciones, tienen un ritmo interno desafiante. Recomendamos leerlos primero por separado y luego los tres juntos, sin pausas. Haz clic en cada título para ir al texto.



Estoy delante del espejo del armario ajustándome la corbata. Mirándome. He aquí mi piso de paredes limpias, mi mundo, todo.

Mi madre siempre decía que las mujeres que se visten de blanco para dejar que su ropa interior negra quede transparente son todas unas zorras. Todas sin excepción. 

Así fue como la encontraron con un tiro en la cabeza en el asiento de un coche en mitad de la Karl Marx Allee. Bragas negras. Falda muy corta. Vestido blanco ajustado. 

Una muñeca rota bajo los palacios de los obreros. Triste asesinato en la avenida. La chica con los ojos del Báltico. Uñas rojas al amanecer. La muerta. La princesa del perfume barato. Todos titulares tremendos para informar de lo mismo. Algunos decían que estaba con las medias rasgadas. Otros que tenía un zapato fuera. Incluso informaron sobre chupones en el cuello. Dijeron lo que quisieron. Y las bragas negras aparecían en las fotos.

La recuerdo pintándose los labios mirando el retrovisor cada vez que había un atasco en la Leipzigerstrasse. También cuando se arreglaba frente al espejo en casa. Pero poca cosa más. Decían que era una mujer muy hermosa.

Me dijeron que algún día cuando fuera mayor lo entendería, que de momento intentara no pensar demasiado en ello.

Crecí. Estudié. Me gradué. Trabajé. Trabajé duramente.

Años después me dijeron que había sido el Partido.

Sí. Eso es lo que me dijeron.

Uno puede sentir una gran desazón, puede experimentar la rabia, puede notar que se hace añicos, puede querer llorar, llora, llora de verdad, odia, desea matar o matarse… pero yo no sentí nada de eso. La verdad es que yo no hice nada de nada.

Porque por aquel entonces, yo ya era uno de ellos.

Mi nombre es Max. Maximilian. Tengo treinta y cinco años y vivo en el distrito de Friedrichshain, Berlín Este. Este es mi piso y mi aspecto es impecable. Es lo único que importa.

Hoy es una mañana perfecta: estamos en 2014 y seguimos en guerra. El espejo me muestra una ciudad llena de bloques tras la ventana. Ese es nuestro éxito, un orden perfecto basado en la igualdad. Con muy pocos recursos hemos conseguido construir un país en un lugar donde antes sólo había ruinas. La RDA se está preparando para celebrar su 65 aniversario y las calles están convenientemente engalanadas para ello. Estoy casi listo: son días en que el viento barre la hojarasca y el otoño amanece glacial. 

Enciendo el estéreo y saco un álbum para la ocasión. Me gusta hacer eso antes de marchar al trabajo. Mi colección de vinilos ocupa una pared entera del comedor. Hace una semana hice arreglar los altavoces y ahora puedo oír la música como realmente fue grabada. Es increíble. Hoy hago algo distinto. El mes de octubre merece comenzar así: pongo “Jane B”, de Jane Birkin. La mujer ideal. Esta canción la hizo Serge Gainsbourg expresamente para ella y Gainsbourg a su vez se la copió a Chopin, porque Gainsbourg lo copiaba todo. Por eso siempre suena bien, porque es el Preludio en E Menor op 28 número 4 de Chopin. Simplemente perfecto. El disco había sido de mi madre. Y por mucho que lo ponga, nunca suena igual. Lo escucho mientras miro el reloj. Aún quedan dos minutos para seguir yendo bien de tiempo.

Abajo me espera el coche. Mi coche es lo más importante, así de simple. En Berlín hay Trabants, Skodas, Ladas, Dacias, trastos que funcionan, y luego estamos los que conducimos un Wartburg. sel Wartburg me ha costado una fortuna. Adoro su maldita carrocería y el placer de conducirlo es indescriptible, se deja llevar solo, pero por desgracia todavía existe algo todavía mejor: el Melkus. El RS 2000 es mi maldito sueño y sé que voy a tener uno.

El tiempo apremia. Me esperan en la Central del Ministerio de Seguridad. Le doy un último vistazo al espejo del ropero. Estoy radiante. En el momento en que ajusto la puerta del armario, ya no sólo veo mi reflejo, sino también aquello que hay detrás de la ventana: el rostro gigante de la estatua de Vladimir Ilich Lenin, el hombre más heroico de todos los tiempos. La inmensidad. 

Sonrío orgulloso y salgo de casa. Me gusta cerrar la puerta dejando la música encendida. Marchar y seguir llevando la canción dentro de la cabeza para que el hogar siga siendo el hogar.

El Wartburg me espera impoluto en el exterior. Si hago bien la faena y sigo ahorrando, en cinco meses voy a comprarme el Melkus. Sólo hay que seguir limpiando este país de basura. Subo al coche y arranco hacia el Ministerio. Tengo la sensación de que hoy tocará eliminar a alguien. Después saldré con Magda y seguramente iremos a tomar algo. Eso me alegra. Magda es una chica con clase. Tiene el pelo como Jane Birkin.


[Volver a la Intro]



El muro seguía ahí e iba a quedarse por lo menos un siglo. Nunca he ido al Oeste, pero para mí esa gente representa lo peor de la decadencia. Son una auténtica lacra. Nuestra pequeña república era limítrofe con aquella chusma y teníamos que soportar sus constantes provocaciones. 

Me llamo Max y trabajo para el Ministerio. Aquí en la RDA hay muchos Ministerios, pero cuando uno dice el Ministerio, todo el mundo entiende a cuál se refiere.

Mi tarea fue siempre la lucha contra los difamadores financiados por Bonn y esa organización de lacayos llamada Unión Europea, pero ahora me encargo de eliminar traidores.

Tenía a uno de ellos justo sentado enfrente y muy pronto iba a sacarme la pistola para volarle la cara. Los tiempos cambian. Antes pedían que se actuara de forma discreta, pero ahora para poder subir hay que ser espectacular. Por eso, si me dan una lista con tres sospechosos, intento cargarme a cuatro. Hasta el momento me ha ido bastante bien.

Lo único que me molesta es que me pidan que mate a alguien que conozco: se suponía que Miha era amigo mío. Todo el mundo lo veía así. Habíamos sobrevivido a las noches rojas en Budapest y habíamos vuelto para contarlo. Incluso cuando me castigaron a hacer trabajos de segunda categoría después del desastre de Odessa, él fue el único que intercedió por mí. Lo leí en el expediente. En mi opinión, Miha estaba limpio, pero eso no era lo que pensaba el Ministerio y a mí me tocaba demostrar lealtad.

Quedamos en el Picasso para charlar después del servicio. A él siempre le han gustado estos antros: putas ucranianas, matones búlgaros y strippers de Kazajstán. Su ambiente. Siempre he pensado que Prenzlauerberg era un sitio con mala fama, pero cuando lo descubres por dentro, te das cuenta de que todavía es peor. Miha estaba loco por las mujeres con los ojos rasgados y soñaba con retirarse con una en Camboya. Por eso iba siempre a aquel local a dejarse el sueldo y ahí estábamos. El pobre no se imaginaba que iba a retirarlo yo.

Se acababa de tomar un flip y me preguntó si no me importaba si se pedía otro. No podía negarme. Tampoco tenía aspecto de querer moverse del sofá habiendo tantas chicas medio desnudas pululando en aquel sitio. Lo único que no podía entender era cómo podía ser capaz de beberse aquella mierda con huevo. Creo que hay que estar muy mal de la cabeza para hacer algo así, pero también es cierto que sólo a un zumbado se le hubiera ocurrido saltar desde un tejado para salvarme el culo en aquella emboscada tan jodida en Budapest.  

Cuando veía aquellas cosas, sólo podía tener dudas, pero en estos casos recordaba lo que aprendí de mi superior en la época de Varsovia cuando colaboré con los del SB. Dariusz, el maldito maestro, siempre lo dejó muy claro: “si hay que hacerlo, se hace”. Y no quedaba otra.

Unas chicas vinieron a sentarse con nosotros. Hice ademán para que no nos molestaran, pero Miha quedó prendado de aquellos pechos que no escondían casi nada y rápidamente les preguntó si querían tomarse una copa. Ellas asintieron fingiendo que lo habían encontrado encantador. La que se sentó conmigo me soltó que era de Angola y que si queríamos pasar un rato juntos me iba a costar unos cuantos marcos, pero que no me iba a arrepentir. Me fijé que en mi vaso sólo quedaba hielo y eso era porque últimamente estaba bebiendo demasiado deprisa. Iba a encenderme un cigarrillo y le preguntaría a Miha porqué se había dejado comprar por el enemigo. 

Éramos un pequeño país que derrotaba a todos los demás en los juegos olímpicos, teníamos a los mejores cosmonautas del mundo trabajando en estaciones espaciales, disfrutábamos de un sistema sanitario modélico y nuestro producto interior bruto era superior al de muchos países con economías de libre mercado. ¿Por qué querer acabar con todo eso? ¿Cómo se podía ser tan ruin? ¿Qué le había gustado tanto del otro lado del Muro como para querer sabotearnos? Berlín Oeste no era más que un agujero de pornografía, droga y edificios de cartón piedra. Lo que teníamos nosotros, lo habíamos conseguido sin la ayuda de nadie. En cambio, esos wessis eran basura subvencionada por la OTAN.    

Miré mi vaso como si fuera lo único realmente importante. Cuando el hielo se derrite, las moléculas comienzan a escapar para mezclarse con el líquido. Algo parecido nos podía ocurrir si permitíamos el contacto con los del otro bloque.

Miha estaba contando las fanfarronadas de siempre a la furcia que se le había aferrado oliéndole la cartera. El flip llegó. Estábamos llegando a un punto álgido de conversaciones triviales cuando de golpe la voz de una soprano irrumpió desde los altavoces y todo pareció transformarse en un denso sueño hipnótico. Las chicas que bailaban en la barra fija llevaban el cuerpo cubierto de purpurina dorada y los párpados maquillados de lapislázuli. La música lo ralentizó todo. Estaba conmovido por aquella voz. Cada palabra era una revelación. Nunca creí que pudiera haber algo tan perfecto, algo con tanta pureza como para hablarle al alma. No parecía de este mundo. Pensé que debería haberme pedido otra copa, las chicas bailaban desnudas bajo las luces ténues, Miha sonreía y había muchos hombres tristes fumando cigarrillos en mitad de la oscuridad. No me sentía completamente solo: lo estaba. 

La chica angoleña me susurró al oído:

—La canción habla de que las máquinas nos van a sustituir a menos que nos volvamos como ellas.

Me quedé mirándola sin saber qué decir. El tiempo se hizo eterno. ¿Era eso posible?

En aquella época mi sueño era tener un Melkus RS negro y comer buletten en el Havel. Sólo quería ser feliz en un mundo perfecto. La canción seguía sonando. Me levanté, me saqué la pistola y la descargué en la cara de Miha, la chica que estaba con él y la chica angoleña, que se puso a pegar gritos y también la tuve que matar. 

El alboroto fue tan grande que no tuve problemas en marcharme de ahí. Quizás ya somos máquinas y aún no lo sabemos.


[Volver a la Intro]



Se suponía que tenía que ser una cita romántica. Pero se convirtió en un infierno silencioso. Nunca quedéis en el Planetario. Esa bola de chapa en mitad de Prenzlauer Berg es capaz de fundirte la mente. No se lo recomiendo ni a mi peor enemigo. Magda me esperaba en la cola. Era una belleza rotunda. Apenas sonreía. La melancolía se la comía entera y hablaba con una elegancia propia de otro tiempo. Era actriz. Interpretaba Shakespeare en un teatrillo en Monbijou Park. Era muy buena. Logró incluso que me creyera que realmente sentía algo por mí. 

Probablemente no fue mi mejor noche. No hacía ni una hora que me había cargado a un compañero no muy lejos de aquel sitio y Magda estaba visiblemente afectada porque me había presentado tarde a la cita. Esto en Alemania es señal de ruptura inminente. El espectáculo anunciado se llamaba “mundos oscuros” y consistía en una sucesión de imágenes del cosmos ideal para poder dormir un buen rato, cosa que no hubiera estado mal, pero ella me gustaba mucho y quería quedar bien. Así que me propuse estar atento y no perderme ningún detalle. Estuve fumando en la fila esperando que eso me ayudara a aguantar y eso la molestó. 

—Deberías dejar eso. Vas a terminar con cáncer de pulmón.

—Entonces me iría a Cuba y ahí me lo tratarían. Es el único lugar del mundo donde ya…

—Eso no es cierto. No está para nada demostrado.

—¿Cómo qué no? Si el otro día lo publicaron en el Neues Deutschland.

—El Neues Deutschland lo habrá publicado porque se fía de nuestros camaradas de Cuba, pero yo ya no. No quiero saber nada de ese lugar, creeme. Juré que no regresaría jamás y no voy a volver.

—¿Por qué? ¿Qué te ocurrió?

—Ya te lo explicaré algún día. Vamos. La cola ya avanza.

Una vez dentro, fuimos a dejar los abrigos y caminamos por el suelo brillante de baldosas mientras oía sus tacones. Ella me agarraba del brazo y la gente me miraba con envidia. Era feliz. Entramos en la sala y nos sentamos en unas butacas muy cómodas. Las luces fueron apagándose lentamente y al cabo de un rato, el espectáculo comenzó. Prometí no dormirme pasara lo que pasara. Magda estaba ilusionada y me dio las gracias por haber venido con ella a su sitio favorito porque era consciente de que últimamente tenía una agenda muy apretada. Intenté poner cara de circunstancias y no pensar en el trabajo.

Silencio absoluto.

Aparecieron las primeras imágenes. La tierra. El planeta azul. Enorme. Gigantesco. Luego se fue alejando. Se fue alejando cada vez más. Demasiado lejos, incluso. Alrededor todo era negro. Una voz empezó a hablarnos pausadamente de las propiedades de nuestro sistema solar. Empecé a sentirme incómodo. Vimos el sistema solar y la tierra era sólo un punto. Pero el universo era mayor. De hecho, decía la voz, había muchos sistemas. El sistema solar empezó a alejarse con la tierra en algún lugar de su interior. Apareció la vía láctea. Sentí escalofríos. Aquello no me estaba gustando. Miré a un lado y vi que Magda estaba atenta y no dejaba de sonreír. Era feliz con la explicación. Miraba el cosmos desde el interior de aquella esfera y las imágenes plasmadas en aquellas paredes curvas me hacían viajar más lejos de lo que jamás hubiera imaginado. De niño todo el mundo sueña con ser cosmonauta hasta que va al Planetario. Menuda cita. Nunca tuve pensamientos tan terroríficos. 

Los brillos de las constelaciones parecían danzar en el silencio. Sentí un vacío absoluto y me invadió una asquerosa sensación de náusea que me revolvió el estómago. Pusieron música. La quinta sinfonía de Mahler: el tema perfecto para empezar a sufrir de verdad. Mis pensamientos se volvieron todavía más oscuros. Me di cuenta de que por desgracia estaba todo en nuestra mente y que ahí mismo era donde residían las nebulosas. Habíamos visto la tierra desde lejos hasta desaparecer y Magda seguía junto a mí sin decir nada. Apreté fuertemente su mano al comprender que no éramos más que el sueño de un átomo de algo que jamás íbamos a llegar a ver. No éramos nada. Absolutamente nada.

—¿Cómo te sientes cuando ves lo realmente insignificante que es nuestro mundo?

—¿Te refieres a la RDA?

—No…- sonreí en mitad de la oscuridad— me refiero a… esto que estamos viendo ahora. 

—Me parece maravilloso. Es… simplemente increíble.

No podía estar más desacuerdo. Rezaba porque terminara aquella tortura.

—No tienes vértigo? — pregunté sin poder ocultar mi estado

—No. 

No sé por qué confié en ella, quizás por instinto, o porque en ningún momento me soltó de la mano, pero fue su placidez lo que me provocó una calma infinita. Miré la proyección del cosmos y me dejé llevar sin tener que entenderlo. No es casualidad que no hagan entrevistas a los cosmonautas, esa gente debe estar fatal por el solo hecho de estar tanto tiempo fuera de órbita. De no haber sido por ella hubiera caído en la demencia del espacio exterior. Ella me miró con ternura. Nunca antes me había sentido así Quizás era cierto lo que algunos de los compañeros decían: algo estaba pasando conmigo. Quizás era cierto que yo era capaz de cambiar y de que el amor era algo que también existía para mí. Contemplaba las espirales que formaban la Vía Láctea y Andrómeda mientras éstas se alejaban y mi corazón empezó a latir con mucha fuerza. Sentía que un sudor frío acompañaba las palpitaciones mientras la retina me obligaba a parpadear. Una lágrima se asomaba por el párpado. Una náusea seguía revolviéndome el estómago mientras veía el gas interestelar y nos alejábamos todavía más de todo. La RDA era decididamente insignificante y estaba situada en la zona de menor concentración de estrellas. Aquel halo me causaba una gran pesadumbre. Todas aquellas ideas iban a fundirme la cabeza.

Cuando la voz en off nos recordaba que nosotros estábamos hechos de la misma materia, oí cómo Magda me susurraba que de pequeña había visto que la Vía Láctea era muy brillante mirándola con un telescopio en dirección a la constelación de Sagitario. Ella la había contemplado muchas veces con su padre, el cual era doctor de Astrofísica en Potsdam. En Potsdam está el observatorio de Albert Einstein. Es una torre con una forma muy extraña. Dicen que el universo empezó a entenderse desde ahí y el sitio está lleno de turistas de la Unión Soviética pegando fotos con sus cámaras Zenit.

Cuando acabó la proyección el techo volvió a ser el techo y las estrellas se esfumaron dejándonos con una especie de alivio. 

—Estás pálido, Max.

—No es cierto! – intenté bromear.

Pero lo era.

—Vamos, te voy a enseñar el telescopio. Desde ahí podemos observar algo como lo que acabamos de ver.

La seguí medio mareado. De golpe todo me pareció lisérgico. El telescopio rompía el techo y parecía un complicado armatoste de guerra una especie de cañón del futuro destinado a alcanzar las estrellas. En la minúscula cafetería del Planetarium sonaba Perfidia de Xavier Cugat. Los chicos ya estaban cerrándola y las mujeres de la limpieza fregaban el suelo. La gente salía precipitada del planetario y parecía que nos lo estuvieran dejando para nosotros solos. Dicen que Cugat dirigía la orquesta del Waldorf Astoria con un caniche. Hacía cualquier cosa con tal de llamar la atención. En el fondo sólo sólo fue un europeo pervertido por el capital norteamericano que terminó vendiendo pipas y crecepelos, pero era el único capaz de hacer que sus músicos tocaran como los ángeles. Magda estaba tocando el telescopio con sumo cuidado y me di cuenta de que era increíblemente hermosa. Giró su rostro y me dijo que tenía la sensación de que el mundo giraba a nuestro alrededor. Era verdad. Mi sonrisa delató que en el fondo estaba en mitad de un sueño que no deseaba que terminara. Duró lo mismo que duró esa canción de dos minutos y cincuenta y seis segundos.

Dos meses más tarde me dejó y yo estuve emborrachándome cada día. Ayer me llamó a la oficina y por el otro lado del auricular la oí llorando porque los chicos habían arrestado a su padre por distribuir propaganda del enemigo. Uno de los muchos traidores que tendrían que fusilar, pero por suerte somos una república democrática. No pude evitar preguntarle si todavía me quería.


[Volver a la Intro]


Nota del editor. Una parte de las imágenes de esta publicación proceden de la exposición RETROTOPIA, el diseño durante la DDR, que tuvo lugar en el Museo de artes decorativas de Berlín, en el verano de 2023. La exposición llevaba el mismo nombre de un ensayo publicado póstumamente del conocido filósofo polaco de origen judío Zygmunt Bauman.


Nihm Smoboda (Mataró, 1979) fue jurista, burócrata y trabajó para la televisión local. En la actualidad, reside en Berlín. Ha sido incluido en distintas antologías y en la sección de microrrelatos Liebre por gato del periódico Info Libre. Es miembro del grupo literario de los ‘Unbekannte’.

Los Unbekannte presentan su segunda antología, editada por Abrazos, el día 31 de agosto en el espacio Silent Garten de Rixdorf (Berlín-Neukölln).


Colaboradores de DESBANDADA

10 comentarios sobre “Preludio, UtopÍa y Perfidia

  1. Tremendo personaje, dan ganas de que sea un saga. Por cierto, pude conocer poco antes de morir a Xavier Cugat y a su chihuahua. De algún modo, les he vuelto a ver

  2. Celebro a Nihm -smoboda y a su Max, una suerte de Boggie, el aceitoso con un humor tan negro que parece «stassiado» de actualidad.Sigamos a este muchacho, a Nihm y a Max. Advertidos quedan…

  3. Ivan escribió una trilogía delicada, pocos pueden con tan poco decir tanto. Digo tan poco en cuanto hoy es más que nunca un valor ser breve y conciso. No sí si debería ser así, pero es.
    Profundo observador, sale a decir que aun no siendo alemán se mete con Berlín, pero porque la respeta y la conoce.
    A veces una observación sin consecuencias como la de notar que está bebiendo apresuradamente, porque el hielo sobrevivió al trago, nos distrae de las observaciones que van al hueso alemán.
    Inspirado trabajo que nos pasea por rincones de la idiosincrasia local con señorío.
    Ah, y no pude evitar ir a escuchar la música que al pasar cita en la trilogía.
    abrazo

Deja un comentario