Un relato de Natalia Del Carmen Eduardo
El sonido del auto venía con calor, no podría recordarse lo uno sin lo otro. Éramos tres, siempre hemos sido tres, repartidos entre dos asientos. Uno iba para la abue, más dos perros salchichas, el empaque de los sangüichitos goteando las horas, algunas bolsas de cheetos que nos dejaban los deditos de zanahoria, y varias chamarras que mamá acumulaba en el fondo de ese auto que parecía siempre tener un tamaño por dentro, y otro por fuera. Nuestra pelea constante en los viajes largos, a veces por ganas, a veces por norma, era por el espacio en la parte de atrás. Nos acostábamos sobre el baúl y mirábamos el cielo por la ventana. Las nubes danzaban circularmente mientras el auto giraba y giraba inclinado alrededor de la montaña que nos encantaba visitar. Llegábamos eventualmente, y salíamos de ahí dormidos, arrastrados por el calor acumulado y el arroyo de esas curvas peligrosas. Mis papis y la abue nos sacaban uno por uno, como salvando a un globo de un campo de espinas, y nos soltaban en el pasto para que empezáramos a asumir la tarea de seguir con el día. Desde ahí, el autito pasaba a segundo plano los días de montaña. Yo lo imaginaba como el guardián de nuestra tienda de campaña, como un acompañante paciente, respirando muy lento, pero siempre listo a despertar cuando fuera necesario. No era ni su color ni su forma la que me hizo entender años después, por qué lo llamaban escarabajo. Era más bien esa capacidad que tenía de respirar en la absoluta inercia. Como cuando observas un bicho: La pregunta latente de querer saber si está vivo, y la espera al momento en el que emprende su vuelo sin dar previo aviso, sin despedirse.
En uno de esos paseos un hombre se acercó a papá con una tarjeta de negocios. Nuestro auto, al parecer, era un modelo antigüo y descontinuado. Le ofrecieron comprárselo porque lo querían usar en un anuncio de televisión. El hombre le hablaba de la obsolescencia de nuestro autito como si nos estuviera haciendo un favor en llevárselo, y el monto era mayor a cualquier precio al que se podría vender. Para soltar ese tipo de autos te tiene que pasar algo en donde sientas que no te quedó ninguna opción. Al parecer, nuestra colegiatura ese año dolió menos, y el tanque de oxígeno que por fin le pudieron comprar a la abue, de todos modos nos habría quitado el lugar libre sobre el baúl. La última vez que nos peleamos por el puesto de atrás fue por respeto al recuerdo, porque nos dimos entre todos tiempo para despedirnos de las nubes que se miraban únicamente así a través de esa ventana.
Fue la abue quien tuvo la idea de preguntar dónde iban a grabar el anuncio, para ver a nuestro escarabajo en vivo saltando a la fama. La toma era en un risco a las afueras de la ciudad. Llegamos con el auto directamente, y nos sentamos sobre unas sillas prestadas por el equipo de grabación. Ahí esperamos horas de horas en medio del estrés y la seriedad de esa última toma. Al parecer, se iba a poder hacer solamente una, y veíamos cómo todo el equipo se juntaba en círculo como en el antemano de un partido de fútbol, cerrando el momento con un aplauso y todos a sus calculados puestos. Y ahí, en el absoluto silencio entre luces y cables, vimos como empujaban a nuestro escarabajo por el risco, primero lento y con dificultad, luego iba él solo de picado. Nunca lo había visto alcanzar esa velocidad. Al grito que se le salió a mamá lo incorporaron en la toma y yo todavía pienso cómo se hubiera visto ese salto desde la parte de atrás, sobre nuestro caliente baúl.

Natalia Del Carmen Eduardo estudió Ciencias de la Cultura y Filología en la Universidad de Potsdam y una maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Libre de Berlín. Investigadora en el campo de la filosofía y sociología de la ciencia y tecnología, memoria histórica y estudios de género. Gestora cultural y activista, forma parte de la colectiva VOCES de Guatemala en Berlín y de la revista Alba Lateinamerika lesen. Ciclista apasionada y escritora de poesía y cuentos cortos.

2 comentarios sobre “Salto a la fama”