Un relato de Gregorio Ortega Coto
Alonso Labrador no era de izquierdas ni nunca lo fue. Sus únicas faltas habían sido amar con locura a un sindicalista y vivir en la calle principal de su pueblo.
Apenas transcurrida una semana del levantamiento militar fusilaron al sindicalista. Unos aseguraron, años más tarde, que fue ante la pared trasera de la iglesia; otros, junto a un ciprés delante de la tapia del cementerio; terceros, en cambio, que lo mataron a puñalazos mientras dormía abrazado a Alonso. Uno de los falangistas juró por Dios, una y otra vez, que los acontecimientos acaecieron de forma totalmente diferente:
—A culatazos le ordenamos al rojo que se echara a correr pero él no obedeció y antes de que se pudiera levantar lo acribillamos a tiros, por la espalda, como al mariconazo ese de Granada, ¿cómo era su nombre?
El caso es que Alonso Labrador nunca llegó a saber en qué cuneta arrojaron a su amante.
El eco de las descargas aún no había cesado cuando detuvieron a Alonso. Le cortaron el pelo a rape, le pusieron el cuerpo morado con los golpes de las hebillas de los cinturones y lo pasearon desnudo por las calles del pueblo con un cartel colgado al cuello donde ponía: soy el marica del rojo.
Al ponerse el sol, lo insultaron, le escupieron a la cara, lo apedrearon. Más tarde, todos se sorprendieron de que aún viviera. Nadie quiso saber quiénes habían sido los torturadores o la razón por la cual no lo habían asesinado junto a su amante.
Alonso se recluyó en su casa como una oruga en su capullo. Sin embargo, algunos vecinos murmuraban que lo habían visto apostado ante su puerta, justo, cuando la procesión del Corpus, los pasos de Semana Santa o la parada castrense evocando el 18 de julio desfilaban por delante de su casa. Malas lenguas afirmaban también que en esas ocasiones su aspecto era mugriento, que aparecía vestido con andrajos femeninos y que el hedor que despedía era insoportable. Las cotillas de turno no sólo confirmaban esos rumores sino que añadían con toda clase de detalles que iba siempre rodeado de un ejército de gatos enclenques, que una paloma revoloteaba sobre su cabeza atiborrándose con los piojos de sus greñas y que empujaba un cochecito para niños mohoso y atestado de cucarachas. Además, que de buenas a primeras, como enloquecido, se ponía a gritar a la muchedumbre:
—¡Hijos de puta, que sois unos hijos de puta, asesinos, asesinos!
Sin ni siquiera respirar, hasta que el gentío, encabezado por uniformados y dignatarios eclesiásticos, ponían pies en polvorosa y desaparecían por último de su vista.
Las nuevas autoridades del pueblo, informadas de la visita próxima del dictador a la vecina capital de la provincia y de que la comitiva pasaría por delante de la puerta del «marica del rojo» ordenaron sin demora irrumpir en su vivienda, eliminar las inmundicias esparcidas por doquier, demoler el cochambroso cochecito de niños plagado de cucarachas, aniquilarlo, desinfectar las habitaciones y envenenar a los gatos y a la paloma. Dispusieron también internar al «chiflado» en un manicomio y que si oponía resistencia, hicieran uso de una camisa de fuerza. De causar otros inconvenientes sería tratado de inmediato con electrochoque.
—¡Viva Franco y el Movimiento Nacional! ¡Viva España!
A medianoche, cuatro guardias civiles aporrearon la puerta trasera de la casa de Alonso con las culatas de sus fusiles. La puerta resistió la embestida. Luego, dispararon. Fuera de sí y más de lo necesario tirotearon una y otra vez la cerradura, hasta que cedió. Irrumpieron en la casa y buscaron a Alonso en las habitaciones malolientes.
—¡Ha llegado tu última hora, tú cerda! —gritó uno de los funcionarios.
Otro sintió náuseas a consecuencia del olor desagradable y abandonó a todo correr la estancia seguro de que el aire fresco lo iba a librar de aquel suceso inoportuno. Sin embargo vomitó poniéndose perdido el uniforme.
Mientras tanto los gatos brincaban en todas las direcciones, de una pared a otra, de una habitación a la siguiente, bufando sin descanso y alcanzando con sus afiladas garras los rostros de los uniformados que aterrorizados tuvieron que huir. Los guardias civiles no hallaron el cochecito para niños, ni la paloma, tampoco a Alonso.
El asalto a la casa, no obstante, tenía que merecer la pena, debían desquitarse de la rabia que les producía el fracaso y disimular el dolor de los rasguños de los felinos enajenados. Sin vacilar le prendieron fuego al inmueble. El peculiar olor a gatos, a cucarachas, a otros bichos y desperdicios calcinados se extendió con lentitud e insistencia sobre el pueblo, adhiriéndose durante días a la ropa y a los pelos de sus habitantes. Los restos carbonizados de la vivienda los ocultó la administración local bajo lemas fascistas y un gran panel con un retrato en blanco y negro del dictador.

@Gregorio Ortega Coto
*Traducido al español por el autor. Se publicó en alemán en el libro de relatos Untaugliche Indianer en la editorial mSk de Hamburgo.

Gregorio Ortega Coto nació y creció en el Protectorado de Marruecos. Sus padres, oriundos de España, habían emigrado a aquel país a principios de los años treinta. Tras la independencia de Marruecos –Ortega Coto tenía 12 años–, la familia regresó a España. A comienzos de los setenta Ortega Coto emigró a Berlín Occidental tras previas escalas en las islas Canarias y el Reino Unido. Trabajó durante años en diferentes ámbitos laborales hasta llegar a hacer el bachiller alemán para más tarde graduarse en Trabajo Social y estudiar posteriormente los estudios complementarios de Supervisión Social. Estos oficios los ejerció durante años, combinando el trabajo con su vocación de escritor y pintor.
Gregorio Ortega Coto escribe novelas y relatos, en alemán. Su primer libro de relatos cortos Untaugliche Indianer (Los indios inútiles) se editó en una editorial de Hamburgo, su última novela Wenn Glühwürmchen tanzen (Cuando las luciérnagas bailan) en una berlinesa. En la editorial valenciana Cuadranta se ha publicado 2023 su segundo cuento infantil en español y alemán Zapo y Alpa.
Imagen de portada: Detalle de pintura de @Gregorio Ortega Coto
Otra publicación de Gregorio Ortega Coto en Desbandada:

Como siempre disfruto leyendote, cada uno de los relatos es una joya, este del Amante del Rojo me parece estremecedor y tan verdadero que pone los pelos de punta.