Tren sin retorno

La historia de la tía berlinesa Gilda, recluida en el país que la vio nacer e impedida de salir para visitar la tierra que la vio amar y combatir. «Un homenaje personal a aquella gente admirable que luchó por la España libre.» Un cuento de Felipe Orobón que compartimos con motivo del 90º aniversario de la Revolución Española. Y en el marco del ciclo de cine ¡A las barricadas!, que se presenta estos días en la Brotfabrik Berlin con la participación del propio autor.

–Había en Orán una luna enorme, que casi podía tocarse con la mano, no como esta galleta pálida de aquí, que parece un trozo de hojalata sobre los tejados –dice Gilda en tono soñador, cuando llega a ese punto de su relato. Miro instintivamente hacia afuera por el ventanuco abuhardillado que da a la plaza, mojada y brillante bajo la triste luz de las farolas, con sus vitrinas apagadas como las de todos los comercios en este desolado barrio de ciudad comunista. Confirmando sus palabras, sobre la esquina de la farmacia flota un sucio cuarto y mitad de luna alemana, encaramado en el cielo como a un palmo de las últimas ventanas, por encima de las cornisas de estuco con su revocado a medio caer, la vetusta cubierta de tejas de pizarra, las chimeneas desconchadas. Pienso en el cielo argelino bajo el que viviría mi anfitriona aquellos tres breves años y me recorre una agradable ola de calor. Vuelvo a arrellanarme en el pardo sillón desflecado, agarro con las dos manos el pote de aluminio lleno de té caliente y continúo escuchando. Estoy cómodo, en el exterior la tarde es desapacible, lluviosa y fría, pero en este humilde cuartito de estar de Gilda bajo el tejado, atestado de estantes con libros que resienten la humedad de las paredes mal aisladas y separado de un minúsculo dormitorio por una puerta abierta, hay té, una estufa de butano que ronronea de vez en cuando, y un relato cuyo final conozco. El final, de hecho, sentado en el segundo sillón que tiene el cuarto, me está mirando ahora mismo desde el otro lado de la mesa del té, y tiene la forma de una encantadora abuelita de blancas sienes. Mi tía Gilda.

Aunque hoy tengo el privilegio de escuchar la historia en boca de su protagonista, un privilegio que nadie ha tenido durante cincuenta años en mi familia, puedo afirmar que ya domino casi a la perfección todos sus detalles. Esta historia ya se ha susurrado antes en Madrid, en Valencia, en León, allá donde quedan familiares ancianos, siempre con tiempo para narrarle al más joven la aventurera vida de la lejana tía que no puede volver. Se me ha contado tantas veces que ya casi me aburre. Y además, sinceramente, yo no sé por qué dicen que la realidad siempre supera a la ficción: en el caso del destino humano es fácil observar que no se dan tantas vueltas ni se viven más aventuras que las que una época distribuye generosamente por doquier. El destino, palabra pomposa, puede compararse, según mi opinión, con una estación de trenes de largo recorrido y final incierto: basta con subirse a alguno de esos trenes para acabar en algún lugar desconocido, tras un viaje más o menos prolongado.

Mi tía la berlinesa, desde luego, con todo su ser y con plena conciencia, se subió en el de la República Española junto a mi tío carnal. Un tren para el que habían sacado billete también algunos millones de españoles. El viaje de ese tren por territorio ibérico duró bastante poco, unos ocho años, y durante él perdió a mi tío, su cuerpo atravesado una mañana de noviembre por una bomba alemana a los pies de la Cibeles, en la batalla de Madrid. Ya lo sé. También sé quién le ayudó a llegar hasta Valencia, y quién logró introducirla en el Stanbrook, el último barco que zarpó, atestado de gente, del puerto de Alicante antes de que entrasen las tropas mandadas por la Junta de Burgos. Todo eso lo sé, la huida de Madrid en palabras de mi padre, el barco de Alicante en palabras de mi abuelo. Y la llegada a Orán, y los tres años de vida en Argelia que ahora me cuenta, con esa nostalgia de la enorme luna magrebí, que resulta tierna en una anciana. Tres años trabajando como cajera de un cine, que terminaron obligatoriamente al llegar a África las tropas de Rommel, cuando los solícitos franceses fieles a Vichy comenzaron a ayudar a la Gestapo con mucho celo y ella, doblemente exiliada de España y de Alemania, hubo de continuar huyendo.

Todo está contado en voz baja en la familia, y en parte escrito de su puño y letra, en cartas y más cartas que fueron llegando a casa de mis padres en el curso de los años, no pocas abiertas por la censura. Así es que hoy, si bien será en boca de la propia tía, en versión original, por así decirlo, estoy seguro de que no escucharé nada nuevo. El barco a Marsella. Sus años en París durante la ocupación, primero clandestina y escondida por los escasos amigos españoles que no tenían por qué temer una inspección de la policía francesa, tan amablemente colaboradora con el ocupante, y después la posguerra, con estatuto de exiliada española y con trabajo francés de bibliotecaria, pero también con la prohibición de pisar suelo español. Los sesenta, la oferta de un puesto en la biblioteca hispana de Berlín, su ciudad natal. Son noticias que han resonado en casa durante toda mi infancia, que se decían en un tono muy bajo pero festivo, como si al pronunciarlos, los avatares de la vida de Gilda sirvieran para ver algo más claro, algo situado más allá del plomizo ambiente que nos rodeaba y de los miedos inexpresables de mi familia, algo que estaba bien lejos pero que seguía vivo y batallando y que por el hecho de estarlo producía alegría, algo especial que yo, de niño, jamás pude entender. Hoy, desde mis casi treinta años y ya algo aburrido de las historias familiares, supongo que ese algo tiene que ver con aquel tren español que tantos tomaron por entonces.

 En todo caso, ahora y aquí, en esta tarde de noviembre de 1988 lluviosa y helada sobre Berlín Este, no está mal oírle a Gilda la relación de su vida, incluso aunque carezca de sorpresas y aunque la narradora salte por encima de las fronteras, de las personas y de las décadas con la facilidad de un ave migratoria. La memoria aún no le falla, de lo que no tarda en darme prueba. Comienza a hablar ahora del frente de Madrid; menciona ocho apellidos germánicos sin respirar, y hace después la pantomima de escupir unas bilis imaginarias: –Canaris. Woltendorff. Herzberg. Schlank. Finkelhamm. Teufel. Schimmelpfort. Küster. Me ha costado años averiguarlo, y he perdido el derecho a viajar, pero ahí los tienes. Todos responsables, y uno de ellos el brazo ejecutor. Uno de ellos es el asesino directo de tu tío.

No le doy mucha importancia, estoy amodorrado en el viejo sillón de fieltro pardo deshilachado, la estufa crepita agradablemente y fuera resbalan las gotas del otoño en los cristales. Todo suena muy lejano, y ahora Gilda relata cómo en los sesenta, cuando ya estuvo más o menos segura de la solidez de su puesto, comenzó a investigar desde la misma biblioteca en que trabajaba los detalles de los primeros bombardeos en España de la Legión Cóndor. Los primeros vuelos de los Junker con misión de descargar bombas, que probablemente sirvieron de entrenamiento para Guernica, se efectuaron en noviembre de 1936 sobre Madrid, sobre el centro de la ciudad y sobre los pueblos del extrarradio, como Vallecas o Getafe. Como si fuera la cosa más importante y urgente que hubiera que hacer ahora mismo, Gilda dice:  –Así que ya lo sabes, ahora que os han quitado ahí abajo la mordaza, pregunta en Madrid qué hacían los alemanes matando a tu tío en la Plaza de Cibeles.

Recuerdo La forja de un rebelde, de Arturo Barea, leída con prisas en el tren que me ha traído hasta Berlín Oeste. Recuerdo la página en que Barea narra la muerte de mi tío, y el cuento en que describe con nombres y apellidos el ametrallamiento aéreo de Vallecas con sus víctimas civiles. Claro que es impresionante que una venerable anciana de Berlín Este lo mencione, pero tampoco es nada nuevo. Son historias viejas, agua pasada que poca relación guarda ya con mi vida ni con la de una mayoría de los habitantes de la moderna España, profesional, europea y democrática. Sonrío con amargura e intento decírselo. Han pasado tantos años, tía. Todos sabemos lo inhumano que fue el fascismo, tía. Pero ella me mira como tasando mis fuerzas, como si me hubiera pasado un valioso paquete, como si hubiera depositado en mí una esperanza, y pasa a la historia de su encierro:

–Y precisamente a resultas de aquella recherche comencé a tener problemas. Fue así: cuando por último, en 1970, se me ocurrió escribir a la NVA, el Ministerio del Ejército de la Alemania del Este, y reclamarles información archivada en 1936 sobre pilotos y responsables de la Legión Cóndor, se me advirtió extraoficialmente que la República Democrática consideraba reservadas esas informaciones, por su importancia estratégica y antifascista. ¡Silenciar los crímenes de guerra, estratégico y antifascista! Y lo decían los mismos que han construido el muro que transforma este país en una cárcel, y que todavía lo llaman muro de protección antifascista… Pero yo tenía ya sesenta añitos, y después de lo vivido no me iban a callar tan fácilmente. Así es que envié cinco cartas burlándome de que para hacer antifascismo hubiera que proteger nombres de criminales, y tuve la mala suerte de que fuera un periódico del otro lado el que publicase una. Ahí tengo el recorte archivado. Claro, los pobres periodistas de aquí, del Este, los del Neues o del Berliner, no hubieran podido hacerlo, seguían besándole el culo a Stalin…

No está indignada, está razonando con frialdad, como si no fuera a ella a quien le hubieran retirado el pasaporte y prohibido abandonar el país con efectos inmediatos desde entonces. La verdad es que, como prisión, la Alemania comunista es vasta. Dicen que tiene bosques y lagos interminables, y que el turismo nacional no está nada mal. Al menos mientras el turista no se acerque demasiado al muro de protección. Pero el hecho es que Gilda lleva ahora mismo casi cincuenta años sin poder ver a la única familia que le queda:  nosotros, los hermanos, cuñados y sobrinos españoles de su amor, que cayó destrozado frente a la diosa Cibeles. Y antes de que yo le pueda expresar de la manera más calurosa posible el apoyo de toda la familia, que –aparte de un libro– es en esencia lo poco que le he traído, para lo que he sacado una ida y vuelta en tren Madrid-Berlín y viajado cuatro días hasta esta buhardilla sobre una plaza triste y mojada, continúa:

–Dos países se han empeñado en separarnos. Parece un chiste, pero es verdad. Veintitrés años sin poder entrar en España, y ahora dieciocho sin poder salir de la Alemania “antifascista”. Burlas de la vida, unas puertas que se abren mientras otras se cierran, años en los tú no puedes entrar y el otro no puede salir, y luego años en los que tú no puedes salir y aquél no puede entrar… Pero en fin, tal vez haya sido mejor así.

Tampoco ese drama es nuevo. En casa llevamos años comentando la ironía del destino, mirándonos los unos a los otros sin entender bien del todo la gravedad del delito cometido por Gilda, que la obliga a estar recluida en el país que la vio nacer, y le impide salir para visitar al país que la vio amar y combatir.

Sólo mi padre, hasta su muerte, sabía mirar de otra manera cuando el tema salía a relucir. Yo creo que a mi padre no le extrañaba nada, que después de siete años de cárcel, y de una precaria vida civil en la España cuartelera de posguerra, con visitas periódicas a nuestra casa de la Brigada Político-Social, sin pasaporte y sin derecho a abandonar el país hasta 1970, no le extrañaba ya nada. Y que por eso, cuando poco después le llegó la noticia de que a Gilda la encerraban detrás del muro y le prohibían obtener un visado que le permitiera salir de Berlín Este, se limitaba regularmente a jugar sobre la mesa con su propio pasaporte nuevo, flamante, el escudo aún con yugo y flechas grabadas en trazo dorado sobre la gruesa cartulina verde de la cubierta, y a mirarlo levantando las cejas, con aquellos ojos suaves y tristes suyos.

Ahora mi tía me pregunta precisamente por mi padre, y se dispone a hacer para mí un nuevo alarde de memoria. Mi padre, que nos dejó hace ya tres años –nunca llegaría a utilizar su pasaporte, ni el de la España golpista ni el de la España constitucional–, tuvo siempre a Machado como poeta de cabecera. Cuando se sintió enfermo de muerte, en aquella maldita primavera triste de 1985, nos rogó llevar (enviar, dijo él) su ejemplar de Soledades a Gilda, encerrada en Berlín. Soledades, de Antonio Machado, aunque algo manoseado por el guardia de servicio en la frontera, ha conseguido esta mañana atravesar la aduana subterránea de la Friedrichstrasse, una parada de metro repleta de garitas policiales y de colas, puertecita maloliente en el telón de acero que divide dos modelos de Europa. Saco el libro del zurrón, y se lo alargo. Sin abrirlo, Gilda recita:

– Al borde del sendero un día nos sentamos.
        Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita
      son las desesperantes posturas que tomamos
    para aguardar… Mas Ella no faltará a la cita.

Esto sí que no lo entiendo, ahora la pobre llora con los ojos cerrados, la cabeza erguida y el libro apretado con las dos manos contra su pecho. Demasiadas emociones para una tarde, supongo. Como inquietándose por ella, la estufa lanza un leve crujido. Gilda se rehace, limpia con los dedos los claros ojos húmedos, echa un vistazo al reloj y me dice: –No puedes entenderlo. No sabes lo que se siente en la guerra, ni por qué, por quién me quedé yo en el frente de Madrid dos años más tras la muerte de tu tío. Y a estas alturas, no puedes ya preguntarle a nadie.

Ahora, por primera vez en toda la tarde, noto una inquietud en el estómago. En efecto, ¿por qué Gilda, alemana de pasaporte español, republicana de primera hornada, implicada hasta la médula con grupos sindicales de milicianas durante la guerra y candidata evidente al paredón en caso de derrota, no abandonó la ciudad antes, por qué se evacuó a Valencia a última hora y salió de Alicante con el último barco? ¿Después de cinco años de compromiso político y tres de guerra, por qué tanta imprevisión en alguien inteligente? Recuerdo, a la vez, las escasas frases que conseguimos sacarle a mi padre sobre los años en la defensa de Madrid, la laguna de comentarios entre la muerte del hermano bajo las bombas de Cibeles y la entrada de las tropas nacionales treinta meses más tarde, que traerían su propia detención, su condena a muerte que acabó en siete años de cárcel… Aquella derrota catastrófica que, sin embargo, nunca provocaría lágrimas ni gestos sentimentales, sólo un silencio embarazoso en la familia. Algo que ambos podrían haber evitado abandonando antes la ciudad, como hicieran Barea y tantos otros, en dirección a Valencia. ¿Podría ser que …?

–Tía…

Gilda no me deja hablar porque se incorpora lenta desde el otro sillón, tan desvencijado como el que yo ocupo, pero de color rojo, con la mirada ausente y el libro de Machado en la mano izquierda. Con absoluto cuidado, como si fuera un candil de llama vacilante, lleva Soledades hasta el dormitorio y lo deja sobre la mesilla de noche, al lado de una vieja cama metálica. Se gira y ahora me mira socarrona:

 –Bueno, ya está bien de tanto recuerdo, que esto parece una conferencia de historia. Además, tu visado de turista para Berlín Este sólo vale hasta la medianoche. Por hoy tienes que irte a dormir al Oeste. Intenta volver mañana, si es que te dejan pasar. Y si no, no te preocupes. Tu tren puede volver a Madrid. 

Más historias de la Revolución Española y de la Guerra Civil Española en el ciclo de cine:

***el sábado 25 de julio Felipe Orobón participará en el conversatorio tras la proyección del film Memoria viva / Lebendige Erinnerung en Brotfabrik Kino Berlin – Tickets & info aquí

¡Liberémonos del algoritmo! Si te gustó este artículo, te pedimos que te suscribas a la revista para recibir notificaciones de los nuevos artículos en tu propio correo electrónico. Te animamos además a dejar un comentario.


Colaboradores de DESBANDADA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *