Escribir Berlín

En octubre de 2024 se celebró el Festival latinoamericano de literatura Barrio / Bairro Berlín, del que en DESBANDADA publicamos ya algunos artículos, antes y después del festival. Fue una iniciativa fantástica que refleja una buena parte de lo que se produce en español en la capital alemana. En este artículo se ensaya un perfil, un rastreo de las posibles claves de una hipotética escritura colectiva de la comunidad hispanohablante de la ciudad.

La literatura florece cuando se nutre de una variedad de voces y perspectivas, y Berlín, con su vibrante historia y su dinámica actual, ofrece un escenario ideal para este florecimiento.

Mateo Dieste

Hace algún tiempo, el escritor argentino Alan Pauls dictó una conferencia en torno al hipotético hartazgo que le produce ver que se siguen escribiendo novelas y cuentos y textos literarios en general sobre la ciudad de Berlín. Algún tiempo después, el escritor uruguayo Mateo Dieste publicó en esta revista una diatriba contra Alan Pauls que llevaba justamente en el título esa preposición. El título de este breve ensayo ha intentado evitar las preposiciones: no hablamos de escribir sobre Berlín ni contra Berlín ni desde Berlín, sino de usar el verbo en su sentido transitivo. Partiré de esos dos autores citados, y tendré siempre presente el trasfondo de efervescencia creativa en español en la capital alemana, tanto como en el resto de Alemania, en la que tiene todo el sentido organizar el Festival Barrio (Bairro) Berlín del que en DESBANDADA hemos ido dando cuenta.

Una aclaración previa

Me abstendré en este artículo de nombrar todos los festivales de cine, las residencias artísticas, las exposiciones colectivas o individuales, las publicaciones bilingües o monolingües, las editoriales, los espacios de danza y música, apoyados por el Estado de Berlín u organizados por iniciativa y financiación privadas, vinculados de una u otra forma al colectivo hispanohablante. Soy consciente de que las manifestaciones artísticas no se dan aisladamente, que los creadores interactúan, que algunos participan en distintas disciplinas artísticas, que la distribución. Sin embargo, en este artículo me centraré en lo literario, y animo a lectores y colaboradores a hacer lo propio en sus respectivas disciplinas artísticas. Soy igualmente consciente de que el consumo y disfrute de la literatura ya no se realiza solo en el ámbito privado de la lectura individual, sino que tiene un componente público, de espectáculo, imprescindible, que no quiero obviar, y que forma parte de ese contexto creativo del que trata este artículo. Finalmente, pido disculpas por la reiterada aparición del nombre BERLÍN. Es inevitable.

Alan Pauls, Berlín ciudad latente

Como no soy argentino, no tengo que tomar partido respecto a la familia de Alan Pauls. Los argentinos -e incluso los uruguayos- que hayan visto el video grabando en la Universidad de Chile quizá tengan un punto de vista previo sobre el escritor procedente del debate en torno a su familia. Yo lo desconocía. Intento verlo como escritor, y como tal afirmo que es, literariamente, muy coherente, aunque su pensamiento sobre Berlín pueda parecer, a priori, contradictorio, parcial y limitado. Recomiendo mucho, en todo caso, ver el video.

Veamos primero el contexto. El Doctorado FADEU (Arquitectura y Estudios urbanos) está ubicado en la Pontificia Universidad de Chile, una universidad muy dinámica y con mucha presencia en otros países. Tiene un programa llamado “La ciudad y las palabras” que invita a intelectuales de distintas disciplinas a hablar de una ciudad o de las ciudades en general. Han participado personalidades como Deborah Eisenberg, Fernando Iwasaki, Leonardo Padura o Irene Vallejo. El 1 de abril de 2024 lo hizo Alan Pauls con la lectura de un ensayo de casi hora y media de duración. Una primera reflexión que me surge es si el público asistente pudo entender cabalmente lo estaba escuchando. El ensayo está plagado de referencias a la cotidianidad berlinesa que no se explican y que se utilizan para extender un pensamiento que parte de un tipo de experiencia concreta del escritor argentino en la ciudad de la que ha hablado en otras ocasiones: la del llamado “flâneur”, es decir, el paseante, el que recorre la ciudad a pie observando lo que se va encontrando en las calles. Si no has estado en Berlín, es difícil seguir el intrincado y serpenteante hilo del pensamiento de paseante de Alan Pauls en un ensayo que combina en un mismo párrafo hechos históricos, pensamientos generales, escenas cotidianas y conclusiones que intentan dar sentido a esa observaciones, que en casi ningún caso son experiencias que vayan mucho más allá de lo que podría vivir un turista. Mi reflexión, en este punto, es sobre la recepción del ensayo. Una recepción, además, auditiva de un texto escrito: reconozco que el ritmo trepidante del mismo atrapa al espectador, con un uso magistral de la adjetivación y de los tropos literarios, en especial de la alegoría, la hipérbole y la paradoja. La duda está en si lo entendieron. Más adelante volveremos sobre esto mismo: la percepción de la palabra Berlín y de la ciudad que la representa desde fuera de la ciudad y del país, desde los países de habla hispana.

Poco después de este video, el escritor uruguayo Mateo Dieste escribió, como decía, una diatriba contra Alan Pauls. Plantea en el artículo que para el escritor argentino, los escritores latinoamericanos escriben sobre Berlín porque (el resaltado es mío) tiene una relación crítica con la ciudad. En muchas otras cosas estoy de acuerdo con Mateo. Por ejemplo, en que Alan Pauls intenta mantenerse en una posición metaliteraria, es juicio muy ajustado. También en que parece exhibirse al principio del texto cierto grado de soberbia al querer tener la última palabra sobre el tema, aunque creo que ese tono altanero es parte de la estrategia del autor, y no tanto una actitud mantenida durante todo el ensayo. Incluso el hartazgo con el que se inicia el texto podría ser solo una forma de la provocación, activa para los que vivimos y escribimos aquí, pero que no debió de darse en Santiago el 4 de abril. En lo que claramente coincido es en lo que Mateo llama “miopía”, una mirada sobre la ciudad que para nosotros es extraña, casi dolorosa. Nosotros no podemos tener esa distancia dialéctica con la ciudad, porque somos parte de ella, porque consideramos que incidimos en su desarrollo y en su historia desde la modestia de nuestras posiciones respectivas. El argentino, en cambio, no muestra ser partícipe del desarrollo del colectivo urbano, y a cambio, parece valorar y juzgar a los que se comprometen literariamente con ella, y eso duele. Por eso, de todas, la crítica que más comparto con Mateo es esta: “Pauls no propone un diálogo sino un cambio arbitrario de tema”. También coincido con el uruguayo en afirmaciones generales sobre la escritura de Berlín por parte de escritores en español, no solo latinoamericanos, y más en concreto con la justa y hermosa frase sobre la escritura de Berlín como “una forma de participación activa en la narrativa colectiva de la ciudad”. No creo que Alan Pauls escriba contra esa idea ni que la esté intentando ningunear, tampoco estoy seguro de que esté escribiendo contra una hipotética tradición en torno a Berlín en español, aun cuando cita a algunos autores, dejando de lado otros muy memorables como los que nombra Mateo (Carlos Cerda, Esther Andradi, David Wagner). Creo que Alan Pauls se refiere a Berlín como tema de la escritura, no como espacio literario, físico o metafórico.

Puedo, como filólogo, eso sí, añadir a su crítica una puntualización puramente filológica. Veamos la palabra latente en el diccionario Panhispánico de dudas

1. ‘Oculto o aparentemente inactivo’: «Se forma una imagen latente; esta imagen no es visible y para observarla es necesario revelarla y fijarla» (Costa Fotografía [Chile 1993]); «Tal virus latente puede, de súbito, convertirse en activo y matar» (Cotte Sida [Ven. 1988]). Este adjetivo procede del latín latens, -entis (participio de presente de latere  ‘estar oculto’). No debe confundirse con latiente (‘que late’): *«Los sustitutos paternos pueden tener, en vez de un latente corazón de músculo, uno hecho de cables y chips» (Universal@ [Ven.] 25.4.2005). Tampoco es correcto su empleo con el sentido opuesto de ‘manifiesto o visible’, significado que corresponde al adjetivo patente: *«Los óleos de sus últimas series […] son una muestra latente de lo emocional en el artista» (Tiempo [Col.] 11.2.1997).

Veamos la palabra latente en la Fundeu:

Las expresiones hacer y quedar patente, no hacer y quedar latente, son las apropiadas para expresar que algo se pone de manifiesto. En los medios de comunicación no es raro que se usen de modo impropio los giros con latente, como queda patente en las siguientes frases: «El compromiso del Gobierno en materia social ha quedado latente con la puesta en marcha de cinco centros de salud», «Este año se hizo latente que existe una cooperación entre Nueva Zelandia y Chile» o «Este acuerdo reportará beneficios económicos al club que se harán latentes en la expansión de su marca a nivel mundial». Tal como señala el diccionario académico, latente significa ‘oculto, escondido o aparentemente inactivo’, mientras que patente es, por el contrario, ‘manifiesto, visible’. De ahí que sean impropios los ejemplos anteriores, en los que se podría entender justo lo opuesto de lo que se quería decir, ya que se tendría que haber dicho patente o patentes, según el caso. Por otra parte, para aludir a algo que late —especialmente el corazón, pero también de modo figurado para algo vivo, activo, palpitante o con energía— la formación apropiada es latiente, como de salir es saliente y de nutrir es nutriente. Así, en «La imagen de corazón latente de la sala era de lo más fino y elegante» debería haberse escrito latiente.

En fin, Berlín no parece ser una ciudad latente, una ciudad oculta, inactiva. De serlo, no habría podido Alan Pauls pergeñar el ensayo que leyó en Chile. ¿O es que ha querido decirnos otra cosa con ese título? ¿Quizá que la verdadera ciudad de la que habla está oculta en su texto? Aunque me estoy adelantando.

A pesar de las coincidencias con Mate Dieste, mi lectura del ensayo de Alan Pauls es distinta en lo fundamental de la del uruguayo. Volvamos al punto de vista literario.

En una entrevista con un periodista chileno Alan Pauls habla del género ensayo como experimento. En esa conversación dice, después de nombrar al ensayista que era Borges: “Siempre me interesó la presencia del pensamiento en la ficción”. Y luego añade: “para mí es muy difícil imaginar escribir sin pensar como un ensayista”. El género del pensamiento y el género de ficción aparecen muy próximos, cuando no en una clara intersección, por eso lo que escuchamos en el video no sería propiamente un ensayo en el sentido más ortodoxo de la palabra, sino que colinda con la ficción, no en lo que tiene de invención de una realidad nueva, sino, creo, en el sentido de proceso de construcción que explica en otro video.

Alan Pauls en el Encuentro hispanopoético organizado por Pasajero del Muro, en septiembre de 2021.

En una Master class de Alan Pauls sobre su proceso creativo que recomiendo tanto como todos sus otros numerosos videos en Internet, describe su modo de trabajar a base de breves anotaciones incesante de las que surge, sin plan previo, de forma espontánea, una idea inspiradora. Lo sistemático es la anotación diaria, no deja pasar un día sin sentarse y anotar impresiones: “el momento creativo no es un acto en el vacío, no es inspiración del Romanticismo, solo sucede en el campo que despliega día a día”. Esta forma de operar me parece completamente coherente con la figura del paseante, de la que él mismo habla en algún ensayo. Me retrotrae al momento en que escuché por primera vez a Alan Pauls en Berlín. Fue en una convocatoria del Pasajero del Muro, en un acto presentado por Timo Berger, a quien aún no conocía personalmente, en el que se habló de un libro de un personaje que recorría Buenos Aires a pie. Fue en septiembre de 2021 (gracias, Timpo, por recordarlo). Es coherente tener ese método de escritura si tu manera de conocer una ciudad es como paseante. O pasajero. No hay un plan previo premeditado, escribir es como caminar por la ciudad al encuentro fortuito de una idea reveladora. El aparente caos que se despliega ante los ojos del visitante es como esa sucesión aleatoria de impresiones, anécdotas, pensamientos, interpretaciones parciales y conclusiones generales por el que transcurre el hilo del ensayo que escuchamos en el video. Por momentos es un texto que va lanzando todo lo que ve -todo lo que anotó en sus paseos-, sin comprender las verdaderas razones, creando un texto tan caótico como su propia percepción de una ciudad a la que no encuentra sentido, una actitud de turista que va a un museo: la ciudad es un museo, el flâmeur mira pero no capta las claves, como él mismo dice “está de paso”, inventa un sentido a partir de sus propias expectativas y proyecciones. Es la posición privilegiada del que no vino por urgencias económicas, del que tuvo que aprender alemán, del que busca trabajo y piso desesperadamente, pero que se fue quedando. En el relato apenas hay personas, hay sobre todo cosas: la gente que aparece es solo parte del paisaje urbano contemplado, escenas más o menos pintorescas. Cuando habla de especulación inmobiliaria o de gentrificación, no lo hace con datos en la mano ni transmite la frustración o la desesperación de los que las padecen. No sabe por qué los números de las casas de las calles tienen el orden que tienen, y le parece divertido que la gente deje sus cosas viejas en cajas de cartón en las aceras en las que el paseante encuentra reliquias del pasado cercano, breves tesoros de una cotidianidad ajena. Habla de la mala relación de Alemania con Berlín, de la famosa frase que dijo el antiguo alcalde, “Berlín es pobre pero sexy”, del tecno y la falta de iluminación de las calles y parques como un resto de la época socialista, del protestantismo de los zorros de deambulan por la ciudad, de las botellas vacías que los vagabundos recogen para llevar al supermercado, de las mujeres en bicicleta con niños en los portantes, del desconocimiento del inglés de los funcionarios públicos, de la tensión entre el alemán y todos los otros idiomas presentes en la calle, y de todo ello extrae una conclusión, un concepto, un constructo. Pero en ningún momento habla de la lucha de la gente por sobrevivir; de la manera como los colectivos de vecinos se unen para dar batalla a las grandes inmobiliarias que se empeñan en subir los precios del alquiler; de la explotación laboral más o menos encubierta; de las mujeres en protesta militante; de los esfuerzos de muchas personas vinculadas al estado por ayudar a los migrantes y refugiados de diversas guerras (esos mismos que nombra pero de refilón, como masa); ni de la educación en esa continua zona de conflicto entre culturas que son las escuelas, inmersas en escalas de valores irreconciliables; de la multitud de asociaciones creadas por migrantes en las que participan alemanes, sean berlineses o no; de la multitud de familias biculturales o bilingüísticas o binacionales. En ningún momento habla de la ciudad como espacio de sufrimiento pero también como esperanza de muchos, como lugar de oportunidades. Como dice Mateo Dieste, muchas son imágenes trilladas. Quizá porque, como especifica, “un texto definitivo no habla sobre la ciudad sino sobre la relación de los escritores con la ciudad”, y así la imagen de Berlín como ciudad acaba siendo invadida por su imagen de Berlín como capital de Alemania, dando de ella lo que se espera que sea a 12517 kilómetros, esa mezcla de historia, irracionalidad y queja de la imposición de la cultura y el idioma hegemónicos.

Lo que me parece increíble, lo profundamente coherente en Alan Pauls, si unimos su idea de ensayo y su manera de trabajar, es que a pesar de que mantiene una distancia observante parecida a la de un visitante de un museo de un arte suficientemente lejano de su capacidad de decodificación de lo que ve y, por tanto, a salvo del impacto emocional e intelectual de esas mismas escenas, el ensayo llega a una conclusión que todos los que vivimos la ciudad, compartimos, y seguramente suscribimos. Yo lo hago. Como dice en la referida Master class, “lo desconcertante es un criterio”. He aquí el párrafo al que me refiero:

Hasta qué punto esa pregunta, “¿Dónde estamos parados cuando estamos parados en Berlín?”, define nuestra relación con Berlín, en especial la dimensión tensa, problemática, crítica, diría yo, que hace que esa relación sea única y nos obligue, una vez más, a escribir sobre ella. Refraseando lo que ya dije, todo lo que nos gusta de Berlín nos pone en una relación crítica con Berlín. Quisiera entender relación crítica en un sentido particular en el que crítica no significa necesariamente objeción, desaprobación, condena, es decir, juicio de valor negativo, sino más bien extrañeza, ambivalencia y dialéctica. Algo del orden de una experiencia que exige ser procesada una y otra vez y nunca en general, en función de a prioris dados, sino en el contexto de situaciones e intercambios específicos.

Intento interpretarlo. El ensayo de Alan Pauls empieza quejándose de todo lo que se escribe sobre Berlín, parte de un aparente hartazgo de la aparición de textos que parecen usar el gancho publicitario del nombre de la ciudad y de la ciudad misma para llegar a más lectores, del hartazgo de un tema literario aparentemente desgastado y vaciado por sus usuarios. Sigue con una descripción caótica de una ciudad aparentemente mal comprendida con la que no muestra estar comprometido, aunque vive aquí desde hace cinco años. Una descripción en sí misma caótica y zigzagueante que vincula aspectos que realmente no están vinculados más que merced a una percepción superficial fruto de sus recorridos por la ciudad y sus apuntes aleatorios y dispersos. Pero todo puede ser interpretado como “aparentemente”, porque termina con algo que parece una iluminación que podemos compartir muchos: vivir en Berlín es algo irreal, ambiguo, extraño. Volveremos más adelante a la experiencia del extrañamiento berlinés como foco central del impulso creativo. El ensayo es un ejercicio no explícito de experimento a medio camino de la ficción, como entiende él el género, pero también de ironía, porque la ironía siempre debe ser no explícita. Un experimento que puede ser malinterpretarlo, porque lo que está diciendo es: ya está bien de escribir de Berlín pero voy a estar hablando de la ciudad durante una hora y media porque, en realidad, yo mismo no puedo zafarme a su fascinación. De la fascinación, como el propio escritor dice a modo de alabanza final en directa contradicción crítica e irónica con todo lo anterior, de una ciudad que no se deja domesticar.

¿Con qué otra expresión podríamos ensalzar más la ciudad de Berlín? Ni la escritura de todo un colectivo alcanzaría para domesticarla.

Vuelvo ahora al artículo de Mateo Dieste para intentar hacer lo que él propone: “…deberíamos celebrar la pluralidad de perspectivas y la diversidad de historias que continúan emergiendo de esta ciudad”. Celebrémoslo, pues, con un Festival a su medida.

Los cuatro planos literarios de la ciudad de Berlín

Berlín es una referencia histórica vinculada a la caída del Muro y al cambio de sistema mundial. Es también un símbolo político vinculado a la utopía europea por ser capital recuperada de una Alemania reunificada que impulsa la Unión o la dirige, según se mire. Es meta simbólica y física de refugiados y de migrantes. Es epítome de todo lo que está pasando en Europa desde el punto de vista económico, político y poblacional, de la crisis de identidad de una población europea que es cada vez menos europea gracias al flujo migratorio. En los medios de comunicación continuamente se usan imágenes de Berlín para hablar de cosas que en la ciudad no suceden, porque suceden en toda Europa, pero es la ciudad que mejor lo representa en el exterior, donde se desconoce la verdadera realidad socioeconómica de la ciudad. Si una manifestación de cualquier tipo sucede en Berlín, mayormente frente a la Puerta de Brandenburgo, su foto tendrá una repercusión internacional más vistosa. Berlín, definitivamente, es un gancho publicitario. Probablemente es d elo que se queja en primer lugar Alan Pauls en su ensayo.

Berlín es un espacio mítico vinculado a una experiencia extrema y a una intensamente creativa hecha de vida nocturna y música tecno, algo que viene del periodo previo a la caída del muro, pero también de supervivencia, de crisis de identidad, de (re)construcción del yo, de ampliación de los límites existenciales, de huida. Tener 25 años, venir a Berlín, vivir en una WG, buscarse la vida, sufrir la explotación, la alienación económica, y sobrevivir para contarlo. O para escribir poemas de la supervivencia. Es el espacio de la deconstrucción de la identidad como creador, de la identidad literaria. Porque es un espacio de contacto con otros creadores en el mismo proceso de deconstrucción y libertad creativas donde, además, hay lugares, y hay realmente muchos lugares, aunque cada vez menos, donde presentar y visibilizar esos procesos, y vivirlos en grupo.

Berlín es un espacio mitológico donde suceden eventos fantásticos. Hay historias que precisan escenarios dislocados, historias no realistas ni vinculadas a un entorno histórico real pero sí a ciertas características arquitectónicas y paisajísticas intermedias entre la vigilia y el sueño. Hay un Berlín de noches amarillas, de parques sin farolas, de muros descascarillados, de policías somnolientos y fieros perros guardianes. Una ciudad fantasma, una ciudad distópica. A Berlín le pega la distopía, más que a otras ciudades europeas.

Berlín es el espacio de la distancia, de la migración, de la liberación de aquello que en nuestros países nos impidió ser nosotros y llegar a donde queríamos o creíamos querer llegar. Este último plano es aquel en el que Berlín no está, pero es necesario. Es el de aquellos creadores que solo habrían podido hablar de su infancia, de sus miedos, de sus ancestros, de sus pesadillas, desde aquí, sin tener que hablar, necesariamente, del aquí. La condición es la distancia liberadora, la distancia segura, la distancia catapultante, por decirlo de alguna manera. La chispa solo se puede encender aquí, pero el fuego no está en Berlín, lo traemos en la maleta.

Intentaré desarrollar esos planos.

Berlín como símbolo histórico y político

La ciudad de los espías, la ciudad de los nazis, la ciudad del muro, la ciudad de la Ufa Fabrik y el expresionismo, la ciudad de Rosa Luxemburg, la ciudad de Federico el Grande y refugio de hugonotes… Por esta ciudad pasó la Historia con paso contundente, y a la vista está y de ello vive. La cantidad de turismo que visita la ciudad permite a muchos vivir del turismo. Además, los restos de la historia se reparten por los barrios sin llegar a representar una carga visual como en otras ciudades europeas, sino más bien al contrario, a veces hay que rebuscar entre las calles y patios para encontrarlos. En todo caso, lo que importa quizá desde el simbólico es el propio nombre de Berlín. Remedando a Shakespeare: “Ay, Berlín, ¿por qué eres tú Berlín?”. Cualquiera puede escribir su historia de amor con Berlín desde este punto, el del nombre de Berlín, el de su historia. Tiene una sonoridad incuestionable, y una reverberación electrizante. Muchos movimientos e iniciativas vinculadas al mundo hispanohablante de la ciudad usan la imaginería creada por los medios de comunicación mundiales para potenciar su proyección exterior. Organizar un evento político en la ciudad, ilustrarlo con la Puerta de Brandenburgo como telón de fondo, y lanzarlo a las redes con un buen titular en el que aparezca claramente la palabra BERLÍN es garantía de visitas, likes y retuiteamientos (no sé si se dice así). Hay numerosas obras escritas en español sobre la historia de la ciudad, la librería Bartleby & Co tenía un estante dedicado a esa colección, creo que Andenbuch también la tiene. En la revista tenemos un espacio dedicado a la HISTORIA donde, durante un tiempo, pudimos disfrutar de las colaboraciones de un guía turístico, Juan Pedro Ledesma, que nos iba contando episodios centrales de la historia de la urbe. Y si visitamos otras revistas digitales en español hechas en Berlín encontramos de la misma manera artículos o espacios reservados para la Historia, revistas como Lado Berlín o Berlín Amateurs.

Vivir en Berlín es vivir con una sensación histórica agridulce. Por razones legislativas, el Senado mantiene visibles y al día los lugares del horror tales como “Topografía del horror”; todos conocemos o hemos estado en el monumento dedicado a las víctimas del holocausto o hemos visto esas listas de campos de concentración de las que habla Alan Pauls en su ensayo. Al mismo tiempo, convivimos con el recuerdo de la destrucción y con la insistencia en la reconstrucción, contradictorio ejemplo de ello es el nuevo Berliner Stadtschloss en el que se ubica el Humboldt Forum, usado para limpiar la cara de la historia del colonialismo a través de una política multicultural que se proyecta también al exterior y de la que todos disfrutamos: el año pasado se celebró en ese espacio el Día de Muertos organizado por la asociación Calaca e.V. Pareja a esa política es la política centrada en el multilingüismo, del que en DESBANDADA hemos dado debida cuenta a través de numerosas publicaciones con las que mantenemos nuestro compromiso con este aspecto tan central de la comunidad hispanohablante como es la educación bilingüe.

Si Berlín se ha venido definiendo institucionalmente como una ciudad multicultural y multilingüe es quizá por el peso que la historia ejerce en la mentalidad de sus habitantes a modo de lastre con el que convivir, pero además supone para todos los que compartimos un idioma diferente al alemán y unas culturas vinculadas a ese idioma un espacio propicio para disfrutar de subvenciones y apoyos institucionales a proyectos e iniciativas musicales, artísticos o literarios. Buenos ejemplos literarios de ello son la serie de eventos bilingües que Ingeborg Robles y Pepe Pizzi organizaron en el Salón Berlinés; el Festival Siesta impulsado por Felipe Sáenz Riquelme y Franco Marcucci, que cuenta además con una editorial; la Latinale, impulsada por Rike Bolte y Timo Berger -que contó, además, con el apoyo del Instituto Cervantes de Berlín-; o precisamente el Festival Barrio (Bairro) Berlín, que tiene lugar estos días. Oscuros rumores confirman un cambio de política cultural que amenaza con un recorte radical en subvenciones para eventos culturales, lo que hará que la actividad literaria regrese a los salones, bares, restaurantes, librerías, jardines y enclaves minimalistas de donde salió, y donde vive de forma natural y generosa. No quiero decir con esto que un festival subvencionado por el estado desvirtúe el ambiente más creativo de un Encuentro hispanopoético (Alicia Morán y Karen Byk), un Sarao poético (Julio Sivautt), un Probador de Poesía (Regina Riveros y Pablo Jofré), o la presentación de un libro en las referidas Andenbuch o Bartleby & Co, son dos visiones diferentes que no se contradicen. Cualquier evento público tiene algo de espectáculo, la exposición del autor y sus textos al público supone un roce necesario con el receptor del texto -el lector se convierte en espectador y escucha del texto- tanto como para el emisor, el propio autor, pero justamente en el pensamiento de Berlín, de manera tradicional, y por razones de historia ideológica, ha habido un conflicto más o menos declarado entre lo institucional, o lo apoyado oficialmente, y lo que queda fuera de esa escena. Históricamente hay una querencia por el Berlín off que muchos autores y “consumidores” de la literatura hecha en Berlín siguen apreciando. Y sin embargo, esos dos espacios pueden convivir. De hecho, conviven, el Festival Barrio (Bairro) Berlin es buena prueba de ello. La iniciativa partió de personas que tienen distintos grados de vinculación con lo institucional, incluida la Universidad, pero ha querido desde el principio incluir esos espacios no institucionales más que los institucionales. El Senado de Berlín apoya lo no institucional porque ha sido tradicionalmente parte de la imagen que quiere proyectar, una imagen generada a partir de un recorrido marcado históricamente por la segregación, el racismo y el horror, cuyas huellas siguen presentes en las calles, como decíamos.

Berlín, por tanto, es un buen ejemplo de símbolo político-cultural, y ese simbolismo, que uno descubre cuando viene en toda su complejidad, no solo es tema literario, sirve también de estímulo para venir, es parte de su atractivo. Un símbolo en cuya construcción colaboramos todos.

Las chicas del muro, de Jorge Corrales. Una española inicia una investigación en torno a una fotografía tomada junto al muro, una fotografía que existe.

Elija su propia aventura, colectivo Berlunes. Grupo de ensayos breves sobre la ciudad en los que se mezcla la perspectiva histórica y la contemporánea.

Mi Berlín. Crónicas de una ciudad mutante, Esther Andradi. Crónicas escritas desde 1983 hasta 2014, con lo que reflejan el cambio histórico vivido por la ciudad en ese periodo.

Berlín como espacio de la experiencia

Recuerdo una vieja película en la que participa el gran excéntrico de los años de la transición española que fue Javier Gurruchaga. Es una película que seguramente pocos conocen, un musical que recuerda en parte a Cabaret pero ambientada en los años ochenta. Se llama “Berlín Blues”, cómo si no. Es de Ricardo Franco, y es de 1988. La pongo como ejemplo de ese tipo de películas que mitificaba la Berlín anterior a la caída del muro, una ciudad dividida, siempre al borde la tercera guerra mundial, donde la vida estaba en los locales nocturnos al modo del Cabaret original, pero que ya no es agente bélico sino víctima de la confrontación de los bloques. Un espacio propicio para la experiencia creadora, es más, para la experiencia reveladora, por dos motivos: por ser espacio intermedio entre dos mundos confrontados, y por convivir con la ruina del anterior momento histórico. Pero también porque las circunstancias legales y económicas de la ciudad en esa época permitió que muchos creadores se refugiaran de otros espacios más enclaustrados por la oficialidad o la tradición o los poderes culturales asentados. Berlín había perdido tras la guerra prácticamente toda su infraestructura cultural, y era un buen momento y un buen sitio para reconstruirla a base de los que habían quedado en la marginalidad cultural.

Recuerdo que en esos años era fácil venir a Berlín y sobrevivir “haciendo cosas”, es decir, generando espacios y productos con poca financiación y mucho entusiasmo. Era una ciudad joven donde se podía llegar huyendo de las inaccesibles estructuras oficiales de la ciudad de origen. Había un espacio cultural accesible y tremendamente atractivo. Recuerdo el espacio que se llamó “El Patio”, y estaba en Moabit. Otro espacio mítico, ya inexistente, fue Tacheles, pero mi favorito era La Cueva, que llevaban Maria Magdalena y Luis. Estaba en Kreuzberg, cerca de Oranienplatz. Junto a ese espacio había muchas asociaciones, pero destaco Calaca e.V. porque ha conseguido llegar a nuestros días, aunque no era estrictamente literaria, pero sí congregaba a muchos artistas de disciplinas diferentes. También había algunas publicaciones de papel, como Lateinamerika Nachrichetn, más dirigidas a la política que a la literatura. Finalmente había algunos escritores de renombre viviendo aquí, como Luis Fayad, quien sigue en Berlín, y el chileno Antonio Skármeta, que regresó a Chile. La sociedad hispanohablante no era tan numerosa ni estaba tan organizada como hoy en día, los lugares de encuentro eran sobre todo los restaurantes. Como hoy en día, el objetivo era sobrevivir. En esa década se creó este mito, el de Berlín como lugar de la experiencia. El mito aguantó la caída del muro una década más, pero poco a poco se ha ido, en cierta forma, degradando a causa de la especulación de la vivienda, aunque recibió un nuevo impulso a partir del 2009 con la gran crisis financiera, cuando llegaron, en cantidades no despreciables, hispanohablantes más jóvenes. Una segunda generación de supervivientes. Hoy en día, convivimos ambas generaciones sin mayores fricciones. No hemos conseguido generar un imagen clara de las relaciones entre las dos, pero se pueden rastrear sus representantes en el Festival Barrio / Bairro Berlín. Sí creo que ha habido una cierta transferencia de conocimiento de una a otra. La experiencia berlinesa de los representantes de las dos generaciones tienen muchas cosas en común. ¿De qué está hecha esa experiencia, cuáles serían sus ingredientes comunes a las dos generaciones?

Hay muchos ejemplos de este plano de Berlín, nombro solo uno a modo de ejemplo: la novela en vasco de Irati Elorrieta “Luces de invierno”.

Berlín, o una pena de extrañamiento, de Sergio Ojeda

Berlín como espacio mitológico

Si más arriba hablaba de un Berlín utópico, el del multiculturalismo, aquí estoy hablando de un Berlín puramente literario, un Berlín distópico. La distopía, cualquiera de ellas, le va bien a la ciudad. Le va mejor que a otras ciudades, aunque a priori ninguna se salva de la posibilidad de un futuro malogrado. Justamente porque la Historia sigue tan presente en su configuración más visible, la de las calles y fachadas, la de las plazas, parques, canales y búnkeres, las de los pisos transformados en cines o en teatros, la de los sótanos, túneles y garajes de viejas fábricas reconvertidos en discotecas o en salas de exposiciones o en escenarios de lecturas donde se combina la poesía y la música electrónica. Tiene un fascinante efecto cinematográfico proyectado en un futuro utópico donde la historia pudo ser diferente.

Hay una película de 1977 que tuvo un remake en 2018 dirigido por Luca Guadagnino y protagonizada por Dakota Johnson, Tilda Swinton, Mia Goth, Lutz Ebersdorf y Chloe Grace Moretz. La película se llama Suspiria, y la historia se supone que transcurre en Berlín en 1977. Si uno ve la película y uno conoce la ciudad, se da cuenta de que eso no es Berlín. De hecho no fue rodada en Berlín sino principalmente en Varese, Italia, pero refleja perfectamente lo que quiero decir: esa Berlín nunca existió, pero qué importa. Es lo que representan esas imágenes, es lo que uno podría imaginar de Berlín sin conocerla. No es inverosímil porque es, en cierto sentido de la palabra, distópico (aunque no lo es completamente porque no representa una sociedad distópica, sino un “pasado distópico”, ya que en la ciudad todavía hay un muro y un sistema policial amenazador en la calle). Se trata de una película de terror, con eso se dice todo. De hecho inauguró el Festival de Sitges en 2018.

No hay tantos ejemplos de este plano de Berlín, uno puede ser la novela de Amira Armenta “Las calles de Berlín”, pero en parte lo puedo rastrear también en la serie de cuentos de la escritora vasca Izaskun Gracia “LO que ruge”.

Berlín y la distancia necesaria

En una conversación con el español Juan Mut, este decía que no se trata de escribir de Berlín sino que estar parado en esta ciudad, como dice Alan Pauls, es la condición emocional necesaria para empezar a hablar de allá, de aquello. Recientemente volvía a escuchar a Sandra Rosas leyendo poemas de sus dos libros en uno de los primeros eventos del Festival, y recordaba la entrevista que le hice cuando salió el primero. Le pusimos el acertado nombre de “Desgarro”. Y ella misma relataba en el evento el proceso necesario para llegar de la vivencia dolorosa al poema. Ese proceso fue posible porque estaba en Berlín, y no en Tijuana. También Luisa Reyes escribe sobre el terremoto en México estando en Berlín, diría otro tanto de Luis Fayad o de algunos poemas de Pamela Coppola. Es un proceso conocido por cualquier poeta o novelista exiliado, pero hoy, en la literatura en español en Berlín, no hay propiamente exiliados, si excluimos a algunos escritores cubanos. El alejamiento físico permite la distancia emocional necesaria para convertir la vivencia original, sea o no dolorosa, pero sobre todo si es dolorosa, en escritura. 

No es la distancia aplicada a la mirada vuelta sobre la vida cotidiana, sino a la luz que se proyecta sobre la oscuridad pasada que uno se trae en la maleta. En algunos casos se pueden combinar ambas vivencias, la del pasado y la inmediata, como hace la mencionada Irati Elorrieta, y tematizar el proceso: partir de la vivencia cotidiana en la ciudad se explica el pasado y la nueva visión del mismo, y cómo se ha ido transformando, gracias a la distancia, el peso afectivo que supone. Hay mucho de eso en el libro de crónicas de Esther Andradi y en el de María Jesús Ortiz, en el poemario de Ares Marrero, y en tantos poemas escuchados en los Encuentros hispanopoéticos o en el Probador de poesía. Lleva al (re)descubriendo de uno mismo y a la conformación de una nueva identidad que, inevitablemente, problematiza la relación con el presente, y la transforma. Porque como decía Alan Pauls en su ensayo, en Berlín ningún suelo es tierra firme, y en el fondo está el pantano sobre el que se construyó la ciudad. Vivir en Berlín es aprender a vivir en varios mundos al mismo tiempo sin disfrutar de ninguna certeza definitiva sobre ninguno. Toda la vida es zona pantanosa, y los de allá ya no me reconocerán porque me he convertido en otro, un ser capaz de caminar por el lodo sin perder la cabeza en el proceso.


Iñaki Tarrés

Vivo en Berlín. Escribo en español sobre literatura, arte, educación. Soy editor en Desbandada. Hago muchas de las fotografías que uso en los artículos que edito. Me interesa contribuir a crear comunidad en torno al idioma común en este país, Alemania, y soy consciente de que la revista llega a todo el mundo.

4 comentarios sobre “Escribir Berlín

  1. Terminé de escribir una novela y dos poemario en Dresden, donde resido actualmente. Quisiera conocer escritores latinos para compartir esta afinidad

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