No hay besos para todos: La Voluntaria – Nely Reguera 

Por Montse Majench

Se estrena en Berlín La voluntaria, una cinta de Nely Reguera alabada por la magnífica interpretación de Carmen Machi y la veracidad y riesgo de la propuesta. La última película del Cicle Gaudí en Berlín antes de la pausa estival nos lleva hasta Grecia, tierra de acogida. A un campo de refugiados. La cita es este sábado 28 de junio a las 18:00. Conversamos con su directora.

La Voluntaria, en mayúsculas, nos cuenta la historia de una mujer que podríamos conocer, podría ser nuestra vecina o la amiga de mi tía. Una mujer con hijos, ya mayores, que hacen su vida y tienen sus hijos y quizás viven lejos o cerca, pero se ven más a través del móvil que en persona, no la necesitan. Esta mujer, recién jubilada, era médico, formada para curar, aliviar y ayudar a los demás. De un día para otro, deja de tener un rol activo en la sociedad y ante el vacío que supone la jubilación, mientras sus amigas disfrutan de un arroz en la playa, ella se decide a colaborar con una ONG en un campo de refugiados en Grecia. Ahí puede ayudar, contribuir, cooperar… y llenar el vacío.

Seguramente muchas de nosotras lo pensamos en algún momento o conocemos a alguien que se fue a Grecia con la voluntad de echar una mano después de ver las noticias que empezaron a estremecernos desde el 2015. La fotografía de Alan, el niño ahogado en una playa de Turquía sacudió toda Europa, un verano. Un niño muerto, tumbado en la arena. Fue el preámbulo de la llegada masiva de personas refugiadas a Europa procedentes de Siria, Afganistán…

Nelly Reguera, directora de La voluntaria, fue una de estas personas que siguió el impulso de ir a Grecia a colaborar con una ONG cuando empezaron a llegar refugiados a las costas de Grecia, sin pensar, de entrada, que la experiencia se convertiría más adelante película.

Nely Reguera: Fue a raíz de la guerra de Siria, empiezan a decir que se necesitan voluntarios. Parecía que las instituciones no estaban dando la ayuda necesaria, cada vez llegaban más personas a Grecia por la costa, y se decía que se necesitaba gente. Y entonces un verano, con unas amigas, teníamos dos semanas y decidimos irnos a Grecia. Había que ir bajo el paraguas de una ONG y una de nosotras conocía a Didac Guillamet Leo, un chico catalán que había montado OCC, Open Cultural Center, después de haber estado en Idomeni. Él nos dijo que necesitaban gente en un campo al norte, en Cherso, porque todo el mundo se iba a las islas y realmente había otros lugares donde también hacía falta que se fuera a colaborar.

Idomeni era el campo situado cerca de la frontera con Macedonia que llegó a albergar más de 8.000 personas antes de que lo cerraran y que supuso el punto álgido de la crisis de los refugiados en 2015. Después la Unión Europea firmó el cuestionable tratado con Turquía para retener a las personas que buscaban asilo en Europa.

Como venían del sector del audiovisual, Nely y sus amigas hicieron un taller con los adolescentes del campo que consistió en el rodaje de un corto, una experiencia enriquecedora para todos que le despertó el gusanillo de contar algo sobre el tema, después de volver a los campos de Grecia, regularmente durante cuatro años, en los que se fue gestando la película.

N.R: La película se hizo siempre con la voluntad de generar preguntas y reflexiones, no tanto de dar un discurso, me parece que es un tema complejísimo sobre el que yo no tengo sentencias, sino más bien la intención de hacer pensar un poco al personal. Esa era la idea.

El guion está escrito a seis manos, Nely Reguera junto a Valentina Viso y Eduard Sola que ya habían trabajado juntos en su primera película María (y los demás) (2016).

N.R: Me gusta mucho trabajar en equipo, sobre todo en la escritura, una parte muy solitaria. Ellos tienen mucho más oficio que yo, son grandes guionistas y también amigos, para mi es un placer trabajar con ellos. Somos tres personas pensando, aportando ideas hasta que llega el momento en que yo lidero, porque voy a dirigir la película. Ahora estamos escribiendo otro guion y estamos otra vez los tres, es nuestra forma de trabajar.

Para escribir La voluntaria me los llevé a Grecia, para que pudieran ver y vivir la experiencia del campo.Con Edu fuimos dos veces, la primera vez a hacer un taller con niños a la misma ONG, Open Cultural Center, que ya no estaban en un campo. Hubo un momento en que el gobierno griego ofreció casas en Polikastro, una población al norte de Grecia en una zona muy despoblada, a toda una serie de familias con niños que estaban en el campo. En Polikastro los niños iban al colegio y OCC montó un centro que se ha convertido en un local social para la comunidad, con internet, sofás, juegos… Para los adultos, muchos no trabajaban, era un lugar donde reunirse y tomar las clases de inglés que ofrecía OCC. Al año siguiente, vino también Valentina. Yo también estuve en otra ONG un mes, una inglesa, porque tenía ganas de vivir algo distinto.

Después de haber pisado el terreno, una de las premisas era cuestionar esta idea del Salvador Blanco y ver quién ayuda a quién. Nos confrontamos con la complejidad sobre la ayuda, qué implica ayudar o si realmente sólo estás ayudando al otro o a ti. La reflexión iba sobre hasta qué punto tus carencias no condicionan de alguna manera o no afectan en esa ayuda. Sin menospreciar la ayuda, ¿eh?

¿Cómo aprendes a gestionar las emociones en un campo de refugiados?

N.R: En el campo de refugiados te quedas con la sensación de que hay gente muy necesitada de cariño y de recibir amor y apoyo y de sentir que se les tiene en cuenta. Se sienten muy abandonados, no por los voluntarios, pero sí por el mundo. Trabajando de voluntaria vi que debes ser consciente de que trabajas con personas que están en una situación muy diferente de la tuya porque lo han perdido todo, su fragilidad es extrema mientras que tú llegas allí, estás un tiempo y te vas. Es obvio que está muy bien dar, pero siendo consciente de si luego tú vas a poder mantener aquella relación, de si vas a seguir respondiendo esos mensajes, o a seguir esa amistad por Facebook. O sea que te replanteas tu disposición, está bien tener una actitud colaborativa, pero un tanto distante.

Me pareció que era importante que tú misma fueras consciente de dónde estabas, sobre todo con los niños. Una cosa es jugar y la otra es jugar a algo que no soy. Esto me generaba muchas dudas y entonces pensaba, ¿qué pasa si llega aquí alguien que también está muy necesitado de amor? ¿Qué ocurre entonces?

En los voluntarios, personas generosas y extraordinarias, sin la menor duda, hay cierta búsqueda de algo. Cuando tú tienes toda la vida armada, irte a un campo de refugiados no es en lo primero que piensas. Es fácil que una decisión así coincida con momentos vitales del tipo que acabas de terminar los estudios y todavía no tienes trabajo o te acabas de separar o acabas de dejar el trabajo y quieres darle un nuevo rumbo tu vida y no sabes hacía dónde tirar… Veías que eran personas que estaban en un momento de impase, abiertas al trueque. En la película, quería cuestionar un poco esta figura del salvador blanco que va de voluntario solo a ayudar, a dar y que “sabe lo que ellos necesitan”. No es verdad, tú también vas buscando cosas, hay un intercambio y nos apoyamos mutuamente. Entonces fue cuando me centré en la figura de esta señora, para ver qué pasa con una mujer que se siente sola, que tiene ganas de cuidar, que en este mundo en el que estamos ahora no encuentra salidas y, bueno, ¿qué ocurriría? Me parecía que, por un lado, había una parte bonita y tierna pero que a la vez aquello podía ser peligroso según cómo se llevara a cabo, ¿no?

Este momento coincidió con la jubilación de tu madre, ¿no es así?

N.R: Sí, mi madre, que había sido una mujer muy activa, una doctora vocacional, se había jubilado hacía poco y estaba un tanto frustrada porque no tenía nietos, se pasó un año muy perdida. Además, de un día para otro dejas de ser útil para la sociedad. Ahora ya vuelve a hacer cosas por su cuenta, pero el primer año le costó ubicarse y además había una frustración y casi un reproche hacia mis hermanos y hacía mí, aunque fuera inconsciente o involuntario, por no tener hijos. Ella no es Marisa pero en Marisa hay algo de ella.

El primer plano de la película, con la cabeza de la protagonista, Marisa, de espaldas, descubriendo un espacio que el espectador no ve, es impresionante. ¿Pensabais en Carmen Machi cuando escribíais el guion?

N.R: No. Carmen vino después. De hecho, no pensaba en Carmen porque la veía más joven que a la protagonista. Pero luego, hicimos casting y me enamoré de ella, de su vis cómica, de su ternura, fragilidad, y de la empatía natural que genera. Es inevitable no querer a esa persona. Carmen hizo un trabajo muy bonito poniéndose en la piel de Marisa.

Claramente, Carmen Machi es Marisa. Sutil y contenida, su gestualidad traspasa la pantalla. Por ejemplo, cuando está en la sala con las mujeres que están cosiendo, sólo con la mirada se ve que se siente como un pulpo en un garaje, ella no quiere estar ahí para nada, no ha venido para eso.

N.R: Sí, sé que eso sorprende, que se frustre por tener que hacer actividades con mujeres en vez de con niños, pero yo quería mostrar como a veces, vas a un campo con una idea preconcebida de lo que harás allí y es fácil que, al llegar, lo que encuentres no se corresponda con esa aventura que tú habías imaginado. Es algo con lo que me encontré y pensé que decía mucho de nosotros. De nuestras expectativas, de nuestra actitud al respecto. Venimos a ayudar, pero a ayudar como nosotros queremos. Si alguien quiere ir a ayudar ha de ir abierto a hacer lo que se necesite de él, no pretender escoger. Si resulta que llegas y te toca hacer un censo del campo y pasarte cinco horas delante del ordenador, lo haces, puede ser frustrante, claro, y aburrido, lo entiendo, pero es lo que hay. En esas circunstancias veías quien lo asumía y lo hacía y quien casi se sentía estafado porque sentía que había ido allí a hacer otra cosa. Me apetecía reírme un poco de eso. Esta señora, Marisa, va al campo con la idea de que va a jugar con niños y de pronto la costura le parece una tontería. Queríamos reírnos de nosotros mismos, o sea, que riéndote de ella te reías también de lo ridículos que podemos ser.

En los créditos aparecen los nombres de actores y actrices españoles como Carmen Machi, Itsaso Arana, Arnau Comas, Dèlia Brufau pero también los de Hamam Aldrarweesh-Almanower, Yohan Levy, Henrietta Rauth…

N.R: Se trata de una coproducción hispano-griega, rodada en Grecia, con un equipo técnico y artístico mixto de españoles y griego, nos entendimos muy bien. Todos los que hacen de refugiados son refugiados. Ninguno es actor. No solamente el niño Hamam, Ahmed en la película, también todos los demás, las mujeres, los que hacen de padres adoptivos…  Muchos de ellos ya no estaban en campos, pero otros sí.

Trabajar con ellos fue un lujo, fueron muy generosos, tenían muchas cosas que contar y ganas de compartir su historia. Ellos sabían perfectamente lo que era vivir en esa tienda de campaña, moverse por ese campo, conocían mucho mejor que nadie todo aquello. Hubiera sido mucho más difícil para un actor ponerse a hacer ese papel que hacen ellos. Carmen fue la que tuvo que adaptarse. A ellos nunca les di un guion, les decía más o menos lo que tenían que decir y cómo iba la escena, pero había veces que improvisaban. Carmen no tiene ningún problema en improvisar en castellano, improvisa perfectamente, pero en inglés, eso ya es otro tema. De todas maneras, a mí ya me parecía bien que Marisa a veces no entendiera, pues los malentendidos que se dieron, funcionaron.

Lo más complejo de gestionar fue el idioma, yo no hablo árabe y alguno de ellos chapurreaba un poco el inglés, o sea que siempre necesitábamos un intermediario. Nos ayudó mucho una mujer siria que había emigrado a Grecia hacía veinte años, trabajaba en Grecia, hablaba griego, y fue nuestra traductora, sobre todo durante el proceso previo a la película, para conocer a todas estas mujeres, hablar con ellas, y que nos contaran sus historias. También nos ayudaron mucho unos chicos que llevaban más tiempo en Grecia, alguno había sido refugiado y estaban muy ubicados, hablaban árabe e inglés, ¡suerte tuvimos de ellos¡

Es muy interesante cómo se dibuja la relación de Marisa con los otros cooperantes.

N.R: Me apetecía mostrar cómo, en general, hay una tendencia a infantilizar a la gente mayor. A tratarles, a veces, desde una superioridad, como si se hubieran vuelto inútiles. Pero claro, perdona, esta persona tiene bastante más vida y recorrido que tú, relájate. Al ver la película me di cuenta de que en el guion los voluntarios tenían más escenas y luego, en el montaje final, se quedaron con menos y a lo mejor el retrato es un poco más maniqueo, más de lo que me hubiera gustado, pero bueno, es así.

Yo quería reírme de eso. También es verdad que el problema es que Marisa y Caro son dos personas que chocan porque los cooperantes con experiencia tienen esa actitud, pero Marisa también juega con “a mí no me tenéis que explicar nada que yo ya sé lo que tengo que hacer”. Y al final no se escuchan.

Por eso con el personaje de Olivier, el francés, sí que hay ese momento en que ves que hay cierta sintonía porque tampoco me apetecía que fuera un enfrentamiento totalmente radical. Son capaces de reírse juntos. Esa era la idea, por un lado, la juventud, con toda la arrogancia que forma parte de su edad, a veces no sabe tratar con gente más mayor y por otro, a veces hay también cierta gente mayor con tendencia a creer que “yo sé más que todos estos”, y colocan a los jóvenes en un lugar que no les corresponde. Eso era una capa que tampoco se pudo desarrollar mucho porque la peli va por otro lado. Pero era eso, sobre todo en el caso del personaje de Caro, la coordinadora.

Caro es un personaje que se acaba quedando un poco pequeñito pero la idea era mostrar esta gente que lleva mucho tiempo en un campo de refugiados y ya ha aprendido a que tiene que ponerse cierta coraza porque si no es muy complicado sobrellevarlo. Eso es una cosa que me llamó la atención, yo fui a Grecia a lo largo de cuatro años y cuando llegué, te encontrabas con que los voluntarios eran, en general, gente entregada, entusiasta y muy críticos con las otras ONGs. Recuerdo que criticaban que en las otras ONGs había un día a la semana que no trabajaban, que hacían unos horarios súper estrictos en el campo mientras ellos llegaban allí y estaban el tiempo que hiciera falta, incluso iban a comer a las tiendas con los refugiados y se quedaban hasta tarde. Hubo gente que se llevó a refugiados a casa y entonces tuvo que intervenir la policía, se creaban situaciones complejas.

Había una cierta sensación de “nosotros somos los que sabemos hacer esto porque nos entregamos hasta el final”. Y cuando volví tres años después, claro, la situación había cambiado mucho porque había gente que ya llevaba mucho tiempo allí, que habían acabado dedicando su vida a ello, creando una ONG y dedicándose “profesionalmente”, y se habían dado cuenta de que ya no son dos semanas en verano o un mes, sino de que tú estás allí todos los días y si no estableces unos horarios o no tienes unos días de descanso o marcas cierta distancia, aquello se te va de las manos. Todas las normas de las que al principio renegaban, luego se convirtieron en un mantra sagrado. Pude comprobar en ONGs pequeñitas que ya tenían un horario, y unas normas que fijaban la manera de relacionarte con los refugiados, ya habían aprendido que una vez que el trabajo en la ONG se oficializa, necesitas también cuidar de ti mismo y protegerte. Me apetecía mostrar en Caro cómo había evolucionado la organización de los voluntarios. El resultado era que, tres años después, con tanta norma, habían pasado de un extremo a otro y a lo mejor se excedían hasta el punto de que a una señora médico le decían que no cure.

La relación de Marisa con los niños está marcada por las normas, no los puede besar, no les puede hacer dibujos…

N.R: Recuerdo que estuve en varios campos en los que hubo conflictos con eso, porque no hay besos para todos. Una cosa es que una tiene que poder ser natural y cariñosa y empática, pero sí es cierto que en los campos hay realidades que tú desconoces. Hay campos en los que hay diferentes etnias y diferentes religiones, diferentes procedencias y si por lo que sea tú estás más con uno, el otro a lo mejor se lo toma mal por algo que tú desconoces. Es importante ser consciente de que aquella situación es algo desconocido para ti y que tienes que entender su realidad.

¿Cómo eliges este lenguaje con la cámara? En general son planos cortos, la manera como se explica la historia es muy cercana, Carmen ocupa la cámara.

N.R: Quería hacer una película en la que hubiera mucha honestidad con la cámara, más que utilizar un lenguaje artificioso o estilizado que fuera algo más crudo, creía que le encajaba más a la historia. De hecho, prácticamente no hay música, o sea, no era solamente la cámara, sino la forma general de la película. La iluminación también es muy, muy, muy naturalista y con la cámara queríamos estar cerca de ella, que tú fueras ella.

La relación con Marisa es compleja, necesitaba lograr que como espectador le hubieras cogido cierto cariño, la hubieras entendido más o menos, para que en el momento en que ella se va del campo de refugiados no la abandones por completo, porque te podía pasar que, según como, ahí dijeras, pero esta señora… De hecho, hay espectadores a los que les pasa, pero bueno, aunque te esté cayendo mal, que tengas curiosidad, quieras saber a dónde va, qué va a hacer, ¿no? Me parecía que si lo filmábamos desde mucha distancia era difícil entenderla. Al contrario, había que estar con ella, sintiéndolo con ella para tratar de entender qué la mueve y qué la lleva a hacer lo que hace. Pero a la vez era necesaria una cierta distancia, para mí era importante que tú como espectadora pudieras ir con ella, pero a la vez observarla. Eso es lo que intentamos. Rodamos en 16mm, con ópticas de 16mm, que te permitían estar más cerca de ella, pero que el entorno siguiera estando presente, porque da un poco más de profundidad de campo. Si hubiéramos rodado con ópticas de 35mm cuando tú estás cerca de ella, su alrededor hubiera estado más desenfocado.

De alguna manera, la película tiene dos partes, en la primera hay más sentido del humor, es más ligera, te permites, un poco, reírte de esta señora y sus peripecias. En la parte de Atenas, la película se oscurece.

La voluntaria se rodó después de la pandemia.

N.R: Sí, se rodó en 2021, y en Grecia todavía había COVID. Íbamos a rodar antes, pero tuvimos que retrasar el rodaje porque fue cuando confinaron Atenas. Hicimos la preproducción con Atenas medio confinada, todavía había muchos bares cerrados y sólo podías pedir comida para llevar. De hecho, abrieron los bares a la mitad del rodaje, pero todavía con ciertas limitaciones. El confinamiento nos complicó el rodaje porque nos aumentó el presupuesto, había muchas limitaciones, por ejemplo, para los transportes, en un coche no podían ir más de tres personas, en una furgoneta no podían ir más de cinco, entonces tenías que tirar de más furgonetas, más coches, el COVID complicó la logística considerablemente. Pero los que peor lo pasaron fueron los refugiados, las condiciones de higiene en los campos dejaban mucho que desear y las autoridades ponían los campos de refugiados en cuarentena constantemente impidiendo a sus habitantes salir de ellos. El COVID complicó y agravó mucho más su situación.

Yo no he estado nunca en ningún campo de refugiados pero el de la película me pareció muy limpio y ordenado, lejos de la imagen de un campo super poblado. La sensación es que los refugiados vivían bien allí.

N.R: Sí, es verdad, es el campo en el que me dejaron rodar. De los mejores campos, es cierto eso, ellos le llamaban un campo cinco estrellas. Había otro campo dónde también hubiéramos podido rodar, cerca de Atenas, que parecía una favela y directamente no quise rodar ahí, pensé que iba a ser imposible no entorpecer y molestar considerablemente a los habitantes del campo. 

En el campo de Malakasa, al ser un campo grande, donde vivían unas 2.000 personas, fue relativamente fácil compaginar el rodaje con la vida del campo, sin entorpecer excesivamente. Hubo dos días que ocupamos el contenedor donde vivían, pero construimos una escuelita y luego es verdad que como rodamos en fechas en que hacía un calor espectacular, el campo estaba vacío porque se encierran dentro de los contenedores ya que tienen aire acondicionado. Por la tarde-noche, vuelve la vida al campo, de hecho, de noche era un campo que incluso podía ser peligroso decían, era un campo grande.

Inicialmente, íbamos a rodar en otro campo, ya teníamos el guion escrito para ese campo, pero de repente los terrenos fueron vendidos a una empresa china y lo desalojaron, repartieron a toda esa gente en diferentes campos y nos mandaron a rodar a otro. Esto sucedió unos meses antes de rodar la película y fue bastante complejo porque era un campo muy distinto, el otro era un terreno de asfalto delante del mar, en una zona portuaria, no tenía nada que ver con éste que estaba en medio del bosque.

Esa sensación tuya es cierta, había campos en mucho mejor estado que otros, depende un poco de la zona, todos los campos cerca de las ciudades acostumbran a estar peor porque también están más llenos. Una de las grandes virtudes del campo dónde rodamos era el hecho de que los refugiados podían ver todo ese verde, estaba rodeado de montañas verdes. Cuando nos íbamos, los planes del gobierno eran construir un muro de tres metros de altura y dificultar la libre circulación. Cuando estuvimos allí, el campo era un sitio del que los refugiados podían entrar y salir libremente, gozando de una cierta libertad de movimiento, pero eso querían modificarlo.

Nos parece muy apropiado estrenar La voluntaria dentro del Cicle Gaudí en Berlín, una ciudad-estado de acogida, como ha demostrado históricamente albergando a miles de personas que llegan desde países en guerra, habilitando grandes espacios como los hangares de los antiguos aeropuertos de Tempelhof y Tegel con literas o creando poblados de contenedores convertidos en viviendas que acogen personas refugiadas o solicitantes de asilo en distintos barrios de la ciudad, un auténtico reto logístico y burocrático hasta llegar a proporcionar un alojamiento alternativo para cada familia, para cada persona. Además, la ciudad cuenta con numerosas asociaciones, ONG’s y centros de acogida de apoyo a refugiados e inmigrantes de todo el mundo que se movilizan ante cualquier emergencia. 

Después de la intensa conversación online Barcelona-Berlín, le cuento a Nely Reguera que tras el pase de La voluntaria en el Babylon, el sábado 28 de junio, haremos una charla-coloquio con los espectadores moderada por Olivia López Bremme. Dice que lo que más le gusta es asistir a las proyecciones y participar en el coloquio con el público porque es dónde todo cobra sentido y descubre aspectos nuevos. El público, emocionado o rebotado, la amasa y la exprime, pone la generosidad y el amor en tela de juicio. ¿Hasta dónde somos capaces de llegar?


©Gina Ferrer

Nely Reguera se graduó en la ESCAC. Tras una temporada trabajando de ayudante de dirección, en 2009 escribió y dirigió el cortometraje Pablo, seleccionado y premiado en festivales como Alcine, Gijón, Huesca, Mecal o el Concurso Versión Española- SGAE. Su opera prima María (y los demás) se estrenó en el Festival de San Sebastián de 2016. La película tuvo muy buena acogida por parte de público y prensa. Se alzó con el Premio Feroz a Mejor actriz para Bárbara Lennie y obtuvo dos nominaciones a los Goya: Mejor Interpretación Femenina y Mejor Dirección Novel. En 2017 recibió el Premio Pepón Coromina, otorgado por la Acadèmia del Cinema Català. Su última película hasta la fecha, La voluntaria se estrenó en la Sección Oficial del Festival de Málaga de 2022. La crítica destacó la extraordinaria interpretación de Carmen Machi y la autenticidad de la propuesta. En televisión ha dirigido capítulos de las series Bienvenidos a la familia (TV3), creada por Pau Freixas, de Valeria (Netflix) de Elisabet Benavent, de Galgos (Movistar) y la segunda temporada de Citas Barcelona (TV3). Colabora como docente y tutora para diferentes instituciones y programas (Facultad de Comunicación de la UPF, la ESCAC, A Bao A Qu, Clúster Audiovisual galego, Coofilm residencias)

La entrada cuesta 10,- € e incluye película, coloquio, aperitivo e impuestos. Puede adquirirse a través de la web del Babylon.

El Cicle Gaudí en Berlín está organizado por la Acadèmia del Cinema Català, en colaboración con el Institut Ramon Llull, con el apoyo de la Delegación del Gobierno de Cataluya en Alemania y la revista Desbandada.

Montse Majench

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