Berlinale 2026 – La hora de irse: vampiros, legado y deseo.

Cine argentino en la Berlinale. En Berlinale Shorts compite por el Oso de Oro el cortometraje La hora de irse, un film que cruza vampiros, deseo y apps de citas. Conversamos con su director: Renzo Cozza.

Renzo Cozza (Buenos Aires, 1991) se formó como actor con Nora Moseinco, en escritura con Agostina Luz López, y en dirección de actores con Ana Katz. Como director realizó su primer cortometraje Paseo (2015), ganador del Primer Premio del 17º BAFICI dentro de la Competencia Oficial. Luego dirigió Las Flores (2018), El Hincha (2018) y La necesidad de un testigo (2023).

Esta vez, y en Berlinale Shorts, presenta La hora de irse: un relato nocturno que cruza vampiros, deseo y apps de citas para hablar de herencia, lealtades familiares y malestar.

Patricio trabaja para sus hermanas y se siente atrapado en una vida que ya no le conviene. Decidido a romper con ella, se deja llevar por una noche cargada de expectativas y deseos de renovación. Una cita con un hombre misterioso parece abrirle las puertas a algo nuevo. Pero a medida que avanza la noche, la atracción se vuelve inquietante y la intimidad se convierte en peligro. Gobernada por sus propias reglas, la noche se precipita hacia un desenlace inesperado y sangriento.

Nos encontramos en la puerta del cine en Potsdamer Platz, con la nieve que cae con cada vez más fuerza y empieza a acumularse en el piso. La gente entra rápido, buscando refugio. Entre ese movimiento de camperas y filas que se arman, encontramos un rincón con dos sillas que parecían esperarnos a nosotros. Nos sentamos ahí, con el frío todavía pegado en la cara, y charlamos:

Bienvenido a Berlín, Renzo. ¿Es tu primera Berlinale? ¿Cómo la estás viviendo?

Sí, es la primera vez que vengo a la Berlinale. A Berlín, a la ciudad, ya había venido, pero al festival es la primera vez. Y me estoy sintiendo muy bien. Siento que Berlinale Shorts se toma los cortos como si fuesen películas: les dan un espacio, un cuidado, una compañía… y cada programa está pensado. Somos cinco programas y están pensados en relación: hay curaduría, organización, y eso hace una diferencia con otros festivales. Sentís que sos parte de esa selección de 20 cortos, y es muy emocionante.

¿Ya pudiste ver otros además del tuyo?

Ayer fui al Programa 1 y estuvo muy bueno. Vi cuatro cortos. La idea es verlos todos. Ahora estos días estamos medio “viaje de egresados”.

¿Quiénes están acá acompañando el corto, viviendo la experiencia?

Del corto nuestro vine yo, que soy el director y guionista. Y vinieron las productoras: Cecilia Pizano, Lucía Del Hacha y Florencia Clérigo. Y la asistente de dirección, Mariana Sanguinetti, que suele ser la asistente de dirección de las cosas que hago… y codirigimos un corto juntos antes. Además son todas amigas, así que es muy divertido eso.

¿Cómo fue enterarte de que el corto quedaba en Berlín?

Fue un delirio. Ese día estaba solo… porque yo ahora estoy viviendo en Madrid desde hace un año. Estaba solo en mi casa y le llegó a una de las productoras el mail de que habíamos quedado. Y ya era mitad de diciembre… uno entiende más o menos el calendario de los festivales y aparece esa ansiedad de “quiero una respuesta; ya no importa si es un sí o un no”. Pero bueno: fue un sí.

Y lo que me pareció muy loco es que, por lo general, cuando uno manda y no queda -que suele ser lo que pasa más seguido-, uno se frustra y dice “ay, ¿por qué no?”. Pero haber quedado me hizo tomar noción de que también es medio milagroso: seleccionan 20 de todo el mundo, y justo entrás en esa curaduría que se pensó ese año. Va más allá de uno y del trabajo. Se tienen que dar varias cosas para que eso suceda.

© Esquimal Cine, Aurora Cine, Febrero Cine, Florencia Clérico

Metiéndonos ya en la película: cuando mirás para atrás, ¿cuál fue el punto de partida de La hora de irse?

Siento que el punto de partida casi siempre tiene que ver con los actores. En este caso fue Martín Shanly, que es el protagonista. Es un amigo muy cercano mío, además… también es director, y con él siempre estoy hablando de películas, yendo al cine, compartiendo el cine.

Y en esa cercanía, como que nunca había pensado en él… y un día me dijo: “Bueno, lo próximo que hagas actúo yo”. Y yo me lo tomé muy en serio y dije: “Perfecto”. Ahí empecé a pensar el corto en relación a él. Y tenía una imagen… de vampiros. Pensé en él y dije “podría ser un vampiro”. No sé por qué… intuición.

Y el corto arranca con él caminando de noche… como un plano desde arriba… y esa fue una primera imagen también.

El corto junta vampiros y mundo de citas -Grindr, la noche-. ¿Cómo se te encastraron esos dos universos?

Me gustaba la idea de que es algo de vampiros, pero que también está hablando de otras cosas; y viceversa: que también es un corto gay o queer y que está hablando de otras cosas. Me interesa la multiplicidad de sentidos, no ir hacia una única dirección.

Y también tenía la imagen de las aplicaciones de citas, de Grindr en especial… que es como que se me armaba algo medio de vampiro: a veces son encuentros en la mitad de la noche y hay un peligro y un anonimato… y había algo de eso que me parecía una situación medio vampírica también.

¿Qué te atrajo de la figura del vampiro hoy para contar esta historia? Tradición, sangre, herencia…?

Creo que apareció sin querer. Primero estuvo la imagen de este actor y la intuición de pensar: “podría ser un vampiro”. Y después, claro, está el género: los vampiros ya traen un universo propio, una tradición, una mitología.

A mí eso me sirvió para escribir sin pararme en “voy a hablar de tal tema”. El cine que es “de un tema” no sé si me interesa tanto. Prefiero cuando los temas están dentro de los personajes, cuando aparecen desde lo que les pasa. Y en el proceso se me fueron colando cosas: la herencia, la sangre, las enfermedades de transmisión sexual, lo gay, el veganismo, el feminismo, los mandatos… un montón de capas que, si las hubiese encarado de frente, con la intención de “escribir sobre esto”, probablemente no me hubieran salido.

Lo vampírico me permitió jugar con todo eso de una manera más lúdica y más libre: no desde el discurso, sino desde la situación y desde los cuerpos.

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Tu base es la actuación. ¿Cómo se cuela eso en tu manera de escribir y de dirigir?

Ser actor me formateó una manera de escribir y de pensar que tiene que ver más con el cuerpo. Porque la actuación es desde el cuerpo, y me gusta pensar que la escritura también es como un cuerpo: que tiene pensamientos, sentimientos, cosas…

Y después dirigir actores… es lo que a mí más me gusta del cine.

Hablando sobre dirigir actores: ¿qué tanto llegás con algo cerrado y cuánto dejás que aparezca en el proceso?

Las dos cosas. En este caso, como era muy cercano a Martín, fui reescribiendo el guion: me juntaba, lo leíamos, reescribía; me juntaba, reescribía. Hubo mucha reescritura.

Después entraron los otros actores. Las hermanas son amigas mías; el actor del final también… y tenía muchas ganas de trabajar con ellos.

Hay algo de escribir para esos cuerpos que me va llevando. No es “te entrego un papel que yo estuve escribiendo mucho tiempo”, sino que la escritura de esos cuerpos me va llevando a escribir. Y me gusta porque genera espacio para que ellos desplieguen su imaginario. Eso es lo que más me interesa: el imaginario de los actores y la poética, no tanto “te entrego un personaje: hacelo”.

¿Cómo te llevás con el ensayo?

Es un gran tema, porque los ensayos en cine no son tan fáciles: estás en una mesa con el guion y te tenés que imaginar todo, y cuando estás en el set o en la locación, cambia.

Pero a mí en este corto me funcionó reescribir y escribir a la par de los actores, y leyendo. Ni siquiera actuando: leyendo. Ese es el ensayo más afín a mí. Es más encontrarse. Y hubo mucho trabajo previo al rodaje. Martín tenía mucha conciencia del desplazamiento del personaje.

Mencionás la reescritura constante… ¿Qué lugar ocupa el montaje para vos? ¿Cuánto se reescribe ahí?

Trabajo hace varios años con Ana Godoy y con ella hay mucha reescritura. Yo siempre le digo: “vos sos medio guionista”, porque propone.

Filmamos tres jornadas y después tuvimos un parate porque uno de los actores no podía filmar, y esa jornada se filmó como dos meses después. Estuvo bueno porque edité todo lo que tenía, y cuando volví a filmar hubo reescritura. Algo más afilado, más al hueso. Un corto es elegir cada plano, cada cosa, y ser más preciso.

Hubo cosas que quedaron afuera. Hubo una escena que me costó tirar, pero la tuve que tirar. A veces estás fuera del tono. Hay un tono en la escritura, pero después hay un tono con los actores -sobre todo en mi manera de trabajar, que es dar mucho espacio-, y ese tono empieza a tener niveles que en montaje hay que ajustar y repensar. Y alguna escena que no entraba era: “bueno, elijamos bien el tono”.

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Hablando de tono: en tu corto hay momentos muy graciosos que conviven con algo oscuro. ¿Qué te dio Paula Grinszpan para construir esa energía? ¿Cómo fue dirigirla?

Un placer. Yo ya venía trabajando con ella: hice un corto anterior que se llama Parado mirando donde ella hacía un personaje distinto, pero con un motivo parecido: maltrataba al protagonista. Y eso me divirtió mucho verlo en ella, y lo quise seguir explorando.

Para mí es una actriz que tiene algo que me encanta: no le tiene miedo al error. A veces los actores se ponen tensos, y ella se equivoca y dice “ah, pero es mejor así”. Por no tenerle miedo al error aparece algo que no estaba escrito.

Hay un diálogo que me encanta que salió así: ella le decía “tu hermana está muy mal” y agregó “pero yo estoy peor”. Para mí es muy gracioso. Y eso es muy lindo para dirigirla: no está en “¿cómo estoy saliendo?, ¿puedo ver el plano?”. A ella no le importa, está más en otra.

Muchos actores-directores terminan actuando en sus propias películas. Vos no lo hacés. ¿Es una decisión o va proyecto a proyecto?

Creo que no voy a actuar en mis cosas… salvo que el guion lo pida. Hice una peli que se llama El hincha, donde sí soy el protagonista, pero porque es híbrida-documental con mi familia. Iba a actuar mi familia, entonces el personaje era yo; era raro llamar a un actor para hacer de mí mismo.

Pero después me gusta estar afuera. Le encontré mucho placer. Es lindo asistir a la creación, porque cuando estás adentro es más difícil tener conciencia de lo que se está armando. Y hay algo de ese estado que me genera mucha felicidad.

Cuando dirigís, ¿sentís que el cine que te gusta ver se te mete inevitablemente en lo que hacés?

Sí. Cuando uno está por filmar inevitablemente se pone a ver películas y referencias y eso se filtra.

En este caso estaba obsesionado con Mike Leigh. Me puse a ver todas sus películas. Naked fue muy importante para este corto, que es todo de noche. Y hay algo de él que me inspira mucho: encontrar un tono desde los actores, algo casi expresionista.

Y después, Chantal Akerman para encuadrar y la luz: Toute une nuit. Con la directora de fotografía la vimos mucho: cómo iluminar, cómo pensar la oscuridad, la calidez de los cuerpos.

Yo no le tengo miedo a las referencias. No siento “yo inventé esto”. Siento que todo el tiempo estoy dialogando con las cosas que me gusta ver.

Renzo Cozza © Esquimal Cine, Aurora Cine, Febrero Cine, Florencia Clérico

También mi recorrido tiene que ver con ver cine y poner práctica. Yo no fui a una escuela de cine formalmente. Mi escuela fue ver cine, filmar y equivocarme. Y equivocarte, para mí, es la mejor manera de aprender. Este es el quinto corto y es el primero que se estrena así en un festival. Me da felicidad porque siento que es el que más me representa y tiene que ver con los anteriores.

Volvamos a Patricio. En la película responde al pedido de sus hermanas. ¿Qué lo ata ahí? ¿Qué fuerza sostiene ese vínculo?

Lealtad. Una lealtad familiar. Algo de lo establecido: “es así”. Se configuró así y todos somos leales a ese sistema. Y hasta que no sos consciente, no podés torcerlo.

Y es muy loco porque antes del corto había hecho una peli híbrida sobre la familia y el mandato, y yo dije “no quiero hacer más documental ni personal: voy a hacer fantasía, vampiros”. Y de repente apareció igual lo familiar. Un actor me dijo “pero es medio tu peli”, y yo al principio dije “no”, y después me cayó. Hay temas que te persiguen.

Creo que eso nos pasa a todos mirando cine: es difícil que no sea autorreferencial. Si te interpela, suele ser porque te devuelve algo tuyo.

Exacto. Juana Molina dice algo que me encanta: que las referencias son despertadores de algo que uno ya tiene adentro.

En esa mezcla de deseo, mandato y herencia: ¿cómo pensás que Patricio elige a sus víctimas? ¿Hay deseo o es solo necesidad?

Yo creo que hay deseo y también necesidad. En el corto no lo retrata teniendo citas con mujeres: retrata que tiene un deseo hacia los hombres, y usa su sexualidad para conseguir el pedido de sus hermanas. Entonces hay una confusión: “yo deseo esto, pero tengo que llevar esto”.

Ahí aparece la torpeza del personaje: no poder ver. Y cuando se topa con alguien distinto, se desarma algo y accede a observarse desde otro lugar. Ese es el desplazamiento: empieza en algo más agresivo y cotidiano que lo angustia y lo deja vacío, y hacia el final se desplaza hacia un lugar más de ternura y desarme.

El título La hora de irse abre muchas lecturas. A mí me llevó hacia un lugar, pero te pregunto a vos: ¿cómo lo pensaste? ¿Es un final feliz?

El título apareció sobre el final. Filmamos con otro título de trabajo. Y apareció porque reúne muchos sentidos: irse de esa cita que se vuelve peligrosa; irse de esa casa que lo agobia; irse porque se hace de día; irse de romper con una lealtad… muchos “irse”. Y está el tema de la muerte.

Yo pensaba mucho: “es un corto triste”. Después tiene humor y me puso contento que la gente se riera en la sala. Pero para mí es triste.

En esta Berlinale hay muy poco cine argentino: solo tres películas. ¿Qué significa para vos estar entre esas pocas? ¿Cómo estás viviendo este momento del cine argentino?

Es fuerte. Y también me emociona esto: el corto se hizo con muy poca plata, en un contexto súper difícil para el cine argentino, y poder acceder a estos lugares… y que estos lugares elijan mostrar ese cine de pocos recursos. Es para volver a confiar en el cine: no necesitás un montón de plata para filmar.

Los chicos de El Tren Fluvial filmaron con presupuesto ínfimo sin fondos del Estado. Nosotros tampoco: trabajó gente gratis y pusimos plata yo y las productoras. Y de las tres películas que están, ninguna tiene apoyo del INCAA.

Cada vez va a empezar a pasar más esto: uno, dos, tres proyectos argentinos. Recortar cultura tiene eso: se empieza a ver el daño. Quizás hace uno o dos años todavía eran películas con apoyos de gestiones anteriores. Ahora se va a notar mucho más.

Hay concursos pero ganan seis personas. Es una industria parada. Y el cine independiente es el que más fue afectado. Porque hay quienes tienen plata de publicidad o plataformas -y está buenísimo- pero es otro estilo. Ese cine independiente, “del medio”, quedó golpeado.

Y además hay algo circular en todo esto: el cine independiente es el que más viaja, el que construye “cine argentino” afuera. Si ese cine se apaga, ¿qué queda de esa representación en el mundo?

Totalmente. Por eso, cuando un festival grande abre espacio para una película que no responde a esquemas mainstream y que está hecha sin plata, a mí me da esperanza, me hace pensar que no todo está perdido y que hay que seguir filmando como se pueda.

Que así sea. Te deseo lo mejor a vos y al corto. Ojalá le vaya muy bien acá en Berlín y que la gente lo disfrute.

Muchas gracias.

Imagen de portada: La hora de irse © Esquimal Cine, Aurora Cine, Febrero Cine, Florencia Clérico

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