Primera entrega de una serie de cuentos de Sara Sarmiento. Con la voz de su autora leyendo los cuentos, fragmento a fragmento.
Pinceladas: Infancia
La jirafa Inca
Rottenburg an der Fulda, agosto de 1997
Cuando recuerda esa jirafa de peluche se siente protegida, reconfortada. También siente el cosquilleo de la novedad. Recuerda que tenía ocho años y acababa de llegar a un pueblecito de Frankfurt donde vivió con su madre y el marido de ella durante un año.
La jirafa estaba esperándola sobre un colchón en medio del cuarto de trabajo. Ese colchón pertenecía a una cama plegable; su reino hasta que los muebles de su habitación estuviesen preparados. Alguien mencionó una vez que una de las vecinas había traído la jirafa como regalo de bienvenida.
Se aferró a ella desde la primera noche. Le dio un nombre, Inca. Todavía recuerda su tacto suave, rozando su cara antes de dormir mientras repasaba las estanterías atiborradas de libros con la mirada; libros en lo que a ella le parecía que debían ser todos los idiomas existentes en el mundo. Los había en alemán, español, inglés, francés, italiano, ruso… Husmeando incluso había encontrado un par de libros en turco, ese idioma tan extraño de peculiares letras, casi tan extraño como el ruso. Nunca había visto tantos libros juntos. Era lo más parecido que se pudiese encontrar a una biblioteca, pero por aquel entonces ella todavía no podía hacer esa comparación. Nunca antes había estado en una biblioteca y los placeres de los templos repletos de libros a disposición de cualquiera le eran desconocidos.
Recuerda la suave pata de Inca, prolongación de su propia mano, mientras leía los títulos de los libros con la cabeza inclinada hacia arriba, como contemplando la copa de un árbol; la boca entreabierta de pura fascinación.
Inca la acompañaba cuando se ponía los zapatos, cuando salía a jugar con los otros niños con los que apenas podía hablar. Estaba a su lado cuando, en medio de un batiburrillo sin sentido, pedía prestados libros a los otros niños cuando iba a visitarles a sus casas, después de haberse pasado horas boquiabierta contemplando los títulos y las ilustraciones que se escondían en sus páginas. “Las casas de este país están llenas de libros”, pensaba fascinada, mientras, inocentemente, sopesaba cuál sería la mejor forma para lograr un rato de intimidad con alguno de los que más le habían llamado la atención.
El momento de la “negociación” siempre era tenso. Cuando todos se sentaban a la mesa para comer, ella aprovechaba la presencia de todos los miembros de la familia y, con su alemán autoconfeccionado con palabras reales y términos inventados enredados en un ovillo imposible de desenmarañar, se explicaba. Recuerda el gesto de extrañeza en las caras de los padres que trataban de entenderla, pidiéndole que repitiese mientras inclinaban sus cabezas hacia ella. Tras sucesivas repeticiones, el caso normalmente no se había aclarado, por lo que los padres, que seguían luchando por descifrar su mensaje, se recolocaban en sus asientos y pasaban a preguntarles a sus propios hijos que qué quería decir la niña española con todos aquellos gestos. Los niños se encogían de hombros, con más bien poco interés por comprender mientras devoraban su porridge de avena con mus de cereza.
La niña seguía balbuceando y gesticulando un buen rato por lo general. “Ja, ja…”, insistía ella, moviendo más las manos, echando al aire con gestos las palabras que no encontraba de otro modo, hasta que en medio de la confusión, agarraba a Inca con fuerza, se iba corriendo al cuarto de los libros, cogía los dos que quería que le prestasen, y se los llevaba corriendo a la mesa familiar en la que los padres finalmente entendían que lo que ella quería era llevarse esos libros a su casa. Ella confirmaba, asintiendo con la cabeza, abrazando y bailando con Inca alegremente.
Esa noche se dormía en su cama tras haber repasado con los ojos las letras e imágenes de los tesoros que le había prestado, sin entender una palabra de ese idioma tan extraño, pero cuyas combinaciones de letras le hacían tanta gracia que no desistía. Las leía en alta una y otra vez. Era su idioma; descodificar esas historias, su misión; las letras que formaban palabras tan nuevas e intrigantes, su casa.
Recuerda despertar en medio de la noche enterrada en libros que apartaba con el brazo, y buscar a tientas el largo y peludo cuello de Inca que, si había estado pegado a ella, todavía estaba húmedo por el contacto con su aliento.
Recuerda que en los momentos de soledad, en la oscuridad de la habitación, ella le reconfortaba y protegía de los fantasmas, de las sombras, así como le daba el valor de expresarse, de conseguir sus objetivos durante sus excursiones diurnas.
Una mañana de verano se sentó a leer en el jardín, bajo el toldo ocre con grandes flores naranjas. Hacía mucho calor, y había encontrado un libro nuevo en español en las estanterías de su cuarto provisional. Se llamaba “Cuentos chinos”. En él había un historia preciosa titulada “Peonía roja, peonía verde” de la cual tras los años sólo recordaría una imagen: la de un príncipe preparando su caballo al alba, antes de partir en un largo viaje que le llevaría más allá de las montañas, más allá de aquello que le era conocido. Le fascinó tanto esta historia -sin imágenes- que leyó y leyó hasta que sintió que se moría de sed y se dio cuenta de que más de treinta mosquitos le habían picado -esto según su infantil recuento-, pues tenía alrededor de treinta picaduras que más que una niña le hacían parecer un hinchado elefante de patas largas y flacas. Su madre tuvo que darle una ducha en agua fría para aliviar el picor y embadurnarla con cremas para contener la hinchazón. Recuerda que pasaron al menos dos horas contando las múltiples picaduras -esto de nuevo según cálculos infantiles-, en realidad pudo haberse tratado de diez minutos.
Por la noche, temiendo hallarse en el preludio de una nueva masacre en la que los mosquitos llevaban las de ganar, su madre la roció con un repelente de intenso olor amargo. Inca, acostada a su lado como cada noche, no pudo evitar llevarse su parte, y el olor del repelente permaneció en su suave cabellera durante muchas semanas, impregnando de un regusto amargo aquella época y su estrepitosa batida contra los mosquitos alemanes, que como Inca, se habían acercado a darle la bienvenida.

Pinceladas: Cartas a Iago
El melón
Berlín, octubre de 2022 – Ourense, noviembre de 2009
Cierro los ojos en la cama, al lado de tu cuna, y te escucho respirar, profundamente dormido. Trato de imitar el ritmo de tu respiración, pero es demasiado rápido. Me quedo sin aliento. Cuando abro los ojos ya no estoy en nuestro cuarto, en nuestra casa. No veo tu cunita de barrotes blancos y su chichonera de lunares alrededor. Veo una cuna de recién nacido de hospital. Las barreras laterales están desplegadas hacia abajo, abiertas. En la cuna hay una toalla enrollada como un churro. Sirve para construir un nido alrededor de tu cuerpo, para que te sientas seguro. Por encima de la toalla hay un par de trapos de algodón que hacen de mantas. Pensarás que es poco, pero es el mes de julio y en el hospital hace un calor asfixiante. No sabría decir si hace 27, 30 o 35 grados dentro de la habitación, pero la sensación es de sopor, de calor que derrite hasta la fuerza de voluntad. Ablanda mi cuerpo y mi mente.
Me quito la mascarilla quirúrgica un momento. Necesito aire que no sea mi propio aire reusado una y otra vez. Echo la cabeza hacia atrás y respiro, mientras miro tu cuna vacía. No estás ahí sino en mis brazos. Duermes plácidamente. Mi mirada se pasea de tu carita a la cuna; de la cuna al monitor con tus constantes vitales; del monitor a tu cara. Así desde hace cuatro horas. Tengo las piernas dormidas, una cruzada sobre la otra, pero no me importa porque te tengo en mis brazos. Trato de inocular “vida” dentro de ti con mi mirada, con mi olor, con mis hormonas de madre primeriza que espero que floten alrededor de tu cuerpo y te protejan. No puedo dejarte en la cuna porque sé que llorarás y llorarás hasta que vuelva a cogerte en brazos y acostarte en mi regazo. Como hace tanto calor, temo que te derritas, así que te sostengo de forma poco natural, manteniéndote un poco alejado de mi torso y que sudes lo menos posible por el contacto. Eres tan pequeño y frágil, que por instinto trato de impedir que pierdas más agua de la necesaria. Me parece que ya tienes bastante sólo con vivir.

Siento que en mis brazos estás mejor. Los médicos dicen que los mimos de los padres son la mejor medicina para los bebés enfermos, y tu padre y yo lo tomamos al pie de la letra. Yo trato de fundirte conmigo, con mi cariño, casi sin atreverme a moverme.
Debería haberme sacado leche hace tres horas, pero no consigo dejarte por muchos motivos. No me atrevo a colocarte en tu cuna. Llevas un catéter central colgado del cuello, un drenaje conectado al tórax, una sonda nasogástrica asomando por la nariz, y unas gafitas de oxígeno conectadas a un tubo larguísimo. La cicatriz que atraviesa tu pecho de arriba a abajo asoma por debajo de la gasa, mostrando los puntos. Además, llevas tres sensores pegados en los pocos huecos libres que el resto de instrumentos deja entrever en tu pecho, que parece un mapa del tesoro trazado con prisa. Con esos sensores se controlan la frecuencia cardíaca, el nivel de oxígeno en sangre y la respiración.
Ninguna enfermera se ha pasado por el cuarto en varias horas. Tienen mucho trabajo, y saben que nos apañamos bien juntos, así que tampoco hay necesidad de que vengan a menudo. Pero yo sin ellas todavía no me atrevo a moverte. Temo arrancarte algún cable o tirar de algo y hacerte daño. No hay timbres a mano. Estamos solos en nuestra isla.
Mis pezones vuelven a tirar. Es una sensación muy extraña, como un tirón desde dentro de los pechos. Es la leche tratando de salir, alarmando: “¿No tiene hambre tu bebé?”.
Una gota de sudor resbala por mi frente. Mataría por un vaso de agua. Normalmente dejo una botella abierta estratégicamente colocada al lado de la silla en la que te sostengo en brazos, pero hoy he calculado mal y la botella abierta me mira a un metro y medio, lejos del alcance de mi mano.
Al contrario de lo que creerás en tales circunstancias, el tiempo no pasa lentamente. Se pasa volando. Son mis pechos rebosantes de leche, la contractura de mi cuello inclinado, los brazos doloridos, las piernas dormidas, la garganta seca… los que me recuerdan que han pasado horas, y más seguirán pasando, aunque el mundo se haya detenido para ti y para mí desde hace seis semanas, o desde hace cinco meses, si contamos desde el momento en que supimos que tu llegada a este mundo no iba a ser suave y fácil, sino uno de los retos más grandes de nuestras vidas.
En el sopor de la habitación empiezo a sentir que tengo alucinaciones. Imagino que provocadas por la sed y el cansancio. Tantos momentos de mi vida se pasan ante mis ojos… No entiendo por qué tengo que confrontar tantos recuerdos, tantos detalles, justo ahora. Me gustaría ser un lienzo blanco y puro, la mente vacía. Pero en lugar de eso veo a mi madre entrando en la habitación, con su bata de casa rosa medio abierta, el pijama asomando por debajo y las zapatillas arrastrándose, barriendo los pelos de las perras a su paso. No nos ve. Tiene cara de dormida. Probablemente acabe de levantarse de la siesta y vaya a hacerse un café. Paredes se elevan a su alrededor. Un estrecho y largo pasillo se construye y envuelve su figura en medio de la oscuridad. La última bombilla se fundió hace dos semanas y todavía no la ha cambiado. Es el piso de la calle doctor Flemming en el que solía vivir, y del que se mudó hace tiempo. Cómo me gustaría sentarme a su lado en la cocina, observarla y charlar.

Algunos fines de semana iba a visitarla a ese piso. Yo estudiaba durante el día, recitando el temario mientras caminaba a lo largo del largo pasillo. Debía recorrerlo un millón de veces cada día, casi tantas como repetía la lección. Antes de que se fuese al trabajo y cuando volvía por la noche, pasábamos tiempo juntas. Yo la observaba. Recuerdo que siempre admiré su belleza. Seguía sus movimientos fascinada, y a la vez vigilante. Mi madre tiene una poderosa mezcla de hermosura y humor que la hacen ser uno de los seres más libres que conozco. A esa mezcla la acompañan una desvalidez y fragilidad tales, que hacen temer que vaya a quebrarse de un momento a otro.
Me sentaba a su lado, confusa e incluso enfadada por no haber encontrado más que una lechuga y dos yogures para comer en la nevera. ¿Por qué no se organiza mejor? ¿Acaso no sabe que estoy aquí y no tiene ni unas galletas para desayunar?
Empezaba el día observándola, interrogándola con la mirada. ¿Por qué no había más comida en la casa? ¿Por qué no había cambiado la bombilla del pasillo? Por desgracia no sabía hacer las preguntas adecuadas y las no adecuadas ella las evadía con facilidad.
Recuerdo que había que abrigarse para entrar en la cocina. Entraba con el pijama y el abrigo de calle puesto por encima. Lo peor era cuando, tras haber recorrido el largo y oscuro pasillo, me daba cuenta de que me había olvidado el abrigo y tenía que dar la vuelta. Casi un kilómetro de pasillo hasta el salón, a por el abrigo, y vuelta a la cocina.
Había un agujero en la pared de la cocina, le llamábamos nuestra “campana extractora”. El agujero solía estar tapado por un tubo de aluminio grueso, del diámetro de una pelota de volleyball. Una vez que el tubo faltó, el agujero quedó al aire, dándonos una vista privilegiada del edificio vecino, el de la orilla del río Barbaña.
Yo le repetía mil veces: “Hay que tapar ese agujero”, “No puedes estar con eso así ahí”. Me ponía seria, no podía dejar de pensar en cómo podría tapar ese agujero con mis propias manos. Por desgracia mis conocimientos de albañilería no bastaban para encontrar una solución. Se lo repetía en el desayuno, antes de irnos a la cama, cuando me preguntaba si quería ver una película, persiguiéndola por el interminable pasillo mientras se arreglaba para ir a trabajar… En mi cabeza sólo existía el agujero, que ya no daba al río Barbaña, sino a un abismo. Algo me decía que ese agujero conducía a su vulnerabilidad, que si lo dejábamos estar, ella podría colarse por él, o quebrarse en mil pedazos, como un jarrón de cristal de Bohemia bello, único, y extremadamente resbaladizo y frágil.
Una mañana en la cocina, con el abrigo y el gorro puestos por encima del pijama, sosteniendo un café caliente entre las manos, le dije, entre nubes de vaho caliente, que si no quería tapar el maldito agujero, que le iba a comprar un melón para encajarlo ahí y así taparlo de una vez por todas. Interrumpió lo que estaba haciendo y me miró fijamente. “Pues no es una mala idea”. Absorta en pensamientos sobre el tipo de melón que iba a comprar y en qué mercado comprarlo, siguió su rutina, llevándose su taza de café al baño para terminárselo mientras se peinaba y maquillaba antes de ir a trabajar. Se marchó asintiendo. “¿De verdad pensará que lo he dicho en serio?”, pensaba yo con disgusto.
Iago, ¿cuántas cosas habrá a lo largo de nuestra vida en las que no estaremos de acuerdo? Me temo que verás agujeros en muchos lugares, igual que yo los veía en la vida de mi madre. Ahora que no puedo estar a su lado, añoro no haberme reído con ella cuando saqué la idea del melón, y no haber visto su preciosa sonrisa.


Sara Sarmiento es gallega y reside en Berlín. Es artista de corazón, pero en la práctica ha trabajado como coordinadora de efectos visuales durante los últimos trece años en Berlín. Nació en Ourense, Galicia, estudió comunicación audiovisual y también se ha formado para enseñar alemán a extranjeros. En su tiempo libre canta en la ducha, lee obsesivamente, escribe a escondidas y rehace el mundo cada día junto a su hijo de tres años.
©de todas las fotografías: Sara Sarmiento.




