El director brasileño radicado en Berlín Karim Aïnouz compite por el Oso de Oro con Rosebush Pruning. Un film que suscita fascinación y rechazo. Una crónica.
Salí de Rosebush Pruning (Reino Unido, Italia, España, Alemania, 2026) tan impactado como feliz por haberla visto. Me quedé con una sensación pesada en el cuerpo, como si la película te tirara encima algo que excede lo que uno puede digerir en noventa y pico minutos. Me pasó lo mismo que a muchos con The Killing of a Sacred Deer (2017) de Yorgos Lanthimos: esa mezcla de fascinación y rechazo. Y no es casualidad, ya que ambos guiones son del griego Efthimis Filippou.
La dirige Karim Aïnouz, cineasta brasileño con base en Berlín, que presenta su novena película como director. Rosebush Pruning es una adaptación libre de I pugni in tasca /Las manos en los bolsillos (1965) de Marco Bellocchio. Compite por el Oso de Oro de la Competencia Oficial de esta Berlinale y tuvo su estreno el 14 de febrero.

La película nos presenta a una familia de millonarios neoyorquinos retirada en una mansión de la costa catalana, con el Mediterráneo de fondo y la sensación de que a ellos les da absolutamente lo mismo. La madre (Pamela Anderson) ha muerto y los cuatro hijos (Jamie Bell como Jack, Callum Turner como Ed, Riley Keough como Anna, Lukas Gage como Robert), han heredado una fortuna que los libera de las preocupaciones básicas de la vida: no tienen que trabajar, no tienen obligaciones reales ni urgencias. Mantienen la casa y cuidan de un padre ciego (Tracy Letts) con una rutina muy parecida a un ritual. Lo suyo es una existencia suspendida, inerte, casi sin contacto con el exterior. Son como niños grandes: pasan el tiempo jugando, aburridos incluso mientras juegan, y se entretienen con la misma apatía con la que atraviesan todo lo demás. Ed, el segundo hijo varón, actúa por momentos como narrador y ofrece una descripción precisa: sus únicos intereses son “la música y la moda”.
Al principio la rareza parece apenas un detalle –una familia excéntrica, cómoda en su mundo– pero pronto se hace evidente que hay mucho más. La convivencia está marcada por perversiones y tensiones sexuales. No se trata de momentos aislados: están en el ambiente, como un clima, una vibración constante.


©Felix Dickinson
El “problema” llega cuando Jack, el hijo mayor, presenta a Martha (Elle Fanning), su nueva novia, y decide mudarse con ella. Aunque Ed narre el mundo desde adentro, Martha es un poco nosotros: al principio es la extraña que entra con ojos racionales, se choca con lo que ve y no puede creer que eso sea una rutina familiar. Lo inquietante es el proceso inverso: cuando ella, poco a poco, se mezcla, empieza a entender la lógica interna, a relativizar, a suavizar la locura. La película muestra cómo el delirio se vuelve costumbre.
Cuando Jack intenta abrir la puerta, asoma la hilacha del clan y cada uno empieza a tirar. Ed descubre la verdad sobre la muerte de su madre y Robert, el menor, decide llevar hasta el final lo que había estado imaginando: como si el derrumbe de la familia fuera, al mismo tiempo, la oportunidad de cumplir su mayor deseo.


Karim Aïnouz © María Lobo
Una escena que resume la falta de pudor de esta familia es la primera presentación de Martha: el padre ciego le pide a Anna que la describa para él, pero la descripción se convierte en una especie de tasación en voz alta. Empieza por la tez, el color de los ojos y el pelo, y enseguida sigue con los pechos (“Es lo primero que ustedes apreciarían, pero un ciego no tiene derecho a preguntar”, se justifica el padre). Luego, exige saber si la cartera es de Bottega y, a continuación, Anna desarma su conjunto como si estuviera haciendo una auditoría: identifica el vestido como algo tipo Zara y, rápidamente, reconoce qué piezas son realmente de lujo (la cartera y un anillo de Cartier) y que casi con seguridad son regalos de Jack.
Para mostrarnos este mundo delirante, Aïnouz juega fuerte con los contrastes. El color del espacio y de la ropa contra lo apagado de sus personalidades. Y, sobre todo, decisiones de tono que te descolocan, que fogonean la incomodidad: hay secuencias que podrían ser de una película terror sin cambiar nada del guion, pero entre las actuaciones y la música, son suavizadas hasta que parece que no pasara nada importante. Un acierto total del director es esa forma de minimizar lo monstruoso, como si para esta familia lo espeluznante fuera la normalidad.
El espesor de la película también se construye desde lo formal. A la fotografía de Hélène Louvart (ganadora del Oso de Plata en la Berlinale 2023 por Disco Boy), la música de Matthew Herbert y el montaje de Heike Parplies (ganadora de varios premios por Toni Erdmann, 2016), Dávid Jancsó e Ilka Janka Nagy (nominados al Oscar por The Brutalist, 2025) se suma una dirección de arte/diseño de producción muy precisa a cargo del uruguayo Rodrigo Martirena, que convierte el espacio en un personaje más.
En términos de producción, también es una película armada con paquete festivalero grande: MUBI figura asociada al proyecto, y la producción se apoya en compañías como The Match Factory.
Rosebush Pruning te aprieta el cuerpo, te hace reír para liberar tensión, y te deja caminando raro al salir. Y cuando el cine logra eso –cuando no te deja acomodarte en la butaca– está haciendo algo valioso.
Imagen de portada: Rosebush Pruning ©Felix Dickinson
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