En el pasado taller de lectura Graefi tuvimos la oportunidad de leer el libro Decir el mal en el que su autora, la filósofa Ana Carrasco-Conde, dialoga críticamente con la tradición filosófica y elabora una propuesta original y novedosa que encara el problema del mal con valentía y honestidad sin caer en tópicos ni conceptos preestablecidos.
Su novedoso método de análisis toma como punto de partida el dolor de las víctimas y los hechos concretos, crudos, a partir de los cuales desarrolla su teoría.
Carrasco-Conde se opone a la tradicional mistificación del mal para el cual no hay palabras porque excede los límites de lo humanamente comprensible. En su lugar desarrolla un concepto de mal que pertenece a este mundo, que tiene sus límites, se puede localizar y decir.
El mal siempre aparece en la historia con un nuevo rostro, lo estamos viendo en Gaza donde el empleo por parte del gobierno israelí del programa de inteligencia artificial «Lavender» le confiere al genocidio del pueblo palestino un rostro «inteligente». Esta constatación lleva a la filósofa Susan Neiman a preferir centrarse en el análisis de los casos particulares en lugar de desarrollar un concepto que pretenda definir qué es el mal de una vez por todas.
Esta reseña que comparto con los lectores y las lectoras de la revista Desbandada está escrita a partir de las notas de mi lectura del libro y de las sesiones del taller.
En Decir el mal encontramos a filósofos de la talla de Platón, San Agustín, Schelling, Kant, Sade, Hannah Arendt… que dedicaron gran parte de su vida y obra a tratar la cuestión del mal. También a mitos y personajes de la literatura clásica.

Uno de estos personajes es Neoptólemo, el soldado de Las Troyanas de Eurípides. Para quien no lo recuerde o sepa Neoptólemo cumple la orden de Odiseo de matar a Astianacte, el hijo de Héctor, para que este no se vengue, cuando sea mayor, de la muerte de su padre y de la destrucción de Troya a mano de los aqueos. En el drama de Eurípides se destaca el dolor de la madre del niño, Andrómaca, que presencia cómo el soldado lo arroja al vacío desde la muralla de Troya.
Otro personaje recurrente es Baretzki, el siniestro guardián de Auschwitz, ficcionalizado en La indagación, la obra de teatro documental de Peter Weiss. Weiss cuenta un episodio terrible cuando Baretzki, que recibe la llegada de un tren en el campo, quita de las manos de su madre al bebé que acaba de dar a luz en el vagón y lo mata propinándole un puntapié.
Hay un tercer personaje que cumple un papel importante en el libro: Adolf Eichmann, aunque en este caso no se trate de uno de ficción. Eichmann fue un burócrata nazi responsable de la deportación de millones de judíos a los campos de concentración y exterminio. Tenía un rol importante dentro del partido nazi, de hecho fue el encargado de tomar acta en la Conferencia de Wannsee donde se decidió la Solución Final.
Las acciones de estos tres personajes constituyen un paradigma diferente del mal que pone a prueba la solidez de las teorías clásicas del mal.
Así, por ejemplo, la teoría de Platón para quien el mal es producto de la ignorancia y la irracionalidad, ya que no podemos afirmar que ninguno de los tres personajes citados supiese lo que estaba haciendo y obrase con voluntad.
San Agustín explicaba el mal por medio de la idea de un «amor perverso», que contrapone al amor divino que constituye el bien y la verdadera libertad humana. El amor perverso se produce cuando el hombre en su libre albedrío se distancia de Dios y se centra en sí mismo, invirtiendo de este modo el orden divino. Pero los motivos del egoísmo y el beneficio propio resultan insuficientes a la luz de un mal autodestructivo como el que representa la filosofía sadiana.
Sade representa un desafío para el principio de inversión egoísta de San Agustín que heredan filósofos como Kant o Schelling. Kant concebía un mal que puede hacerse siendo consciente de ello, cuando el individuo, libremente, decide guiar su acción por una máxima basada en una inclinación natural en lugar de en la ley moral, una ley a priori de la razón; sin embargo, no podía admitir un mal que se comete por el mal mismo, como el que inspira la filosofía sadiana.
La filósofa Hannah Arendt dedicó toda su vida a comprender el tipo de mal que caracteriza a los sistemas totalitarios. La idea de inversión del orden ya no le sirve para explicar este fenómeno ya que el mal se reproduce dentro del propio sistema (totalitario). La amenaza no viene de fuera sino que es el propio sistema, el orden estructural, el que constituye un entramado criminal.
En su libro Eichmann en Jerusalén, publicado en 1963, empleó Arendt por primera vez un concepto, la «banalidad del mal», para describir el mal de Eichmann. No quiso decir con esto que su mal no tuviese importancia, como muchos han querido entender, ni que no supiese lo que estaba haciendo, sino que era incapaz de darse cuenta de la maldad de sus acciones –él se mostraba orgulloso de cumplir con su deber–, lo cual lo volvía muy peligroso.
Durante el juicio en Jerusalén Eichmann declaró, ante la sorpresa general, que él era un seguidor de la ética kantiana y que durante toda su vida había ajustado cada uno de sus actos a la ley del imperativo categórico. Sin duda esto se debió para Arendt a un error interpretativo de Kant por su parte, ya que la ley que obedecía no era la de un juicio autónomo y universal, como el que reclama Kant, sino la de Hitler.
La biografía sobre Eichmann de Bettina Stangneth traza un perfil del personaje diferente al de Arendt gracias a que tuvo acceso a documentos que esta no conoció. En estos documentos se revelan el profundo antisemitismo y la fuerte ideología nazi de Eichmann. Por tanto, este no fue un mero burócrata que cumplía acrítica y eficientemente su función, como lo describe Arendt, sino que sus actos respondían a un convencimiento ideológico. Sin embargo, no estoy de acuerdo con Stangneth en que este hecho invalide o reste valor a la tesis de la banalidad del mal. Según Arendt, Eichmann era banal, pero no porque no pensase en sentido racional, por supuesto que lo hacía, sino porque adolecía, al igual que muchos otros, de la facultad moral del pensamiento.
En lugar de amilanarse por las críticas (y amenazas) recibidas Arendt siguió explorando y desarrollando con valentía su tesis por medio de la que abrió un necesario debate sobre preguntas incómodas en torno a la responsabilidad personal y el juicio a los victimarios, las víctimas y los espectadores «silenciosos».
La deuda de Carrasco-Conde con la filósofa judía es patente. Sin embargo, le plantea unas observaciones críticas interesantes. Así se pregunta si realmente cabe la posibilidad de tomar decisiones conscientes que empeoren el mundo y que dé igual. Meursault, el protagonista de El extranjero de Albert Camus, mata a un hombre y no siente remordimiento ni culpa, básicamente porque todo le da igual: la vida de los otros y su propio destino.
El mal de Eichmann no es que no pensara, sino que en el momento en que dejó de hacerlo rompió el vínculo afectivo que le unía a los demás. Actuó conforme a normas y leyes, pero sin sentir al otro, al mundo y a sí mismo. Frente al intelectualismo moral de algunos filósofos, entre los que incluye a Arendt, subraya Carrasco-Conde la falta de sensibilidad, empatía y compasión como causantes del mal y la «destrucción del nosotros», que es como reza el subtítulo del libro.
El mal no se explica solo desde los actos aislados de un loco o un fanático, sino que es un fenómeno que se da en común y tiene que ver con nuestra condición humana relacional y vinculante. El mal habita en el espacio común que hay entre nosotros, generando dinámicas destructivas que rompen los vínculos afectivos.
La lógica capitalista fomenta la competitividad, el egoísmo y la insolidaridad; de este modo genera dinámicas destructivas. Lo mismo ocurre con el sistema patriarcal, el cual condiciona comportamientos, reconocimientos y tratos.
Pensar el mal nos lleva a pensar el bien, que también se da en común. Se trata de asumir nuestra responsabilidad personal, «luxar» con nuestras acciones la lógica imperante y reforzar los vínculos afectivos, pero no solo con los que consideramos de los nuestros sino en un sentido amplio hacia los otros seres humanos y no humanos.
Ana Carrasco-Conde, Decir el mal. La destrucción del nosotros, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2021, 240 pp.
Graefi-Berlín
Graefi-Berlín surgió con la idea de compartir la lectura de textos preferentemente
literarios, filosóficos, históricos y políticos. En los talleres pasados abordamos temas como
la hipocresía de la caridad; las secuelas del glifosato en la población; la migración y los
derechos humanos; la memoria histórica y el juicio; los libros, la lectura y las bibliotecas;
el dolor como emoción política; la mentira en política. Entre las autoras y los autores que
hemos leídos se encuentran Valeria Luiselli, Samanta Schwebling, Géraldine Schwarz,
Irene Vallejo, Marta Sanz, Hannah Arendt, Sara Ahmed, Gloria Anzaldúa, Naomi Klein,
Benito Pérez Galdós, Emilio Lledó, Franz Kafka, Arthur Schopenhauer, Constantino
Bértolo, Albert Camus…
Se trata de un taller gratuito y abierto a la participación de las personas interesadas.
Somos ocho personas habituales con perfiles distintos, lo cual resulta muy interesante.
Leer juntos es un enriquecimiento mutuo que nos permite ampliar y afilar, en sentido
crítico, nuestro juicio.
Los encuentros son en un estudio en la Graefe Straße en Berlin-Kreuzberg. Hay
posibilidad de conectarse online. Email para consultas e inscripciones: tallerdelectura.graefi@gmail.com
La foto de portada, que ilustró el cartel del taller, la tomó Rafael Moreno Gutiérrez en una
noche clara y calurosa de verano en las Cañadas del Teide en Tenerife, a más de 2000
metros de altura. La luna llena, ligeramente ensombrecida por la calima típica de
Canarias, se eleva sobre los volcanes y despide al sol. Desde lo alto de la montaña aún
pueden percibirse el ruido desagradable y las luces de los quads que acaban de pasar y
que es el pasatiempo de muchos turistas.

Luis Aarón González Hernández
Vivo desde hace catorce años en Alemania. Desde hace cinco años soy profesor de filosofía y español en el Albert-Einstein-Gymnasium en Nuevo Brandeburgo y vivo a caballo entre Nuevo Brandeburgo y Berlín. Soy profesor colaborador en el Instituto Cervantes de Berlín. Organizo y modero Graefi-Berlín. La foto me la hizo mi amigo el artista Alby Álamo en un mes de enero en una calle en Prenzlauer Berg.
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2 comentarios sobre “Pensar el mal con Ana Carrasco Conde”