Se cerró el telón de la 74 edición del Festival de Cine Internacional de San Sebastián, Donostia Zinemaldia, con una amplia presencia del cine latinoamericano como es habitual. Nos fijamos en la imagen del Festival, Ricardo Darín, que también presentó Lo dejamos acá y en la película ganadora de Horizontes Latinos y del premio DAMA de la Juventud La ilusión de un verano sin fin de Alessandra Sanguinetti.
Este título quiere ser un juego y un abrazo entre el nombre de una de las secciones distintivas del Donostia Zinemaldia, el Festival de Cine de San Sebastián, Horizontes Latinos, dedicada a la cinematografía latinoamericana, y la icónica obra de Chillida, el Peine del Viento, situada en el extremo del Monte Igeldo, donde San Sebastián se encuentra con el mar.
El cine latinoamericano y su industria tiene una poderosa presencia en San Sebastián, reforzado desde el 2012 con la creación del Foro de Coproducción Europa-América Latina, en el segundo año en el que José Luis Rebordinos tomó las riendas del Festival y que tan buenos resultados sigue cosechando. Cinéfilo profesional, Rebordinos confiesa sentirse vasco, español, europeo e iberoamericano. Sin olvidar las relaciones culturales y sociológicas con América Latina, tiene muy presente que somos un mercado de más de 500 millones de personas y eso cuenta. Este año, en la 74 edición del Festival, el más joven y el más “pequeño” de los festivales europeos de clase A, como les gusta llamarse, tras Venecia (83), Cannes (79), y la Berlinale (76), Rebordinos se despidió como director del Zinemaldia después de 15 años al frente, consiguiendo que el festival sea un espacio de encuentro, con diversión y entretenimiento, pero también un espacio de pensamiento y debate. Respecto al cine latinoamericano, está satisfecho de la presencia conseguida a lo largo de estos años, pero lamenta la representación limitada de la prensa internacional iberoamericana en San Sebastián, una asignatura pendiente que deja en manos de su sucesora, Maialen Beloki, subdirectora del Festival desde hace diez años, que asumirá el cargo de primera mujer directora del Zinemaldia en enero de 2027.

Por si hubiera alguna duda respecto a la inclinación afectiva del Festival hacia Latinoamérica, el rostro de Ricardo Darín inunda San Sebastián. El certamen ya le había entregado el Premio Donostia en 2017, su principal reconocimiento honorífico, que este año ha recaído en Werner Herzog. La cara de Darín, donostiarra a tiempo parcial, es la imagen del cartel oficial de este año y sus ojos azul-gris, profundos, misteriosos y muy seductores, nos miran directamente desde los rincones más insospechados de la ciudad, colgados en las farolas, desde pancartas gigantes o desde los escaparates de los comercios donostiarras donde luce el cartel.



@Montse Majench
Para completar el homenaje al actor argentino, el Festival de San Sebastián proyectó Lo dejamos acá la nueva película del director Hernán Goldfrid protagonizada por Ricardo Darín y Diego Peretti. Como él mismo contó en la presentación del film, ha estado muchas veces en Donostia presentando películas en diferentes secciones – y al recibir la propuesta de Rebordinos de estar en el cartel del Zinemaldia, en su último baile, no se pudo negar ante un hombre que ha estimulado y abrazado el cine latinoamericano como él. “El afiche está por toda la ciudad. No me lo esperaba. Es un honor, aunque lamento que solo hayan cogido mi cara, bromea, pues hace tiempo que trabajo el cuerpo en el gimnasio.” Realmente, está en forma, sin una pizca de barriga.

En el film de Hernán Goldfrid, Darín, como Ulises Verón, es un psicoanalista pragmático con una metodología particular que altera las reglas que rigen el vínculo con sus pacientes, con resultados que, en un primer momento, parecen favorables. “No es una crítica al psicoanálisis, pero a los argentinos nos gusta reírnos de nosotros mismos, es terapéutico”, dijo antes de la proyección. Durante la escritura y la producción de la película sobre la relación inesperada que entablan el terapeuta y el escritor bloqueado se rieron mucho, y cree que el protagonista aún se hubiera podido meter en más líos, es un terapeuta que necesita terapia. Estamos ante un duelo actoral atravesado por la psicología, el humor y las tensiones que surgen cuando terapeuta y paciente comienzan a modificar sus respectivos roles. Se podrá ver solo en Netflix a partir del 16 de octubre.

Lo dejamos acá / Therapy Done Right. (Argentina, 2026) Dirección: Hernán Goldfrid. Guion: Emanuel Diez. Con Ricardo Darín, Diego Peretti, Antonia Bengoechea, Inés Efron, Andrea Politti, Pata Echegoyen, Carlos Santamaría, Miriam Odorico. Fotografía: Rodrigo Pulpeiro. Edición: Andrés Quaranta. Música: Roque Baños. Sonido: Martín Porta. Vestuario: Jam Monti. Producción: Federico Posternak, Ricardo Darín, Chino Darín, (Kenya Films). Duración: 98 minutos Estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y solo en Netflix a partir del 16 de octubre de 2026

Este año tres películas latinoamericanas han participado en competición, Glaxo de Benjamín Naishtat, una de las películas latinoamericanas más esperadas del año; la serie de Netflix Mis muertos tristes, en formato largometraje, dirigida por el chileno Pablo Larraín, basada en cuatro cuentos de Mariana Enríquez y la película brasileña Vicentina pede desculpas, el tercer largometraje de Gabriel Martins. Fuera de competición se ha podido ver mucho cine latino, con películas argentinas importantes en Zabaltegi-Tabakalera y Horizontes Latinos ha presentado dos estrenos mundiales.

Celebramos que La ilusión de un verano sin fin recibiera dos galardones importantes: el Premio Horizontes Latinos Make & Mark y el Premio DAMA de la Juventud. DAMA (Derechos de Autor de Medios Audiovisuales) es la entidad española de gestión de los derechos de los guionistas y de los directores audiovisuales y para dar visibilidad a nuevos talentos cinematográficos organiza un jurado formado por 150 jóvenes de entre 18 y 25 años que valora las películas de las secciones Horizontes Latinos y New Directors. Es emocionante verlos en las proyecciones de las películas, se mueven como un enjambre de devotos del séptimo arte luciendo con orgullo las acreditaciones. Se sientan juntos al final de la sala y cuando en el primer anuncio aparecen en la pantalla unas ovejas bloqueando la carretera al Audi, coche oficial del Festival, se ponen a balar al unísono un “beeee” que arranca las carcajadas del público. Segundos después, cuando aparece el vídeo del Festival, dan palmas con mucha energía y alegría acompañando la sintonía, haciendo que se contagie y todo el patio de butacas palmotea hasta que empieza la película. A partir de ahí, silencio y concentración, o risas, si es el caso. Coincidí con este jurado joven en el estreno de La ilusión de un verano sin fin en la sala Kursaal 2, de más de 600 butacas, con la presencia del equipo de la película, un lujo.

Se trata del debut de Alessandra Sanguinetti que llega avalado por el Leopardo de Oro en la sección Cineasti del Presente, y con el premio a la mejor ópera prima en el último Festival de Locarno. Desde 1998 Sanguinetti filma a la Guille y a la Beli, primas inseparables y compinches, en un pueblito de la pampa argentina. Al inicio de la filmación, ellas tenían 9 y 11 años, en total 25 años de rodaje, más de 80 horas y ese día, en el estreno en el Zinemaldia, allí estaban y era la primera vez que veían la película.
La productora Julia Solomonoff es el artífice de que todo este material se haya convertido en algo tangible. Es un relato excepcional de lo que es la vida y el paso del tiempo, como abrir un álbum familiar frente al público. Y como tantas cosas, yo no sé, todo empezó por casualidad. La familia de Alessandra tiene un campo a tres horas de Buenos Aires y allí vivía Juana, la abuela de Guillermina y de Belinda, la que atesoraba leyendas y costumbres de antaño, en una granja de animales, con vacas, chanchos, perros, gatos, conejos, gallinas, caballos y corderos. Alessandra es fotógrafa e iba al pueblo a menudo a fotografiar a los animales y la Guille y la Beli se ponían delante de ellos y le pedían una foto. Delante de la cámara posaban como divas, vistiéndose con trapos olvidados en los armarios, maquillándose, pero, sobre todo, riéndose, convirtiendo cada sesión en un juego sin reglas. Alessandra pronto se dio cuenta de que la fotografía se quedaba corta, no era suficiente para recoger la voz hermosa y fina de Belinda y todo lo que contaba ni los movimientos y la forma de bailar de Guillermina y ahí empezó a grabar. Puso la cámara de vídeo en un trípode y les seguía haciendo fotos mientras ellas actuaban para la cámara.

Sanguinetti capta cómo sus juegos infantiles de fantasía de niñas llenas de inocencia y espíritu lúdico van perdiendo algo de esa magia inicial cediendo poco a poco el paso, primero al acné y al peso de la vida adulta: el trabajo, la familia, la maternidad y los caminos divergentes. Expone con sutileza la dinámica social imperante, el éxodo a la ciudad o los roles que se perpetúan entre los hombres y las mujeres del campo, ellos trabajando la tierra y criando los animales, ellas siendo madres. Las muestra con ternura y empatía, sin juzgarlas ni manipularlas, aunque sus elecciones nos puedan parecer ilógicas desde una perspectiva contemporánea y urbanita. Con el paisaje rural de la Pampa argentina como telón de fondo, la película ofrece «un contrapunto íntimo y centrado en las mujeres de la mitología gaucha de la región, dominada por los hombres, convirtiéndose en una profunda reflexión sobre el tiempo, la amistad y lo que perdura».

Sin proponérselo, Alessandra fue creando una historia fílmica y otra fotográfica, que se complementan y dialogan entre sí, pero son dos cosas separadas. Las chicas van creciendo y evolucionando al ritmo que también crece el proyecto, con generosidad, sin vanidad ni vergüenza, durante 25 años, con la intuición de que todo aquel material que celebra la amistad “podía ser algo”. En 2016, tras varios intentos infructuosos de empezar a editar, aparece Julia Solomonoff, directora de películas tan aclamadas como El último verano de la Boyita y también productora, decidida a ordenar el material y completar la obra. Entremedio, en 2024, la Fundación Cartier-Bresson de París dedica una retrospectiva a la serie de fotos de Guillermina y Belinda y allí surgió el título “La ilusión de un verano sin fin” en referencia a ese momento agridulce de no querer que pase el tiempo y que el verano no termine nunca. Alessandra consiguió que Guille y Beli salieran de su pueblo por primera vez y viajaran a París, donde las siguió filmando por un momento. Era la primera vez que las chicas se veían retratadas junto a fotografías de la familia y los animales del pueblo. Todo ha sido fruto de un proceso muy natural, las tres juntas siguiendo un camino no trazado hasta el estreno en San Sebastián, dónde Alessandra les dijo: “Gracias por regalarnos vuestra vida.”

La ilusión de un verano sin fin / The Illusion of an Everlasting Summer (Argentina, Estados Unidos, 2026). Dirección y fotografía: Alessandra Sanguinetti. Con Guillermina Aranciaga y Belinda Stutz. Edición: Andrés Tambornino. Sonido: Lena Esquenazi y Leandro de Loredo. Producción: Julia Solomonoff y Alessandra Sanguinetti. Duración: 94 minutos. Estreno mundial en la sección oficial Concorso Cineasti del Presente del Festival de Locarno, agosto 2026.
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