Por Sara Rayo
Era la Berlín pandémica cuando me mudé a Franz-Mehring-Platz con una sola maleta azul celeste, tan ajena al paisaje como yo a la ciudad. No sabía entonces que en Berlín incluso el cielo olvida su propio color. Bajo nubes grisáceas caminé por la calle Am Wriezener Bahnhof hacia el Aldi. Me detuve frente a un edificio imponente: un bloque gris cenizo, antiguo, con ventanas rectangulares y alargadas que, cubiertas desde el interior, se veían opacas y le daban al conjunto una vibra enigmática. La luz mortecina del último resquicio del invierno y el graznido de los cuervos añadían al paisaje un tono aterrador y a la vez fascinante.
No pude apartar la mirada de aquellos ventanales. Me pregunté qué habría al otro lado de los cristales, qué ocurría dentro de esos muros robustos y quiénes serían los que se formaban entre los barandales metálicos frente a la puerta. Años después, las respuestas llegaron en forma de relatos ajenos: historias de otros que también habían recorrido esas calles y se habían detenido ante el mismo edificio.
«Welcome to Berghain», dijo el joven rubio con una mirada inescrutable que atravesaba sus gafas y se dirigía a la pareja de extranjeros frente a él. Sus palabras rompieron el silencio sepulcral con el que había examinado al hombre de acento latino que le sostuvo la mirada y a la mujer vestida completamente de negro. Habían pasado horas esperando en la fila del Berghain, se habían bebido un vodka-mate y las botellas del cóctel reposaban de pie junto a la reja. A esas alturas ya estaban ligeramente mareados y contentos. Al ser admitidos en el corazón del techno berlinés, sintieron una felicidad extática.
Entraron al edificio inmenso que albergaba una oscuridad más profunda de lo que su fachada dejaba adivinar. Recorrieron pasillos laberínticos, subieron y bajaron escaleras de metal y se sumergieron en una noche eterna de medusas fluorescentes flotando sobre la pista de baile. El placer de habitar sus cuerpos y el trance provocado por la música eléctrica de DJs europeos solo podían interrumpirse por un rayo mínimo en la atmósfera saturada de sombras. Bastaba una grieta en la cubierta de los ventanales para que la luz del mundo se filtrara en el escenario donde cientos de cuerpos se sentían parte de una misma sustancia, bailando como si no hubiera un mañana.
Del lado luminoso del Berghain, afuera, había un campamento de ocho personas que vivían en su propio país enrejado. La policía les había permitido instalar sus carpas y asentarse en ese lote, un antiguo depósito de contenedores, pues les convenía mantenerlos en un solo lugar para evitar contagios de COVID-19. Incluso, a petición suya, les llevaron un WC portátil con tal de que permanecieran allí.
Merlina pasó a formar parte del grupo al convertirse en la protegida de Björn, un sueco que había perdido su casa tras caer en depresión y ver cómo su vida se desmoronaba. Llegó a Berlín en busca de vivienda barata, pero no tuvo suerte. Aprendió el arte de sobrevivir solo en las calles, aunque no pasó mucho tiempo antes de que se topara con la pandilla. Tras pasar algunas noches con ellos bebiendo vodka Gorbatschow, entendió que sobrevivir es más fácil y que la calle se vuelve más llevadera en compañía.
Por eso decidió defender a Merlina la madrugada en que dos dealers la estaban acosando. El cuerpo robusto que aún conservaba le daba ventaja frente al hombre de acento árabe y su compañero africano. Cuando logró que se marcharan, invitó a Merlina a unirse a la fogata con los demás. Ella cojeaba y sangraba a la altura del muslo. Al darse cuenta, Björn se ofreció a desinfectarle la herida con Gorbatschow. Vertió el líquido ardiente sobre la carne abierta y en ese gesto sencillo y brutal, sellaron una alianza silenciosa de hermandad. Afuera, lejos de la pista de baile, también ellos se fundían en una misma sustancia frente al Berghain.
Desde entonces, los ocho pasaban los fines de semana llenando tantas veces como podían un carrito de supermercado con las botellas y latas que los ravers dejaban por ahí. Descargaban el botín en el campamento y durante la semana lo depositaban en el Pfandautomat, la máquina de reciclaje que devuelve una pequeña suma de dinero por cada envase retornado. Iban al Rewe del Ostbahnhof, canjeaban por tandas, sumaban centavos y sobrevivían un día a la vez. Se cuidaban entre ellos y cuando podían, inventaban juegos para entretenerse. Hacían fogatas y muy de vez en cuando, cocinaban, pues el olor de la comida atraía a las ratas, a las que evitaban a toda costa; eran enemigas feroces, capaces incluso de devorar sacos de dormir y colchones.
En cambio, las medusas, centauros, demonios, minotauros y criaturas vestidas de negro del cartel promocional –las mismas que hacían fila para entrar– eran recibidas con agrado cerca del campamento. Cada vez que esos seres entraban o salían del club, envueltos en la luz tenue del invierno, sin saberlo pasaban a formar parte de su vida gracias a una simple botella. Bastaba ese gesto mínimo para agrietar el olvido en el que habitaban los ocho exiliados del margen luminoso del mundo: una contribución discreta al engranaje de un ciclo eterno como la noche en Berghain.

Este texto se basa en la crónica «Fila eterna, shots, follada y mucho techno: mi primera vez en Berghain» de Fabian Mauricio Martínez, publicada en Vice el 18 de octubre de 2017, así como en los relatos de quienes vivieron y sobrevivieron recolectando Pfand en los alrededores del club y otros lugares de Berlín.

Sara Vega Rayo
Nació en Bogotá, Colombia. Licenciada en Filología Alemana, poeta y escritora. Hace dos años reside en Berlín, donde desarrolla su trabajo creativo en torno a la memoria, la identidad, la migración y distintas problemáticas sociales. Sus textos han formado parte de La Memoria de las Urdimbres (2024), del libro de poesía documental Manual para desarmar la memoria (2025) y de Embodied Words (2025), de la editorial Trashumantes. Actualmente cursa la Maestría en Lenguaje y Comunicación en la TU Berlín y es guía del tour “El tejido de la identidad: Hilos de Colombia y Berlín” en querstadtein e.V. Su experiencia como voluntaria en la asociación ha influido en su interés por abordar la adicción y la vida en las calles en su literatura.
Imagen de portada Berghain am Wriezener Bahnhof ©Simon Tartarotti en Unsplash – modificada con IA. Otra imagen: ©Marc Zeman en Unsplash
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