El hombre artificial

Pero lo nuestro es pasar

Mientras escucho “Cantares” en la versión de la banda argentina Guillotina, escribo una breve reseña de El hombre artificial, y para no avisar cada dos por tres frases “Achtung: digresión”, mejor aclaro que esto será tanto un paseo por el libro de Alejo como un mapeo de personas que he tenido la fortuna de conocer por Berlín.

Yo amo los mundos sutiles
Alejandro Niklison, ©ediciones Franz

Conocí a Alejandro la primera vez que asistí al taller de Samanta Schweblin en 2016. Leyó el borrador de “Reiteraciones”, uno de los doce cuentos que se compendian en El hombre artificial, publicado por la editorial madrileña Ediciones Franz. Su libro llegó hace unas semanas, en un formato extremadamente coqueto que se deja llevar a cualquier parte y en una edición deliciosa, agradable al tacto, con tipografía y diseño cuidados y donde se deja reconocer sin duda alguna la firma de un buen editor (o editora). Alejo, como nos hizo llamarlo sin querer Valentina Ramona, autora del poemario “Dos metros cuadrados de piel” (disponible en Andenbuch), desde que leyó esa vez hasta hoy en día tiene dos cualidades que admiro (y casi podría decirse que envidio): disciplina y talento.

Y a pesar de conocerlo de tantos años me di cuenta al leer El hombre artificial de una tercera. En los talleres era de los pocos que siempre traía texto para comentar y -también de los pocos que parecía tener piel de rinoceronte, capaz de soportar la devolución del taller de los miércoles y el dictamen de Samanta. Apuntaba, preguntaba, escuchaba y … traía la versión corregida la siguiente semana. Cualquiera que ha estado en un taller literario sentirá cierta urticaria al recordar lo difícil que se puede volver ser tolerante y abierto cuando el texto que se está destazando es el propio. Pero pasando esa fase, llega una nueva y aquí hay que ser bastante cuidadosos: el texto corregido debe ser nuestro y respetar su espíritu. Aquí es donde todos nos hemos equivocado alguna vez -o donde nos seguimos equivocando-. Alejo no. Esa es su tercera cualidad.

Él sabe intuitivamente qué es lo que hace especial a sus relatos, ya sea la anécdota, ya sea un personaje o una frase y eso nunca lo cambia, sino que lo resguarda y lo protege. Todo lo demás es negociable. La estructura, la sintaxis… De eso me di cuenta al leer su libro y confieso que se lo admiro.

Pasar haciendo caminos

¿Qué se puede esperar en estos relatos? Instantáneas narrativas con temas claros (como violencia, maltrato, cotidianidad, decepción, decadencia, hastío, mejor dicho Weltschmerz). Tratados lo suficientemente bien para que quien lea, se entretenga, disfrute de una prosa limpia y, días después, le venga el golpe, el gancho al hígado donde esa instantánea comienza a cobrar sentido… y universalidad.

Bajo el cielo azul, temblar

Justo este verso que cito me encanta porque resume la forma de los cuentos en esta compilación. No hay complejos settings. Lo que los hace sorprendentes es cómo se presentan al lector: se dividen en tres apartados. En el primero encontramos cuentos cuyo punto en común es la mirada infantil y progresivamente malévola de sus personajes en una situación patética (“El mágico mundo de Tino y Rufo”), violenta (“La hora del té”) o brutal (“Monstruos”):

“[e]l parque está oscuro. Es bueno que esté oscuro. Ellos se sienten protegidos por la oscuridad: necesitan ocultar lo que hacen, lo que son. Por eso sólo salen de noche, aunque se los puede adivinar de día”

(Monstruos)

El segundo apartado tiene algunos textos -me arriesgo a asegurar- sacados de su propio entorno, de cuando uno tiene que pagar las cuentas y en sus ratos libres puede escribir, como “Paternidad” (una delicia ver que no soy la única que imagina cuán angustiante puede ser volverse padre o madre). Pero también tiene ese buen tono de burlarse de convenciones sociales como en “Inconvenientes y tribulaciones de salir con la Julita” o “Dieta”:

“En la cuna, el bebé todavía me mira. Efectivamente parece más grande. Me acerco para comprobarlo. Ahora tiene casi el tamaño de un Border Collie. ¿Será de mala educación decir algo?”

(Paternidad)

En el tercer apartado o Coda se incluye solo un texto, “Detrás de la cortina de hierro”, para mí, en este Alejo se lo ha pasado genial y se mueve en un canal que le encanta probar en el teatro -su otro gran amor-: lo experimental.

Donde hoy los bosques se visten de espinos

Del estilo me gustaría señalar una última cualidad y es que la voz de Alejo es el reflejo mismo de que es un lector ávido, que sabe que si hay tanto que leer, ¿para qué hacerle perder el tiempo al lector? Lo bueno si es breve, es dos veces bueno.

Le cubre el polvo de un país vecino

Actualmente Alejo reside en Irlanda, donde sigue escribiendo prosa y teatro. El taller de los miércoles de Samanta siguió su camino, se transformó en el taller de los Estepicursores (y desde entonces Berlín está en todas partes, en Irlanda o la Argentina, por ejemplo), de ahí salieron personas, entraron nuevas. Algunas salieron del closet laboral como Emilio y su otra pasión. Y todos nos alegramos como enanos cuando alguien del grupo consigue cosecha, como ha sido este año con Alejo, o el caso de Mario Orías el pasado y su guion galardonado con la Usina de guiones, el poemario de la Vale, o los textos de Vicente Bernaschina en Mercurio, y pecando de falsa modestia, incluyo en la lista mis Hijos varios.

Se hace camino al andar

Así pues, este año, tercero en esta especie de nueva realidad, a veces no está de más echar un vistazo al entorno para recordarnos que siguen pasando cosas (buenas) en tierras berlinesas.

© de las fotografías: Alejandro Moncada.

grizeldelgado

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