Desde el incendio

La imagen del fuego basta para que me saque, la mano vuela como un látigo, él pega un salto y se escurre. Ya va a volver, le digo, falta poquito, la estoy esperando. Pero él sabe que yo lo quiero. Él no es como esos perros que le ladran a todo el mundo y que nunca me gustaron. Perros como los dueños: idiotas. Dueños idiotas que ladran pero que no muerden. Aunque los perros sí, a veces pasa alguno y le tiran el mordiscón. Los ponen para que les cuiden los cercos, los límites de la casa. Y después les comen los bebés. Los dejan al cuidado de una muchacha y el perro ataca y se come al bebé. Yo tengo perro, pero este no le ladra a nadie. Yo me cuido sola, a mí nadie me cuida nada. Y es eso lo que los vuelve locos, los desespera. Les parece que les estoy dejando la puerta abierta. A muchos, pero sobre todo a ella.

Pobre piba, la nueva. Otra cosa. No como la mosquita muerta que me mandó ella y que casi la tengo que sacar con la policía. Hay que ver si la piba vuelve a buscar algo. Mucho no le debe haber quedado. A la otra la amenacé conque le tiraba todo al río, si no me dejaba el cuarto. Un año la tuve en casa. Un día vino ella y me dijo: Se te cae abajo la casa, Rubí, necesitás alguien que te ayude a mantenerla. ¿Y vos cómo sabés?, le dije yo, si vos a mi casa no entrás. En el almacén de la estación estaba preguntando la chica, me mintió ella, pero en ese momento yo no me di cuenta.

O no me importó. Conmigo no se metía. Es mala Rubí, decían y dicen por ahí. Y yo no desmiento a nadie. Se cebó, habría que decir de ella. Al principio no era así. Ni venía a la isla. El que venía era el marido. Apenas se lo veía al tipo, pero acá basta conque empieces a bajarte en el muelle más seguido, después te podés encerrar todo lo que quieras, igual ya te tienen. Y en algún momento tenés que salir a esperar la lancha-almacén para comprar la garrafa de gas y el vino. Ahora parece que ella quiere hacer negocio con los poemas que el tipo escribía acá. Hay mucha gente que dice que con la tranquilidad se inspira. Otros vienen a la isla y no salen más que para ir a trabajar. Se encierran y leen y toman. Si se ponen violentos, están adentro. Ellos mismos se guardan. Otros vienen justamente porque dejaron de tomar. Como la nueva. Pobre piba. Mi marido tomaba, pero era de los que toman tranquilo. En casa siempre la de armas tomar fui yo.

Como un tambor y un violín, me contó una vez que le decían de ella y el marido. Hasta que el tipo se murió. Le dio un infarto o algo así. Y ella empezó a venir, intrigada por ver lo que hacía el tipo acá, o aburrida, porque ahora le sobraba el tiempo. Y acá, aparte de los turistas, que algunos son amables, pero son todos unos japoneses, o están los que vienen y se hunden en la mierda, con perdón de la palabra, o a los que se les suben los pajaritos. O ya la traían difícil ellos, o les parece que esto es demasiado fácil. Sino están los isleños, que saben que esto es duro, que hay que lucharle al monte, a la crecida, a la tormenta, que la madera se pudre, que las abejas se te meten entre las paredes de la casa. Que te duelen los huesos de la humedad.

Pero ya a los ochenta y tantos no confesados, y hay que ver quién me encuentra el documento, que te duela un hueso es que estás viva. Y cuando llega el verano los estirás a los huesos nadando hasta el otro muelle y yéndote a conversar con los turistas. Algunos no japoneses con los que a veces se puede conversar. Y así mantengo la figura. Ella, en cambio, va echando barriga.

El pibe no, bastante atlético era y no mal parecido. Solo mal gusto se le puede achacar, porque para salir con ella… Una noche, dicen, se tiró al agua y cuando quisieron ver no salió más. Muchas noches estaban de fiesta en la casa. El pibe por ahí no estaba en sus cabales. La corriente arrastra. El arroyo no es tan manso. El choque del agua fría. Todos se me mueren, dice ella. Desgracia con suerte, le digo, los muertos siempre tienen casa. No sabés el trabajo que es, dice ella, la casa es grande. Y en eso tiene razón, porque era un antiguo almacén y parador. Que vio días mejores pero aún tiene su encanto.

Y así le caen como moscas los turistas que ven el aviso que puso para alquilarla en Internet. Dicen que las fotos mienten, pero al final a alguien consigue. Después los vuelve locos, porque se les mete en la casa. Con la excusa de los arreglos hasta les entra en la cocina y les toma lo que tienen en la heladera. La piba me contó. Que se hizo amiga de unos turistas y en la casa encontró cosas que le faltaban en la suya. Pobre piba. Unas cuantas le dejó pasar. Y todo para que al final casi le cueste la vida una hamburguesa.

Las islas son de los perros. Algunos quedan abandonados y andan en manadas, salvajes. Otros pasan mucho tiempo solos cuando los dueños se van a trabajar y entonces se les pegan a los turistas. Perros actores, se hacen los huérfanos y buscan hogares de día. Y detrás de las rejas, los pitbules, los ladradores. Pero ella no. Ella no tiene perro, porque para eso tiene a los Testigos de Jehová. Y los Testigos de Jehová tienen gatos. Ahora que ya no toman ni se dan con nada, ahora que hacen buena letra son Testigos de Jehová. Y ahora que son Testigos de Jehová son delicados y tienen gatos.

Una vez por semana están arregladitos en el muelle esperando la lancha. Van a la ciudad, a las reuniones del templo. Debe ser el de los Testigos Anónimos de Jehová, digo yo. Porque esos muy familia modelo, muy modositos, ondas de amor y paz, pero se les nota que si una gota de lo que fuera les lloviera cerca, al segundo no quedaría ni rastro. Como tierra reseca son, flacos chupados los dos.

Y la piba no va que le tira una hamburguesa a uno de los chicos. Los chicos son chicos y buenos chicos. La piba encendió el carbón, puso la tira de asado y algo para los pibes de Felipe, el paraguayo, que esos comen de todo, sabré yo. Estaban jugando al fútbol, todos juntos. El mayor quiso también y, como si tuviera oído de tísico, después el Testigo Anónimo de Jehová lo primero que hizo fue olerle al chico que había comido carne. Se volvió loco. Nunca más, borracha, nunca más vuelvas a hacer eso, contó la piba que la amenazó. Con furia contenida. Las venas hinchadas. A los dos días la parrilla y la terracita que se había armado la piba con unos tablones amanecieron destruidas. Deben haber sido los perros, de noche revuelven en la basura, dijo el Testigo de Jehová.

Aunque a primera vista no se nota, porque el monte está crecido, el terreno de la casita de la piba colinda con el de la casita del fondo. La de las calas, donde escribía los poemas el marido de ella.  Así que cada vez que iba para la casita de las calas, cada vez que volvía para el arroyo, ella pasaba por adelante de lo de la piba. Y me la imagino: odio le daría. Los ojos negros de ave de rapiña. Le ofreció comprársela. La piba dijo que no.

Cuando la piba se hizo cargo, la casita estaba abandonada y destruida. Como muchas que van quedando en las islas y a las que se las come el tiempo. O se las traga la crecida y cuando baja el río cada vez son menos cosa. Se nota que la piba estaba contenta de empezar una nueva vida. No paraba de hacer. Una paja en el ojo para ella. Y cuando la piba se iba a la ciudad a trabajar, ella se le metería en la casa. A husmear. Como salen a husmear las ratas cuando la casa está en silencio. Y algo siempre se llevaría. Una bisagra, un picaporte. Para qué no sé, porque ya nadie le quiere trabajar de las miserias que paga. Y ella lo más que hace es cortar el pasto. Pero es de las que hurgan y algo se llevan.

Capaz que los Testigos de Jehová la veían entrar. Porque viven enfrente. De repente hace unas noches a la piba se le prendió fuego la casa. Adentro tenía un perrito nuevo que había encontrado. Se lo tragaron las llamas. Los Testigos dicen que no vieron ni oyeron nada. Que ya estaban durmiendo porque los chicos se levantan temprano para ir al colegio.

Después del incendio todos los que toman o dejaron de tomar dijeron que la piba tomaba. Que se quedó dormida borracha. Y que fumaba. Pero yo sé que no. Yo sé que fueron los perros. Los de ella.

Tuvieron suerte los Testigos Anónimos de que es fin de semana largo y los chicos no tienen que salir para ir a la escuela. Desde hace unos días ni a los gatos se los ve. Ella no apareció tampoco, pero ya va a venir. Va avanzando, sigue avanzando. Me tiene ganas. A mi casa le tiene ganas. Los labios apretados de la codicia. Y ya dos muertos a cuestas, o quién sabe tres si contamos al marido.

Pero esta vez voy a salir. Apenas oiga el motor de la lancha, voy a salir. Voy a llegar bien con tiempo para agarrarla cuando se baje. Voy a empezar cuando la lancha se esté acercando. Cuando la vea a ella parada en la borda al lado del marinero preparada para bajar. Me voy a quedar al final del muelle. Ella me va a ver y va a saber qué estoy haciendo. Y yo no le voy a quitar los ojos de encima. Fuertísima la mirada. La lancha va a hacer toda la maniobra para acercarse al muelle y todos esos instantes que le lleve al marinero agarrarle las bolsas con las compras del supermercado y dejárselas en el muelle, todo esos instantes en que ella espere que el marinero la agarre del brazo para ayudarla a bajar a la escalera, todos esos instantes que le lleve a ella indicarle cuáles son sus bidones de agua y entonces el marinero, luciendo su destreza, salte sobre el techo de la lancha, agarre sus bidones y se los alcance, todos esos instantes que le lleve a ella repartirse las bolsas en los brazos y cargar los bidones, todos esos instantes en los que ella vaya pisando los tablones enclenques del muelle hasta el final donde estoy yo, mi mirada va a ser un fuego sobre sus ojos, y, raspando frase por frase como un fósforo para que se encienda, la voy a maldecir, la voy a maldecir como lo hice solo una vez antes en mi vida. Y ella no va a tropezar en ese momento. Pero va a tropezar.

Y mientras la Lidia se va alejando con los pelos rojos hechos una llamarada, voy a llamar al perro y lo voy a acariciar. Buen perro, le voy a decir, ahora vamos a saludar a los japoneses, que a él le gusta. Y entonces me voy a sentar en el banco del muelle a esperar que pasen los catamaranes llenos de turistas. Y cuando pase uno lleno de japoneses, los voy a saludar. Y un japonés me va a responder el saludo. Y el de al lado también. Y todos los japoneses me van a saludar. Y el perro no va a parar de mover la cola de contento.

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claudia baricco

(isa.kar.wai) - Un cine real o virtual es el living de mi casa. Los libros son mi otro hemisferio. En un mundo donde todo es político. Latitud: B y B – Buenos Aires-Berlín, dos ciudades de contrastes.

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