La ciudad y los okupas

Crónica de una invasión en Brasil y un desahucio en Berlín

Por Jorge Ruiz

El aire húmedo otoñal olía a asfalto mojado y a desinfectante. El colectivo anarco-queerfeminista creía en un milagro a su favor, pero el Covid-19 no sería el virus que les permitiría seguir en el inmueble número 34 de la calle Liebig, okupado desde el verano del 90 cuando la capital registró unas 130 edificaciones tomadas.

Las okupantes serían desalojadas de uno de los estandartes de la okupación berlinesa. Edificio colorido, tapizado con pancartas y grafitis: “No estamos a la venta”. La estructura de cinco pisos dividía a la comunidad, como alguna vez lo hizo aquel muro de hormigón de más de tres metros de altura. Algunos vecinos apoyaban la lucha. Otros, más adaptados al juego, la desaprobaban (eran ciudadanos de bien, de esos que llegan a fin de mes y no cuestionan los ridículos precios en una ciudad precaria pero sexy).

El edificio está en frente del número 14, hoy aburguesado –aquel que también vivió su propia experiencia de desahucio en 2011–, justo en el barrio Friedrichshain, bastión de la segunda oleada de okupación en esos dorados 90 en que, por el vacío jurídico que dejó una República Democrática Alemana difunta, jóvenes de todas las clases sociales se aventuraron y cruzaron una frontera invisible y disuelta, como yendo al revés, para tomarse casas abandonadas como las de la calle Mainzer, recuperada meses después en batalla campal. Por aquellos días, en lugar de lluvia, caían piedras y cócteles molotov, tratando de contener la marea azul que se abría paso a garrote y a chorros de agua de tanqueta.

Antes de noviembre del 89, el barrio pertenecía al sector Este, el soviético. Tras la fusión mágica de los dos Berlines en uno más grande, esta zona obrera comenzó a padecer del virus de la gentrificación, siendo recolonizada por una nueva ola de influencers tatuados, estudiantes fiesteros, millenials hipstéricos y otros seres y Mischlinge desmemoriados, ensimismados en la revolución del ich, del like, del selfie. En los últimos diez años, el barrio se ha valorizado como casi cada ruina reencauchada en bien de lujo al alcance de unos pocos. Calle abajo, se ve la gran avenida Frankfurter Allee, antes llamada Avenida Stalin; un reflejo de cierta bipolaridad que parece pendulear constantemente de Este a Oeste –como lo hacen los habitantes de la metrópoli, la línea U3 del metro amarillento y los S-Bahn de asientos vomitados– en una ciudad que levita entre la nostalgia de sus recuerdos utópicos y una realidad idealizada, y al borde del colapso nervioso. El mercado inmobiliario se impone como soga al cuello, ahorcando proyectos de vivienda social, destinada a los pobres diablos olvidados por la gran ciudad mutante.

En la noche lluviosa, entre el jueves y el viernes, arden bengalas, cohetes, vehículos, contenedores de basura; los cristales de alguna vitrina comercial se esparcen sobre el pavimento. 1.700 personas marchan contra el desalojo. Es un amanecer triste para las cuarenta anarquistas que no se quieren rendir ante la heteronormatividad falocéntrica que amenaza su proyecto de vida; se sabía que dos años atrás había expirado el último contrato de arrendamiento para nunca jamás renovarse. La batalla se perdió en los tribunales, el ganador fue la nueva propietaria: la inmobiliaria berlinesa Gijora Padovicz, que en 2008 adquirió el predio por 600 mil euros, engordando su portafolio de ya 200 edificios.

A eso de las siete de la mañana, en la esquina de la calle Liebig con la Rigaer, más de 1.500 policías de todas las regiones germanas, vestidos con trajes y cascos azules, esperan instrucciones del comandante para dar comienzo a la función. Curiosos, entre cortinas, desde ventanas y balcones, algunos ojos madrugadores observan la gala como si fuera una serie de Netflix. La tensión es alta y los agentes están preparados para el contra-terrorismo. La zona está acordonada, el gas y la electricidad han sido desconectados.

El procedimiento de extracción durará unas dos horas. Dos uniformados sobre un andamio romperán una ventana del primer piso, la puerta principal y otros accesos que estaban bloqueados con acero y cemento; uno de los nuevos juguetes del escuadrón erigirá una escalera como puente. Los blindados avanzarán como hormigas, entrando y saliendo coordinados, sacando a activistas como a maniquíes; muchas gritarán, se resistirán, levantarán los puños al aire; otras serán arrastadas de forma accidentada sobre la escalera-puente. Todo esto sin respetarse el metro y medio de distancia recomendado por las autoridades sanitarias con el fin de contener el mortal virus.

Desde una ventana del quinto piso, se asoma una manifestante con cabeza de megáfono y grita enardecida en alemán: “Su gigantesco despliege de fuerzas policiales, su vigilancia y su continuo asedio, tienen como objetivo hacernos sentir como si fuéramos el problema. No nos rendiremos y vamos a recuperar lo que nos están quitando”. A las afueras de lo que se convirtió en una procesión, un punk pelirrojo sostiene una botella de cerveza y repite cantando ante las cámaras: “Scheiß Cops, Scheiß Cops, …”. Las feministas protestan contra la precariedad de la vivienda, la gentrificación y el desplazamiento por culpa de los alquileres.

Al final del operativo, quedarán las capturas a sesenta mujeres, los informes, las entrevistas, los selfies de algunos agentes narcisistas. Como espectros, los vecinos se sumergirán nuevamente en sus mundos confinados. La casa reconquistada se renovará en los meses venideros. Al final de este nueve de octubre de 2020, quedarán el olvido y la resignación, imágenes de revoluciones pasadas, un póster del Che o de una vulva, colgando en la pared destrozada de una habitación en alguna casa tomada. Quedarán la nostalgia, el vacío y el silencio amargo que deja un edificio abandonado. La ruina de una okupación inconclusa.


Es una noche de octubre tropical de 2010. La luna se ve, a veces brillando, a veces ocultándose entre nubarrones pimaverales. Entre las sombras, sobresale un hombre armado con una maza. Tranquilos, esse brasileiro não vai matar ninguém. Lo rodea una multitud de unas 1500 personas sin techo, resumidas en 400 familias, equipadas con carriolas, linternas, bolsas de basura con roupa y otros cachivaches que ese invasor ilustrado por el manual de okupação debería traer para la ocasión. Estamos en pleno corazón de la mega ciudad, en la avenida Prestes Maia 911, cercana a la estação da Luz. Las caras no se distinguen, los nombres no se conocen ni tampoco interesan; sólo se perciben tonos grises y oscuros, parece una escena en blanco y negro; algunos murmuran, otros se ven nerviosos. Todos fijan sus ojos sobre el artista del martillo y esperan frente al decadente inmueble, ya abandonado en la década de los 80 y nombrado, como la misma avenida, en honor al difunto arquitecto, ingeniero civil, urbanista y tres veces burgomaestre de la gran São Paulo: Francisco Prestes Maia.

Los golpes de maza son amortiguados por el barulho, el ruido del caos: sirenas de ambulancia, motores de carros acelerando, helicópteros-taxi transportando a algún ejecutivo trabajólico, sobre la megalópolis de once millones de almas. Desde las alturas, los problemas parecen pequeños. Unos cuantos golpes más y ¡plop!: algunos ladrillos se vienen abajo, la luz de las linternas perfora la oscuridad, alertando a ratas y a bichos sobre la invasión. El muro se abre como portal de luz en un acto más histórico que el de aquella noche de noviembre en Berlín del 89. La masa entra como agua a presión, nadie los esperaba para abrazarlos ni aplaudía ni lloraba conmovido, no eran héroes, eran simples y defectuosos mortales marchando en las entrañas de un edificio en ruinas.

Habrá que tranquilizarse, descansar sin bajar la guardia, esconderse como roedores; guardar silencio; moverse como gatos sin arrojar maullidos ni ronquidos que se puedan escapar por alguna ventana sin vidrios, alertando a algún patrullero de las grises calles. La ley dice que la policía tiene 24 horas para desalojar a los intrusos; pasado ese tiempo, los okupas se podrán quedar en el predio pero ese será el comienzo de una luta sin fin, por quince metros cuadrados en un castillo vertical de aire y humo, una vivienda de cartão en un injusto mundo. Durante lo que dure la batalla (meses, años), tratarán de ser desalojados a través de recursos legales, en el mejor de los casos. También habrá incendios, como el de 2018, y negociaciones y promesas de reacomodación por parte de las autoridades. La mayoría de los medios de comunicación y los ciudadanos de bien de este lado del globo los tratará como a bandidos, parásitos del sistema.

El miedo será el factor común en este palacio de cemento manchado y sin ascensores, formado por dos torres, la A de nueve y la B de 22 plantas, 500 ventanas y 1470 escalones. Predio okupado en su mayoría por mujeres y crianças, inaugurado en los 60s para alojar primero a la Companhia Nacional de Tecidos y, después, desalojar las distintas invasiones que pasaron como los años, en una urbe que cuenta unos dos millones de metros cuadrados abandonados. El aire es denso y es el único que estos perros callejeros se podrán permitir, tendrán que respirarlo si quieren reclamar su derecho consitucional a la “morada”, en la ciudad que no perdona a los que son menos, invisibles. Resistir e invadir será la única forma de existir en esta furiosa urbe. La capital de los okupas.

Las huellas latinoamericanas en la okupación berlinesa

Aquellos seres parecían etéreos. Los busqué en la prensa y sobre fachadas de lugares alguna vez tomados. Ninguna de las paredes me habló, parecían guardar un secreto de huellas borrosas, ocultas por capas de pintura y renovaciones. De los años ochenta, los de la primera ola de okupas, no encontré estadísticas, probablemente eran poquísimos. Algunos eran exiliados, huían de las dictaduras latinoamericanas, muchos artistas: escritores, fotógrafos, pintores, etc..

Es probable que el destierro los llevara a convertirse en seres vulnerables, ligeros, silenciosos, fantasmagóricos. Podría ser que en principio no se ocuparan con los problemas de una urbe que apenas estaban traduciendo y que les regalaba tiempo, una cierta libertad, ordem e progresso. A lo mejor, hacerse invisible es el primer paso en el manual de supervivencia, mejor ocultarse, esconderse en capas sociales; lo segundo, tal vez, evitar infringir leyes y normas, no era conveniente emprender un Hausfriedensbruch con el riesgo de ser arrojado a otro limbo, al exilio dentro del exilio. Es probable que algunos latinoamericanos hayan sido co-partícipes en acciones de okupación, sin estar al frente. A lo mejor, los discursos latinoamericanos hayan alimentado causas y motivado a algunos invasores berlineses.

Al 31 de diciembre del 90, se registraban 3572 personas de Latinoamérica y el Caribe en Berlín. Una gran minoría, comparándolas con la cantidad de turcos, rusos, polacos, etc.. La estadística de 2017 registraba a más de 18 mil personas de esa región. Si bien creció, y aunque ruidosa en lo cultural, la población latino-caribeña sigue siendo poca.

De los okupas latinoamericanos en Berlín poco o nada se sabe. Algunos artistas del nuevo mundo pasaron por el edificio Fürstenhof, más conocido como Tacheles, tomado por artistas como casa cultural hasta su desahucio en 2011. Al interior, quedaba el café-bar Zapata, escenario de músicos, DJs y otros artistas en la ciudad babélica.


Primero llegaron los punks, después los artistas y, por último, los latinos, recuerda Germán Restrepo, dueño de la librería La Escalera, quien tuvo sus comienzos como librero en el Tacheles, aquel magnífico edificio que fue un Kaufhaus estilo parisino, convertido en prisión para oficiales y depósito de municiones durante la guerra. “Ya no hay okupaciones, y cuando era el tiempo de las okupaciones vivían relativamente pocos latinoamericanos y españoles en Berlín. Eso lo hizo la gente de acá, los alemanes. Eran colectivos como movimientos artísticos, feministas, punks”.

Del Tacheles sólo quedan anécdotas de sótanos subacuáticos de aguas contaminadas y de algunas muertes confundidas con performances por los espectadores; recuerdos de resacas y de fiestas, en medio de un proyecto más artístico que de vivienda en el que había entre 50 y 60 talleres artísticos, y que era sostenido por los ingresos del Zapata, un bar y sala de conciertos por el que pasaron reconocidos personajes. Al final, el mal manejo de los dineros, las divisiones internas y la presión de los tiempos terminó por escribir las últimas paredes del edificio.

Los artesanos latinoamericanos okupaban una sala enorme en el ala izquierda del tercer piso: “Se armó una parranda. Siempre había música y artistas colombianos, mexicanos, argentinos, de todo; bailoteos y grupos musicales que hacían jam-sessions casi todos los días. Eso nunca paraba”.

Los latinoamericanos no solo bailaban, ellos también fueron los del aguante en el momento del deshaucio final: “En la última época del Tacheles, los latinos fueron los de la resistencia. Cuando trataron de desalojarlos, ellos plantaron cara. En un momento expulsaron a todo el mundo y los locos se encerraron en su sala. Mandaban unas cuerdas con canastos y ahí les poníamos todo tipo de cosas”. Por ellos las fuerzas de seguridad no pudieron ocupar todo el edificio. Sin embargo, la resistencia duró una semana. El final ya estaba marcado.


Las historias de desokupación en calles como la Liebig o de okupación en avenidas como la Prestes Maia son más comunes que extrañas. Son el reflejo de un mundo en vías de precarización, en el que, tal parece, el aclamado desarrollo amenaza con la existencia de aquellos que poco quieren o pueden consumir, quienes buscan hacer valer su derecho a la vivienda mediante todas las formas de resistencia posibles. Con el transcurso del tiempo, tal parece que la resistencia y el sufrimiento persisten, y que el mundo se va convirtiendo, poco a poco, en una gran ciudad-okupación con urbanizaciones accidentadas en forma de barriadas, favelas, tugurios y villas miseria. Contando los slums, en 2004, Robert Neuwirth hablaba de mil millones de okupas en todo el planeta, una de cada siete personas, más del 14% de la población global. Un mundo de okupas en el que se prevé para el 2030 dos mil millones de okupantes.


Jorge Ruiz:

máster en estudios latinoamericanos, trabaja en medios y le interesan las historias cotidianas. De vez en cuando se le escucha interpretar la guitarra o el ukulele.

Referencias:

ABC: Los ocupas de Berlín libran su última batalla.

Censo demográfico 2010. São Paulo.

Der Spiegel: Linke Hausbesetzer-Szene (1/2): Die Räumung von “Liebig 34“.

Der Spiegel: Linke Hausbesetzer-Szene (2/2): Die Räumung von “Liebig 34“.

Deutschlandfunk (07.11.2019): Das Jahr der Hausbesetzer.

DW: La policía desaloja histórica “casa okupa“ de Berlín ´Liebig 34´.

El País: Prestes Maia, el rascacielos de los okupas.

El rascacielos “okupado de los 1.470 escalones, portería 24 horas y 400 niños. “URL.

Neuwirth, R. (2004), Shadow Cities: A Billion Squatters, A New Urban World, Routledge.

Neuwirth, R. Blog Squattercity.

Statistische Ämter des Bundes und der Länder (1990,02).

Statistischer Bericht (31.12.2017).

Taz: An der Grenze zur Pornografie.

TipBerlin: Besetzte Häuser in Berlin: Diese Fotos erzählen linke Stadtgeschichte (08.10.2020).

Wetter-Rückblick für Berlin, Deutschland – Oktober 2020.

YouTube: Ocupação Prestes Maia (10.05.2019)

Todas las imágenes Liebig 34: ©Jorge Ruiz


Este texto forma parte de la serie de crónicas berlinesas: Crónicas de una ciudad mutante – Berlín desde sus marcas latinas, que publica Revista Desbandada. Ver aquí.

Las crónicas Marcas latinas en la ciudad mutante, fueron publicadas originalmente en la web del Lateinamerika Institut de la Freie Universität Berlin en el marco del proyecto que dirige la profesora Susanne Klengel  Berlin in der lateinamerikanischen Literatur. Eine Spurensuche in lateinamerikanischen Texten und im Berliner Stadtraum

Colaboradores de DESBANDADA

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