Gastón, ingeniero agrónomo, se traslada a la zona de mayor producción de la agricultura, donde el uso de agrotóxicos es parte de la rutina. Un thriller ecológico que confrontará al buen empleado con inevitables tensiones. Y nuevas generaciones. Tras su estreno en Berlín, el film argentino El agrónomo (2024) continua su gira europea por España, Barcelona y Madrid. En presencia de su director, Martín Turnes. Aquí una reseña y toda la información.
Cada año, los productos con el sello bio u orgánico ocupan más espacio en las góndolas de los supermercados. Para algunos, el costo extra no justifica su compra; para otros, cuantas más etiquetas verdes en el carrito, mejor. Algunos, en cambio, eligen cultivar sus propios alimentos en cualquier espacio disponible. Pero hay una pregunta que resuena para todos: si un producto orgánico cuesta el doble que uno convencional, ¿qué estamos realmente consumiendo cuando nuestro presupuesto no nos permite acceder a ellos?
El agrónomo nos introduce en la vida de Gastón (Diego Velázquez), un ingeniero agrónomo que, junto a su esposa Ana (Valeria Lois) y su hija Vera (Ángeles Zapata), se muda a un pequeño pueblo de La Pampa para trabajar en un campo. Entre sus tareas, se encuentra la selección, compra y gestión de agroquímicos -como el glifosato- para los cultivos. Lo que al principio parece un trabajo estable y una vida tranquila pronto comienza a enturbiarse.
Pese al deseo de Gastón y su búsqueda de prosperidad para la familia, la incomodidad que se respira es difícil de disimular. Nadie en la familia parece del todo a gusto con el cambio abrupto de paisaje y rutina. Gastón intenta integrarse, busca adaptarse a un entorno que, aunque relajado y verde, se le presenta tenso, distante. Las charlas con los habitantes del pueblo, las normas implícitas, los gestos cotidianos: todo se siente forzado. Mientras tanto, Vera comienza a buscar su propio refugio y lo encuentra en un centro cultural donde descubre el freestyle. Allí conoce a chicos de la zona y su nueva vida parece comenzar, pero el equilibrio se rompe cuando una de sus amigas cae enferma de manera repentina. El pueblo, que parecía dormido, empieza a señalar: los agroquímicos utilizados en los campos–entre ellos los que administra el propio Gastón– se convierten en sospechosos. La amenaza, hasta entonces abstracta, se corporiza. Como una toxina que se cuela hacia el interior de su hogar, esta situación lo coloca frente a un dilema: ¿sostener su rol profesional o priorizar el bienestar de su familia?





Quizás el mayor acierto de la película sea el enfoque elegido: en torno a una práctica tan demonizada (las corporaciones agroindustriales) como romantizada (quienes se oponen a ellas), el film decide mirar hacia el centro, hacia quienes quedan en el medio. Observa los matices, y eso la vuelve real, le da verdad. Ya se trate de los hechos más oscuros de la historia o de prácticas cotidianas y benignas, su ejecución casi siempre recae en “gente común”: burócratas que simplemente hacen lo necesario para asegurar su bienestar cercano. En el caso de Gastón, se encarna esa ambigüedad: es a la vez perpetrador del envenenamiento del pueblo y víctima, a través de las consecuencias que esto tiene en su familia. No es más que un hombre en negación, que cumple con lo que asume que debe cumplir, y que elige no mirar más allá de lo inmediato.




Se podría decir que El agrónomo se inscribe dentro del “thriller ecológico”. Ecológico, porque el mal –la fuente del suspenso– no irrumpe desde afuera, sino que se origina en el mismo contexto que la película retrata. No hay una amenaza externa que quiebra un orden natural: el misterio, el suspenso y los dilemas están en el corazón mismo de la trama. La tensión lleva el pulso del relato: tensión entre padres e hijos, entre ciudad y campo, entre progreso y salud, entre lo que se ve y lo que se oculta. El uso de los elementos del género –la cámara que sigue al personaje desde atrás, la música contenida, los silencios, la oscuridad de los planos– potencia la interpretación de un Diego Velázquez notable: un hombre cada vez más encerrado en sí mismo, al borde de la paranoia, enfrentado a un mal que, para él, siempre permanecerá invisible.
Martín Turnes (Buenos Aires, 1980) Estudió Diseño de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires. Es socio productor en Zebra Cine & Puente Films, así como socio activo del Colectivo de Cineastas (CdC) y de ADF (Autores de Fotografía Cinematográfica Argentina), docente en Taller de imagen documental (ADF) y Taller Técnico de Cámara. El Agrónomo es su segunda película como director y la misma tuvo su estreno en la edición 2024 del Bafici -Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente-.
Proyección en Berlín: sábado 12 de abril 18:00 dentro del ciclo Berlatin organizado por Latin Quarter en el Babylon Kino. Tras la proyección charla con el director Martín Turnes moderada por Revista Desbandada. Tickets: ver aquí.
Todas las imágenes @Zebra Cine / Aqueronte Cine

Me gustó lo de “thriller ecológico” y un placer que mañana pueda ir a verla con semejante reseña.
El tema me es muy cercano porque apenas llegué a Berlín conocí a un director de cine (entonces) cordobés recién llegado, también y con una joyita documental bajo el brazo con la temática de ésta película.
Martín Grutadauria venía con una peli merecedora de por lo menos participar en una sección de la Berlinale… (Aunque le haya criticado la edición de tiempo).
Pero quiso el destino que por entonces Bayern estuviera interesado en comprar a Monsanto…y ya sabemos cómo sigue la película… bajamos el volumen y… andá a gritar a otra parte… Los campeones del Umwelt!
Solo un comentario más: no entendí lo del dilema…¿sostener su rol profesional o priorizar el bienestar de su familia? En todo caso para mí podrían no contradecirse ambas cosas. En todo si hay un dilema sería con su propia ética?
En todo caso ya veré la película y podré entender…
Gracias