Durante seis días, del 18 al 23 de noviembre, llega a Berlín La Sur Real, un festival que nos brinda la oportunidad de ver cine colombiano contemporáneo. Territorio, cuerpo y memoria se entrelazan en una programación que teje una cartografía de espiritualidades afrocolombianas, feminismos cotidianos, gestos de cuidado y resistencias diaspóricas. Conversamos con Valery Rojas Caro, una de sus organizadoras.











La Sur Real Colombia (18-23 nov 2025)
La primera pregunta, Valery, es: No vemos tanto cine colombiano acá, ¿goza de buena salud el cine colombiano?
Sí, claro, goza de muy buena salud el cine colombiano, y cada vez más. La dificultad está en la distribución y exhibición.
Gracias a las leyes de cine en Latinoamérica, que se han ido fortaleciendo con el tiempo, existe una gran producción de cine. Y una exploración amplia también. Yo siento que más que hablar del cine colombiano como una homogeneidad, en este momento se está descentralizando, lo que permite que en las películas se exploren muchas otras formas, muchas otras materias.
Por ejemplo, Adiós al Amigo, con la que vamos a abrir, es histórica, pero es un western colombiano, ambientado en 1902 en la Guerra de los Mil Días, donde se cruzan lo histórico, lo onírico y el film de género. Y trae una amalgama de cosas, que se nota que ya es por un trabajo que se ha hecho en las regiones. Por ejemplo, Adiós al Amigo viene de Güepsa, Santander. Y es diferente al cine que estamos acostumbrados, siempre el cine de Bogotá, el cine de Medellín.


Adiós al amigo
Salimos de la gran ciudad y vamos a otras regiones para relatar historias que tienen que ver con una propia geografía, con un propio paisaje y también con una propia población, la que es muy variada en Colombia, con distintos orígenes y gran influencia afro también. Justamente esa es también otra de las preguntas: ¿cuáles son las regiones que están representadas en esta selección?
Bueno, por un lado están las regiones que se ven en los paisajes, ¿no? En donde se han realizado las películas, pero también las regiones de donde vienen los realizadores. Entonces, como te comentaba, en Adiós al Amigo Iván Gaona, su director, y la productora La Contrabanda han hecho un trabajo muy local, y eso se nota en la película.
¿Qué región es exactamente?
Santander es el departamento, la capital es Bucaramanga, y ellos ruedan todo en una ciudad pequeña que se llama Güepsa, y también trabajan con actores naturales. Y con la orquesta filarmónica de Santander. Es como reactivar la región. Aprovechan todo ese paisaje, el Cañón del Chicamocha, que es un espectáculo y entonces eso también es lo lindo, pero sin querer hacer películas postales.
Tal cual, no for export, sino realmente historias de cada una de las regiones. ¿Qué otras están presentes?
Por ejemplo, en Yo vi tres luces negras se puede un poco ver de la selva, ese Chocó tan inmenso en el Pacífico colombiano. Tan golpeado también por tantas problemáticas: su difícil acceso, lo lejos que siempre ha estado del gobierno nacional que nunca se ha volteado a mirar, y también, pues, por una cuestión racista que tiene el mundo –y nuestro país no se salva de eso–, porque es una zona principalmente afrocentrada.
En Cantos que inundan el río vemos Bojayá, una región del Chocó profundamente marcada por la violencia, pero también llena de belleza y de fuerza colectiva. La película recoge ese pulso vital del territorio, donde el canto y el río se vuelven formas de resistencia y de memoria.

Yo vi tres luces negras

Cantos que inundan el río
Pero volvamos al principio. Uds, La Sur Real, ya tienen una mirada particular, que es no solo desde la gran industria, sino –sin dejar de incorporar a la industria cinematográfica– desde el Sur Global. Pero esta selección lleva un título muy particular: «Ofrendas de la imagen». ¿A qué se refiere?
Así como en un altar se disponen las ofrendas y pones conscientemente cada cosita, así también se hace en nuestra curaduría. Cómo cuidar a las otras personas, a la audiencia, cómo cuidarnos entre todas, porque no es simplemente cuál es la película más taquillera, cuál es la que tiene mejores efectos, cuál es la que tiene más premios, sino qué películas y cómo ponerlas a dialogar.
Y entonces empieza a ser también una forma muy decolonial de pensar la curaduría y el cine. Desde la emoción, desde cómo compartimos esas cosas que nos atraviesan, que nos duelen, más allá de creer que vamos a sanar, ¿no? Porque hay heridas que siempre van a permanecer. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cómo las compartimos? ¿Cómo las atravesamos juntas?
Siento que en ese ejercicio que ha realizado la Sur Real en los últimos años, es ese compartir esas historias fuertes lo que nos hace conectar también con nuestra casa, con nuestro origen, con nuestras raíces. Estando lejos es como que las dejamos a un lado, pero es un espacio para compartir, así como las ofrendas también.


La Bonga
Hay temas que uno vincula con Colombia, pero también con otras películas del cine de nuestro continente, como es, por ejemplo: cómo contar la memoria de la violencia. Pienso en el de Tatiana Huezo, con El lugar más pequeño –maravillosa película. En la selección, La Bonga tiene en común con este film lo del pueblo desaparecido al que se regresa. ¿Cómo se relata la memoria de la violencia sin mostrar la violencia?
Sin pornomiseria.
Claro. Y muchas veces porque, aparte, ya ha sucedido, o sea, no se cuenta con el material de ese momento. ¿Ves que hay diferentes perspectivas en estas películas sobre esto de la memoria de la violencia?
Sí, correcto. Y creo que lo más importante siempre es el trabajo que se haga con la comunidad antes de llegar a querer retratar esto. Y para mí eso se siente. Más allá de la racionalidad y de pensar que este plano es de tal o cual manera. Esto está, por ejemplo, en La Bonga, un documental que narra el retorno de una comunidad afrocolombiana a su pueblo, en la región Caribe, veinte años después de haber sido desplazada por la violencia paramilitar. La película acompaña ese recorrido físico y emocional de quienes deciden volver, y muestra cómo, a través del compartir, de la juntanza, se pueden atravesar las heridas más profundas. Eso es fundamental cuando se trata de relatar la historia, la memoria y la violencia.

Cantos que inundan el río
Entonces, primero: ¿qué se hace con la comunidad? ¿Cuál es el trabajo con la comunidad? Que no sea un trabajo extractivista.
Segundo: que también que se muestren esas otras cosas que surgen del dolor. Como en Cantos que inundan el río, que precisamente habla de los alabaos y de lo que estas mujeres logran a través del canto. El canto también implica generar ondas, ¿no? También es un proceso físico dentro del cuerpo para quien escucha. Se genera una vibración conjunta que a la larga te puede ayudar a aminorar un poco ese dolor. Entonces, ¿cuáles son los momentos de las cuestiones difíciles?
Porque no solo somos sufrimiento. Nos salimos de ese relato de solo sufrimiento de otros documentales o de otras obras –que lo que quieren es que tú te llegues a atravesar solo por el dolor– y entonces ver cómo te puedes atravesar a través de un canto, del silencio, de los tiempos… En este mundo tan rápido, capitalista, de consumo, de redes sociales, donde todo lo queremos rápido, rápido, rápido: ¿cómo te tomas un respiro y te tomas el tiempo para ver una imagen oscura donde va atravesando la gente con unas antorchas?
Y así, en ese momento te puedes conectar con la historia sin tener que estar viendo imágenes duras, crueles.
Claro, porque ellas ya anidan, ya están dentro de esas personas que han vivido esa experiencia…
Por otro lado, un fenómeno que también distinguió a Colombia, no conozco las cifras actuales, es ser uno de los países con mayor cantidad de millones de desplazados, por el conflicto armado.
Sí, migración interna, brutal. En ese contexto está La Bonga, una comunidad palenquera afrocolombiana que tuvo que abandonar su territorio por amenazas paramilitares. La película acompaña su regreso dos décadas después: ese caminar de vuelta al lugar perdido, donde el acto de volver se convierte en una manera de sanar. Hay en ellos una fuerza que viene de lejos –una herencia de libertad que remite al espíritu de los antiguos palenques–. Es hermoso, porque muestra cómo el encuentro y la memoria compartida pueden ser también formas de resistencia.

Yo vi tres luces negras
Yo vi tres luces negras. La dieron en la sección Panorama de la Berlinale 2024. También es una película que habla de la memoria y de la violencia sin las imágenes del conflicto en sí.
Para mí es la parte de la creencia y esa conexión con la muerte en un lugar donde la muerte está a pedir de boca. Porque crecemos con ello… Todas las personas en Colombia que conozco siempre tienen una historia violenta muy cerca. Hemos aprendido a lidiar con la muerte de muchas maneras.
Y para mí, la occidentalización ha hecho que la muerte igual se vea de una forma más «antiséptica», como aislada: te mueres allá en el hospital, lejos. ¿Y qué pasa con lo que no se ve? Vuelvo yo a lo invisible. ¿Cómo se hacen esas despedidas? Entonces, para mí, además de lo de la violencia, Yo vi tres luces negras es todo lo mágico que se necesita también para atravesar eso. Cómo nos conectamos con los sueños, cómo nos conectamos con nuestras muertas, con nuestros muertos; es atravesar dimensiones, porque también es otra capa de la muerte. No solo el cuerpo.
Absolutamente.
Otro film, Partes de una casa, es una historia con una protagonista femenina, es una historia de amor, pero hay otro protagonista importante también: La Bestia, ese tren de carga mexicano al que se suben los migrantes para llegar a la frontera con Estados Unidos.
Esa película la dirigió David Correa, con quien trabajamos en la investigación y realización. La idea original era una película que transcurriera en cinco lugares de Latinoamérica, siguiendo a cinco integrantes de una misma familia en distintos países: Argentina, Bolivia, México, Colombia y Brasil. Te imaginarás lo complejo que fue buscar la financiación para un proyecto de esa magnitud, pero gracias al apoyo del FONCA y a un importante esfuerzo de autogestión, finalmente se desarrolló en México.
Allí se hizo un trabajo muy cercano con la comunidad, en colaboración con la organización Un Techo para mi País, que opera en buena parte de América Latina y trabaja con voluntarias y voluntarios que los fines de semana ayudan a familias en asentamientos irregulares a construir sus viviendas.


Partes de una casa
La película terminó siendo muy distinta a lo que se había imaginado en un inicio: más íntima, más contenida, centrada en cómo representar la vida cotidiana sin recurrir a la exposición directa de sus carencias o dificultades. Dora, la protagonista, viene de Veracruz, se casó muy joven y vive con sus tres hijos en un asentamiento irregular donde, justo frente a su casa, pasa La Bestia. Ese tren, que atraviesa el territorio y la vida de quienes lo habitan, se convierte también en una presencia constante, una vibración que sostiene la película y revela lo que no se muestra de manera literal.


La piel en primavera
La piel en primavera también tiene una protagonista femenina, pero ya es una historia de la gran urbe.
Correcto, hecha en Medellín. Es la primera película de Jennifer Uribe, que hace un trabajo muy bello también, también mucha comunidad ahí en Medellín, también a partir de trabajos colectivos, como ya ha hecho la productora Monociclo Cine en films como Los Nadie o La Roya. Narra la vida de Sandra, que es una vigilante de seguridad, pero también desde otro lugar, o sea, desde su vida diaria, su cotidianidad, su deseo, su piel…
Y conoce a alguien.
Y conoce a alguien, pero tampoco es la historia de amor que uno se está esperando, ¿no?
Pero abre esa puerta o esa ventana en esa vida que lleva, que es más dura, más rutinaria.
Más cabeza de familia, ¿no? Como que también eso atraviesa mucho las películas: otras perspectivas de estas mujeres que se ven atravesadas por la realidad.
Y después está la nueva generación, en La Suprema.
La Suprema, muy chévere. Rodada en el Caribe colombiano, también con comunidad.
Diferentes mundos, diferentes paisajes, diferente población, como decías tú, diferente música, ¿sabes? Es que cada espacio de Colombia tiene una música completamente distinta. Eso también se puede apreciar en las películas.


La Suprema
Y La Suprema es una boxeadora.
Sí, es una chica que quiere boxear y quiere que su pueblo esté en el mapa. O sea, dice, ¿cómo así que no estamos en el mapa? ¿Cómo así que no tenemos televisión para ver a este otro boxeador? Es otro personaje femenino que tiene otro punto de vista: vamos a boxear.
Estimados señores se basa también en una cuestión histórica: el movimiento de las sufragistas.
En 1954. Ganó ahorita por Mejor Película Colombiana en los premios Macondo, donde obtuvo nueve estatuillas. Y sí, también es como esa nueva onda histórica.

Estimados señores
Relata muy bien toda la lucha de las mujeres sufragistas en Colombia. Obviamente desde la clase alta, que eran las que tenían la posibilidad igual de ir abriendo el camino para las demás. Entonces también te da mucha fuerza la película, y te pone mucho a pensar, porque es insólito que hasta hace tan pocos años pudiéramos tener voto.
Sí, bueno, en Argentina también, recién en los años 50, con Eva Perón, la mujer llega a votar.

El origen de las especies
Y hay una película mutante, transfuturista: El origen de las especies.
Correcto. Tiagx Vélez, Juliana Zuluaga e Analú Laferal realizan esta película desde los procesos de Crisálida Cine, un colectivo que entiende el cine como práctica ética, política y afectiva. En su trabajo hay una reflexión constante sobre las formas de producción, la autogestión y la sostenibilidad: piensan el cine no solo como representación, sino como una manera de habitar el mundo.
El origen de las especies parte del reciclaje fílmico, del trabajo con materiales encontrados en archivos y acervos personales, y de la experimentación con la materia misma de la imagen. Es un film profundamente plástico, que reconfigura fragmentos de otros tiempos para abrir nuevos imaginarios posibles.

El origen de las especies
Además, Tiagx propone un laboratorio de creación con archivo fílmico: “Los archivos del miedo”, en el que trabaja con material propio y documentos encontrados hace algunos años. Este taller busca producir una pieza colectiva en torno al poder de los archivos y la memoria. El colectivo que lo impulsa, Archivo Shub, toma su nombre de Esfir Shub, montajista rusa pionera del cine de compilación, quien resignificó imágenes del periodo zarista para construir, desde el montaje, un nuevo relato visual al servicio de la Revolución. En esa misma línea, Tiagx explora cómo las imágenes del poder pueden transformarse en herramientas críticas y poéticas, en gestos de resistencia y reapropiación.

Amor, Mujeres y Flores
Y por último, hay un homenaje a Marta Rodríguez, la documentalista. ¿Por qué la importancia de este homenaje? Y contanos sobre la película que van a pasar: Amor, Mujeres y Flores, de 1989.
Marta Rodríguez fue una pionera del cine documental en Colombia y en Latinoamérica. También la primera en comenzar a denunciar problemas, problemáticas sociales de Colombia. Sin ser pornomiseria, sin ser extractivista, sino trabajando con la comunidad. Entonces, esta película denuncia los pesticidas prohibidos en Estados Unidos y que se usaban en los campos de cultivo de flores.
Sí, la gran exportación de las flores en Colombia. Me viene a la mente en este momento la película Memoria, con Tilda Swinton, dirigida por Apichatpong Weerasethakul, donde también aparece esta producción.
Claro, siempre hemos sido un país donde se ha extraído todo lo mejor, como las flores. Lo bello que son las flores, y las mujeres que trabajan en los floricultivos, mujeres muy, muy, jóvenes, muy afectadas por estos pesticidas, y el dueño del floricultivo, un gringo. Cinco años rodando esto. En todos sus documentales Marta Rodríguez trabajaba con su pareja, Jorge Silva, y antes de que termine la película, Jorge muere. Dice Marta en la misma película que Jorge muere de dolor, de ver todo el sufrimiento de lo que pasa en su país. Y entonces Marta tiene que terminar esta película de su amado, su compañero, su colega. Entonces, también es muy poética.
¿Y en qué región es esto?
Eso es en la sabana de Bogotá.
De alguna manera podríamos decir, volviendo a la película Memoria, con Tilda, que la selección de las películas de ustedes, como sucede en ese film, hace que las historias: las historias de los conflictos, las historias de la violencia, las historias de vida también sigan retumbando en el territorio.
Correcto, para quien sabe oírlas, para quien se quiera tomar el tiempo.
Para quien tenga las antenas o cultive esas antenas, se pueden seguir captando y escuchando. Y allí están en esta selección que, como bellamente plantean, une territorio, cuerpo e historia.

Muy importante también es que tenemos una sección para la infancia: La SurRealita.
Sí, donde, entre otros, van a proyectar el corto Akababuru, que participó en la sección Generation en la Berlinale y luego ganó el premio del público en el festival de cortos de la Usina Berlín.
Y además es muy chévere, porque también viene de un trabajo comunitario, porque Irati (Dojura, la directora), también es una indígena embera, y ella trabaja con su familia haciendo este cortometraje. Escuchaba algunos comentarios que decían que es muy extractivista este corto, pero no. Yo conozco a Irati, Irati es embera, Irati es de ahí, Irati lo hace basada en un mito. Y la Sentarte Producciones es una productora de ahí, también del territorio.
Y lo que vamos a hacer, como se hizo en la Berlinale, es pues hacer una traducción simultánea en vivo al español, porque igual nos centramos en niños y niñas de 6 a 11 años.
Por último mencionemos que hay un encuentro de profesionales. ¿A quién está dirigido?
Está dirigido principalmente a –no quiero decir a profesionales del cine, ¿sabes?–, pero sí a personas que estén involucradas con el cine en todas las etapas, desde la creación hasta la distribución, exhibición. Pero también a latinoamericanas y alemanes que están interesados en ese intercambio, en ese networking, porque el cine no se hace solo.
Entonces no es solo para el cine colombiano.
No, es para –desde el cine colombiano– hacer un networking entre personas que también trabajan en cine, para tener más ideas, para ver qué más se puede hacer, conectarnos.
Perfecto. Y ahora micrófono abierto para que invites a lxs espectadorxs:
Del 18 al 23 de noviembre vamos a tener en el Kino Babylon diez películas colombianas, una sección infantil. Tenemos también un taller de cine especulativo, un encuentro de networking. Los invitamos para que vengan a ver la Surreal Colombia, una nueva edición de este festival dedicada completamente al cine colombiano contemporáneo.
Muchas gracias. Y nos vemos en el cine.

Programa completo & tickets: aquí – Babylon Rosa Luxemburg Str. 10 (10178) Berlin


https://lasurrealfilmfestival.com/
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