El 5 de julio de 2026 se presentó el la librería Andenbuch de Berlín el poemario Desde mi barrio de la poeta y artista plástica argentina Celia Caturelli. En la librería pudimos ver, además, los libros-objeto creados por la propia artista y editados por Natalia Göllner, quien también participó en la presentación. La moderación corrió a cargo de Dunia Gras, de la Universidad de Barcelona, y frecuente asistente a los eventos literarios que ocurren en Berlín estos días, como los de Barrio (Bairro) Berlín. Este es el texto que Dunia escribió para esa presentación. Podemos aquí, además, escuchar algunos poemas en la voz de la autora.
Por Dunia Gras (Universitat de Barcelona)

Desde mi barrio es un poemario, lírico y a la vez narrativo, de una intensidad poco común. No necesita levantar la voz. Prácticamente susurra, comenta, dialoga con el lector, como amigo y a quien parece unir un vínculo de hermandad (“mon semblable, mon frère”), no solo con el interlocutor ideal (a quien agradece el paseo acompañado al final del volumen), sino a cualquiera que la acompañe a cruzar las páginas, desde su pórtico, de la mano de Descartes y de María Zambrano.
Publicado en Buenos Aires por Huesos de Jibia en 2025, donde ya aparecieron sus 91 meditaciones (2017) y El racimo (2022), casa editorial que se sirve de la imagen programática de Eugenio Montale (“zarandeados como un hueso de jibia por las olas…”), este nuevo volumen de Celia Caturelli comparte, desde el inicio, una poética de lo residual, lo erosionado, lo que queda después del oleaje, pero también de aquello que, aun gastado, conserva forma y remembranza.
¿Cuál es ese espacio de enunciación, ese barrio, que identifica como suyo? La portada desdibuja los referentes, los borronea y borra conscientemente. La elipsis le da cuerpo y espacio, paradójicamente. Ese barrio tiene nombre y lugar, se sabe cuál es. Pero, en realidad, podría ser cualquiera, y estar en cualquier parte (porque lo lleva dentro de sí y lo construye con su mirada). No quiere pintar ni explicar Berlín, no es una flanêuse al uso, como quizás haría una recién llegada. Tampoco es su objetivo convertir la migración en tema, ni hacer del sufrimiento una consigna. Su fuerza está en otra parte: en mirar. Con delicadeza. Con pudor. Mirar a quienes pasan, a quienes tiemblan, a quienes han perdido algo: una casa, una lengua, un abrigo, una madre, un país, un nombre. Mirar a los ojos. Y, sobre todo, ver y verlo todo. Claramente.

Los poemas de Celia Caturelli están poblados por figuras frágiles y memorables: el hombre que camina y se tambalea, la joven que ha perdido los botones de su abrigo, el sastre, la señora rumana, el muchacho de Polonia, la mujer en el balcón, los hijos que se van, la gata, los amigos, los muertos queridos. Todos parecen venir de alguna parte y no haber llegado del todo a ninguna. Todos cargan una pequeña historia de desplazamiento. Pero Celia no los captura a modo de instantánea, no los convierte tampoco en símbolos, no los utiliza para ilustrar una idea preconcebida. Los deja ser y estar. Y esa es una de las formas más hondas de la poesía: acompañar sin apropiarse.
Hay en este libro una ética de la mirada. Una mirada que sabe que el dolor ajeno no debe ser invadido. Por eso, los poemas preguntan tanto. Preguntan qué hacer, cómo seguir, qué se pierde cuando se pierde una lengua, dónde queda la casa, qué es estar viva. La pregunta, en Celia Caturelli, no es incertidumbre retórica (aunque la referencia cartesiana inicial pueda sugerirlo): es hospitalidad. Preguntar es abrir un espacio para que el otro exista sin ser traducido del todo, sin ser reducido, sin ser explicado desde fuera. Sin ser etiquetado.
Y quizá por eso este libro pertenece tan profundamente a Berlín (y, especialmente, al que representa Kreuzberg). Porque, como sabemos, es una ciudad construida sobre capas de fractura: guerra, destrucción, división, Muro, migraciones, reconstrucciones, duelos. Pero Desde mi barrio no mira la gran Historia desde los monumentos. La mira, en minúscula y desde abajo: desde la plaza, desde el mercado, desde una ventana, desde una taza de té, desde una moneda en el estuche de una violinista, desde una tiza blanca, desde unos botones que alguien cose para que un abrigo vuelva a cerrarse contra el frío.
Leer este poemario en Berlín significa darle imagen y cuerpo desde el lugar donde respira. Porque este barrio del título, a pesar de jugar con la abstracción, no es un escenario intercambiable, y encarna la voluntad del margen y la reminiscencia de la intemperie, donde se inventan formas de vida. Por otro lado, sin embargo, no habla solo de una esquina, una plaza o una ventana: habla de lo que una ciudad recuerda y de lo que una ciudad empieza a olvidar.
Pero hay además otra resonancia. Para una argentina, aunque lleve cuarenta años transterrada (o, precisamente, por ello) la palabra “barrio” nunca es inocente. Viene cargada de tango, de infancia, de pérdida, de regreso imposible. “Viejo barrio”: basta decirlo para que aparezca una música, una calle que ya no existe, una puerta cerrada (y otra que se abre), una madre, una lengua, un país. En ella se superponen Córdoba, Buenos Aires, Berlín, el español y el alemán, más allá de las pertenencias (nativas o adoptivas), el eco de los que llegaron antes y de los que siguen llegando.
La tiza es una imagen central. Con ella se escribe, se borra, pero algo permanece. Deja una señal blanca, frágil, sobre una superficie oscura. Sirve para aprender, para trazar, para orientarse; aunque también alberga su propia desaparición. Algo de esa materia tiene la poesía de Celia: una escritura que no pretende ser monumento, sino huella. No piedra, sino polvo luminoso. No afirmación rotunda, sino línea temblorosa. Una forma humilde de persistencia.
No es casual que la obra de Celia Caturelli se haya movido siempre entre la poesía y las artes plásticas, entre la palabra y la imagen, entre el libro y el objeto. En Desde mi barrio se nota esa sensibilidad material. Las palabras parecen cosidas, bordadas, depositadas con cuidado sobre la página. Aparecen hilos, telas, botones, lana, agua, barro, nieve, luz. El mundo está hecho de materias vulnerables, perecederas. Y escribir es, muchas veces, intentar zurcirlas. Conmueve, precisamente, que la costura atraviese el libro como una imagen silenciosa de reparación. Coser un botón no cambia el mundo, pero impide que el frío entre del todo. Remendar una tela no borra la pérdida, pero permite seguir. En estos poemas, la ternura tiene esa escala: no salva de manera grandilocuente, sostiene (que no es poco). No redime; acompaña. No promete felicidad; ofrece abrigo.
Y esta ternura no es ingenua. Es una ternura que conoce el exilio, el paso del tiempo, la enfermedad, la precariedad, la extranjería, la soledad, la guerra, la dureza de los inviernos. Una ternura lúcida y poderosa, que observa el sufrimiento humano sin convertirlo en espectáculo. Y hay algo profundamente político en esta delicadeza. En un barrio como Kreuzberg, donde tantas vidas migrantes han sostenido la ciudad, y donde ahora tantas de ellas son empujadas hacia afuera, detenerse a mirar lo pequeño es también una forma de resistencia. Nombrar es impedir que desaparezcan. Es devolverles presencia. Es decir: aquí estuvieron, aquí están, aquí importan.
Por eso, Desde mi barrio no es un libro nostálgico, aunque esté lleno de recuerdos, propios y ajenos. La nostalgia mira hacia atrás buscando una casa perdida, pero este libro hace algo más difícil: mira hacia atrás, hacia los lados y hacia delante, al mismo tiempo. Evoca, sí, pero también escucha y ofrece té. Sabe que el barrio de antes ya no existe del todo, que la ciudad cambia, que los hijos se van, que las lenguas se mezclan, que los muertos no vuelven, pero que, sin embargo, de algún modo, todo permanece, a pesar de todo. Aunque se transforme y amenace con expulsar su propia historia, todavía hay gestos que resisten: una sonrisa, una flor, una palabra en otra lengua, esa tiza blanca, esa costura, una mano que saluda, la mirada que sabe ver… Y es algo que agradecer. Por compartir un barrio no como quien observa un paisaje urbano, sino como quien escucha una respiración colectiva que reverbera. Por escribir desde los bordes, de los migrantes, de los artistas, de los que caminan tambaleándose y aun así siguen. Por recordarnos que el barrio no es solo un lugar, sino una memoria compartida, una forma de cuidado, una manera de acompañar, en una ciudad marcada por heridas y reinicios, a través de unas páginas que nos enseñan que la poesía puede ser todavía eso: un viejo barrio cambiante que sigue vivo.

Dos poemas de Celia Caturelli
CONTAR BOTONES
Toda una semana
estuve en lo de mi amigo
separando botones de colores.
Allí en una esquina
los verdes oscuros
los azules los blancos nacarados
los violetas profundos
los carmesíes y amarillos
aquí en este cuenco
los otros los marinos los turquesas
los que gotean un poco de verano
en este cuarto oscuro y pequeño
a esos los escondo para sorprenderte
cuando una vez más las sirenas
anuncien la desgracia.
Veinticuatro horas suma el día.
Más de veinticuatro serán las cuentas
que necesito para marcar el camino
de regreso (si hubiese un regreso)
pregunta esta vez mi amigo
sumergido en el hilván de una camisa blanca.
El otro el de las nubes azarosas
sobre esta ciudad extendida y dura como cuarzo
le traen el recuerdo de la vasta Anatolia
y a mí el aroma de un algarrobo oscuro y pegajoso.
Uno al lado del otro él y yo
botones o cuentas sin ojales
recordamos
amigo freund arkadaş
susurran las ramas peladas de los árboles
(el invierno es una lámina vacía)
esas ramas que también semejan
a una urdimbre en donde nos cruzamos
él y yo tan lejanos y perdidos.
Los recuerdos son hilos largos e infinitos.
Yo le cuento de quien fuera mi padre
y él a mí de quien fuera el suyo.
Ambas sombras crecen sobre nuestras cabezas
una oliendo a cabras y fogata
la otra a piquillín y sauce
y un poco también a río.
Sentados sin ojales mientras la noche
del invierno cae como siempre cae
certera lámina de acero.
No ciegos pero sí en silencio estamos
uno al lado del otro
las lenguas quietas y los oídos abiertos
entretejidos
amigo freund arkadaş
amiga freundin kız arkadaşı.
Toda una semana separando
botones.
En el jardín
Los frutos del árbol llegan cuando los padres ya partieron y las huellas que alguna vez fueron rendijas dibujadas en el barro fresco se destejen sin dolor ni apremio. Envuelve tu corazón en un retazo de seda azul que no lo manche la noche ni el grito de las urracas. Reposa corazón reposa copo de nieve sobre la lengua en una siesta ardiente de verano bajo la sombra fresca en el jardín entre palmas aljibes y rosales. Reposa corazón en la mitad del día entretejido corazón Reposa.

Libros-objeto de Celia Caturelli
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