La actriz argentina Érica Rivas regresa a la escena berlinesa para presentar Matáte, amor, un unipersonal basado en la novela de Ariana Harwicz y dirigido por la actriz y directora argentina radicada en Francia Marilú Marini. «No hay nada más siniestro que el fruto de una familia normal“, dice ella, la protagonista de esta obra escrita a pura pulsión. Una joven madre, un marido, un bebé, un pueblo y un bosque. Una obra que, con potentísimas imágenes y un humor despiadado, provoca desde lo que declara un escenario de guerra: la maternidad. El 1 y 2 de julio en el Teatro Monbijou.
Conversamos con Érica Rivas. Un día de tormenta, en un café berlinés. Transcribo esta entrevista en otro. Una avanzada de madres llega con sus bonitos bebés. Algunos de ellos no paran de llorar. Perfecta puesta en escena. Ella, la protagonista de Matate, amor me va poseyendo. En mí comienza a anidar un irreductible ánimo de venganza…

Escena 1
(flashback, interior, día, café)
Con Marilú se conocieron en cine.
Érica Rivas: Nos conocimos en una película que se llama Las mujeres llegan tarde, de Marcela Balza. Y nos hicimos amigas. Después filmamos Los sonámbulos, de Paula Hernández, pero ya habíamos hecho Matate, amor, que es del 2018. Con lleno de público, hermoso. En 2020 vino la pandemia y recién el año pasado volvimos a retomar.
En Las mujeres llegan tarde son madre e hija en un pueblo del que parecen no poder escapar –como en Matate, amor (MA). Si pensamos en Los sonámbulos, tu personaje y el de Marilú son dos tipos de mujeres muy diferentes, reunidas en una casa cerca del bosque. ¿Qué vería la mujer que viene del bosque, ella, la protagonista de MA?
Está bueno pensar así en los personajes. La que está mirando a todos los personajes vivir y tener sus historias es ella, de Matate, amor. Porque es la que escribe. En esta ocasión, en este momento ella cuenta su historia, pero después ella es la que mira a las otras y quizá hasta la que escucha también las otras historias. Las otras no tienen esa cosa de poder verse a sí mismas como tiene ella. Porque ella es escritora –aunque esta es la primera vez que escribe, es su primera novela.
En esas dos mujeres ella ve a personas que están enredadas, en circuitos familiares. En patrones para ella obsoletos. Ella está mirando desde el bosque. Ella está mirando desde otro lugar que para mí es el lugar de la literatura. Donde todo puede ser, donde uno puede tener también esa compasión, esa mirada de misterio incluso respecto a las cosas más terribles. No creo que juzgue a ninguna de las dos.
Una de ellas es la matriarca, la que influye en los demás personajes, y no siempre desde su rol de mujer, sino desde su poder.
Yo te diría que más que matriarca es patriarca. Es lo que decimos siempre: el feminismo no va en contra de los hombres, sino en contra de un sistema. Y hay muchas mujeres que son funcionales y que sostienen ese sistema de igual manera que cualquier hombre de poder.
Tu personaje en Los sonámbulos también quiere escribir. Pero es la mujer que ella, de MA, no quiere ser: la que sufre abnegada, mientras que ella se rebela ante esa abnegación de la madre.
Sí, es traductora y quiere empezar a escribir, pero está enredada en esa maternidad. Con una hija adolescente que se está alejando. Es una mujer que no puede salir, ante una fuerte intuición de algo terrible y la parálisis ante a lo que sucede.
Frente a estas mujeres, ella es la mujer que escribe. «Escribí las tres novelas con ánimo de venganza», dice Ariana Harwicz en el prefacio de la Trilogía de la pasión, de la que forma parte Matate, amor. «Escribir», agrega, «es una guerra, es caminar sonámbula, es el insomnio, es algo de otra dimensión». ¿Es desde allí que habla ella, tu personaje en MA?
Totalmente. Es como una sonámbula. Es como una extranjera en su propia casa. Es alguien que está dormido pero está despierta. Es eso que dice ella muchas veces cuando mira el bosque: ve que la están mirando, ve que la están llamando. Está también lo implacable de ese llamado, de donde no puede salir. Por supuesto que uno puede hacerlo, las mujeres estamos muy acostumbradas a hacerlo. Pero ella tiene eso y creo que esto es por el fuego de Ariana: porque ella es así, se siente en guerra siempre, siempre está en una batalla, en una cosa muy sangrienta y terrible. Pero, por otro lado, tiene un sentido del humor que es increíble. Ella, la protagonista de MA, tiene esa cosa despiadada, con ella misma incluso. No tiene compasión, y por eso tiene también ese sentido del humor.
¿La protagonista de MA sería entonces como una corresponsal de guerra de la maternidad? ¿La maternidad es una zona de desastre (Ariana Harwicz dixit)?
Pero sí, claro. A quien diga lo contrario, me encantaría entrevistarla. La maternidad es una zona super conflictiva.





La maternidad también es repetición.
Y recordar, escribir también es repetición. Ella es una mujer que nos habla desde otro lugar y ese otro lugar es el bosque. Nos habla en una primera persona, en un presente, como si lo estuviera viviendo en este momento, pero en realidad lo está recordando.
Y para mí esa cosa de recordar tiene mucho que ver con el teatro, porque en la lectura lo que uno lee queda en uno –y a mí me gusta mucho volver a leer– , pero uno no relee y relee un mismo libro. En el teatro los actores hacemos y hacemos la misma cosa todos los días, en las funciones.
Y aquí está eso de querer contárselo a alguien, lo que para mí es el ejercicio de la escritura, no de la lectura. Está eso de revisar, corregir, volver sobre algo, estar sonámbula, las noches, mandárselo a una amiga, esperar una devolución, tachar, borrar, tirar. Todo eso es esa guerra también. Ella lo que hace es como si te dijera perfeccionar un dibujo, una máscara. Y eso es algo que sí o sí tiene que hacer revisando su historia. Entonces nos propone hablar de lo que fue, una cosa muy cotidiana…
Una mujer en Francia, una extranjera, en un pueblo pequeño, en el campo, un bosque…
Con un bebé pequeño y marido francés. Pero es algo que, en realidad, puede suceder en cualquier lugar, incluso estando en el mismo país de una: la mujer como extranjera del mundo.
En el caso de ella se subraya por la incomprensión del idioma. Y hay algo que a mí me fascina: ella escribe como en un código. Ella escribe en español. Alrededor de ella nadie habla español. Ella está escribiendo como si fuera un mensaje en un idioma en el que nadie la entiende. Y se pasa las noches escribiendo, sonámbula, y los días, sonámbula también.
Me fascina eso de escribir en otro idioma. Veo que aquí hay muchas mujeres que lo hacen. Te diría que son como mensajes a sí mismas en la lengua materna. Que es una lengua que quizá sus maridos no saben, sus hijos quizá tampoco mucho. Es la extranjera que se escribe a sí misma, con esa necesidad de volver a un idioma que es también como un llamado. Como una carta de auxilio.
En el mismo texto se hace un paralelo con La señora Dalloway, de Virginia Woolf, también la historia de una mujer que pone en cuestión la imagen de la mujer como «el ángel del hogar“. Y un texto donde una frase inicial «La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores» dispara el monólogo interior, el fluir de la consciencia. La frase de MA es:
«Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular.»
Ariana Harwicz, Matate, amor
¿Cómo fue el trabajo de adaptación, el que hicieron juntas Ariana, Marilú y vos?
La adaptación al teatro fue muy difícil porque el libro es muy poético, es muy hermoso, rico en imágenes. Además tiene esa cosa muy del primer libro, esa pulsión. Fue muy difícil dejar afuera partes que tenían imágenes muy encontradas, muy alucinantes. Lo que hicimos fue reducir a la acción, a lo narrativo condensado en marido, hijo y ella. Y ese recorrido muy clásico en la literatura sobre mujeres: ese camino en el que la mujer queda fuera de la sociedad, en institutos psiquiátricos o señalada por lo que decimos siempre: como «loca“ –y cómo es que ella da la vuelta después. Tratamos de dejar ese recorrido despejado. Y por otro lado, conservar todo lo que es lo más lindo y rico en Ariana que es el humor. Un humor como una daga, como un cuchillo.
Un humor muy provocador y sin reparos.
Y hay un juego muy lindo. Cuando Ariana entra en una imagen muy acertada, donde podría regocijarse como escritora, lo que hace es meter un chiste. Algo que me parece muy inteligente de parte de ella y muy bueno para el teatro. Porque ahí es donde captás al espectador: con la risa hay algo que entra que es otra cosa. Y que sea con conceptos, con una poética, con imágenes como las de Ariana, a mí me parece maravilloso.
Ya hace algunos años, y más allá de su cuestionada postura conservadora dentro del feminismo, la filósofa francesa Elisabeth Badinter causó sensación al hablar de la maternidad como esclavitud y al decir que «el hijo no es la obra de arte» –en el sentido de coronación de la creación de la mujer–. ¿En esta obra, MA, el bebé es la obra de arte?
(Risas, el placer de la ironía)
No, por supuesto que no. –Pero sí es verdad que Ariana escribe después de ser madre. Yo sé que lo que estoy diciendo no es muy de esta parte del feminismo, pero sí también es verdad que es algo que pasa. Algo que te pone frente a lo cósmico: y es esa otra persona que te está mirando 24 horas 7 días a la semana.
La dependencia absoluta del bebé. A un hijo una madre le tiene que fabricar la infancia, dice Ariana. Hasta carga con esa responsabilidad fundante.
Claro.
Pero al mismo tiempo existe lo que Esther Vivas llama «la madre desobediente».
Me encanta. Este texto contribuye a esa imagen. A eso de no sentirse para nada capacitada para ser madre, que para mí es parte de ser madre. Lo mismo que sentirse mala madre.
Y no quiere decir que en MA no esté también ese amor hacia el hijo que supone la maternidad, pero sí hay una constante dualidad, ambigüedad, condensada ya en el mismo título: Matate, amor.
Es que el amor tiene todo: tiene muerte… Tiene todo. Pensar o hacernos responsables de que nosotras tenemos que amar de una manera, cuando no se ama de esa manera a nadie más, es muy injusto. Uno a veces quiere matar de verdad al hijo. De verdad. Que lo haga o no es otra cosa. Pero eso es parte del amor como en cualquier otro vínculo.
Y las palabras como «amor» se gastan también, nos decimos tanto «amor» y amor»…
Y en realidad es: «Matate».
Digo una cosa y quiero decir otra.
Es eso de cómo se tiene que amar, qué se tiene que decir. Vivir dentro de un sistema que desde hace tanto tiempo funciona de la misma manera, te genera una rebeldía contra esa cárcel. Es como si una tuviera que ser de esa manera para que funcione.
Es muy interesante que la novela se va a filmar con producción de Scorsese, dirigida por Limsey Ramsay, la directora de Morvern Callar/El viaje de Morvern, una película maravillosa que conjuga el humor negro y la historia de una impostora. –Ella muchas veces se siente una actriz, una impostora: «Actué bien el rol de esposa y madre“.
Sí: «La colgada de la ropa fue un éxito. No se dieron cuenta de nada».
«(…) la veré sentada en una hamaca con su bebé. Rubio como ella. Delgadito y largo. Lanzándolo por el aire y atajándolo con torpeza en la caída. Aunque una vez no llegó.»
Ariana Harwicz, Matate, amor
«Camino esquivando ortigas y bajo al bosque“, dice ella no sin humor ante un mundo que es en hipérbole campo minado y ante el que ella siente el vértigo de lo peor.
Ella va esquivando las ortigas, ve los hongos crecer y piensa en tirar el cochecito cuesta abajo, pero sabe que llega a ese lugar porque está desesperada, porque no puede más. No es un texto solo de la poética que tiene la desesperación, es desesperación real.
Hay también una tristeza infinita, una gran soledad…
El marido le muestra la Luna y las estrellas y ella mira la cara del bebé y dice: ¿Cómo puede ser que alguien mire las estrellas teniendo esto que está acá? ¿En qué cuerpo estoy? ¿Cómo es esto de llevar tu corazón con el otro para siempre?
Del otro lado de todo esto está, con fuerza disruptiva, el deseo, el que parece que fuera incompatible con la maternidad.
Esto tiene que ver con eso de que las mujeres o somos putas o somos santas. O madres. Es lo mismo. Es como que hay algo que no se puede mezclar – y en ella está todo mezclado. Y tiene mucho deseo: sobre todo sexual, deseo de escribir, de ser escritora, de salir de ahí, de romper todo. Deseo también de ese bosque, porque la naturaleza la atraviesa de otra manera. ¿Por qué está tan vibrante en ella ese bosque? Más allá de que puede ser una imagen de la escritura, del arte, aquí es realmente un bosque, son realmente esos árboles, es realmente ese ciervo. Y no otro, ese.
Es un bosque que se convierte en selva y ella es la mujer enselvada.
«Lo que me salva no es el amor de mi hombre ni de mi niño. Es el ojo dorado del ciervo, mirándome todavía»
Ariana Harwicz, Matate, amor
Escena 2
(flashback, interior, día, ping pong extendido y final)
Matate, amor:
¿Una obra catártica o subversiva?: Catártica también, pero subversiva. Y es subversiva precisamente porque tiene humor.
¿Un humor que saca del lugar de la víctima y que hace que este texto siga teniendo una cosa todavía irritante? Sí, es algo que el texto no ha perdido. Hay ensayos sobre la maternidad edulcorada, pero la sagacidad, la puntería que tiene en lo cómico para mí es única.
¿Una obra que se mueve dentro de una zona gris de nuestras vidas, dentro de una «normalidad» donde hay también cosas terribles y por eso, pese a todo, genera identificación y empatía? Una de las cosas más importantes. Y para mí, como actriz, lo más importante. Al ser una actriz popular –acá no, pero en mi país sí– para mí era importante poder hacer este texto y generar eso: lo de lo familiar pero también lo de lo subversivo. Porque siempre hay una intención política. Por lo menos para mí. En el sentido de la comunicación. Para mí era muy importante que se generara eso. Para Marilú también. Necesitábamos que nos pasara algo con ella. Que no fuera una persona mala o buena, pero aparte de nosotros, sino que la obra nos trajera esa angustia, esa necesidad; que nos la trajera a ella, que trajera el bosque a nosotros. Que abriera el bosque en nosotros. Y para ello otra vez el humor, siempre el humor, fue y es la gran herramienta.
Gracias, Érica. Nos vemos en el teatro.
Matáte, amor /Stirb doch Liebling se presenta en dos funciones el 1 y el 2 de julio en el Teatro Monbijou. En versión original en español con subtítulos en alemán. Más info ver aquí.
*Fotos: ©Sebastián Freire, ©Alejandra García
*Ariana Harwicz, Trilogía de la pasión, Editorial Anagrama, Barcelona, 2022


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