Una noche de frijoles en Berlín

Recordando luchas por los Derechos Humanos en el Occidente de Guatemala

Por Katharina Ochsendorf

Pero sí, compartimos los frijoles.

Una simple búsqueda en el portal de Tripadvisor da como resultado sesenta y un restaurantes, bares y cafés “latinos” en Berlín. Algunos se identifican como “mexicanos”, “peruanos” o “centroamericanos”; otros simplemente como “latinos”. La presencia de cocinas y sabores latinos en Berlín tiene una larga historia… pero esta no es la historia que quiero contar hoy.

Nos encontramos en uno de estos restaurantes en la Wildenbruchstraße, Neukölln, una noche de viernes. Yo pido un burrito con una porción de frijoles negros extra.

En el medio de este barrio tan diverso, tan trendy, tan “Berlín”; en un lugar con el nombre de estos ingleses, hipster, chic: Wraps & Bowls; lleno de jóvenes para quienes la comida probablemente es nomás otra especie de fast food de moda, yo me siento en una mesa y miro mi porción de frijoles negros volteados, su olor entra en mi nariz y provoca una explosión de memorias, sentimientos, preguntas. Me siento en casa, siento la alegría, siento la tristeza, siento el miedo, siento la esperanza, recuerdo el orgullo de las y los campesinas y campesinos enseñándome su milpa y su frijol, contándome de su conexión con la tierra, su cosmovisión. El gran poder emocional que tiene esta variedad de Phaseolus vulgaris para mí viene de mi experiencia, viene de mi memoria. Pero está presente cada vez que este olor entra en mi nariz, cada vez que este sabor especiado llena mi boca, cada vez que siento la textura cremosa en mi lengua.

¿Y no es esta la esencia de la comida? Experimentarla con los cinco sentidos, vivir todos los sentimientos que nos provoca, conectar con las memorias, re-viviéndolas quizás mientras al mismo tiempo estamos re-significando la comida en un nuevo contexto, añadiendo nuevas y reconfigurando algunas de las viejas asociaciones que podamos tener, y disfrutando el sabor y la textura. La comida se vuelve así una experiencia muy personal y a la vez es algo que nos junta, nos une, nos da convivencia y colectividad con las y los demás.

El origen del frijol lo encontramos en Mesoamérica, es un producto indispensable en la dieta de las y los guatemaltecas y guatemaltecos, especialmente de la población perteneciente a los pueblos originarios del país. Tiene un alto valor en proteínas, carbohidratos y fibra. En Guatemala, se consume principalmente el frijol negro, que constituye el 95% de la producción local de frijol y se produce principalmente para el consumo local. Forma parte de muchos platos típicos guatemaltecos: se consume volteado, con tortillas de maíz, en el desayuno o cena, como sopa o como relleno de tortillas, por ejemplo. Entre las regiones de Guatemala donde se produce más frijol está la región del Occidente del país, tercera en producción después de Peten y Jutiapa. El frijol crece entre la milpa, la cual tiene importancia también espiritual y está conectada con cuestiones de identidad para muchos grupos de la población originaria, en cuya cosmovisión el maíz tiene un significado central –pero esta historia mejor será contada por ellas y ellos mismos.

¿Qué pasa entonces cuando yo, en una noche de viernes en Berlín, como una porción de frijoles? En 2014 pasé un año como acompañante internacional protegiendo a defensoras y defensores de Derechos Humanos en Guatemala. No fue mi primera ni mi última experiencia en Guatemala, pero seguro que fue la más intensa y es este tiempo el que hoy crea la explosión dentro de mí cuando huelo y como frijoles.

Una de estas experiencias se dio un día de otoño. Con mi colega del equipo estábamos en un acompañamiento para observar una manifestación en una parte del país donde una de las problemáticas más grandes es la malnutrición, especialmente en niñas y niños. Esta región sufre más que otras partes del país el cambio climático y planes de grandes proyectos hidroeléctricos que ponen en riesgo las tierras comunales –y así la base de vida– de la población indígena Chorti de la región.

Llegamos la noche anterior y comimos tortillas de trigo rellenas de hierbas, frijol y verduras en la pequeña plaza de un pueblo antes de dormir. Pasamos un día observando la manifestación que habían organizado nuestras acompañadas y acompañados en contra de la corrupción en el país, en contra del sistema racista, genocida, oligárquico que ha existido en Guatemala por tantos siglos.

Durante el día, en cada comida había frijol presente. Salimos de la manifestación para dormir en un hospedaje y a la mañana siguiente, a las cinco, madrugamos desayunando en el mercado, esta vez tortillas rellenas con frijol y queso.

Nos llevamos algunas para comerlas durante el día, ya que sabíamos que la manifestación iba a durar todo el día otra vez. Las y los activistas habían pasado allí toda la noche, bloqueando un puente, un punto estratégico –su manifestación era parte de un paro nacional, en el cual se manifestaron diferentes grupos en diversos puntos del país.

Con el aroma de la tortilla de frijol en nuestras mochilas, nos dirigimos al puente. Pero ya kilómetros antes, el aroma del frijol quedó cubierto por el fuerte olor de gas lacrimógeno, penetrando en nuestros narices, haciendo llorar nuestros ojos, dificultando la respiración. No iba a ser hasta la noche cuando recordaría las tortillas de frijol en mi mochila.

Ya cuando bajamos del mototaxi, desde arriba alguien estaba tirando piedras. Vimos la fila de camiones que esperaban desde el día anterior para poder salir por el puente. Algunos de los conductores habían bajado, con armas de fuego en sus manos. En este momento suena mi móvil. Es la oficina informándonos que hay orden de desalojo para todo el país y al parecer la policía –ignorando el protocolo de desalojo que en ese entonces especificaba que lo desalojos sólo se debían realizar entre las seis de la mañana y las seis de la tarde por cuestiones de luz y seguridad– estaba actuando con toda fuerza. Pero ya lo sabíamos: por lo menos cien policías antimotines y otras unidades estaban corriendo bajando y subiendo por el puente. Un grupo de ellos se encontraba disparando hacia abajo de una vertiente al lado de la carretera. En ese momento, solo podíamos esperar que no disparasen a la gente que huía hacia abajo. Intenté recordar qué había allí abajo. ¿No eran cultivos de milpa y frijol?

Actuando en contra de nuestros instintos, intentamos acercarnos más al lugar del desalojo –en fin, estábamos allí para observar, documentar, prevenir más violencia, disuadir la violencia policial. Pero con cada paso quedaba más claro que ya no podíamos hacer nada, ya estaban en pleno desalojo.

Logramos encontrar al encargado de la operación y, con una calma que hasta el día de hoy me sigue sorprendiendo, nos presentamos siguiendo el protocolo establecido.

“Somos observadores internacionales, estamos sumamente preocupados por el respeto del protocolo de desalojo…” Hicimos referencia a nuestra interlocución con la jefatura de la policía a nivel nacional, con el Ministerio de Gobernación, con las comisarías locales, la Procuraduría de Derechos Humanos …

El comisario nos miró con sorpresa y confusión. No respondió, solo nos gritó: «¡Acá es demasiado peligroso, corran hacia arriba!»

No nos quedó otra, teníamos que salir de allí y subimos por la carretera.

Justo después vimos que habían detenido a una periodista y comunicadora social de nuestra organización acompañada y decidimos que era más importante seguirla hasta la comisaría que quedarnos allí en la carretera. Nos quedamos esperando en la comisaría. Otros miembros de nuestra organización acompañada llegaron, hablamos, esperamos. Nos preguntaron si queríamos almorzar con ellos, Hay sopa de frijol. Pero no, no pudimos ni pensar en comer en ese momento.

Llevan a la periodista a la Torre de Tribunales. Allí, nos dejan esperando nuevamente. Está muy claro que no hay ninguna evidencia en su contra, quieren instalar miedo, quieren evitar que salga su material en la prensa, quieren que ella deje de reportar sobre lo que está pasando.

Pasan las horas y crece el miedo de que vayan a dejarla en la cárcel el fin de semana. Es un viernes por la tarde y si el juez no escucha el caso hoy, queda en prisión preventiva hasta el lunes. Pero todo el mundo sabe por qué es tan conocida esta cárcel –sabemos casi con 100% de seguridad qué es lo que le van a hacer a una mujer defensora de Derechos Humanos en este lugar. Ella misma lo sabe. Mientras esperamos, nos pide en voz baja: “Porfa, hagan algo, no me pueden meter en ese lugar”. Pero ella también sabe que no podemos hacer nada. No tenemos ese poder. Nunca he sentido tanta impotencia.

Pasó lo que habíamos anticipado, se la llevaron a la cárcel.

Nuestras llamadas a las autoridades, nuestros intentos de visitarla en la cárcel, nada pudo prevenir lo que le pasó en esos días y noches en la cárcel.

Esa misma noche, llegamos a nuestro hospedaje. En silencio, abrimos las mochilas y sacamos las tortillas con frijol. Comimos lentamente, sin hablar. El sabor se nos había quedado amargo. Pero sí, compartimos los frijoles.

Volviendo a Wraps & Bowls más de seis años más tarde, quizás parezca demasiado surreal esta historia. Pero no es una sola historia, es una realidad diaria para personas defensoras de Derechos Humanos en Guatemala y en muchos otros lugares. Vivir con el riesgo, el miedo, por defender sus derechos, defender la justicia, defender el medio ambiente o el derecho a la libre expresión.

Los frijoles les acompañan a muchas y muchos de ellas y ellos en sus luchas, les alimentan, les dan fuerzas, les conectan con sus raíces, su identidad, su comunidad.

A mí, me conectan con una realidad de la cual he tenido el gran privilegio de formar parte; me hacen recordar un tiempo en el cual he sentido que puedo utilizar mi privilegio colonial para fortalecer justamente luchas anti-coloniales, con humildad y respeto he podido comer frijoles y tortillas de maíz con personas sumamente inspiradoras, sin romantizar, sin en ningún momento perder de vista que mientras la comida compartida nos conecta, jamás voy a poder vivir o sentir lo que viven y sienten ellas y ellos.

Pero sí, compartimos los frijoles.


Katharina Ochsendorf estudió Ciencias Políticas y Literatura (Germanistik) en la Universidad de Münster y tiene una Maestría en Estudios Internacionales / Estudios de Paz y Conflicto de la Goethe-Universität Frankfurt a.M. Ha trabajado varios años en el área de Derechos Humanos en Guatemala, donde ha residido. Actualmente trabaja en una ONG en la ciudad de Köln como coordinadora de proyectos de diálogo político para jóvenes y adultos con activistas en los Balcanes y en Palestina e Israel. Durante los años de Corona comenzó a realizar la Maestría de Estudios Interdisciplinarios de América Latina en la Freie Universität Berlin.

Fotografía de portada ©Alba Cecilia Mérida Piedrasanta, antropóloga guatemalteca, feminista y defensora del territorio.


Este texto forma parte de la serie de crónicas berlinesas: Crónicas de una ciudad mutante – Berlín desde sus marcas latinas, que publica Revista Desbandada. Ver aquí.

Las crónicas Marcas latinas en la ciudad mutante, fueron publicadas originalmente en la web del Lateinamerika Institut de la Freie Universität Berlin en el marco del proyecto que dirige la profesora Susanne Klengel  Berlin in der lateinamerikanischen Literatur. Eine Spurensuche in lateinamerikanischen Texten und im Berliner Stadtraum

Colaboradores de DESBANDADA

3 comentarios sobre “Una noche de frijoles en Berlín

  1. Hola katharina,
    Felicitaciones por el artículo..Me recordó a muchos pasajes de mi vida, primero por los frijoles que son un símbolo de comer rico y comer todos en nuestras culturas latinas. Bueno, siguiendo el relato, porque soy chilena y se de Golpes de Estado y represión , así que también he dedicado parte de mi vida a la Defensa de DDHH. Además amo cocinar y creae nuevas comidas y de compartir una buena charla con amigos y familia. Me conectó ,lindo.

  2. Valiente e inspiradora nota. Gracias por compartir tu experiencia desde un lugar que acompaña y entiende esa lucha por los derechos más básicos que acá son nada más que una obviedad.

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