Un relato corto sobre niños para madres y padres
de Gregorio Ortega Coto
La nueva temporada de la naranja provocó en Charo sentimientos contradictorios.
—Todos los años lo mismo. Es insoportable —se dijo.
Se mordió el labio inferir de forma extraña, tal como lo había hecho hacía un año y compró doce naranjas, seis para el día siguiente y seis para el viernes.
Su marido y sus tres hijas apreciaban especialmente esta fruta. De las muchas variedades en oferta, preferían las gruesas, dulces y aromáticas de la región de Valencia. La familia se había acostumbrado a comer naranjas en el postre del almuerzo al menos un par de veces a la semana, si estaban frías aún mejor.
José María Moisés, que así se llamaba el padre, convertía el hecho de comer la fruta en un ritual, principalmente con la finalidad, sospechaba Clara, la hija mayor de la familia, de exhibir su destreza delante del conjunto familiar y mostrar así cómo él, con un cuchillo bien afilado, mondaba la exuberante naranja magistral e íntegramente, es decir, de una sola vez.

Como en muchas otras mesas rectangulares de comedor de todo el mundo, el padre tomó asiento a la cabecera; a su izquierda, Charo y Clara, a su derecha, las hijas menores.
—Por favor, papá, ya conocemos de sobra tu pericia —dijo Clara enfadada, lanzando una mirada cómplice en dirección a su madre.
El padre ignoró la observación de la hija y siguió adelante.
Empezó por donde la fruta con la ayuda del tallo cuelga del árbol y continuó, siempre dándole la vuelta, con rapidez y destreza, sin pausa alguna, sin parar, con una precisión asombrosa y no menos seguro en el manejo del cuchillo, alcanzando finalmente el ombligo de la fruta, para, ante los ojos de asombro de las hijas menores, mostrar, seguro de sí mismo y con una sonrisa forzada, la cáscara completa en forma de espiral.

Las hijas pequeñas aplaudieron entusiasmadas. Clara dejó reposar las manos bajo el mantel a cuadros. Charo parecía como distraída. A veces, sin embargo, es suficiente una expresión extraña para expresar un descontento reprimido.
La más joven de las hijas siguió gritando alegremente:
—¡Papá! ¡Papá! ¡Eres el mejor!
Como solía hacer en ese momento, él aseguró con gravedad:
—Paciencia, concentración, confianza en uno mismo, perseverancia, habilidad, determinación y esfuerzo, eso es todo lo que se necesita — saboreando cada término como si acabara de llevarse a la boca un gajo de la deliciosa fruta.
Clara estaba convencida de que no hacían falta tantos atributos para pelar una ridícula naranja y estaba harta de la repetida muestra de habilidad del padre, también de su charlatanería. Se había dado cuanta hacía ya tiempo de que, en realidad, la ejecución no era tan extremadamente difícil de llevar a cabo. Las cualidades propagadas por él para lograr aquella pericia significaban, más bien, estrés para su joven mente. Ella albergaba la sospecha ¿o era más bien una sensación cálida y agradable en algún lugar cerca de su vientre? que pronto, muy pronto, sería más rápida y perfecta que el cabeza de familia.
Tenía que ocurrir algo finalmente.

Con sus ahorros, se compró el mismo cuchillo que utilizaba su padre en la exhibición del mondado de la naranja, y en horas secretas, incluso por la madrugada, cuando los demás dormían, practicaba y practicaba incansablemente.
Aquel domingo, había de primero fricasé de pollo con arroz basmati, seguido de lenguado frito y de postre, las omnipresentes naranjas navel de Valencia.
Con su flamante cuchillo, no peló la naranja con paciencia, ni concentrada, ni confiada, ni tampoco con persistencia, ni decidida y menos aún se esforzó en el empeño. Lo que en realidad la impulsaba era sencillamente el goce infinito de hacerlo. La brillante cáscara se desprendió muy pronto de la fruta, en espiral, con maestría, de una sola vez, impecablemente, más rápido que el padre, mucho más rápido.

—¡Ya está! —dijo muy bajo como si sintiese vergüenza de hacerlo más alto.
Ante los ojos de todos, la cáscara íntegra de la naranja.
En esta ocasión la delicada sonrisa de Charo correspondía exactamente con su estado emocional.
Ese mismo día, José María Moisés anunció con voz apremiada:
—No quiero más naranjas para el postre del almuerzo. Lo he decidido. A partir de mañana prefiero sandía, o fresas, o higos, o flan de caramelo, pero nunca jamás naranjas. Nunca jamás.
Solamente la benjamina de la familia se dio cuenta de la mirada cómplice que cruzaron la madre y la hermana mayor.


Gregorio Ortega Coto nació y creció en el Protectorado de Marruecos, sus padres, oriundos de España habían emigrado a aquel país a principios de los años treinta. Tras la independencia de Marruecos, Ortega Coto tenía 12 años, la familia regresó a España. A comienzos de los setenta Ortega Coto emigró a Berlín Occidental tras previas escalas en las islas Canarias y el Reino Unido. Trabajó durante años en diferentes ámbitos laborales hasta llegar a hacer el bachiller alemán para más tarde graduarse en Trabajo Social y estudiar posteriormente los estudios complementarios de Supervision Social. Estos oficios los ejerció durante años, combinando el trabajo con su vocación de escritor y pintor. Gregorio Ortega Coto escribe novelas y relatos, en alemán. Su primer libro de relatos cortos Untaugliche Indianer (Los indios inútiles) se editó en una editorial de Hamburgo, su última novela Wenn Glühwürmchen tanzen (Cuando las luciérnagas bailan) en una berlinesa. En la editorial valenciana Cuadranta se ha publicado 2023 su segundo cuento infantil en español y alemán Zapo y Alpa.

Un relato muy interesante , como todo lo que escribe Gregorio Ortega Coto.