Un cuento de Claudia Isa Baricco
Los sueños de Karen Quinlan I ( cliquear & seguir el texto)
Mamá, mamá, me estrellé, le decía ella a su madre, y los ojos se le movían de un lado para el otro y eran lo único que se le movía.
–Quedó hecha una bebota –dijo Gladys, la depiladora, que también era masajista y que les había dicho que esa chica no por el estado en que estaba tenía que dejar de ser femenina. Y nada de maquinita, como era la costumbre en los Estados Unidos. Porque los pelos crecen como cerdas duras. Quizá la chica no seguía mucho más tiempo así, pero tampoco sabían, podían ser años. Así que mejor la cera que le iba debilitando el vello poco a poco.
–¿Me ayudaría, Gladys, a cambiarle la cama? –preguntó Julia mientras abría la puerta de un clóset que estallaba de ropa y destrababa un cajón que se había atascado. El día anterior había recibido conjuntos de sábanas de ciento cuarenta y cuatro hilos que había comprado por catálogo. En oferta los cinco juegos.
–Muy juveniles –agregó–. Todo lo que tenemos su padre y yo es para ella. ¿Y qué otro lujo se puede dar?
–Ya la ayudo, Julia, pero antes de que se enfríe, ¿no quiere que le haga un retoque? –dijo Gladys alzando el recipiente de cera en una mano y el palillo para depilar en la otra.
–Y, hágame el bozo, Gladys. La verdad que desde que Karen está así a mí ya el físico no me interesa, pero me parece que el antidepresivo me estimula las hormonas. ¿Las masculinas?, ¿tendremos nosotras también, Gladys? Y me crece más. A mí no me importa, pero una tiene que seguir viviendo. Todavía tengo una tarea que cumplir, Gladys, y tengo esperanzas.
–Cierre la boca y estire bien para abajo. Le pongo un gel para que no se le inflame, la ayudo con la cama, a ponerla linda, y salgo corriendo porque tengo que ir al aeropuerto.
–¿Visitas?
–Sí, de Miami.
–La peor noche de mi vida, el 15 de marzo, no me voy a olvidar más.
La voz de su madre, su madre que se llamaba Julia, habitante del poblado de Nueva Jersey y que hablaba por teléfono al lado de su cama, iba martillando contra la masa de aire del cuarto. Y a ella la perturbación le hacía vibrar los tímpanos, y le penetraba hasta el cerebro.
–Sí, ya estaba inconsciente.
–La mezcla de alcohol y algún medicamento dijeron los médicos –decía su madre–. Veintiuno, veintiún años.
Cuatro, cuatro rebanadas de pan en 48 horas, cuatro rebanadas de pan en 2.880 minutos…
–Estado vegetativo, lesión cerebral.
–Como una plantita. Está dormidita.
El vestido te va a quedar precioso.
–Y… siete años. Un calvario para su padre y para mí. Por suerte Joseph pudo hacer algo, yo recién ahora.
–No, Joseph no paró. Insistió, insistió. Y llevamos el caso a la Corte. Él siempre dijo que Karen Ann estaba inepta.
A ella le dio frío. Un diminuto grupo muscular le contrajo los folículos pilosos, el vello corporal se le erizó y la carne se le puso de gallina. Su madre lo notó:
–Ay, querida.
–Esperá que cierro la ventana –dijo su madre al teléfono. Su madre cerró la ventana y le colocó los brazos debajo de las mantas.
El vestido te va a quedar precioso.
–Y sí, si un enfermo terminal en buenas condiciones mentales se puede negar a un tratamiento –prosiguió su madre–, las personas a cargo de alguien que está inepto mentalmente también tienen que tener ese derecho.
Cuatro, cuatro rebanadas de pan en 48 horas, cuatro rebanadas de pan en 2.880 minutos, cuatro rebanadas de pan en 172.800 milisegundos…
–Primero contra los médicos. Es su profesión, pobres, para ellos hay que hacer cualquier cosa, todo sea para evitar que se les muera un paciente. Pero nosotros les ganamos. Y después, contra el Estado.
–Sí, el primer caso. Y el Tribunal Supremo. Un orgullo.
Aquí estás con nosotros, a punto de graduarte en la preparatoria. Un orgullo para tu padre y para mí, le decía su madre.
–Sí, al tener el padre la guarda podía desconectarle el respirador. El tribunal dijo que todo medio artificial para mantenerla con vida se podía desconectar. Pero nosotros la sonda, la nasogástrica, no se la queríamos sacar. Un deber de sus padres es alimentar a sus hijos.
No comí nada más. No comí nada más, se decía ella.
–Sí, su padre y yo creíamos que el respirador era lo que le mantenía latiendo el corazón. Pero no, vos viste.
¿Querés un Valium? Tomate un Valium, decía su madre.
–Sí, qué amiga, vos nunca me dejaste de llamar. Siempre un llamadito.
–Es mi misión en la vida. Yo siempre le digo: Karen Ann, te desconectamos y vos seguiste viviendo.
Pequeñas fibras musculares se contrajeron y relajaron repetidamente en toda la extensión del cuerpo de ella, que se estremeció.
–A veces me pregunto por qué el Señor quiso que adoptáramos justamente a Karen Ann.
–Porque si no hubieras tenido un bebé Talidomida.
–No digas barbaridades. Yo nunca tomé Talidomida.
Muchas veces cuando Joseph y Julia se iban a acostar, Julia se quedaba sentaba en la cama vestida con el jogging que había descubierto como lo más cómodo para los dieciséis kilos que había engordado. Recientemente se había comprado tres en colores distintos para poder variar. Con la espalda apoyada contra la cabecera, estiraba las piernas con las zapatillas deportivas puestas y con la mirada fija en el acolchado trataba de entender por qué a ellos les había sucedido tal desgracia. A Joseph lo irritaban esos momentos.
–Con todo ese pastillerío que tomás. Quién sabe.
–Yo tomo pastillas porque tengo depresión, son todas recetadas.
–Quiero decir que quién sabe, tal vez era nuestra misión. Defender los derechos de nuestra hija.
–Yo también la defendí cuando corrieron esos rumores. Era una chica a la que le gustaban los deportes, nada más. Eso no significa que sea lesbiana. Pero la gente habla y habla. Y más cuando uno no puede defenderse. ¿Cómo va a defenderse una chica en coma y que no se sabe si alguna vez volverá a despertar?
–Muchos padres podrán defender la vida privada de sus hijos de ahora en más –dijo Joseph–. Ya vuelvo –y se levantó con el vaso en la mano. Fue a la sala, volvió a llenarse el vaso de whisky y se sentó en el sillón frente al ventanal. Dentro de su marco, el jardín y la casa iluminada del vecino.
Julia bajó despacio de la cama y se dirigió a la cocina. Allí llenó un jarrito con agua de la canilla, puso un saquito de té, lo colocó en el microondas y se quedó parada delante del horno mientras la bandeja iba girando bajo la luz en su interior.
Los sueños de Karen Quinlan II
Recostada sobre el respaldo de la cama, Gladys estiró la sábana y se cubrió los pechos, apenas. Miró a Jimmy que estaba a su lado: ella no había esperado que sucediera. Aunque no podía negar que había fantaseado con la situación. ¿Y se había depilado o no? Ella podía muy bien vivir sin, no es que dependiera, pero qué bien que hacía. Rejuvenecía. No importaba que la noche hubiera sido muy agitada, mucha cosa, una amanecía descansada, ¡con una piel…! Habían bailado en el vano de la puerta del dormitorio. Celia. Que era más lo que le gustaba a ella. A él le gustaban los boleros, los había descubierto en el salón de la cubana.
–¡Jimmy!, ¡Jimmy! –lo había llamado exultante cuando lo había visto salir de la puerta de arribos. Él se había acercado con una sonrisa.
–¡Cómo estás, mujer, hoy! –le había dicho luego cuando iban en dirección a la salida.
Es que esa tarde, apenas llegar a su casa, ella no había podido esperar para abrir el bolso y sacar lo que llevaba: un shampoo de hierbas volumizante, un desodorante para pies en aerosol, un juego de toallas rosadas de algodón, y un par de sandalias de cuero color ciclamen, con finas tiras cruzadas y tacos de once centímetros. Mientras ella depilaba a Karen Ann esta vez Julia había aparecido con el desodorante para pies. Ella nunca había usado en aerosol, pero podía ser bueno. Además la dejaba contenta. Después, cuando se había quedado sola, había abierto el armario, siempre le tentaba mirar, y había encontrado las demás cosas. Ya cada vez que iba llevaba un buen bolso por las dudas. El shampoo le venía de maravilla: cuerpo, eso era lo que quería darle al cabello para la noche; las toallas, también, para estrenar un juego con “la visita”.
Y las sandalias. Como decía riéndose, todo aquello era “un acto de desahogo”. Le desahogaba un poco los armarios a Julia para que pudiera seguir llenándolos. Si a la pobre le hacía ilusión, qué mal podía estar haciendo. Ahora: ¿cómo se le había ocurrido a Julia comprarle a Karen Ann esas sandalias? Había que tener un poco de sentido común; pensar que después de siete años sin caminar se iba a poder subir a unos tacos de once centímetros, eso no parecía muy sensato. Si ni siquiera cualquiera podía caminar con esos tacos; ella sí, en eso era como Tina Turner que le había enseñado al mundo a bailar con esos tacos altísimos. Una diosa Tina Turner.
Esa tarde Gladys se había desvestido, se había sentado frente al espejo, se había depilado bien todo el cavado y todo hasta que había quedado “como una bebota”, como decía ella. Luego se había duchado y se había lavado el cabello con ese shampoo que prometía un seductor volumen con movimiento natural. Ya peinada, se había maquillado, vestido y había salido para el aeropuerto.
“Las sandalias me quedan estupendas”, había pensado mientras daba vuelta a la llave.
A Jimmy lo había conocido en Miami. De Buenos Aires ella había ido a Miami pensando que la colonia latina la favorecería y podría establecerse bien allí. Al principio las cosas le habían ido bien, muy bien para una mujer ya madura que emigra sola. Enseguida había conseguido empleo en la peluquería de una cubana. Pero la cubana le había envidiado que llevara tantas clientas –y tantos clientes, porque había empezado a tener muchos clientes hombres que sacaban turno con anticipación y se depilaban todo– y le había hecho la vida imposible. Allá tenía casa, compartía un apartamento así que con eso reducía los gastos, pero al final no soportó más y dejó el trabajo.
Jimmy, o Walter, como se llamaba en realidad, pero todos lo llamaban Jimmy, era uruguayo, bastante más joven y lo había conocido en el salón de estética de la cubana. Se encargaba de lavar. Lo hacía maravillosamente, con una fuerza en las manos… Muchas veces al final de la jornada, Gladys le pedía que le lavara el cabello. También le decía que él tenía que ofrecer el servicio de lavado por hora. Porque era como un masaje relajante. Gladys se reclinaba en el asiento y cerraba los ojos cuando Jimmy le masajeaba el cuero cabelludo. Ella le decía que podía enseñarle algunos puntos, porque él tenía buenas manos y con eso podía tener otro oficio. Él le decía que no, y se reía, que con los clientes, o clientas, él llegaba hasta ahí.
Cuando Gladys se había ido del salón, se habían encontrado un par de veces. Él le llevó las cosas que se había dejado olvidadas en medio del cataclismo que se desató finalmente y que marcó el fin de la relación laboral. Después la despidió en el aeropuerto. Con todo, la suerte había seguido acompañando a Gladys, ya que el contacto que había surgido en Nueva Jersey resultó ser una oportunidad concreta. Y lo cierto es que cada vez le iba mejor e iba engrosando su clientela. Ahí costaba más hacerse de amigos quizá, pero tampoco el mundo latino de Miami la había tratado tan bien.
Cuando Jimmy la llamó, ella se atrevió a invitarlo. Ya estaba preparada para recibir una visita. Él prometió que iría en tres semanas. También estaba harto de Miami. Quería ver si otra ciudad le ofrecía mejores posibilidades.
–Ya tenés clientas famosas –dijo Jimmy, y ella pensó qué desnudo, y qué joven, pero qué bonito.
–La familia, porque ella elegir no me eligió. Pero se puede decir que es mi clienta, aunque sea pasiva a la que trato es a ella –dijo Gladys–. Y a veces le hago un retoque a la madre. Desde que la chica está en ese estado le dio una cosa compulsiva. Se la pasa comprando, compra y compra. Hay que ver, abrís un armario y se te cae todo encima. Al marido lo pone loco, no encuentra nada de tan llenos que están. Y porque parece que todo lo compra con la tarjeta y le llega mucho por correo.
–Problemas económicos no tienen.
–No, pero para él son cosas inútiles. Le compra cosas a la chica, dice que para cuando se despierte, que seguro que no va a querer usar las cosas de hace siete años.
–En parte tiene razón.
–Sí, ¿qué chica joven no quiere lo más moderno? Igual de las cosas suyas no le tiró nada, porque esa es decisión de la hija, si se despierta y quiere las cosas viejas, eso no se sabe, al fin y al cabo, eso es lo que ella conoce. Pero no se puede decir que Julia no sea generosa, siempre que voy algo me regala.
–¿Y el padre?
–Al padre una vez le hice unos masajes. Julia me pidió, porque le dolía mucho la cintura. Pero yo un día vi que tenía unas revistas, se nota que se las había dejado, así que otra vez que Julia había salido y él me pidió, yo busqué una excusa, que me tenía que ir, que llegaba tarde a no sé dónde. Y después nunca más.
–¿Y ella? ¿Qué hace?
–¿Cómo qué hace?
–No, digo si hace algo. ¿Así que le crece igual?
–¿Y a los muertos no les crecen las uñas?
–Pero no está muerta.
–No, justamente, Jimmy. Por eso toda la desgracia de la familia.
–Solo duerme. Y quién sabe si algún día se despierta. Pero soñar no debe soñar.
–¿Sabés qué? Mirá vos lo que decís. Yo no le dije a nadie. A ver si dicen que hice lo que no debía. Pero una vez yo le abrí.
–¿Qué?
–El ojo.
–¿El ojo?
–Bueno, varias veces. Los párpados, le levanté el párpado de un ojo y como vi que se movía, le levanté el otro para ver si también se le movía.
–¿Se le movía qué?
–El ojo. De un lado para el otro, rápido. Así, movimientos rápidos. Y eso dicen que es cuando uno sueña.
–¿Decís que sueña?
–Sí, si me preguntás, sí, para mí sueña.
–¿Y qué sueña?
–Ah, ahí yo no sé ni pregunto. Hay cosas en la vida que son un misterio. Quién sabe con qué sueñan estos norteamericanos. La chica parece una chica normal, pero viste cómo son. Yo a veces tengo sueños que me río. ¿Soñará uno como ve la vida?
–Pero ella no ve.
–¿Vos decís que cuando yo le abro los ojos no ve? Yo le hablo.
–Yo cerraba los ojos cuando te lavaba –dijo él, y ella sorprendida no supo si creerle. Pero de repente se imaginó reina en su propio salón, tapizado de leopardo.
–Para mí era un misterio lo que iba a pasar acá –dijo Jimmy, tras un breve silencio, y la miró con esa sonrisa tímida suya. Y ella vio que le resplandecían los ojos y sintió toda la ligereza del mundo.
–Las sandalias son suyas, ¿sabés?
–Te quedan perfectas.
–Sí, es un regalo del Cielo, pensá, justo mi número.
Mamá, mamá, me estrellé, le decía ella a su madre y los ojos se le movían de un lado para el otro y eran lo único que se le movía.
La nave se estrelló, pero nosotros te rescatamos y te adoptamos. Y no muevas los ojos así que te vas a quedar bizca. Aquí estás con nosotros, a punto de graduarte en la preparatoria. Qué orgullo para tu padre y para mí. Y ese vestido te va a quedar hermoso, le decía Martha Kent, que era Martha Kent, porque ella sabía que era esposa de Jonathan Kent, habitantes del poblado de Villachica y futuros padres de la niña prodigio o padres de la niña futuro prodigio, que era ella: K. Kent.
Cuatro rebanadas de pan en 48 horas, cuatro rebanadas de pan en 2.880 minutos, cuatro rebanadas de pan en 172.800 segundos, cuatro rebanadas de pan en 172.800.000 milisegundos, cuatro rebanadas de pan en 103.680.0000.000 kriptosegundos, le contestaba Karen. No comí nada más. Y el vestido me va a entrar.
El vestido te va a quedar precioso, le respondía Martha Kent. Si yo misma te lo elegí. Tranquilizate. ¿Querés un Valium? Tomate un Valium.
Son las tuyas, mamá.
No, no, tomá, yo tengo más. Tengo otra receta, el médico me dio más.
Gracias, Martha, le decía ella, porque ahora a su madre la llamaba Martha, Martha Kent.
Y aparecía un vaso que se le inclinaba en la garganta, y se inclinaba y el líquido le caía adentro y le arrastraba la pastilla que tenía en la punta de la lengua. Y la mano y el brazo que se lo alcanzaban terminaban en su padre, en Jonathan Kent, el esposo de Martha Kent, y el vaso era de whisky. Que le ardía en la garganta. Como si no fuera el primero. Pero entonces podía volar. En ese planeta de baja gravedad y de sol amarillo, podía volar. Y aligerada al máximo por la estricta y mínima ingesta de sólidos, con los brazos extendidos hacia adelante planeaba por encima de Villachica, estado de Kansas, volaba por encima de los cincuenta estados como por sobre cincuenta estrellas, y haciendo uso de sus asombrosos poderes llegaba a Metrópolis. Para luchar como una buena hija por la verdad, la justicia, y el american way of life.
Imagen de portada: ©CIB con IA
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Cuando la realidad se vuelve sueño y los sueños realidad. Con mucho humor y tensos momentos en donde se corta la respiración. Brillante evolución de una historia muy conocida y compleja de abordar.
Más historias como ésta!!!
Maravilloso saber qué suscita en un lector -porque habrá tantas lecturas como lectorxs- un texto lanzado al espacio exterior. ¡Muchas gracias por leer!
Muy buen texto, Claudia! Dinámico y muy vívido.
Muchas gracias, Alejandro! Maravilloso lanzar un texto y que vuelva la vivencia del lector.