¿Qué quiso decir exactamente Hannah Arendt con la expresión «banalidad del mal» aplicada a Adolf Eichmann? ¿Refutan los últimos descubrimientos historiográficos y biográficos en torno a Eichmann la tesis de Arendt? ¿Sigue teniendo vigencia esta tesis en la actualidad aplicada a otros casos como el de Donald Trump, Benjamin Netanjahu…?
En el taller de lectura Graefi leímos la biografía Adolf Eichmann de Bettina Stangneth y discutimos sobre la banalidad o no banalidad de este personaje.
El libro de Stangneth, que en el original alemán lleva por título: Eichmann vor Jerusalem. Das unbehelligte Leben eines Massenmörders (Eichmann antes de Jerusalén. La vida tranquila de un asesino de masas), se ocupa de la vida tranquila de Eichmann en el exilio en Argentina bajo el pseudónimo Ricardo Klement «antes» del juicio al que fue sometido en Jerusalén en 1961, ofreciendo de este modo una imagen distinta del personaje de la que da Arendt en Eichmann en Jerusalén, que se centra más en el individuo que esta confrontó en Jerusalén, aunque no exclusivamente.
Stangneth ha podido estudiar a fondo los Argentinien-Papiere (Los Documentos de Argentina), mientras que Arendt solo los conoció parcialmente. Estos documentos están compuestos por Las Entrevistas Sassen y los escritos del propio Eichmann en Argentina. Las Entrevistas Sassen tuvieron lugar en Buenos Aires. Willen Sassen, periodista filonazi holandés, tuvo el propósito de entrevistar a Eichmann como parte de su proyecto para lavar la cara del Tercer Reich y de Adolf Hitler.
Según Stangneth Arendt, que cubrió el juicio a Eichmann en Jerusalén para The New Yorker, cayó en el trampa que Eichmann tendió allí, donde se presentó como algo que no era, es decir, un funcionario subordinado, subalterno e intercambiable. Su esfuerzo por quitarse importancia da cuenta de la importancia que tenía en el engranaje del Tercer Reich y en el proyecto de la Solución Final.
A Eichmann le movía el ascenso social, para el cual hacía uso de la mentira sin reparos morales, pero también le movían, como revelan Los Documentos de Argentina, sus firmes convicciones nazis y su profundo antisemitismo. No se limitaba a acatar órdenes y llevar a cabo minuciosamente su función en la oficina de las SS encargada de las deportaciones de judíos a los campos de concentración y exterminio, sino que sustituyó una burocracia obsoleta por otra ágil y eficiente en la deportación y el exterminio, y diseñó mecanismos efectivos para el asesinato en masa.
Las conversaciones que tenían lugar en casa de Sassen destacaban por su banalidad –se pasaba de temas de asesinato a temas de negocio como si nada–. Pero no es de extrañar si tenemos en cuenta que los individuos que allí se daban cita eran víctimas del propio autoengaño; se creían las mentiras del nacionalsocialismo y las habían asumido internamente como su propio discurso. Constituían una sociedad acrítica y no pensante, como diría Arendt. Stangneth estaría de acuerdo, pero excluye de este diagnóstico a Eichmann, ya que en su opinión, basada en las revelaciones de Los Documentos de Argentina, no era «banal».
Eichmann confesó que le temblaban las piernas ante la visión de la muerte, pero dijo que no era culpable del crimen y no podía hacer nada por evitarlo. Jean Améry, filósofo superviviente del holocausto, opina que el mal no es banal ni desde el punto de vista del perpetrador ni del de la víctima. Ana Carrasco-Conde (filósofa que hemos leído en el taller) respalda el punto de vista de Améry en un artículo sobre el genocidio en Gaza (El País, 11.08.2025). Ni a los actores israelís ni a las víctimas palestinas se les puede aplicar el adjetivo «banal»; este lo traslada al mundo de los espectadores que permanece pasivo ante un genocidio –el de Israel con el pueblo palestino– que ha sido retransmitido en directo.
Arendt pensó que la incapacidad de Eichmann para elaborar frases propias –en el juicio se expresaba con frases estereotipadas y vacías– era debido a su incapacidad para pensar por sí mismo. En cambio, Stangneth cree que esta incapacidad no es tal y que en Jerusalén Eichmann solo estaba fingiendo. Si leemos sus escritos del periodo argentino descubrimos, dice, que era capaz de argumentar y elaborar discursos estructurados.
Para tomar parte en la discusión que mantiene Stangneth con Arendt es preciso –y así lo hicimos en el taller, donde leímos una selección de capítulos de Eichmann en Jerusalén– entender lo que Arendt quiso decir con la tesis de la «banalidad del mal» aplicada a Eichmann.
En Jerusalén Arendt esperaba encontrar el mal personificado, pero en su lugar apareció un individuo aparentemente normal. ¿Cómo podía ser que alguien «normal» fuera responsable del asesinato de millones de seres humanos? Para comprender este nuevo tipo de «crimen de oficina» a Arendt no le servían los motivos clásicos del mal: la envidia, el egoísmo, el afán de poder… Estos motivos no pueden dar cuenta de un mal de tales dimensiones como el del holocausto. En cambio, la banalidad puede conducir a un tipo de mal muy peligroso que se extiende rápidamente y afecta al conjunto de la sociedad. Esta consiste en la incapacidad para pensar por cuenta propia y para imaginar una alternativa moral. Arendt piensa que Eichmann, y todos los Mitläufer (cómplices) del Tercer Reich, fueron responsables de no pensar y no desafiar al sistema simplemente negándose a ser cómplices. Pero en el caso de Eichmann su mal cobra dimensiones mayores porque practicaba la banalidad desde un lugar de gran responsabilidad y máxima repercusión en el destino de millones de seres humanos.
Ya en su época causó la tesis de la «banalidad del mal» un gran revuelo. En la actualidad sigue siendo tan discutida como vigente. Se sigue empleando para comprender el mal en el mundo, no solo en el caso de las acciones cómplices de los Mitläufer, sino también en el caso de los mandamases: Trump, Netanjahu…
Detrás de las palabras de Eichmann, dice Stangneth, no hay banalidad, sino una filosofía «avitalista» de la ley natural inevitable en la que el pensamiento nacionalsocialista es el único que ofrece la posibilidad de la victoria final en la lucha de todos los seres vivos. Las acciones de Eichmann se amparaban en una cosmovisión, un sistema y unos valores particulares que hacían a sus acciones ser las correctas. Stangneth considera importante tomarse en serio la filosofía nacionalsocialista porque de lo contrario se corre el riesgo de idealizar la filosofía y no ver sus peligros, que no se limitan exclusivamente a los que representan los miembros de las SS.
En su nuevo libro: El fin del mundo común (Taurus, 2025) Máriam Martínez-Bascuñán dice que es importante no subestimar el pensamiento hegemónico que tiene su laboratorio principal en Silicon Valley, aunque aún no esté en los planes de estudio de ninguna universidad del mundo. Se trata de un modo de pensamiento tecnocrático, capitalista y neoconservador promovido por los gurús de nuevo cuño, que domina la agenda de gobiernos –un ejemplo claro es el del gobierno de los EE. UU.– e influye decisivamente en el juicio y la opinión de millones de personas que fían todos sus canales de información a las redes sociales. De este modo contribuye enormemente a erosionar el suelo común conformado por la pluralidad de opiniones que constituye en teoría una auténtica democracia.
Martínez-Bascuñán retoma ideas fundamentales de la teoría política de Arendt como «sentido común», «pensamiento extensivo», «juicio reflexionante», «banalidad del mal»… para analizar fenómenos políticos, casos concretos y generales, en la era de la posverdad.
Arendt consideraba que la forma de expresarse y pensar de Eichmann era banal, superficial. Del mismo modo consideraría «banal» el modo de pensar de los nuevos profetas tecnócratas como Curtis Yarvin, Peter Thiel y etc. Para ella, el «auténtico pensar» es algo profundo y consiste en un diálogo consigo mismo que hay que renovar constantemente. Es una especie de desdoblamiento interno que promueve el bien, como pensaban Sócrates y el Platón socrático, porque no queremos tener que convivir internamente ni con un ladrón ni con un asesino. Por el contrario, no pensar amenaza la interioridad y la humanidad (en nosotros y hacia los demás). El individuo es irresponsable cuando no piensa por sí mismo. Para Arendt siempre existe la posibilidad de la libertad incluso en las circunstancias más adversas y aunque solo se trate de una libertad negativa, es decir, la de la desobediencia civil.
Hay quien dice que Arendt buscó con Eichmann un ejemplo para la teoría del mal que estaba desarrollando en ese momento y que lo adaptó a sus necesidades. Ella misma dice que se limitó a hacer una crónica del juicio y no puso nada de su cosecha. La referencia a la banalidad del mal es puntual en Eichmann en Jerusalén y no constituye una teoría del mal. Esta la desarrolla en su obra posterior.
Arendt conocía bien las acciones criminales de Eichmann y sabía que no confrontaba a un mero subordinado dentro del aparato de poder nazi. Ya en una fecha temprana como 1944, cuando aún le quedaba prácticamente toda su obra por desarrollar, vaticinó Arendt el destino de los nazis que pasarían a la clandestinidad y el exilio. En su artículo «Culpa organizada» escribió que estos no se sentirían culpables sino «vencidos», y que seguirían luchando con todos los medios a su alcance.
Bettina Stangneth, Adolf Eichmann, Barcelona, Edhasa, 2021, 627 pp. Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Barcelona, DeBolsillo, 2015, 448 pp.
La imagen que ilustra el texto fue tomada por Ina Soetebeer una hermosa noche de luna llena en el antiguo aeropuerto Tempelhof de Berlín, que fue objeto de una remodelación por los nazis y cuya arquitectura de estilo nacionalsocialista se conserva todavía. La antigua pista de aterrizaje de este aeropuerto es actualmente un lugar donde la gente va a pasear, hacer deporte, cuidar el huerto urbano… Gracias a la resistencia ciudadana se ha logrado salvar, de momento, de la especulación inmobiliaria y financiera que azota Berlín.
EL TALLER GRAEFI
El taller Graefi surgió con la idea de compartir la lectura de textos preferentemente literarios, filosóficos, históricos y políticos. En los talleres pasados abordamos temas como la hipocresía de la caridad; las secuelas del glifosato en la población; la migración y los derechos humanos; la memoria histórica y el juicio; los libros, la lectura y las bibliotecas; el dolor como emoción política; la mentira en política; el mal; la representación del dolor en la fotografía Entre las autoras y los autores que hemos leído se encuentran Valeria Luiselli, Samanta Schwebling, Géraldine Schwarz, Irene Vallejo, Marta Sanz, Hannah Arendt, Sara Ahmed, Gloria Anzaldúa, Naomi Klein, Benito Pérez Galdós, Emilio Lledó, Franz Kafka, Arthur Schopenhauer, Constantino Bértolo, Albert Camus, Ana Carrasco-Conde, Susan Sontag…
Se trata de un taller gratuito y abierto a la participación de las personas interesadas. Somos ocho personas habituales con perfiles distintos, lo cual resulta muy interesante. Leer juntos es un enriquecimiento mutuo que nos permite ampliar y afilar, en sentido crítico, nuestro juicio. Los encuentros son en un estudio en la Graefe Straße en el barrio de Kreuzberg en Berlín. Hay posibilidad de conectarse online. Email para consultas e inscripciones: tallerdelectura.graefi@gmail.com

LUIS AARÓN GONZÁLEZ HERNÁNDEZ
Vivo desde hace quince años en Alemania. Desde hace seis años soy profesor de filosofía y español en el Albert-Einstein-Gymnasium en Nuevo Brandeburgo y vivo a caballo entre Nuevo Brandeburgo y Berlín. Ayudo a organizar y moderar el taller Graefi. La foto me la hizo Ina Soetebeer en el tren a Berlín.
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