Un relato de Pilar Fecé Piazuelo
–Nos hemos perdido– me despierta la voz ronca de mi madre desde el asiento del conductor.
Abro los ojos y me aparto los auriculares de las orejas donde la música hace rato dejó de sonar. Sé exactamente que cuando no los llevo puestos es una invitación para conversar. Mi madre frena de repente y veo la luz parpadeante de la reserva del depósito casi vacío.
Miro por la ventana, una luz sonrosada ilumina los campos a ambos lados del camino sin asfaltar.
–Aquí solo hay… campos. ¿En serio querías volver al pueblo perdido de tu niñez, mamá?
–Creo recordar que había un camino más rápido que por carretera pero era de noche y debí pasarme el desvío. Miraremos si hay una gasolinera cerca.
Ya no hace más comentarios pero sé perfectamente que está tirando la toalla. Otra vez. Ha estado conduciendo durante horas, sin saber ni ella a dónde quiere ir. Llevamos el maletero y parte del asiento delantero lleno de cajas de cartón con todas las cosas que pudimos recoger antes de marcharnos con muchas prisas anoche de casa. Habían discutido. Se quedó mi padre atrás y otra toalla tirada.
Mi madre se baja del coche sin decir nada. Empieza a caminar por el camino de tierra y deja el coche atrás con la puerta abierta. Yo la sigo. Todavía se oye el pitido del tanque de gasolina. Por mucho que avanzamos, lo único que se ve a ambos lados del camino son extensas llanuras repletas de espigas estáticas mirando al cielo. Estamos a mediados de junio y no hace ni una pizca de brisa. Mi madre va unos treinta metros por delante de mí marcando un paso que me está costando seguir. Noto el bochorno y las primeras gotas de sudor en mi frente.
Sigue sin decirme nada. Pienso en los consejos que me suele dar mi terapeuta. Voy dos veces por semana, desde que mis padres empezaron con sus discusiones. Es curiosa la manera que tienen los adultos de intentar resolver los problemas de los demás cuando son ellos los que la cagan.
Escucha o canta una canción que represente cómo te sientes, me suele decir cuando le cuento que otra vez tuve que dormirme escuchando sus gritos. Así que me pongo a tararear la canción “Fields of gold” de Sting. Es lo único que me viene a la cabeza en esos momentos.
–¿Ponerte a cantar es lo primero que se te ocurre?
Ahora mi madre se ha dado la vuelta y está quieta en medio del camino mirándome. Vuelvo a la realidad y dejo al pobre Sting con su guitarra al margen del camino mientras voy hacia ella.
Me obligo a mí misma a calmarme hasta que llego a donde se encuentra ella. Si en vez de mandarme a mí a la terapia hubiesen ido ellos, ahora irían estos campos cogidos de la mano, cantando juntos canciones de los Panchos.
–Dudo que haya una gasolinera por aquí, mamá.
Pone los ojos en blanco a modo de respuesta y se gira dándome la espalda, con su mano a modo de visera frente a los rayos del amanecer para ver si así vislumbra mejor lo que está buscando.
No me lo dice, pero percibo su ausencia una vez más. Miro a mi alrededor y siento la necesidad de ponerme a caminar en la dirección contraria a la que vinimos. Esta vez no por el camino, sino que doy un par de pasos dentro de uno de los campos. Es una llanura extensa de un color dorado brillante, de vez en cuando acentuado por una florecita de color lila aquí, amarilla allá, que parecen puestas para decorar una melena rubia. Nunca me ha gustado la vida en el campo, será porque vivimos en una ciudad y mis padres, con sus vidas ajetreadas, no solían llevarme de excursión. Miro a mi alrededor por si alguien me ve, como delincuente a punto de cometer un hurto en una tienda de chuches. Siento el roce de las matas de cereal que me llegan más arriba de la rodilla y no puedo evitar meterme más adentro. Cierro los ojos mientras camino por medio del campo sintiendo el cosquilleo de las espigas a través de mis vaqueros y el calor de los rayos de la mañana en mi espalda. Con cada paso se van quedando atrás las últimas semanas, los últimos meses y las noches en vela por no saber a dónde nos lleva la situación de mis padres. Sé que en cualquier momento se oirán los gritos de mi madre para hacerme volver, pero estoy disfrutando de esta sensación. Me quito las deportivas y los calcetines para ver cómo se siente el campo yermo bajo mis pies y me sorprendo al percibir el frescor que sale de la tierra y sube por mis pantorrillas. Doy un par de vueltas sobre mí misma y doy paso a la niña que dejé de ser hace tiempo. Una niña que antes de los siete años se pasaba tardes enteras en casa sola, mientras mamá y papá trabajaban, hasta que finalmente me quedaba dormida en un ladito de su cama, no sea que no me fueran a encontrar al volver a casa. O si por casualidad me olvidaban. Sin pensarlo me quito también los pantalones vaqueros para disfrutar del cosquilleo de las espiguillas en mis piernas. Por un instante pienso en el momento en que mi madre se dé la vuelta y me vea caminando dentro de los campos de cereal y en bragas, pero debe de estar bien absorta buscando la gasolinera o lo que sea que busca. Me giro para ver cuánto me he alejado del coche pero para mi sorpresa ahí no están ni el coche, ni mi madre, ni siquiera sé dónde queda el camino por el que veníamos. Todo lo que veo son campos y campos de espigas doradas, a veces el terreno se ondula en diminutas colinas donde crecen grupos de florecitas color lila entre la hierba verde. No hay rastro de nada ni nadie y eso me gusta.
Sigo caminando y no muy lejos veo una construcción de piedra. Pienso si serán solo unas ruinas. Al acercarme veo los muros de piedra de una casa todavía en pie. Tiene una puerta de madera agrietada que está medio abierta. Miro dentro y me sorprende lo que veo, pero más aún lo que huelo. Me recibe un aroma a pan recién sacado del horno. Me toco la cara para asegurarme de que soy yo la que estoy ahí en ese momento. Los recios muros de piedra proporcionan una agradable sombra al habitáculo cuadrado que contiene una mesa de madera carcomida y tres sillas de mimbre. Sobre la mesa hay unos embutidos, una hogaza de pan y un botijo de barro. Había visto alguno parecido en unas fotos antiguas del pueblo de mi madre pero hasta ahora nunca había bebido de uno. Siento la boca pastosa así que lo toco y al notar que contiene agua, lo levanto por encima de mi cabeza con las dos manos e intento dejar caer el líquido hacia mi boca. Consigo acertar con algunas refrescantes gotas y el resto va a parar a mi camiseta de los Rolling Stones que acaba empapada. El pan recién hecho, desprende un aroma semidulce y tostado al que me cuesta resistirme. Me meto un pedacito a la boca con un gesto de disimulo, como si a estas alturas a alguien le importara lo que estoy haciendo. Van siguiendo más pedazos hasta que el agujero que estoy dejando en el pan me causa cierto decoro. Al salir de nuevo al exterior los rayos del sol han aumentado su intensidad, causándome una espontánea ceguera. No sé para dónde ir, quizás simplemente no quiero ir. Frente a mí, en medio del campo, veo un pequeño claro donde caprichosamente no quisieron crecer las espigas. Parece un nido, me tumbo dentro mirando al cielo y me coloco nuevamente los auriculares que todavía llevo alrededor del cuello. Nada me hace pensar que esas matas de cereales repletas de grano firme están listas para su cosecha.
No sé el tiempo que llevo aquí, viendo las nubes cambiar de forma sobre mí, observando el vuelo de los pájaros, hasta que cierro los ojos y me quedo dormida envuelta por la calidez del campo.
Me despierta una vibración que se siente leve por los pies y que va ganando en intensidad hasta que siento vibrar mis órganos. Al abrir los ojos veo unos dientes rojos en un eje rotatorio justo encima de mí. Doy un respingo intentando evadirlos pero apenas consigo arrastrarme unos centímetros hacia un lado. Me invade el terror. Es entonces cuando me doy cuenta que los dientes que venían decididos a por mí se han parado. Me levanto en unas milésimas de segundo con los auriculares todavía puestos. Ante mí, junto a una enorme máquina cosechadora, hay un hombre bajito de vientre redondeado que sostiene en una mano mis vaqueros y en la otra mis zapatillas, mientras me mira con ofuscación. Él no dice nada, yo tampoco. La que se oye es la voz de mi madre a lo lejos que viene dando gritos campo a través. Al llegar hasta nosotros lleva sus manos a su cara, supongo que para comprobar que es ella la que está ahí en ese momento. Veo el estupor en sus ojos, mirando a su hija medio desnuda y a un hombre de gesto cordial con su ropa en la mano. Por un breve segundo pienso que se va a abalanzar sobre él. Su rostro empieza a dibujar una mueca que no sé bien si indica dolor o un sofoco, apretando fuertemente sus labios, los ojos bien abiertos, y el ceño fruncido. Y ahí, sin esperarlo, estalla en una carcajada liberadora que le hace sacar de su ser más profundo aquello que hace tiempo que no sacaba. El hombre y yo no tardamos en dejarnos contagiar por la excentricidad del momento y la risa estrepitosa hace vibrar nuestros cuerpos y traspasa tremolante el campo de espigas, que se ondulan en sintonía.
–Creo que ya hemos encontrado lo que buscábamos– acierta a decir mi madre tomando mi ropa de las manos del hombre con una amplia sonrisa.

Pilar Fecé
Nació en Zaragoza en 1981, vive en Alemania desde hace quince años y es una apasionada de las letras y la lectura. Estudió Traducción e Interpretación en la Universidad de Valladolid y empezó a escribir sus primeros relatos y poesías para una revista literaria universitaria.
«Liberador» surgió dentro del marco del Taller de Escritura Creativa «Contarnos»:
Imagen de portada: ©Melissa Askew en Unsplash
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