Cuarta entrega de la serie de cuentos de la narradora Sara Sarmiento
PINCELADAS: MATERNIDAD
Berlín 2022
“Las madres no escriben, están escritas. Ya es hora de dejar la palabra a las madres” (Susan Rubin Suleiman)
Siento un desgarro en el útero. Es una presión que viene de dentro, como si la carne se redujese, apretase y consumiese; mi centro es un organismo autofagocitante. Temo que, tras devorarme a mí, empiece con los demás. Con mi propio hijo, cuyos chillidos escucho en la cocina porque su padre le ha echado mus de manzana en el Haferbrei (papilla de avena) y él quería echárselo solito.
Me incorporo. Mi cabeza palpita. El suelo se mece a mi alrededor, y camino ligeramente agachada, con las rodillas flexionadas como un aprendiz de marinero que aún no ha conocido el vaivén del mar durante el temporal. Mientras avanzo a tientas, agudos retortijones recorren mi pelvis y me doblegan. Me echo al suelo, en cuclillas, esquivo la primera ola de la tempestad, y veo los primeros haces de luz escabulléndose detrás de la cortina, grises como la tupida capa de ceniza que cubre el cielo de Berlín la mayor parte del invierno.
Mi hijo se acerca corriendo y me rodea con sus brazos: “¡Ya está* de día!”*. Coge mi mano y caminamos en silencio hacia la cocina. Arrastro mis pantuflas de Yoda y recuerdo a mi madre con sus pantuflas rosas, deslizándose por el pasillo, somnolienta, como si en lugar de pasar del sueño a la vigilia, volviese de un habitáculo de ultratumba. ¿En qué momento me he calzado esas pantuflas pesadas como el plomo? ¿En qué momento mis viajes del sueño a la vigilia se han convertido en una difícil travesía de ida y vuelta a las entrañas de la tierra, mi tierra; travesía tan costosa, que me pregunto si llegará el día en que no seré capaz de regresar?
Mientras preparo el desayuno, me pongo en cuclillas varias veces, buscando la solidez de la madre tierra, orientándome por las líneas de las baldosas blancas y grises, con las manos flotando sobre la placa de cemento del cuarto piso. Mi útero me aprieta con su puño, amenazando con hacer zumo de naranja de mis entrañas, me arrincona en el ring de boxeo de mi cocina, y yo, débil, dejo caer la lluvia de puñetazos sobre mí.
Cuando me reincorporo, tomo aire, empiezo a planear el día y le explico a mi hijo que esa tarde he quedado con una amiga, que su padre le recogerá de la Kita (guardería). Chilla. Empieza a chillar, a suplicar que no me vaya esa noche. Su padre aparece, apresurado, para ver qué pasa. Mi hijo dice que quiere venir conmigo y con mi amiga. Luego que quiere que su papá se vaya con mi amiga y que yo me quede. Propone alternativas.
Vuelvo a agacharme, tratando de contener el daño en las grietas de mi pelvis y de mi cabeza, partes de mi cuerpo íntimamente ligadas por un lenguaje secreto en el que hablan a mis espaldas y que no logro descifrar, por mucho que me empeñe.
“Tengo miedo de que pierdas el camino”, explica mi hijo. Me viene a la cabeza un grupo de niños en fila india, esperando su turno para golpear una piñata hecha con todos los colores del arcoiris, rellena de golosinas. Los padres vitorean y palmean alrededor del primero de la fila, que sostiene un bate con el que aporrea la piñata con todas sus fuerzas, mientras una de las madres se sale del grupo para evitar que el primer niño golpee a los que esperan detrás. Otra madre graba la escena con su móvil mientras se eleva lo que suena a cántico ancestral cuando el conjunto de padres entona al unísono:
“Dale, dale, dale, no pierdas el tiro.
Porque si lo pierdes, pierdes el camino.
Ya le diste uno, ya le diste dos.
Ya le diste tres, y tu tiempo se acabó”.
“No me voy a perder. Te lo prometo”, tranquilizo a mi hijo. Sin embargo, ¿estoy segura de que no me perderé? ¿Seré capaz de encontrar el camino de vuelta de las incursiones al centro de la tierra, de mi tierra? Me siento enloquecer.








Doy un sorbo a mi café. Mi hijo sale corriendo hacia sus juguetes; yo salgo corriendo al baño. Mi estómago se ha dado la vuelta, como un calcetín olvidado girando en el tambor de la lavadora. Devuelvo el desayuno con las manos apoyadas en el inodoro, los ojos llorosos y un mechón de pelo atravesado en la frente.
Miro el reloj. Llegamos tarde a la Kita. Me pongo un pantalón de lluvia encima del pijama, el chubasquero sobre la camisa sin sujetador. Corro detrás de mi hijo, que se niega a vestirse, se sube al sofá y baja deslizándose, mientras lanza al aire las piezas de un puzzle de Paw Patrol como si fuera confeti. Le pido ayuda, le repito que venga, le advierto de las consecuencias, le pongo un ultimátum, termino con una amenaza: “Si no vienes…”. ¿Si no viene, qué? ¿Qué voy a hacer?
Mientras espero, decepcionada por la retahíla de amenazas camufladas en mi propio repertorio, mi hijo aparece sonriente y se sienta a mi lado para ponerse los zapatos solito. Le he comprado unos zapatos nuevos. Parecen cómodos y son bonitos. Se pone uno, y sinceramente extrañado me dice “Aua, se hicieron pequeñitos”.
Vamos con quince minutos de retraso. Mi hijo baja las escaleras una a una -solito- y se para cada tres escalones para investigar qué hay bajo el pasamanos, para timbrar en el piso de los vecinos, o para hurgarse en la nariz. Impaciente, agarro su manita y tiro sin mirar atrás. Volamos escaleras abajo. Con cada curva del pasamanos, siento su pequeño cuerpo girando como un muñeco de trapo a merced de un maquiavélico titiritero. El tercer piso sucede al cuarto, el segundo al tercero, el primero al segundo, el bajo al primero; y noto que sus pies vuelven a tocar suelo tras un forzoso aterrizaje. “¡Vamos, que llegamos tarde!” me parece oír a mi voz interior.
¿Qué será lo que retendrá su voz interior, la que saldrá a la luz cuando sea adulto? ¿Será un hombre atormentado por una innata falta de tiempo, por un reloj interno programado como la cuenta atrás de una bomba a punto de estallar? Una cabeza de metal con software de cálculo que caminará tambaleándose hacia los lados por el tremendo peso con el que carga… Un ordenador que yo he ensamblado con mis propias manos. Me siento enloquecer.
Salimos a la calle. Ya queda menos. Tiro un poco más de la mano de mi hijo. Me viene a la cabeza mi llegada a Berlín. Katja le regaló una baraja de cartas al propietario del piso en el que íbamos a vivir, que nos trajo las llaves de nuestro nuevo hogar. En todas las cartas de la baraja había cuervos dibujados; era una baraja de cuervos negros y picudos como los que empezaríamos a ver por todas partes, cruzando el cielo plomizo de Berlín como estrellas fugaces, o conversando en parejas en las barandillas de los balcones y en las chimeneas de los tejados. Las extendieron boca abajo en la mesa de la oscura cocina, tan solo iluminada por una vela encendida, entupida en el cuello de una vieja botella de cerveza salpicada de gotas de cera como lágrimas petrificadas. Me dieron a escoger una como regalo de bienvenida. Le di la vuelta y decía algo en alemán que no entendí. Katja y Christian, muy rigurosos, empezaron a discutir su significado entre ellos mientras yo observaba a los vecinos de los otros pisos, descubiertos ante nosotros en sus cocinas sin cortinas como tesoros ensartados en una cajita de joyas abierta de par en par. Llegaron a una conclusión y tradujeron mi carta para nosotros: “Si crecer fuese tirar, se llamaría tirar, no crecer”. Tirar, tirar, tirar. ¿Acaso he hecho otra cosa que no haya sido tirar en estos años? ¿Se puede aprender a crecer?
Mi hijo alza las manos para que le lleve en colo (en brazos). Le recojo del suelo y se aferra a mí “Te voy a agarrar muy fuerte”. Caminamos y veo a una madre que viene apresurada hacia nosotros. Empuja un remolque de bicicleta como el nuestro, en el que va sentada una niña de un añito zampándose un Brezel (pretzel). A su lado camina un niño de unos tres años. La madre habla, el niño habla, la niña balbucea. Los sonidos de los tres se cruzan al mismo volumen que el sonido de las bocinas y los motores de los coches apurando su paso a través de las arterias de la ciudad, como glóbulos destinados a liberar un coágulo en algún punto de este loco organismo. Entre los ruidos magnificados y las prisas por llegar al otro lado del paso de cebra -el semáforo ya se ha puesto en rojo- la madre no logra escuchar a su hijo, que le pide parar. Tira de su mano, salvando al niño del torrente de vehículos, bicicletas y tranvías, y sin verlo venir, lo estrella con ímpetu contra una farola de las que llevan papelera incorporada. El niño se toca la frente mientras grita “Aua!” y rompe a llorar. “Das hat weh getan!” (eso ha dolido!)* le reprocha a su madre, que se da cuenta del daño causado. Le seca las lágrimas al niño y apoya su cara en su hombro. “Das tut mir sehr leid, Schnecke”* (lo siento mucho, caracol), le dice ella.
Somos mujeres que bajamos a nuestros hijos en volandas por las escaleras. Mujeres que estrellan a sus hijos contra las farolas. La Odisea llega a su fin a las puertas de la Kita. Timbramos. A nadie parece molestarle que hayamos llegado tarde. Mi hijo saluda a su educadora con la mano, coqueto, se quita la chaqueta y se pone las zapatillas solito. Se despide de mí sonriendo, deseándome un buen día. “Os quiero*” me dice, porque es lo que digo cuando me despido de él y su padre. La puerta se cierra; la burbuja estalla y se desvanece.
Corro a casa y descubro mi ropa interior teñida de sangre. Mis placas tectónicas, trabajadoras en la sombra, han dado paso a un terremoto, que a su vez ha causado un maremoto. Pienso en las aguas de un tsunami abriéndose paso a través de la plaza mayor de alguna antiquísima ciudad, arrasando sus callejuelas retorcidas, sus carruajes, sus gentes, los cuerpos de sus infantes, daño colateral…
Enciendo la lavadora y lavo la ropa ensangrentada con el programa de máxima temperatura.

Sara Sarmiento es gallega y reside en Berlín. Es artista de corazón, pero en la práctica ha trabajado como coordinadora de efectos visuales durante los últimos trece años en Berlín. Nació en Ourense, Galicia, estudió comunicación audiovisual y también se ha formado para enseñar alemán a extranjeros. En su tiempo libre canta en la ducha, lee obsesivamente, escribe a escondidas y rehace el mundo cada día junto a su hijo de tres años.
Todas las imágenes: ©Sara Sarmiento

Un comentario sobre “Pinceladas (IV): Mujeres que estrellan a sus hijos contra las farolas”