Hijos varios, de Grizel Delgado

Una reseña de Geishel Curiel

Hijos para salir del fango

En mi último año de doctorado, que había dejado de ser un lujoso paseo por canales venecianos a través del estudio de obras que se desarrollaban en esa ciudad para convertirse en el hundimiento en el fango de infinidad de notas sobre el tema, sentí que lo único que podría devolverme a la superficie caminable era la lectura de historias que me reconectaran con México, el país que yo había dejado hacía más de seis años. Por eso asistí a la presentación de Páradais en el Festival Internacional de Literatura de Berlín, en donde Grizel Delgado le hizo una pregunta a Fernanda Melchor que me dejó claro que conocía la escritura como artesana y no sólo como lectora. Fue en esa ocasión que me habló de sus hijos a los que de inmediato quise conocer y presento a continuación en tres apartados.

El hilo fino que une a los cuerpos del mundo

Para quienes hemos pasado noches sin dormir pensando en lo que no podemos cambiar y hemos sentido dolores inexplicables en diferentes partes del cuerpo en los días de incertidumbre, es cautivante leer historias en las que los cambios y las percepciones corporales son el punto de partida para explorar los motivos y trayectorias de los conflictos en las relaciones familiares. Así, por ejemplo, en el cuento Pies, se condensa la comunicación problemática entre una adolescente y su madre justamente en una parte del cuerpo que suele ser ignorada “odio tener los dedos de los pies apretados” expresa la hija y pasa a describir los años de plenitud de su madre, mujer de pies ceñidos. Es también a partir del reconocimiento de las extremidades que la protagonista considera que debe aceptar a su madre tal y como es y replantearse la forma de relacionarse con ella: “Sus pies quedaron al desnudo. Los pliegues de la planta se habían marcado más desde la última vez que los había masajeado. Tal vez no importaba lo que hiciera yo, cuánto los sobara o liberara de callo. Sus pies tenían una forma de ser y era imposible cambiarla” concluye la hija para poder, por fin, emanciparse de su madre.

En Líneas, un joven adulto con discapacidad intelectual se confronta con la reciente muerte de su madre. Durante el trayecto a casa prueba a dibujarla, actividad que ella siempre supervisaba, en el intento, descubre que al hacer trazos ajenos a los que su madre le enseñó, puede encontrar una conciliación entre la herencia materna, su soledad y su necesidad de autonomía. En Nochebuena, los nervios y la sorpresa que suelen acompañar a la presentación de la novia al padre, sobre todo si esto ocurre en Navidades, son exaltados en un universo aparentemente fantástico. Seguimos cual voyeuristas el esfuerzo del joven protagonista porque su novia supere sus prejuicios y se acerque a su padre, que resulta ser un caballo. Pero la historia personal pesa más que el morbo y nos lleva a conocer las penas de una persona que debe cumplir con su rol social pese a que su cuerpo se está transformando en otra dirección “salía por las mañanas, se esforzaba por ser un hombre y hacer su trabajo de oficina”. Concluyo este apartado mencionando el cuento que abre la compilación, “Mercurio retrógrado”, en el que un adolescente se enfrenta a que su sobrepeso sea el pretexto favorito de su madre para desviarse de otros asuntos. En realidad, ella “no quiere ser  ʻla mamá del gordoʼ”. Esta situación da una vuelta cuando la madre comienza a interesarse por otros cuerpos, redondos por naturaleza: los astros.

Hijos consentidos    

 Si se me pidiera elegir un hijo favorito me debatiría ineludiblemente entre  tres: “Tacos de obispo”, “Avioncito” y “Edificio Peixoto”. El primero porque expone algunos de los problemas a los que se enfrentan las personas que emigran a una gran ciudad, y porque retrata sin excesos la violencia contra la mujer en una sociedad machista. Pequeña digresión: quienes procedemos del área metropolitana de la Ciudad de México podemos reconocer escenas, palabras, gestos, sonrisas que hemos visto allí: “Don Eustasio tenía los dedos gruesos, casi como salchichas, pero no era su desproporcionado tamaño lo que llamaba la atención, sino más bien los numerosos anillos de calaveras que adornaban sus manos. Afilaba con maestría. Tal vez había trabajado con anterioridad destazando reses. Era un hombre de palabras filosas, no había frase que no supiera retorcer, doblar, desplumar o triturar. Contestaba todo lo que se le preguntara de forma anecdótica e hipnotizante.” (p.66) Y para quienes nunca han estado en este populoso conglomerado, la lectura del cuento es un encuentro con una de sus características topografías, el puesto de comida estratégicamente instalado en un punto nodal de la carretera y a la sombra de la política nacional: “un changarro común y corriente. Estaba en una curva, frente a la lateral que conducía a la autopista de Atlacomulco. (…) Si no fuera por una señora que nos dio como referencias una vulcanizadora y una manta del gobernador del Estado de México luciendo su sonrisa Colgate, jamás habríamos dado con los famosos tacos de obispo”, así como con algunos de sus diversos rostros, “me puse a analizar los movimientos de Eustasio y su esposa. Su mujer, sin querer, los había copiado. Reproducía a la perfección esa manera tan burda de hacerse más presente levantando el pecho. (…) Ella era la encargada de despachar y llevar las cuentas; ágil como su marido, tenía un ojo puesto a los clientes y otro a la ayudante. Rara vez lavaba platos, aunque eso sí, todo el tiempo hacía algo”.

     El segundo, Avioncito, un tipo de juego de escenas que van dando a sorbos detalles de la historia, me parece magistral la forma en que indaga a sus personajes, Leonora y Rosa, madre e hija separadas por un tema que nunca se menciona explícitamente, abuso sexual por un miembro de la familia. Destaca de igual manera la forma en que explora la culpa de la madre “no se le ocurrió mejor cosa que mandar a su hija a los Estados Unidos con sus primos de allá. Allí estaría a salvo de lo que Leonora le pudiera poner cerca”.

     Del último, Edificio Peixoto, me gusta el paralelo que se hace del paso a la madurez del niño protagonista con su forma de percibir el paisaje que observa desde el edificio donde vive. Después de salir airoso al primer reto en el camino a la independencia, el joven no puede volver a disfrutar de la pequeña vista que le ofrece la ventana de un cuarto en el que los límites se han vuelto tan claros como la comodidad maternal.

Hijos desperdigados

Quienes hemos pasado por trámites burocráticos en el extranjero enfrentándonos a la duda de si estaremos llenando los formularios e interpretando cada línea del protocolo de la forma adecuada, en Bonitas las playas de Madrid nos identificamos con Celia, madre que llega a Madrid para la boda de su hijo gay, pero que antes tiene que pasar por un interrogatorio aduanal en el que debe reaccionar correctamente para no ser tachada de migrante ilegal. Y como quien no quiere dejar pasar la delación, el relato muestra otra cara de la actitud progresiva y liberal de que presume Europa.

      Con Lago de Constanza, no podemos evitar preguntarnos si la muerte de alguno de nuestros progenitores u otro familiar cercano nos sorprenderá en tierras remotas y si podremos volver a tiempo para un último paseo. Este cuento que describe el regreso de un hijo a su pueblo para llevar a su padre al bosque, revuelve también la memoria para buscar los primeros aprendizajes de la vida, esos que han hecho de nosotras y nosotros lo que somos y que habíamos olvidado.

    Alt-Moabit 12A recrea en la imaginación la angustia e impotencia de perder a un ser querido en un acto violento por medio de la confrontación continua del protagonista con el gran portón de una cárcel berlinesa. Quienes venimos de un país donde para el Estado es normal que desaparezcan mujeres para ser encontradas después sin vida, revivimos el miedo de no volver a ver a nuestras amigas o de no llegar a casa. Lo interesante es que es la figura masculina quien explora el sufrimiento.

En cada puerto un hijo

A diferencia de los marineros de antaño que dejaban su semilla sin ocuparse de sus retoños, Grizel Delgado es una navegante amorosa que valora sus semillas germinadas, las acarrea desde puertos lejanos y las procura hasta que las considera maduras para devolverlas al mundo. En esta compilación, encontramos historias que transcurren en distintas y distantes locaciones que van desde un lago helado en un bosque del sur de Alemania -región donde la autora residió algunos años-, pasan por un edificio de Río de Janeiro -ciudad de unas vacaciones-, hacen parada en el aeropuerto de Barajas -conexión frecuente entre México y Alemania-, se desplazan en Motos – el transporte favorito de la autora, así como título de un cuento- y llegan al portón de un edificio en el centro de Berlín -ciudad en la que vive actualmente y en la que cuida a sus semillas, a la par que cumple con su trabajo de editora.

Presentación de «Varios hijos» en la librería La Escalera de Berlin-Prenzlauerberg

     Los cuentos están publicados en Berlín, en Ilíada Ediciones,  que en su colección Caribdis divulga voces frescas procedentes de diferentes lugares de Latinoamérica y de España, algunas de las cuales radican en Alemania, por lo que la colección es atractiva para quienes se interesan por un mapeo alternativo de la literatura hispanoamericana. Y esta compilación de la escritora mexicana cautiva por su indagación de los disparadores de la memoria y las formas de enfrentar las ausencias, de luchar contra el tiempo, contra lo irreversible.

     La lectura de estos cuentos es imprescindible para quienes gustan de descubrir el hilo fino que une a los humanos de diferentes partes del mundo, así como para quienes disfrutan de proponer continuaciones o finales. Es un libro para quien quiera una mirada sensible y aguda a las causas del dolor, pero a la vez busque una salida de la palabrería sentimentalista y superficial que abunda en los discursos mediáticos.


Grizel Delgado

Grizel Delgado (México, 1982) estudió Lengua y Literatura hispánica en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en la ciudad de México y la maestría en Linguística en la Universidad de Düsseldorf, Alemania. Algunos de sus relatos pueden leerse en Desbandada. En mayo de este año se publica su cuento ilustrado «¿A quién le haremos un monumento?», por la editorial Anacahuita, y en julio su novela juvenil «Serena y el dragón morado», ganadora del 2do certamen «Alas y raíces» por la Secretaria de Cultura, México.

Geishel Curiel Martinez

Geishel Curiel reside en Berlín. Ha concluido sus estudios de doctorado en la Universidad de Postdam. Actualmente imparte clases de lengua.

Revista Desbandada

2 comentarios sobre “Hijos varios, de Grizel Delgado

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