Rafael

Un cuento de Andrés Romero-Jódar

«Durante la Guerra Civil española, cerca de 200.000 hombres y mujeres fueron asesinados lejos del frente […] a raíz del golpe militar contra la Segunda República de los días 17 y 18 de julio de 1936. […] Al menos 300.000 hombres perdieron la vida en los frentes de batalla. Un número desconocido de hombres, mujeres y niños fueron víctimas de los bombardeos y los éxodos […]. Alrededor de 20.000 republicanos fueron ejecutados. Muchos más murieron de hambre y enfermedades en las prisiones y los campos de concentración donde se hacinaban en condiciones infrahumanas. Otros sucumbieron a las condiciones esclavistas de los batallones de trabajo. A más de medio millón de refugiados no les quedó más salida que el exilio, y muchos perecieron en los campos de internamiento franceses. Varios miles acabaron en los campos de exterminio nazis.» (Paul Preston, El holocausto español, 2011).


Primera parte

–¡Qué verde está hoy el quejigo del señor! –musitó el fantasma desde el suelo de la dehesa. El oscuro esmeralda de las hojas del roble se mostraba ante él y el tronco, robusto y milenario, emergía desde la hojarasca hacia un sinfín de nudosos sarmientos retorcidos como las venas varicosas del viejo jamelgo percherón.

Un liviano vaivén atrajo su atención y, cual bebé de semanas, deslizó la mirada, despacio, despacio, hasta el bulto tambaleante. Suspendido de una de las carnosas ramas pendulaba oscilante su cuerpo mientras dibujaba acompasado círculos eternos.

–Lamadrequeosparió… –espetó. –Con lo guapo que m´abía puesto hoy y me dejáis ahí colgao, lleno mierda y orines.

El cadáver se bamboleaba fláccido con la brisa floja que acompañaba las pequeñas horas del rutinario amanecer. Su fantasma se sentó frente a él.

–¡Quéijosdeputa! Eso es tener mala follá…

El cuerpo pendía con las manos amarradas a la espalda por un mísero cordel del que, a su vez, ondulaban una banderita y media guirnalda de ferias. Tenía el rostro desfigurado por los golpes y la lengua sobresalía abultada entre los labios. Los ojos desorbitados se habían congelado en la agonía del último aliento y, como realce, en la frente exhibía un horrendo orificio de bala.

–Mis mejores pantalones…

Al fantasma le contrariaba sobremanera que la Isabel pudiera verlo de aquella estampa: acardenalado, deforme, encostrado en sus excrementos. Al expirar se relajaron sus esfínteres y su vejiga e intestinos se aliviaron en sus pantalones de domingo. Tras la somanta recibida, su camisa más distinguida y su único chaleco quedaron solapados bajo una repulsiva mezcolanza de sangre y flema. Además, su gorra había desaparecido, con lo que las incipientes entradas, que tanta vergüenza le daba enseñar, quedaban expuestas a la admiración de cualquier transeúnte.

El fantasma extendió las piernas sobre las calvas de la hierba, se arrellanó entre pequeñas bellotas y negras cagadas de cerdos, y apoyó las manos sobre el suelo cenagoso. Luego dejó que las lágrimas le recorrieran silenciosas las mejillas. 


Aquella jornada había comenzado como una cualquiera, nada espectacular, con sus quehaceres rutinarios sobre el achacoso penco, yendo y viniendo para cerciorarse de que ningún malnacío le hubiese vuelto a descalabrar el cercado al señor. No hacía más de un par de semanas que el marrullero del Matías había intentado agrandar el coto de su amo, a expensas, claro está, del de sus señores. Y no, no, eso no lo iba a permitir. Ahí estaba él para garantizar que se hacía lo correcto, cavilaba Rafael corroborando que el vedado tenía las dimensiones precisas. En aquella ocasión, Rafael, pues así se llamaba el zagal antes de convertirse en fantasma, se lo había dejado bien claro al Matías: aquí no se tontea con las tierras, ¿eh? que si no, lo siguiente es traerme la escopeta y “mecagoendiossinohaycojonesdeusarla.” El Matías reculó, por suerte para Rafael, que no tenía escopeta alguna pero sí mucho arrojo, y se pusieron de acuerdo a regañadientes para tener la fiesta en paz.

Tras pasear por los lindes, la faena continuaba sacando los marranos y dejándolos pacer tranquilamente para que hollasen rebuscando bellotas soterradas. En aquellos momentos de asueto, Rafael asesinaba la modorra cobijado bajo alguno de los frondosos quejigos que se esparcían aquí y allá por toda la dehesa. Bien probaba a leer alguno de los volúmenes que había tomado prestado de la biblioteca ambulante recién llegada al pueblo desde la capital, bien intentaba recordar los lastimeros soliloquios de Segismundo, al que acababa de ver sobre el escenario improvisado de aquella barraca teatral.

Biblioteca circulante

–Esa tarde me dejaste impresionada, ¿eh? –le había dicho la Isa la noche del baile. –Menudo valor tuviste, plantándole cara al Esteban y a toda su cuadrilla de esa manera.

–Isa, que nos iban a reventar la obra –se justificó Rafael bien henchido de orgullo. –Pa’ una vez que pasa algo en el pueblo, y vienen esos idiotas a fastidiarlo todo. Que no, joder, que no. A mí me da igual que sea popraganda republicana, o leches en vinagre. Yo no había visto nunca a ese Calderón y, qué quieres que te diga, no me pareció que tuviese na’ que ver con esas ideas libertarias tuyas.

Misiones pedagógicas

Cuando confinó los marranos de nuevo en su cochiquera ya comenzaba a oscurecer. Atrancó bien los portones y encajó los cerrojos, asegurándose de que los cerdos de los señores quedaban a buen recaudo durante la noche. Tan pronto los hubo enchiquerado, saltó el par de peldaños que lo conducían a su casa. Rafael, a sus ya largos veinticinco años, vivía por entonces con su señor Padre, su señora Madre y seis hermanos sobre el establo. Aprovechaban así el calor de las bestias para templar el duro invierno y entibiar los huesos. Aunque claro, resultaba harto complicado desprenderse del lacerante hedor de los cochinos. Por esto, a cuarenta pasos bien dados desde la vieja casona almacenaban la ropa de domingo en un pequeño chamizo bien aireado. Allí también guardaban una palangana de agua fresca y una pastilla de jabón con que tratar de liberarse del inconfundible tufo.

–¿Sabes si va a ir al baile la Marina? –le preguntó Padre al verlo ya engalanado en sus mejores prendas. –¿Ya sabes, la hija del Joaquín, de los “mataperros”?

–No, Padre, no lo sé –respondió Rafael alzando la mirada al techo sabiendo cómo proseguía la conversación.

–Pues maja moza es, sí, señor. Podrías pasar más tiempo con ella, que me da a mí que le has caído en gracia. Todo el mundo lo dice, y se nota en cómo te mira cuando estáis juntos.

–No sé, padre, puede ser. Igual la veo luego.

–Pues si la ves, sácala a bailar, antes de que se te adelante nadie. Y no seas tonto y te pegues toda la fiesta con la Isa, que ya sabes que con esa no hay futuro, que tiene demasiadas ideas.

–Deja al chico que haga lo que quiera –recriminó Madre y con un “como usted diga, Padre,” Rafael marchó alegre, alegre, camino de la fiesta de la patrona.

La plaza mayor se había vestido de gala. Estaba iluminada a la veneciana, con joviales farolillos rojos desperdigados aquí y allá, alumbrando vivamente la alegría popular que reinaba. Las guirnaldas techaban las cabezas de los vecinos e inmensos blasones tejidos en modernos tapices decoraban la fachada del consistorio. A su frente se ubicaba un recogido templete de columnetas metálicas, desde cuyos capiteles se extendían las cuerdas de las guirnaldas. Estas se llegaban hasta las farolas y cubrían la plaza bajo una colorida tela de araña de estrellas y banderitas. En el templete se había apretujado la banda municipal, que remató el colofón de El niño judío y ya empezaba a tañer la apertura de los sentidos Suspiros de España.

Cuando llegó Rafael ya estaban todos reunidos. Saludó al Matías con un efusivo gesto de la mano y una amplia sonrisa. Agua pasada no mueve molino, pensó, y fue correspondido con similar entusiasmo y camaradería. Agitando un brazo en el aire llamó la atención del Esteban, que orbitaba en el centro del espacio improvisado donde las parejas zascandileaban al son del pasodoble. Esteban, sin detener su baile con la Marina, guiñó un ojo a Rafael; ningún rastro quedaba de aquella inquina pasajera del día del teatro. Y saludando a diestra y siniestra, ora estrechando una mano, ora lanzando dos besos, se abrió paso hasta la Isabel, que participaba elocuentemente en un animado coloquio.

El baile

–… pues no me parece suficiente –decía la joven con pasión, lanzando sus vivarachos ojillos castaños de un interlocutor a otro. –Que votemos las mujeres no nos sirve de nada si no se nos permite tener la misma educación. Educación. Ese es el secreto: acceder a la educación.

La Isa siempre encontraba un buen momento para arengar a sus conciudadanos. Y no le falta razón, pensaba Rafael, qué va, qué va, razón no le falta. Pero mira que es testadura, ¿eh? Y precisamente por esto, Rafael solo tenía ojos para ella.    

–¿Y tú qué piensas, Rafael? Con lo guapo que vienes hoy, seguro que tienes algo que decir –soltó de improviso Isabel. El muchacho se quedó pasmado con la impetuosidad de la joven. ¿Guapo? ¿Había dicho guapo? Rafael se ruborizó hasta las orejas.

–Pues yo qué voy a decir, Isa… –alcanzó a farfullar Rafael. –A mí to’ eso se me queda mu’ grande. Aunque razón no te falta, eso no.

–¡Gracias, salao! –Isa lanzó una carcajada al aire. Aquella risa contenía un infinito de jovialidad, un mundo de felicidad, un reino de alegría en el que Rafael quería vivir para siempre. Toda esa energía, esa inteligencia, ese entender el mundo y querer hacérselo llegar a los demás conmovían a Rafael y hacían que volviese a sentirse como un chiquillo embelesado.


«A partir del 1 de abril de 1939 los vencidos tuvieron que adaptarse a la paz incivil de Franco. La amenaza de ser perseguido, la necesidad de disponer de avales y buenos informes para sobrevivir, podía alcanzar a todo el que no acreditara una adhesión inquebrantable al Movimiento.» Julián Casanova Ruiz, 1 de abril de 2025

«La apelación a la violencia y al exterminio del contrario fueron valores duraderos en la dictadura de Franco que se levantó sobre la Guerra Civil y que iba a prolongarse durante cuatro décadas.» Julián Casanova Ruiz, 13 de mayo de 2025.

Segunda parte

El fantasma desvió sus ojos vidriosos y helados. Se incorporó despacio. Restregó las manos entre sí vigorosamente y se encaminó encorvado hacia dos figuras encapotadas que excavaban el légamo. Con movimientos quirúrgicos y adiestrados, los seres zapaban metódicamente musitando a la vez una simplona melodía que les ayudaba a mantener un ritmo ternario. La mañana estaba despertando y ya emborronaba con suaves matices azules la impecable negrura de la noche. Recortándose contra el incipiente nuevo sol, oscuras siluetas de soldados deambulaban acarreando los cuerpos de otros fantasmas del pueblo. Pese al calor del verano, algunos se cubrían bajo un grueso capote verdoso y solo la bamboleante borla roja en la proa de sus chapiris los distinguía de enfurruñados monstruos silvanos. 

–¡Vosotros dos! –imprecó una figura sombría. –¿Qué hace esto aquí? –espetó señalando al cuerpo de Rafael y frunciendo el ceño bajo una boina negra.

–Señor, este es un rojo, señor. El del pueblo se lo dijo al sargento cuando llegamos, señor. Dijo que era representante sindical, señor. Como se puso farruco, tuvimos que atarlo, señor.

–¿Y ahorcarlo?

–Sí, señor, porque nos quedamos sin munición, señor. Pero el sargento apareció rápido y puso fin enseguida con su Astra, señor.

–Bajadlo ya y echadlo a la zanja, que tenemos que continuar.

–Sí, señor. Enseguida, señor.


El baile prosiguió durante horas. Rafael e Isabel hablaron, y hablaron mucho; y bailaron, aunque tan solo un poco. Atraídos por la fuerza imparable de la naturaleza, permanecían juntos, permitiendo pequeñísimos desvíos de atención hacia los demás, para volver de nuevo con ansia a juntar sus miradas y embriagarse mutuamente de sus sonrisas y palabras. Los fuegos de artificio que había preparado la comitiva de fiestas pusieron imagen al alborozo explosivo que estaba teniendo lugar en los corazones de la pareja. ¡Y qué belleza de fulgores y tronadas! ¡Qué hermosura de explosiones! ¡Qué prodigio de cascadas de estrellas, rojas, azules, amarillas, verdes! Isabel profería pequeños gritos de júbilo con cada nueva detonación. Rafael la acompañaba con un suave ronroneo, como el gordo bordón de una gaita de boto. Los destellos se sucedían ante las miradas atónitas de la muchedumbre que se congregaba en la plaza mayor. Respetuosa, la banda había pausado su repertorio para poder disfrutar de los atronadores zambombazos. Solo faltaban las autoridades, el alcalde y los señores, don Fermín entre ellos, quienes, como era costumbre, festejaban en su propia sociedad, enclaustrados en el Casino, a las afueras, ya entrando en las eras. Pues ellos se lo pierden, pensaba Rafael sin darle importancia. Él jamás habría cambiado aquel momento ni aquel lugar por nada del mundo.

Los chispazos se envalentonaban en las tinieblas del cielo y sus estruendos rasgaban la noche con coloridos relámpagos que se iban acumulando conforme se aproximaba la gloriosa traca final. En la glorieta se abrazaban unos a otros, sobrecogidos y maravillados, los pechos retumbando unísonos. Un segundo, no más, la Isabel, presa de la emoción, se aferró con fuerza al brazo del Rafael. Un segundo, no más, que se grabó en su piel como una eternidad. 


Al cercenar la soga, el cuerpo se desplomó, estampándose contra las ensortijadas raíces del quejigo. La cara quedó sepultada en el pequeño lodazal que se había formado a sus pies. Los reclutas entrelazaron sus brazos bajo las axilas exánimes de Rafael y, con un escueto lamento, lo elevaron al aire. Sin mediar palabra comenzaron a arrastrarlo hacia una de las zanjas donde otra pareja de uniformados se mantenía ocupada acarreando otro cadáver y haciendo bailar las borlas de sus gorrillos. El fantasma reconoció enseguida la carga que portaban: era, sin duda, el Esteban y ya estaban arrojándolo al vacío. Sin miramiento alguno, lanzaron el cuerpo al foso como cuando el Martín, el molinero, descargaba los sacos de trigo de las Cinco Villas que le traía los jueves el carretero. 

El fantasma se unió a su propia comitiva en silencio, pausado y corcovado, las manos embutidas en las profundidades de los bolsillos de los pantalones de domingo. Marcharon sin prisa, con gesto inmutable y serio, como santa compaña, llegando hasta el mismo borde de aquel estrecho canalillo recién excavado. Disciplinados los soldados murmuraron una sobria cuenta de tres y se deshicieron del lastre en la repentina fosa común. Sin demora giraron sobre sí mismos, desanduvieron su camino con la intención de cosechar otro cuerpo y abandonaron así al fantasma en el canto del abismo.


Aún no había atronado el último chupinazo cuando la milicia irrumpió en el corazón de la plaza. Las exclamaciones de sorpresa y júbilo de los fuegos artificiales fueron rápidamente sustituidas por murmullos de flagrante indignación y, a continuación, por gritos veraces de terror al sentir cómo la brutalidad del invasor descabellaba la celebración del pueblo. Con rudos improperios los soldados entraron lanzando órdenes al pueblo y, como si de ganado se tratase, los fueron separando a unos de otros mientras fluían por la plaza como una turbia mancha de aceite sobre el mar. Algunos fusiles rugieron al aire al descargar su munición, y otros soldados emplearon su Mauser para carear a un grupo de varones hacia la tapia del consistorio. 

Como un relámpago, todo sucedió tan rápido que Rafael apenas se percató de cómo lo separaban de Isabel y se lo llevaban entre zarandeos y empentones. Corriendo, en filas de a dos, en una larga hilera de zagales y no tan zagales, marcharon rodeados del vocerío y el caos con las manos detrás de la cabeza, hasta llegar al campo de fútbol. 


En el lecho de la zanja estaba su comunidad. Retorcidos en posiciones extremas, los cuerpos se amontonaban unos sobre otros.  Bajo el suyo aguardaba el Esteban, al que acababan de arrojar. La Marina yacía a su lado, su mano derecha rozando decorosamente la del joven con el que había estado bailando toda la noche. 


Entre puntapiés y empellones agruparon a todos los varones en el incómodo terraplén. Una voz iracunda rabió mientras declamaba nombres y apellidos al aire. Rafael se irguió lleno de indignación al oír el suyo y alzó el puño ante el rostro de un soldado que hasta él llegó. Un segundo lo escrutó el militar, su rostro medio oculto bajo el ala de su casco de acero. Rafael se desplomó cuando la culata del fusil le acertó en el rostro.


El fantasma se arrodilló en el resalte de la cuneta y estampó las palmas de las manos en el cieno, apenas sentía el frío del barro entre los dedos. Allí estaba ella, llena de ideas, a escasos tres pies de profundidad. El Rafael fijó su mirada en la de la joven, igual que lo hiciera durante horas en el baile. En los ojos exánimes de la Isa se reflejaba vidrioso un mundo entero.

–¡Y qué mundo tan bonito! –susurró.

Exhumación

Créditos de las fotos

Primera parte

Foto de portada: Adaptación de foto del Archivo Cabré (CABRE-6227), ca. 1940, Instituto del Patrimonio Cultural de España, Ministerio de Cultura y Deporte de España. Procesada con Google Gemini y Adobe Photoshop.

Foto 2: Foto de la Biblioteca Circulante de la Agrupación de Editores españoles en su visita a Jerez en 1935, La Voz de la República, https://www.lavozdelarepublica.es/2020/04/la-ii-republica-y-la-promocion-de-la.html

Foto 3: Misiones pedagógicas de la Segunda República española (1931-1936). Cineteca de Madrid, https://www.cinetecamadrid.com/programacion/misiones-pedagogicas-1931-1936

Foto 4:  Recorte de foto del Archivo H.B (HB-0884), entre 1913 y 1922, Instituto del Patrimonio Cultural de España, Ministerio de Cultura y Deporte de España.

Segunda Parte

Foto 5: Foto «Fuegos artificiales en las fiestas de 1938» del Archivo Wunderlich (WUN-22451), de Otto Wunderlich en 1938. Instituto del Patrimonio Cultural de España, Ministerio de Cultura y Deporte de España.

Foto 6: Foto de exhumación de personas represaliadas por el franquismo y enterradas en fosas comunes, 12 de agosto de 2024. https://www.ondacero.es/emisoras/castilla-la-mancha/valdepenas/noticias/ecuador-tercera-fase-exhumaciones-represaliados-franquismo-manzanares_2024081266ba04c84d4175000118130f.html


Andrés Romero Jódar (Cartagena, España, 1979)

Filólogo, músico y escritor, es autor de la novela Entre reyes y gusanos (Mira editores, Zaragoza, 2017) y del libro de crítica literaria The Trauma Graphic Novel (Routledge, Londres y Nueva York, 2017). Vive en Berlín y enseña español en Volkshochschule.


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Andres Romero-Jodar

Filólogo y escritor

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