Con motivo del 90.º aniversario de la Revolución Española, el historiador Dieter Nelles y el director de cine Volker Hoffmann presentan un film que narra una historia atrapante: la agitada vida del antifascista Karl Brauner (1914-1994). Su juventud en Leipzig, su actividad política clandestina en la resistencia anti nazi a partir de 1933 así como su emigración a España y sus experiencias durante la Revolución Española y la Guerra Civil. Desde las barricadas del levantamiento de Barcelona en 1936 al Batallón de la Muerte. Y luego los campos de internación franceses, y Marsella, el último puerto de escape ante el avance alemán, y más.
Compartimos la invitación a la proyección el viernes 17 de julio en la Brotfabrik de Berlín en presencia de los directores & un extracto-adelanto de la historia de Karl Brauner.
17.7.26 | 19 Uhr | Estreno en el marco de la serie ¡A las barricadas! Bürgerkrieg und Revolution in Spanien 1936-1939«.
D 2026 | 73 min | documental | D: Dieter Nelles | Volker Hoffmann
Kino Brotfabrik Caligari Platz 1 (13086) Berlin – TICKETS: aquí
Extraído de: Dieter Nelles, «Frío por fuera, pero ardiendo de pasión por dentro»: Karl Brauner (1914 – 1994)
«En lo que hace a mí y a esa época de mi vida, allí me transmitieron algo que me marcó para siempre. En los años anteriores a 1936, yo había ido viviendo, por así decirlo, inmerso en los acontecimientos; a diferencia de todos aquellos que llegaron en 1936 o más tarde. No viví el golpe de Estado como un «extranjero». Mis camaradas eran españoles. Su causa era la mía y su lucha era la mía; sufrí sus victorias y sus derrotas como ellos, y compartí con ellos su entusiasmo por la causa de la revolución social. Sí, habíamos anhelado aquellos días, nos habíamos preparado y habíamos vencido. Pusimos en marcha las fábricas, nos hicimos cargo de la administración y, al hacerlo, contábamos con el apoyo de la mayoría de la población. Cuando luego tuvimos que ir a la guerra, lo hicimos con la misma naturalidad y con el mismo ímpetu. Nuestra motivación era clara y tenía sus raíces en la conciencia de haber puesto en marcha algo «histórico». Vivir eso fue para mí lo más deseado y lo más emocionante que podía haber. Y ese sentimiento que me animaba entonces, todo aquella jubilosa conmoción, llena de la certeza de la victoria, ha perdurado en mí hasta el día de hoy. Frío por fuera, pero ardiendo de pasión por dentro».
Estas líneas las escribió Karl Brauner, fallecido el 20 de julio de este año (Nota de la editora: 1994) en Leipzig. Probablemente fue el último testigo alemán que vivió el inicio de la Guerra Civil Española en las barricadas de Barcelona. Para Karl Brauner, España no fue ante todo un país de emigración, sino más bien la culminación de un «anhelo de lo lejano» que había acunado durante mucho tiempo. Este anhelo fue en un principio de carácter totalmente apolítico y surgió a raíz de los relatos del padre de su amigo y compañero Fuchs, que se había hecho a la mar y cuyas historias los dos chicos no se cansaban de escuchar. Lo que finalmente inclinó la balanza hacia la «emigración» de Karl Brauner fueron los llamados «chinos» de su empresa. Así se denominaba a los trabajadores cualificados de la industria gráfica de Leipzig que habían trabajado por mucho dinero en Shanghai y que alardeaban de esas experiencias en la empresa.
Karl Brauner realizó una formación de cuatro años como litógrafo. Una profesión que exigía talento artístico y mucha paciencia. Dos cualidades de las que él disponía. A diferencia de la mayoría de sus compañeros de su misma edad, no se quedó sin trabajo durante la crisis económica mundial. Como estaba destinado a ocupar un «puesto directivo» en su empresa, asistió a cursos en la Academia Estatal de Bellas Artes y Artes Gráficas de Leipzig.
A través de su novia Irma Götze, a quien conoció en 1932, Karl Brauner entró en los círculos de la FAUD clandestina de Leipzig (Nota de la E.: el sindicato anarcosindicalista más importante del país y, con la llegada de Hitler al poder, red de resistencia clandestina ), cuyo núcleo era la familia Götze. La cabeza de familia, Anna Götze, era una mujer fuera de lo común. Había dado a luz a sus tres hijos, Ferdinand (Nante), Waldemar e Irma, antes de la Primera Guerra Mundial siendo soltera. Aun así, consiguió que los tres hijos tuvieran una formación profesional. Pero lo que más impresionó al joven Karl Brauner, de 19 años, y que según sus relatos era totalmente inusual para la época, fue que Anna Götze hablara abiertamente con él y con su novia Irma sobre sexualidad. Por eso, era algo natural que él pudiera quedarse a dormir en casa de su novia.
Anna Götze se afilió a la Liga Espartaco durante la Primera Guerra Mundial y posteriormente se unió a la FAUD. Desempeñó un papel destacado en la resistencia contra los nazis. Su hijo mayor, Ferdinand, fue a principios de los años veinte uno de los activistas de la juventud anarquista de Leipzig y, más tarde, uno de los principales dirigentes de la FAUD en Sajonia. En diciembre de 1933 asumió la dirección de la Comisión Ejecutiva clandestina de la FAUD. Su hermana Irma era miembro de la juventud anarquista. Su hermano Waldemar era miembro del KPD (Nota de la E.: Partido Comunista Alemán), lo que provocó fuertes enfrentamientos con su hermano, aunque eso no impidió que ambos cooperaran en la actividad clandestina.
Karl Brauner colaboró en la elaboración del periódico clandestino de la FAUD Soziale Revolution, que él mismo reducía de tamaño con ayuda de la fotografía. Desempeñó la misma actividad para el KPD-O, el Partido Comunista de Alemania-Oposición, del que pasó a ser miembro tras la toma del poder, la Machtergreifung de Hitler. Junto con su novia Irma, formó parte de la denominada «Leipziger Meute». En este grupo juvenil clandestino se habían unido de manera informal, tras la «toma del poder», antiguos miembros de la Juventud Sindical del Sector de la Imprenta y de la Juventud Libre. Se reunían los domingos para hacer excursiones y mantener debates políticos, normalmente en casa de la familia Götze.
Como tras la disolución del KPD-O de Leipzig temía ser detenido, Karl Brauner viajó legalmente a Barcelona en octubre de 1934. Lo acompañó Annemarie Götze, de diez años, hija de Ferdinand y Elli Götze. Esta última ya llevaba algún tiempo viviendo en Barcelona. En Barcelona, Karl Brauner se compró primero una bicicleta y viajó durante medio año por España para conocer el país y aprender el idioma. Se ganaba la vida vendiendo postales pintadas por él mismo. Gracias a la mediación del anarcosindicalista alemán Helmut Rüdiger, que ya vivía en Barcelona desde 1932, consiguió un trabajo en una imprenta. Gracias a su buena formación, pudo crear allí un departamento de impresión offset con servicio de pruebas. Su jefe era un antiguo anarquista que, junto con Rüdiger, planeaba la publicación de un diccionario anarquista. (…)
A principios de 1935 vivían en Barcelona unos 20 anarcosindicalistas alemanes, que se habían agrupado en el Grupo de Anarcosindicalistas Alemanes (DAS). Karl Brauner no era miembro del DAS. Sin embargo, como vivía con Elli Götze y Rudolf Michaelis, realizó unos dibujos para la revista Die Internationale, publicada por el DAS: de Erich Mühsam y Marinus van der Lubbe, así como un dibujo del Reichstag en llamas.
«Este Karl es un joven sin formación alguna» —escribió Rüdiger a su esposa Dora—. «Parece un buen chico, tiene algo de oso. Su biblioteca es la de un joven comunista alemán; seguro que no tiene ni idea de nuestras ideas, ni ha leído nada sobre este tema». Sin embargo, esta caracterización de Rüdiger debe matizarse. Los «maestros» de Karl Brauner en Barcelona eran el matrimonio formado por Ewald y Ella König, que pertenecían al KPD-O y regentaban una librería en la Rambla. Allí se celebraban debates políticos tras el cierre de la tienda. En 1935 se debatieron intensamente en este círculo los libros El fascismo en el poder, del teórico socialista de izquierda Fritz Sternberg, y Psicología de masas del fascismo, de Wilhelm Reich. En retrospectiva, Karl Brauner se refirió a este círculo de debate como su «universidad». (…)
En 1935 llegaron también a Barcelona Ferdinand e Irma Götze. Su hermano Waldemar se había marchado a la Unión Soviética, donde probablemente fue asesinado durante las purgas. Anna Götze fue detenida en 1937, condenada a varios años de prisión y liberada por el Ejército Rojo en el campo de concentración de Ravensbrück en abril de 1945.
Sin embargo, Karl Brauner no solo se relacionaba en Barcelona con emigrantes alemanes y compañeros de ideas afines, sino que estaba integrado en el movimiento español. En retrospectiva, escribió sobre sus primeros años en España: «Era joven, tenía un gran interés por la política y contaba con amplios conocimientos profesionales y técnicos. Además, tenía la capacidad de adaptarme rápidamente; la mentalidad española me resultaba afín, la respetaba, la amaba, encajaba con mi forma de ser. Así pues, no es de extrañar que me organizara, me comprometiera y entablara amistades sólidas. (…) Políticamente, al principio fui miembro del sindicato CNT (Confederación Nacional del Trabajo); poco a poco fui comprendiendo los asuntos internos. Me veían como un camarada, no como el alemán, el extranjero. En resumen: era uno de los suyos».
Karl Brauner participó en los preparativos de la revuelta de la CNT. En Horta, una pequeña localidad cercana a Barcelona, se habían almacenado armas y explosivos en un granero. Junto con un hombre de la Alta Silesia, probablemente Bernhard Pacha, que ya llevaba varios años viviendo en Barcelona, fue uno de los responsables del cuidado de las armas y los explosivos, que se repartieron entre los miembros de la CNT poco antes del levantamiento del 19 de julio de 1936. En la noche del 19 de julio, cuando comenzó el levantamiento en Barcelona, Karl Brauner participó en la construcción de las barricadas en su barrio.

La participación en el levantamiento de Barcelona no solo supuso para los antifascistas alemanes un acto de solidaridad con sus camaradas españoles, sino que además se vieron enfrentados a su enemigo directo: los miembros alemanes de la Organización del NSDAP (Nota de la E.: el partido liderado por Hitler) en el Extranjero (NSDAP-AO), que intervinieron en los combates del lado de los militares. Desde el Club Alemán de la calle Lauria, que, como se descubriría más tarde, era una oficina camuflada de la NSDAP-AO, mantuvieron la calle bajo fuego con una ametralladora. Un grupo de la DAS participó en el asalto al «Club Alemán». En él se hicieron con la ametralladora y otras armas. Rudolf Michaelis, que participó en esta acción, escribió lo siguiente al respecto:
«Aún recuerdo con exactitud el único acto destructivo. En la sala de reuniones del Club Alemán colgaba un retrato de Hitler. Lo agarré y lo lancé por la ventana; se hizo añicos en la calle entre los aplausos de la multitud que había seguido nuestra acción. El contenido de los escritorios y los archivadores se cargó en el camión que nos había llevado hasta allí. «¿Por qué no se quema esta basura?», me preguntaron. «Porque entre estos documentos se encuentra el fichero de miembros de los nazis y hay otras pruebas que arrojan luz sobre la red de la organización nazi en toda España», fue la lacónica respuesta. Y así fue, de hecho. El 19 de julio de 1936 desarticulamos una potente organización nazi en España».
Sin embargo, el grupo DAS no solo encontró documentos de la NSDAP-AO, sino que, durante el registro de la vivienda, los miembros del DAS Willi Winkelmann y Karl Brauner también incautaron pasaportes alemanes en blanco, que más tarde resultarían de gran utilidad.
El grupo DAS registró en los días siguientes otras instituciones y empresas alemanas en Barcelona. Según el informe del cónsul general alemán en Barcelona del 24 de julio de 1936, se registraron los siguientes lugares: la oficina y la sede municipal del Frente Alemán del Trabajo, las oficinas de las secciones local y regional del NSDAP, la Deutsche Krankenkasse (la Caja Alemana de Seguros de Enfermedad), el DAAD (el Servicio Académico Alemán en el Extranjero), la compañía naviera Baquera, Kusche y Martin, la vivienda de la prometida del jefe de la sección regional del NSDAP, la Iglesia Evangélica y la escuela alemana. Sin embargo, no fue así —como escribió el cónsul general— que «bajo el liderazgo de judíos y comunistas alemanes se registraran, destruyeran y saquearan de forma totalmente indiscriminada instituciones, empresas y viviendas alemanas», sino que el grupo DAS había recopilado sistemáticamente, durante esos registros, documentos de los que se desprendía que la NSDAP-AO había cubierto toda España con una red de células del partido y suborganizaciones como, por ejemplo, la DAF, colaboraba estrechamente con los fascistas españoles, ejercía presión política sobre los alemanes residentes en España e influía en la política y la economía del país.
La CNT (Confederación General del Trabajo), que en aquel momento ostentaba de hecho el poder en Barcelona, delegó en la DAS el control sobre todos los extranjeros de habla alemana residentes en la ciudad. Esto incluía el control militar, postal, portuario y ferroviario, así como el derecho a realizar registros domiciliarios a los extranjeros de habla alemana sospechosos de simpatizar con los nacionalsocialistas. Según informes del cónsul general alemán, hasta noviembre la DAS había allanado al menos 60 viviendas. La DAS confiscó objetos pertenecientes a nazis fugitivos y los entregó a los comités revolucionarios y a las milicias. La casa del representante alemán de la empresa Merck fue requisada por el grupo DAS para convertirla en una casa de acogida. En la empresa Merck trabajaba como apoderado uno de los más importantes funcionarios nazis en España, el jefe del grupo regional Anton Leistert. Los documentos incautados por la DAS se publicaron a principios de 1937 en el denominado Libro Negro y Rojo. Documentos sobre el imperialismo hitleriano.
Karl Brauner ya no participó en estas actividades. Apenas unos días después del levantamiento, el 24 de julio, partió hacia el frente de Aragón con la Columna Durruti. Su jefe, que seguía trabajando como empleado en su empresa, le había proporcionado un equipo fotográfico. Al principio estuvo con camaradas catalanes y luego se incorporó al Grupo Internacional de la Columna Durruti, en el que combatían sobre todo franceses y alemanes.
A mediados de septiembre de 1936, el Grupo Internacional fue desplegado en los combates por la localidad de Sietamo, que fue conquistada tras sufrir graves pérdidas. Karl Brauner resultó gravemente herido por un disparo en el pecho y, para su pesar, también se perdieron las numerosas fotos que había tomado hasta entonces.
Tras una estancia en el hospital militar, decidió volver al frente en noviembre. Se reincorporó al Grupo Internacional, que en aquel momento contaba con unos 100 alemanes y tenía su cuartel en Velilla de Ebro. En el frente de Aragón, durante el invierno y la primavera de 1936/37, rara vez se produjeron enfrentamientos bélicos con las tropas franquistas. Por ello, los debates en torno a la militarización de las milicias prevista por el Gobierno fueron aún más acalorados. La mayor parte del Grupo Internacional aceptó la militarización, aunque con importantes restricciones: ausencia de la obligación de hacer el saludo militar, igualdad salarial, libertad de prensa y de debate, y la creación de comités de soldados.
Junto con Ernst Galanty, Karl Brauner participó en la redacción de estas reivindicaciones. Galanty, que había dirigido el KPD-O clandestino en Leipzig y a quien Karl Brauner había conocido allí bajo su nombre de guerra, aunque no personalmente, había llegado a Barcelona desde Amberes en octubre de 1936. En aquel momento aún era marxista, pero se unió conscientemente a una unidad anarquista. «Para alguien que proviene del movimiento obrero alemán», escribió en su primer informe a los compañeros del KPD-O, «la CNT-FAI (Nota de la E.: La CNT-FAI fue la alianza estratégica e ideológica formada por la Confederación Nacional del Trabajo y la Federación Anarquista Ibérica, convirtiéndose en la fuerza revolucionaria más influyente del movimiento anarquista español durante la Segunda República y la Guerra Civil Española) representa el fenómeno más importante e interesante». Pronto entabló una estrecha amistad con Karl Brauner.

En el marco de la militarización, el Grupo Internacional pasó a denominarse Compañía Internacional, que formaba parte de la 26.ª División (la antigua Columna Durruti) del Ejército Popular Español y tenía su cuartel en el pueblo de Pina de Ebro. Sin embargo, esta reorganización no puso fin a los debates en la compañía, sino que estos se agudizaron aún más. Rudolf Michaelis, delegado político de la Compañía Internacional, se oponía a los comités de soldados, lo que provocó intensas disputas con un grupo formado por Galanty, Brauner y los suizos Paul y Clara Thalmann, que finalmente llevaron a que estos se separaran de la compañía en marzo de 1939.
De vuelta en Barcelona, Karl Brauner y Ernst Galanty, junto con Paul Heiberg, miembro de la DAS, se unieron en abril de 1937 al llamado «Batallón de la Muerte» . El Batallón de la Muerte, creado por el ministro de Economía anarquista Santillán, dependía del Gobierno catalán y estaba considerado como una de las unidades anarquistas mejor entrenadas. El entrenamiento tuvo lugar en un castillo cercano a Barcelona. En junio de 1937, el Batallón de la Muerte fue desplegado en la ofensiva republicana en el frente de Aragón. El Batallón de la Muerte recibió la orden de atacar, a pesar de que los 900 hombres solo disponían de 150 fusiles. Se suponía que las armas debían ser capturadas durante el combate. Esas órdenes fueron dadas por el mando del ejército, dominado por los comunistas, con el fin de sacrificar a las unidades anarquistas. Por desobedecer las órdenes, un comandante fue condenado a muerte, mientras que Karl Brauner, Ernst Galanty y Paul Heiberg fueron condenados a veinte años de trabajos forzados. (…)
Los tres prisioneros fueron encarcelados en la fortaleza de Cartena. Primero lograron escapar Karl Brauner y Ernst Galanty, y más tarde también Paul Heiberg. Ernst Galanty, cuyo nombre original era Isi (-dor) Klappholz, abandonó España con un pasaporte falsificado por Karl Brauner a nombre de su nuevo nombre y de allí se dirigió a Noruega. Karl Brauner siguió viviendo en Barcelona, pero en julio de 1938 fue detenido de nuevo y permaneció recluido en un cuartel de Barcelona casi hasta el final de la Guerra Civil. (…)
Tras la toma de Barcelona el 25 de enero de 1939 por las tropas franquistas, Karl Brauner se vio en medio de la oleada de refugiados, compuesta por medio millón de personas, que se dirigía hacia la frontera francesa. Allí fue internado en el campo de Argelès-sur-Mer. El campo no era más que una extensión de arena en la playa, rodeada de alambre de púas y vigilada estrictamente por tropas coloniales francesas. Las condiciones ponían en peligro la vida de los internos (…)
Brauner compartió con Helmut Klose, el «poeta vagabundo» berlinés y anarcosindicalista —que tras los días de mayo en Barcelona había sido detenido por la policía secreta comunista como «contrarrevolucionario» y había permanecido en prisiones españolas hasta diciembre de 1938— un hoyo en la arena que les servía de protección contra el frío viento. (…)
En abril de 1939, los combatientes extranjeros de la Guerra Civil Española fueron trasladados desde los campos de Argelès y St.-Cyprien al campo de Gurs, en los Pirineos. Allí se produjeron de inmediato graves conflictos entre la dirección del campo —en la que los comunistas tenían la mayoría— y un numeroso grupo de combatientes de la Guerra Civil Española que no querían someterse a su dictado. Más de 100 de los 600 combatientes alemanes de la Guerra Civil Española se organizaron por separado en el campamento alemán y se autodenominaron «9.ª Compañía», en referencia al nombre de su cuartel. (…)En octubre de 1939, Karl Brauner fue liberado del campo. Tras la guerra, escribió a su amigo Helmut Klose, que vivía en Inglaterra desde 1939, sobre lo que le sucedió a continuación:
«Mi camino tras nuestra separación (campo de Gurs) se asemeja a la imagen de un paisaje lunar. En él se materializan todas las ideas que los seres humanos podemos tener de semejante paisaje: frío glacial, calor abrasador, negra oscuridad como el azabache y luz deslumbrante, desierto desolado, tumbas espeluznantes, desgarro y muerte, repugnancia y —a pesar de todo ello— ¡amor, cálido amor reconciliador! Aún tengo presente aquel día soleado de nuestra despedida de entonces; luego llegó aquella catástrofe, aquella locura que pareció sacudir el mundo de sus cimientos. Fue entonces cuando la rueda empezó a girar. Por aquel entonces trabajaba en las fotografías del campo de internación. Gracias a ese trabajo, de vez en cuando conseguía ir a la ciudad, a Pau. Pronto, Pau se convirtió en «mi lugar». Gracias a los conocidos que hice allí, conseguí trabajo. (…) Ya al cabo de unos pocos días, me habrías visto desenvolviéndome como un perfecto «vendedor de carbón». (…) El trato con los civiles me ayudó, en pocas semanas, a superar los escollos de la lengua francesa, que en el campo parecían insuperables, y así fue como pronto se desarrolló una relación bastante tierna con una chica encantadora. Dada mi franqueza y mi naturalidad en esos asuntos, rápidamente unimos nuestras escasas pertenencias y compartimos con sinceridad las pocas cosas buenas que la vida nos podía ofrecer. Helmut, aquello fue como un rayo de sol.»

«Pronto dejé el negocio del carbón y me dediqué a la fotografía. Allí encontré una satisfacción que hizo que todo fuera aún más feliz. —Entonces, la desgracia se abatió de la noche a la mañana. (…) .»
«Pero ya al cabo de catorce días pude ver con mis propios ojos cómo la Garde Mobile, hasta entonces tan todopoderosa, intentaba disolverse en la nada. (…) En aquel ambiente de pánico, tanto entre los jefes como entre los guardias, todo se disolvió en alegría. ¡Fuera, fuera de Francia! Y entonces comenzó una frenética huida hacia la costa atlántica. Había barcos, pero la mayoría no nos llevó.»
Los alemanes avanzaban a lo largo de la costa; los trenes se dirigían hacia el Mediterráneo. Entre esos refugiados estábamos Frank, Irma Götze y yo; todos los demás conocidos se habían dispersado en todas direcciones, pero avanzaban en la misma dirección: hacia el Mediterráneo.
Nos quedamos en Port Vendres, un pequeño puerto en la frontera con España. Me encontré con Irma Götze por casualidad justo antes del desmantelamiento del campo de Gurs. Nos habíamos distanciado, ya no sentía ningún vínculo con ella y decidimos separarnos. No fue fácil. Frank se quedó. Al principio, la vida era precaria. Conseguí trabajo con un fotógrafo. Fueron buenos tiempos. Hasta que la policía, recuperada del susto, reanudó su labor. Con eso se acabó la tranquilidad.
Nos fuimos a Marsella. (…) Entré en contacto con marineros y con el sindicato de trabajadores del transporte. Con ellos colaboré en el embarque clandestino de judíos. En enero de 1940 se descubrió todo. Me detuvieron y me dejaron «en paz». Un año en la cárcel, un año de hambre y desesperación. Prefiero ahorrarte la descripción de ese año (…)».
A través de marineros alemanes de la Federación Internacional de Trabajadores del Transporte (ITF), con los que había entablado amistad en España, Karl Brauner había entrado en contacto con el sindicato francés de trabajadores del transporte. En Gurs, Brauner había recibido ayuda del ya mencionado Kurt Lehmann, que por entonces se encontraba en Marsella. Así consiguió una dirección de contacto en Marsella. El «trabajo» de Karl Brauner consistía en falsificar visados del consulado uruguayo. La policía le siguió la pista a raíz de una denuncia.
«El tiempo se había acabado y yo seguía vivo; con 48 kg de «peso vivo», debía someterme a la siguiente «cura de hambre». Karl Brauner fue enviado al campo de internación de Les Milles. Allí se encontró con el marinero de la ITF Harry Bahlke. Ambos huyeron del campo y se escondieron en Marsella. Encontraron refugio en una secta cristiana italiana. Willy Joseph, uno de sus compañeros de España, escribió desde Nueva York en julio de 1941 a Edo Fimmen, secretario general de la ITF, para comunicarle que había recibido de ambos «una carta desesperada desde Marsella».
Poco después, gracias a la ITF, Bahlke obtuvo un visado para México, donde, nada más llegar, se esforzó por conseguir también un visado para Karl Brauner (…) Supuestamente su visa habría llegado demasiado tarde. Mientras tanto, Karl Brauner había vuelto a ser detenido e ingresado en un campo de internación. «Ya era demasiado. Junto con otros dos, decidimos fugarnos. Lo conseguimos. Cruzamos la línea de demarcación. En Châlons-sur-Saône, las cosas se complicaron. Habíamos sido imprudentes. Los alemanes nos atraparon. El plan era pasar a la clandestinidad en París. París estaba ocupada y la policía francesa saboteaba las medidas de los alemanes. Para gente como nosotros, eso supuso un alivio. El plan era bueno, pero la ejecución dejó mucho que desear.
«En fin, me detuvieron, me reconocieron y me enviaron de vuelta a Alemania. De nuevo, en pocas palabras. Aún recuerdo con horror aquellas horas en la Gestapo de Châlons; en Leipzig, el calvario volvió a empezar. Pero eso también pasó. Durante la sentencia en Dresde, apareció Irma. La habían detenido unos meses antes en París y, por el mismo asunto que tuvo lugar en los años 33-34, la habían condenado a dos años de prisión. A mí me condenaron a dos años y medio.»
En lo que respecta a esta sentencia, Karl tuvo mucha «suerte» en medio de la desgracia. Y es que solo fue condenado por sus actividades en la «Meute» de Leipzig y por trabajar ilegalmente para la FAUD. Si la Gestapo hubiera sospechado siquiera que había participado en las acciones contra instituciones alemanas en Barcelona, eso habría supuesto su sentencia de muerte (…)
Tras su condena, Karl Brauner ingresó en la prisión de Waldheim. «Eran los últimos dos años y medio del régimen de Hitler», escribió a Helmut Klose. «Eso lo dice todo. Las consecuencias de toda esa «agitación y los períodos de encarcelamiento» empezaron a afectar a mi constitución física. Un día, tras un reconocimiento médico masivo de la «Wehrmacht», se descubrió que padecía tuberculosis pulmonar. Ese fue, más o menos, el golpe más duro que jamás he recibido. Tardé tres días en asimilarlo. Tres días de lucha constante entre la razón y la desesperación. Entonces venció mi inquebrantable voluntad de vivir, y eso fue mi salvación. Para los nazis, los enfermos solo eran una carga. Por eso, había que deshacerse de ellos. Los enfermos de tuberculosis estábamos recluidos en un edificio de celdas de la Edad Media, adaptado para este fin. Había 120 reclusos, de los cuales morían entre 25 y 30 cada semana. Gracias a las nuevas admisiones, esta cifra se mantenía siempre más o menos igual. Gracias a una serie de circunstancias afortunadas, sobre todo a mi talento como pintor, terminé pasando un año más en Silesia. Allí la situación era soportable. En enero de 1945, los rusos, que estaban avanzando, me liberaron. Me quedaban aún catorce días más de condena. ¡Estaba libre, pero enfermo, aunque aún no derrotado!».
El talento pictórico de Karl Brauner fue su salvavidas en todas las cárceles. Ya fuera en Marsella, en Leipzig o en Waldheim, en todas partes realizaba bocetos a partir de fotografías, dibujos para los guardias o los kapos. A cambio recibía raciones adicionales de comida y, en Waldheim, un guardia intercedió para que lo trasladaran a la prisión para enfermos pulmonares de Glatz (Silesia).
Tras la caída del régimen nazi, Karl Brauner regresó a Leipzig. «Aquí he conseguido el puesto de maestro en una imprenta y esto me proporciona una relativa satisfacción», le escribió a Klose.
(Había quienes) opinaban que en la RDA se había hecho un ajuste de cuentas más riguroso con el nacionalsocialismo. Karl Brauner también compartía esta opinión. A pesar de toda la «retórica», estaba convencido de que en la RDA se había hecho realidad, en cierta medida, el socialismo, aunque allí él se había visto marginado políticamente al principio y sus experiencias en España eran un tema tabú. No se le reconocía como luchador de la resistencia antifascista, ni era miembro del SED. Solo ante la insistencia de los antiguos compañeros de la FAUD, Richard Thiede y Paul Heiberg, se convirtió en 1969 en miembro activo del SED y, más tarde, del PDS.

La reunificación no fue para él motivo de alegría política, aunque a principios de 1990 pudo cumplir el deseo tan largamente anhelado de volver por fin a viajar a España. España fue y siguió siendo, no solo para Karl Brauner, la gran pasión de su vida, aunque durante 50 años la viviera casi exclusivamente «en privado». « Frío por fuera, pero ardiente de pasión por dentro ».
Artículo completo, con fuentes, en alemán: aquí.
Más información: Volker Hoffmann www.weltfilme.de www.instagram.com/weltfilme
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