Reseña de La lengua de viaje. Ensayos fronterizos y otros textos en tránsito, libro de ensayos de la escritora argentina berlinesa Esther Andradi.
Por Mateo Dieste
I
¿Qué puede una lengua materna? ¿Quiénes preceden mi escritura y me permiten reconocerme en ella? ¿Qué se encuentra al mirar allí donde nadie mira? En La lengua de viaje. Ensayos fronterizos y otros textos en tránsito (Córdoba: Buena Vista Editora, 2023), Esther Andradi parece responder a estas preguntas. Se trata de una nueva recopilación de textos, aunque no ya de crónicas berlinesas como en Mi Berlín: crónicas de una ciudad mutante (Granada: La Mirada Malva, 2015), sino de todo lo que más bien era el basamento afectivo-intelectual de la experiencia de vida que nos transmite Andradi.

Porque haberse ido de su Ataliva natal (un pueblito de la provincia argentina de Santa Fe) al Perú en 1975, para luego pasar a residir en Berlín Occidental siete años más tarde, no es la constatación de un desplazamiento geográfico sino la transformación de una vida, a saber: la de una persona que comienza a vivir en otra lengua, a escribir en un idioma que no es el del país de acogida. Por ello este libro es una manera de homenajear a su lengua materna. (De hecho, la antología que Andradi publicó bajo el título Vivir en otra lengua. Literatura latinoamericana escrita en Europa (Alcalá la Real: Alcalá Grupo Editorial, 2010) lleva, precisamente, el encabezado «un homenaje a la lengua materna» en su portada).
Quiere decir que la preocupación por pensar la literatura desde la migración no es algo nuevo en la obra de Andradi, sino más bien un tema recurrente. La diferencia está en que, ahora, nos ofrece una selección de textos para entender cómo, a partir de búsquedas e inquietudes diversas, esa preocupación por la lengua en tránsito adquiere una dimensión existencial. Por eso Andradi no puede dejar de escribir y lo hace incluso desde un hospital berlinés, en 1993, cuando está por dar a luz a su hija y necesita suspender por un segundo la omnipresencia del idioma alemán:
«[…] Mientras estoy en el castillo alemán, el español se me manifiesta con la contundencia del nombre, con la fuerza de lo esencial, de lo originario/original, con la insistencia con que suelen expresarse las periferias. Y, por cierto, la nostalgia de perderse en la infinita pampa del lenguaje colectivo, coloquial, vital, permanente, en el que nadan los que están allá, se hace especialmente patente, apenas me rozo con ese lenguaje, sea en el encuentro con el viajero recién llegado de aquellas tierras o en un viaje hacia allá, donde me alcanzan las nuevas palabras. Entonces, por un instante, me baño en el mar del idioma vivo de esos días».
Entonces, la pregunta: ¿qué puede una lengua materna? La respuesta: resistir.
La imagen que ilustra la portada del libro es un óleo de Cecilia Boisier, pintora chilena que se exilió en 1975 en Berlín, titulado Homenaje. En ella se ve una habitación con la puerta cerrada y, junto a esta, una maleta de forma rectangular que tiene unos zapatos de mujer a su lado. Encima de la maleta hay una bata colgada, tal como si alguien acabara de ingresar a esa habitación. La puerta, a su vez, está iluminada por una luz que parece natural, como si la pieza conectara con una salida al intemperie. En la presentación del libro que tuvo lugar en la librería berlinesa Andenbuch, el pasado 25 de noviembre 2023, Andradi explicó que para ella la imagen es una representación de la lengua de viaje. Porque la lengua, cuando está de viaje, es como la maleta que el viajero deja al lado de la puerta: llega a destino y adentro carga con lo que se trajo de casa, puede permanecer cerrada o abierta —y puede irse, quedarse o volver.
«El idioma de alguien que estuvo tanto tiempo fuera de su país —escribe Andradi— es algo bastante extraño, me gustan las diferencias en el lenguaje, los matices, y viviendo afuera una está mucho tiempo ejercitando la lengua desde la traducción… — «¿cómo se dice esto en castellano?, ¿cómo diría esto en mi país?» etc., etc., así que la comparación continua implica un compromiso a fondo con el idioma de una, y si una está comprometida, no se casa ni con una palabra ni con otra y en cambio vive cautivada por el todo, es decir, con la búsqueda del nombre que mejor defina lo esencial».
Entonces, la pregunta: ¿qué puede una lengua materna? Y la respuesta: resistir.





«La reina dijo tres palabras en alemán», titular del diario BZ, 1987 ©Archivo Forneris/ Cielos ©Ana Raquel Sutter / May Ayim ©Privat / La ciudad después ©Forneris / Viva la fantasía, 1984 ©Privat
II
Se podría hacer una lectura erudita, digamos «wissenschaftlich» de este libro, claro, mencionando que está dividido en cuatro partes y que los textos fueron escritos en distintas épocas, pero que fueron reunidos en un solo volumen por una sugerencia que recibió Andradi tras haber impartido una conferencia en Polonia. Se podría leer este libro, claro, desde un punto de vista formal, analizando primero el estilo literario de la autora, luego la interacción texto-imagen (porque el libro va acompañado de fotografías) y, finalmente, destacando el uso de formas narrativas para articular ideas en función del tema abordado. Se podría hacer todo eso y mucho más, claro, porque las reflexiones de Andradi y la calidad de su prosa así lo ameritan. Sin embargo, aquí no hay una voz sin cuerpo, sino la voz de una mujer situada en la (re)construcción de la memoria y la interpretación de su presente.
Ya desde la dedicatoria a su madre y los generosos agradecimientos a familiares, editores y amigos, pasando por las fotos de su hija Ana Raquel Sutter o las que sacó la propia autora (firmadas con el apellido de su madre, Forneris), hasta el tributo que le rinde a distintas escritoras, caminantes y compañeros de trayectoria, hacen que La lengua de viaje… sea un libro imposible de leer sino a partir de los vínculos que teje. Esther Andradi nos enseña que la lengua, una vez que ha salido de viaje, no distingue procedencias y se entrelaza con aquellos afectos que son propios del devenir migrante. Para decirlo en otras palabras: escribir viviendo en otra lengua conlleva la búsqueda de interlocutores afines para establecer un diálogo necesario. Porque es precisamente en ese diálogo que se responde la pregunta: ¿quiénes preceden mi escritura y me permiten reconocerme en ella?
Andradi se reconoce, por ejemplo, en Flora Tristán, olvidada feminista y revolucionaria francesa de ascendencia peruana, porque con Peregrinaciones de una paria (obra publicada en francés en 1838 y traducida al español en 1944) es la precursora de la literatura moderna en el Perú. Y, además, porque «Flora anuncia el mestizaje y sus conflictos. El idioma y la pertenencia a una nación por mor de propiedad, herencia, familia».
También se reconoce en Herta Müller, Premio Nobel de Literatura en 2009, quien escribe desde una lengua «exiliada», «recuperada», como el alemán de los suabos del Banat rumano. A Esther Andradi le interesa la literatura «contaminada por el rumano» de Müller porque es la experiencia de alguien que viene de la periferia y persiste en una lengua elegida, aunque su identidad emocional e inclinación estética permanezca ligada a su origen rumano. En un elocuente pasaje que cita Andradi, Herta Müller confiesa lo siguiente:
«Hablo muy mal rumano pero, estructuralmente, por mi tesitura interna y por lo que realmente me convence, también en poesía y sensualidad, soy rumana. En mi caso, el rumano siempre coparticipa en la escritura. Porque ha crecido en mi mirada. Está en mi cabeza, igual que el alemán. Lo uno no excluye lo otro. De modo que tampoco puedo decir qué es rumano y qué es alemán. Y que así sea, es una suerte para un escritor, lo mejor que puede pasarle».




María Bamberg, 2007 ©Privat / Sociedad Italiana de Ataliva, Argentina ©Omar Alberto / Horizonte ©Forneris / Resiliencia © Ana Raquel Sutter
¿El idioma alemán como lengua literaria en la periferia? Es posible que esto haya sido un descubrimiento formativo, acaso necesario para Andradi en su devenir como escritora migrante en Berlín. Hay allí una manera de sensibilizarse con todo aquel que se ha ido voluntariamente y eligió seguir escribiendo en su lengua materna, pero también con aquellos que lo han hecho desde el exilio. Como W. G. Sebald que no podía escribir sino en alemán, aun después de haber vivido la mayor parte de su vida en Inglaterra. Como Christa Wolf, «exiliada de un país que ya no existe» (la RDA), quien hizo de su idioma —al igual que Hannah Arendt— su patria. Y como May Ayim —la poeta afroalemana que se suicidó a los 36 años y Andradi tradujo por primera vez al español en 1998— quien hizo de la poesía un grito de lucha antiracista y un canto por el reconocimiento de la diversidad humana.
Entonces, de nuevo la pregunta: ¿qué puede una lengua materna? Y la respuesta: resistir.
Al reconocerse en otras escritoras, en otros caminantes (Juana Manuela Gorriti, José María Arguedas) y en otros intérpretes (María Bamberg), Andradi les da a los nuevos escritores migrantes un consejo de vida que podríamos resumir del siguiente modo: confecciona tu mapa personal de referentes y encontrarás tu guía. Vivir en otra lengua y escribir desde la propia implica buscarse a sus maestros, a sus interlocutores, en fin, a sus pares. Se escribe desde un legado elegido y recuperado. Hay literatura porque hay un nosotros mentado, anhelado. De modo que, leer La lengua de viaje…, es también un modo de conocer los autores que han inspirado y orientado a Esther Andradi a lo largo de su trayectoria. Y es, por lo tanto, un tributo a los seres queridos que ya no están.
III
¿Qué se encuentra al mirar allí donde nadie mira, al margen de los grandes acontecimientos? La respuesta a esta pregunta define el estilo literario y la sensibilidad política de Andradi, puesto que se dirige a todo aquello que no vemos pero que allí está y, además, merece su justo reconocimiento. De allí que hablar de esta mirada sea, al mismo tiempo, hablar de la crónica en tanto género literario:
«Mis crónicas son, casi siempre, una mirada sobre lo cotidiano, lo minúsculo, el detalle, al margen de los así llamados grandes acontecimientos. Incluso, cuando he abordado los grandes acontecimientos, la mirada se centra en lo pequeño, en el borde, lo invisible. En el zapato que queda en el sendero mientras los asesinos arrastran a Rosa Luxemburgo hasta su muerte; en el muchacho que se sube al muro e inaugura un nuevo mundo el 9 de noviembre de 1989; en el soldado ruso que en 1991, despechado por amor, se monta en un tanque, huye del destacamento en Bernau, y llega a Berlín. […] La escritura testimonia un acercamiento, y al fin, una apropiación de la ciudad que al principio era ajena, y ahora se siente como propia. Pero también es el cuerpo extraño que se transforma e incorpora en la ciudad. La ciudad me incluye, y yo la incluyo a ella. No sé en qué grado se da uno u otro proceso ni tampoco cuánto tiempo permanecerá. La ciudad observada primero desde afuera, se fue convirtiendo en parte de mí, y yo devine parte de la ciudad».
Sabemos que, a diferencia de un reportaje periodístico, la crónica no se limita a presentar los hechos de manera «objetiva y neutral», sino que busca capturar rasgos distintivos de las experiencias y emociones involucradas. En una crónica, el autor no solo se limita a informar sobre lo que sucedió, sino que también añade su perspectiva, inquietudes y reflexiones personales. En la crónica no se trata de un autor omnisciente y distante sino, precisamente, de uno que puede dudar sobre lo que observa porque no pretende conocerlo todo. La mirada sobre lo mínimo, sobre aquello que se olvida en el tumulto de lo cotidiano: allí está la ética de la contemplación que propone Esther Andradi. Y por eso leerla es un ejercicio de proximidad que devela el rostro de lo anónimo e invisible en la ciudad.
* * *
La lengua de viaje… es un libro, entonces, que nos hace reflexionar sobre el valor y el sentido que adquiere la lengua materna para quien escribe viviendo en otra (la cual es, en principio, ajena). Es un ensayo sobre los maestros y compañeros de ruta que han signado la vida de Andradi y, en consecuencia, es una gran meditación sobre la comunidad de afinidades que todo escritor migrante debe construirse para hacerse un camino. Al mismo tiempo, es un sentido homenaje a los que se fueron y han dejado su huella indeleble en la propia biografía. Pero es, ante todo, la celebración de quien ha sabido dejarse llevar por las aventuras del viaje más importante de todos, el de Ulises en la Odisea, a saber: el viaje de vivir.

Mateo Dieste (Montevideo, 1987). Es licenciado en filosofía (Universidad Humboldt de Berlín) y Magíster en Historia Global (Universidad Libre de Berlín). Ha vivido en Rödermark, Múnich y, desde 2012, en Berlín.
Entre otros trabajos, ha publicado: Carlos Vaz Ferreira: primer crítico del carácter colectivo uruguayo (Mención especial I Concurso de ensayos “Carlos Vaz Ferreira”, A. F. U., 2008) y Filosofía del Plata y otros ensayos (Berlín: Epubli, 2013). En calidad de coautor: Derecho civil de la sociedad de la aglomeración (Primer Premio en el Concurso “160 aniversario de la instalación definitiva de la Facultad de Derecho”, 2009). En 2022 publicó Junando el siglo XXI. Una filosofía desde el ensayo (Stuttgart: Abrazos Verlag, 2022), obra seleccionada por el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay para su exposición en la FIL Guadalajara 2022. Su nuevo libro, titulado Los cuatro mundos del bandoneón. Breve ensayo contra el Tango, será publicado este año por Abrazos Verlag. Desde 2015 a 2019 fue columnista de tango en radio Emisora del Sur (94.7 FM Montevideo). Entre 2019-2020 dictó el seminario Thinking Globally the History of Philosophy en la Universidad Humboldt, primer curso en incorporar la perspectiva histórica global a la historia de la filosofía en esa casa de estudios. Ha colaborado en Revista Ñ (Argentina), semanario Brecha (Uruguay) y en el periódico Die Tageszeitung (Alemania).
Foto de portada: «Achtung! Sie verlassen jetzt West Berlin» /»Atención: Usted está abandonando Berlín Occidental» y alguien pregunta: «¿Cómo se hace?» ©Privat

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