Un artículo de Juan Carlos Méndez
Festival Barrio (Bairro) Berlin cumplió la profecía de convertir al Hauptstadt en capital latinoamericana de Europa. Al menos por una semana, del 10 al 17 de octubre de 2024. Asedio a tres autores que recrean campos de concentración, la caída del muro y el actual Kreuzberg y Neukölln.
“Me atrevo a profetizar que Berlín sucederá a París (…) como la capital espiritual de Europa”, escribió Mario Vargas Llosa en 1998 luego de pasar dos temporadas en la ciudad. La profecía del Premio Nobel peruano se cristalizó, al menos desde la perspectiva latinoamericana, con el Festival Barrio (Bairro) Berlin, que en la semana del 10 al 17 de octubre reunió a un público de 1200 personas en 23 eventos, entre conversatorios, lecturas y performances, en las que destacaron Ricado Domeneck –Prêmio Jabuti 2024–, Gabriela Wiener –longlisted Booker Prize 2024–, y Lola Arias –Ibsen Award 2024–.
Una cartografía latinoamericana de Berlín
El festival extendió su fecha final hasta el miércoles 4 de diciembre en el Instituto Cervantes, donde primero las pioneras Sonia Solarte y Esther Andradi desembalaron sus archivos personales para presentar un panorama espacial y temporal de la producción literaria latino-berlinesa. Y en segundo término, Regina Riveros curó una selección de la lírica que actualmente se viene leyendo -confirmando y descubriendo- en el proyecto Probador de Poesía.

También dentro del marco de Barrio Berlin, quien esto escribe moderó la charla “Nuevos dandis y flâneurs. Entre la infancia berlinesa y el Berghain”, realizada el 11 de octubre. El encuentro se enfocó en la experiencia personal y los procesos escriturales de Patricia Cerda, Ariel Magnus y Luciana Ferrando, autores residentes en Berlín. En las siguientes líneas el foco será su obra. Es decir, la crónica “La abuela” de Magnus, la novela “Luz en Berlín” de Cerda, y las columnas sobre Neukölln y Kreuzberg que Ferrando viene publicando en la prensa alemana.





UNA SOBREVIVIENTE DE AUSCHWITZ SONRÍE
Ariel Magnus (Buenos Aires, 1975) reconstruye la historia de su Oma, quien a los veintitrés años parte de Hamburgo hacia el campo de concentración de Theresienstadt (actual República Checa). Es 1943 y lo hace voluntariamente para ayudar y proteger a su madre ciega, a quien luego sigue hasta Auschwitz (actual Polonia). Allí, en la fila rumbo a las cámaras de gas, la joven enfermera recibe una patada en el rostro del mismísimo Josef Mengele. El golpe le salva la vida, pero le dejó una hendidura perenne en la mandíbula. Esa leve deformidad es una madeja que el libro desenrolla.
Enviada al campo de concentración de Bergen-Bresel (ubicado entre Bremen y Hannover), evita ser fusilada apilando cuerpos hasta caer desmayada. Finalmente, en 1945 es liberada por el ejército inglés. Pesa 35 kilos. Al año siguiente el buque Fidra cruza el Atlántico y la deposita en Río de Janeiro. Eventualmente se casa, tiene dos hijos, y ella logra por fin tener “de nuevo una mesa. Una mesa con gente” (84). La vida sigue y su nieto, futuro escritor, nace en Buenos Aires, desde donde la visita algunos veranos.
Dividida en tres partes, “La abuela” (Planeta/ Seix Barral, Buenos Aires, 2006) tiene una sección testimonial basada en una larga entrevista (que bucea en el pasado), una sección crónica (que nada en el presente berlinés) y una sección documental que navega entre mapas, cartas, postales y fotos para graficar y hacer verosímil la aventura.
Con capítulos intercalados titulados Alemania y Brasil, la crónica construye un personaje que no podría protagonizar una típica película sobre el Holocausto, a menos “que el director fuera Woody Allen” (96). Ese tono abierto al humor y a la contradicción, a pesar del drama de fondo, se impone como necesario para capturar a un personaje complejo, que casi no come pero que se satisface de ver comida en la mesa porque es lo contrario a sus épocas de hambre y encierro, que no desea volver a vivir en Alemania pero que sigue con fanatismo la noticias de la Deutsche Welle desde un pueblo de pescadores en Santa Catarina, al sur de Brasil. Y que busca, finalmente, reconciliarse con los alemanes, pero sin que eso signifique olvido.
Por su lado, el otro personaje, el nieto, descubre muchísimos datos y eventos que han construido su vida actual. Vivencias de las que era apenas consciente porque la convención familiar las había dejado bajo una niebla de generalidades y porque la fuente de esas historias, la abuela, fue durante su infancia una presencia agridulce porque siempre llegaba con regalos, pero envueltos con papel ya usado.
El nieto descubre así, por ejemplo, que la tacañería y la obsesión por el ahorro más que ser un rasgo judío es una lección que su abuela internalizó en Deutschland. Y que, aunque ella está muy orgullosa de la “Kultur” de su nieto escritor, prefiere dedicarle horas de lectura a las cuitas y chismes de los personajes de la nobleza europea y alemana. La abuela es un gran personaje porque el nieto sabe mostrar sus luces y sombras, de manera que la alegría triste de la octogenaria acompaña al lector más allá del final del libro.
La parte berlinesa de la crónica data del 2004, año en la abuela aterriza en Tegel para poner de cabeza el departamento de su nieto en Neukölln. Desde allí parten hacia la KaDeWe, la Gedächniskirche, el Jüdisches Museum (y su “Torre del Holocausto” y el “Jardín del exilio”) y otra vez la Kadewe, el lugar de memoria preferido de ella. Mención especial merece la visita a la Deutsche Welle, donde la abuela logra demostrar sus conocimientos de la vida personal de los moderadores “preguntando si había sido nena o varoncito el hijo que había tenido no sé quién” (138).

La mano del nieto posada sobre la de la abuela, sin que ella intente rehuir la caricia, grafica muy bien el momento en que ambos comparten por fin mucho más que lazos familiares. Hasta ese momento el autor se sentía “más hijo de la ESMA que nieto de Auschwitz” (114). Esa referencia a la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, un centro de tortura secreto donde se calcula que fueron asesinados 5000 personas durante la dictadura de Videla, recuerda que la violencia dictatorial sigue persiguiendo también a los escritores berliñeses, incluso luego de la caída del Muro. Algo que también se observa en la novela de Patricia Cerda.
TESTIGO DE LA CAÍDA
“A partir de ahora mismo”, responde Günter Schabowski cuando le preguntan desde cuándo se puede hacer efectivo el paso del Este al Oeste en la famosa conferencia de prensa del 9 de noviembre de 1989. Allí, en esa sala, está también Luz Vidal, la estudiante de filosofía chilena que reporta para radio Bío Bío en la novela de Patricia Cerda (Concepción, 1961).
“Luz en Berlín” (Planeta, Santiago de Chile, 2019) inicia su acción en 1988, cuando la protagonista aterriza en Tegel para iniciar un doctorado en la Freie Universität. Su viaje a Alemania no obedece solo a razones académicas. En Chile se viven los últimos años de la dictadura de Pinochet y ella es hija de padres separados. Vive distanciada de ambos y no tiene contacto con su padre, ni siquiera su número telefónico. Su madre tiene un romance con un militar: “Sus comentarios y opiniones irradiaban una altanería que lo hacían insoportable” (23). También huye de la opresión política que contamina el círculo familiar.
En la residencia estudiantil en Berlín conoce a Uwe, un estudiante de ingeniería. Rápidamente inician un romance tan alentador que a los pocos meses terminan mudándose a un departamento en la Kantstraße. Allí la severidad de Uwe se revela. Todo se enfría y endurece por los celos de él: ella acepta ser corresponsal de la Radio Bío Bío, y haciendo ese trabajo conoce a un experimentado y simpático Antonio, periodista mexicano que reporta para Televisa. La situación empeora cuando Luz acoge en su departamento a Regla, una traductora cubana, que ha cruzado junto a miles de alemanes hacia el Oeste. Regla llegó a la RDA gracias a Michael, funcionario de alto rango de la Stasi. Regla le teme porque lo ha visto “trabajar” con sadismo y está segura de que la está buscando.
Mientras tanto, la visita de una amiga desde Santiago, colma la paciencia de Uwe, quien en varias ocasiones comenta que el tercer mundo ha tomado su departamento: “Mi relación con Uwe era una alegoría de las relaciones entre Europa y América Latina. Él era el ordenado, el virtuoso, el perfecto y nosotras las deficitarias que había que civilizar” (99).
Regla y Michael, como personajes, hacen que la narración se desplace al Este y se recreen testimonios sobre el trabajo “obsceno y grotesco” de la Stasi y cómo había convertido a la RDA en una “sociedad de espías”. La incursión de ambos periodistas, Luz y Antonio, a las oficinas de la Normannenstraße, donde se ubicaba el Ministeriums für Staatssicherheit (hoy Stasimuseum) es un pequeño thriller que está esperando ser filmado.
Por el momento histórico que reconstruye la novela engrana dos momentos dentro de la tradición latinoamericana sobre la capital alemana. El primer momento, que relata a la ciudad dividida, y al que pertenecen por ejemplo los libros de Carlos Cerda, de Esther Andradi y de Rubem Fonseca. Y el segundo momento, que recrea la ciudad ya sin muro, como se lee en los volúmenes firmados por Fabio Morábito, Mercedes Halfon y Luis Chaves.

Este pequeño corpus –que relata experiencias latinoamericanas en el Este y el Oeste antes y después de la caída del Muro–adolecía de un autor que relate un tercer espacio importante de la capital: Kreuzberg y Neukölln, un territorio del que precisamente se apropia Luciana Ferrando en sus crónicas y columnas.
AL SUR DE BERLÍN
Aunque se inició cubriendo conciertos para revistas ya olvidadas, Luciana Ferrando escribía secretamente poesía. Después de varias estaciones en editoriales y revistas bonaerenses, de estudios inconclusos de periodismo y cine, recaló en Lyon y Münster antes de llegar a Berlín en el 2008, donde tuvo que volver a empezar. Luego de aprender el idioma y pasar por cursos de formación complementaria, pasantías y prácticas volvió a escribir en prensa desde el 2015, esta vez en alemán. Atraída por los barrios del sur de Buenos Aires (Temperley, Boca, San Telmo) en Berlín se repitió esa tendencia estableciéndose finalmente entre Neukölln y Kreuzberg luego del obligado periplo por diferentes barrios. Del sur, allá y aquí, le atraen los colores, el caos, el ruido y eso resuman las columnas que publica semanalmente en el diario taz. En una entrevista previa a la charla de Barrio Berlin señaló que tenía 290 textos publicados. Y que alcanzados los 300 se plantearía seriamente una selección en formato libro. Se le pidió que hiciera el ejercicio de seleccionar doce textos enfocados en la flânerie y sobre esa breve antología inédita se puede afirmar que además de color y ruido hay también algo de nostalgia, melancolía y desolación, pero como un bajo, porque en la superficie se impone el ritmo de la caminata como método de escritura, la flâneuse Ferrando salta de calles a parques y de cafés a bares, donde se sienta, observa, escucha y escribe, sola e “invisible entre la multitud”. Y traza así una cartografía íntima que se mueve entre el Maybachufer, la Kottbusser Damm, Hermannplatz, Karl-Marx-Straße, Columbiadamm, el cine Rollberg, y el Kindl Boulevard, apartándose solo un par de veces de su zona de interés con excursiones a Krumme Lanke y Ku´damm, generando un contraste que genera más luces sobre su territorio. La vibrante respiración de ese Berlín contemporáneo merece ya un libro.


Juan Carlos Méndez (Lima, 1976) es autor de la obra teatral “Tiernísimo Animal” (2000) y de las novelas “Pandilla Interior” (2010) y “Cierre de Edición“ (Penguin Random House, 2022 y nominada en el Perú al Premio Nacional de Literatura (2024). Ha sido redactor principal y editor cultural del semanario de actualidad política Caretas, donde trabajó alrededor de una década. Luego realizó una maestría en la Universidad de Bonn, donde también trabajó como docente. Como gestor cultural ha organizado y dirigido diversos proyectos del Goethe-Institut Perú. En la actualidad vive en Berlín, donde escribe una tesis doctoral que analiza una cartografía de la capital alemana trazada por la literatura latinoamericana antes y después de la caída del muro.







Evento de despedida del festival Barrio (Bairro) Berlín el 4 de diciembre de 2024 en el Instituto Cervantes de Berlín. La invención de Berlín. Perspectivas latinoamericanas sobre la capital alemana con Esther Andradi, Sonia Solarte, Regina Riveros, Sol Narvaez y Ana Hupe. Moderación: Douglas Pompeu. Presentación: Timo Berger.

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